Bruce Willis pertenece a una etapa cinematográfica en la que actores muy carismáticos o con gran marketing a su alrededor eran capaces de crear ellos solos un tipo de películas características y específicamente vinculadas a su imagen; en otras palabras, subgéneros con rostro específico. Los ochenta y noventa fueron décadas de “una película de…”, con especialistas en sectores cinematográficos concretos que hacen bien lo que saben hacer y sin demasiada inquietud por la variedad de registro, generalmente trabajos de entretenimiento a raudales y sin buscar peligrosas excelencias. Willis es un resistente de aquella época, y sigue repitiendo con éxito una y otra vez ese papel de tipo duro con su corazoncito justo que acaba siempre apaleado, pero que con una pistola y un guión que le haga lucirse se hace cargo del peso de todo el metraje y se convierte en el objetivo de cualquier foco. Ha habido varios coetáneos que encabezan la lista de los peores actores de la historia, pero el bueno (siempre bueno) de Bruce conoce sus limitaciones y sabe bien lo que hace.
Para bien o para mal, siempre en boca de especialistas y aficionados al cine, Quentin Tarantino estrena su última gamberrada bélica tras un paso dubitativo por el Festival de Cannes, que sí ha laureado con todo merecimiento a Christoph Waltz, malo de la peli y centro de atención del metraje.
La acción transcurre durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial, y uno de los puntos de interés del asunto recala en un grupo de soldados judíos extremadamente sanguinarios, reclutados por el teniente Aldo Raine (qué tino posee tito Quentin para los nombres) para contraatacar a puntos específicos y seleccionados en la yugular nazi.
Alelado, tontolculo, chuparruedas, capullo, pringado. Dícese de aquel ser apoderado por oscuras intenciones amatorias con especimenes vistosos, que aparenta ternura e inocencia y prefiere hacerse pasar por mejor amigo para despertar en los demás sentimiento de envidia, o simplemente porque la cobardía y/o inseguridad le dicen que es mejor cerca como oso de peluche que en casita. Aunque se da en ambos casos, el sujeto definido suele ser mayoritariamente de género masculino, al tener descomunal facilidad para hacer el ridículo siguiendo las pautas primarias que le dicta la tiranía de las hormonas. La variedad de fachadas con la que se manifiesta el pagafantas es infinita, pero el estándar le otorga aspecto poco agraciado (con risa bobalicona opcional), propensión más o menos grave a agredir al buen gusto con sus atuendos y facilidad para explotar en su beneficio la tendencia natural a dar pena. No dudará en dejarse achuchar por el objetivo y posar a su lado en cualquier fotografía posible con cara de “miradme, mortales, soy el puñetero amo (aunque ella no lo sepa)”.
Un extraño en el país que le ha quitado lo que más amaba, un hombre poderoso desgarrado por el dolor y sediento de una venganza sin sentido, una pescadera que es muchísimo más que eso, y un romance que comienza demasiado tarde son sólo algunos de los sólidos argumentos que sostienen la originalidad del cuidado trabajo de la siempre internacionalísima Isabel Coixet. A todo lo shakespeariano hay que añadirle un escenario como el de Tokio, distinto, atractivo y visualmente poderoso a más no poder.
En el cine que se cuece en los últimos tiempos, lograr algo distinto al resto es el mayor de los logros, y por ello esta autora merece el reconocimiento. Y es que Coixet se ha atrevido a realizar una película absolutamente fuera de todo tipo de cánones y, como siempre, en el polo opuesto de estereotipos de “cine español”.
Jueves, 16 de febrero
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Chris Gonzalez -Mora
Carlos Ferrer
José Donís Català
Paulino Toribio