Dos de los tripulantes de una enorme nave espacial se despiertan de su hibernación bastante desorientados y sin recordar cuál es su misión, cuánto tiempo llevan en ese estado o incluso sus propios nombres; poco a poco, a la vez que se van desperezando, irán descubriendo que, más que de ciencia-ficción, les ha tocado protagonizar una película de terror, y se irá haciendo evidente que no están solos y que sus vidas (bastante más que eso, diría yo) corren peligro.
Azares del juguetón destino y un guión apropiado colocan a Juan Oliver (afortunado debut en la gran pantalla Alberto Ammann), un empleado de prisiones que en su primer día se topa con un motín sin precedentes, encerrado con los presos y haciéndose pasar por uno de ellos para salvar el pellejo. El acertado casting de reclusos liderado por una temible bestia parda a la altura de cualquier gran malvado del cine, llamada Malamadre e interpretado magistralmente por Luis Tosar, y la pugna con los agentes de la ley donde solo queda un poco forzado Antonio Resines harán que la producción del mallorquín Daniel Monzón no nos deje respirar hasta que no tengamos el esperado desenlace ante nuestros ojos dos fugaces horas después.
Sin mucho que llevarme a las retinas en la cartelera actual, esta semana he decidido no dejar escapar El secreto de sus ojos, que sobrevive en algunos cines, y que estaba a punto de perderme. Semejante estupidez por mi parte habría supuesto no comprender por qué había sonado para representar a España en los Oscar de Hollywood, y su selección natural por Argentina (se trata de una coproducción de ambos países) con el mismo fin festivo-glamouroso.
Como muy bien asegura el comienzo de esta cinta con frescas intenciones, se trata de una (algo) atípica historia de chico conoce a chica. Él es tierno y entrañablemente frágil, y el flechazo lo atraviesa de inmediato; ella, secretaria de su jefe, mucho más pragmática, tiene en muy baja estima la palabra amor y todo lo que ella conlleva en una sociedad como la que les sirve de hábitat a ambos. Rápidamente surgirá la química, porque ella, a la que pone cara Zooey Deschanel (El incidente, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) es bastante… especial, y él (Joseph Gordon-Levitt), absolutamente encantador, de esos que te llevarías a casa sin dudar. Por supuesto, comenzarán una relación, pero ésta será de lo más extraña, porque son dos personas que difieren en sus intenciones, conceptos vitales y, sobre todo, asuntos relacionados con los sentimientos; o al menos, eso parecerá hasta el final…
Con bastante independencia del género al que nos refiramos, el escenario de una película puede simplemente ser el fondo en el que se colocan las piezas del teatrillo cinematográfico (que le pregunten a Woody Allen), o muchísimo más que eso; según lo demande el guión o, sobre todo, la preferencia del realizador (a Michael Mann me remito), podemos decir que en ocasiones son casi seres vivos, parte fundamental de la historia, protagonistas directos de cuanto ocurre. Y hay ciudades y ciudades, claro está: en todo el mundo existen urbes muy vivas que reclaman a gritos el foco de atención, y si la exitosa París, je t’aime rinde pleitesía a la capital francesa y dicen que europea, no podía tardar demasiado su versión americana.
Recomiendo a todo aquel que tenga un mínimo interés por esta película que no haga ningún caso a la multitud de opiniones autorizadas, algunas de ellas interesadas en el éxito de la empresa, otras cargadas con grandes dosis de veneno malintencionado y envidioso, y muchas simplemente no coincidentes con aquello que pueda acariciar nuestros intereses cinéfilos. Esta obviedad se hace especialmente notoria en un trabajo complicado y de difícil disección como la última producción de Alejandro Amenábar, que será injustamente recordada como la película española más cara de la historia (con la no nada desdeñable cifra de cincuenta millones de euros, aunque aún modesta para lo que se baraja en Estados Unidos en su género). Amenábar ha fusionado su pasión por la filosofía y la astronomía con una ambientación incontestablemente ambiciosa, lo que se transforma en publicidad gratuita y presión añadida para el autor.
Por Daniel Vicente
Jaume Balagueró y Paco Plaza vuelven a llevarnos al opresivo edificio de la Rambla de Cataluña para dar forma a REC2, la secuela de la que está considerada como una de las mejores películas de terror (y me atrevo a decir que del cine internacional) de los últimos tiempos.
Su novedoso formato, ‘cámara en mano’, y un buen juego de luces y sombras, unido a un maquillaje sobresaliente, convirtieron a este film de bajo presupuesto en una de las ‘bombas’ del 2007.
En la película original, una reportera, Ángela (Manuela Velasco) acompañada por su cámara, Pablo, realizan un reportaje sobre un parque de bomberos cuando una llamada anónima en medio de la noche les lleva al inmueble en donde se desatará el infierno.
REC nos dejó con una última y brillante escena de pesadilla en el claustrofóbico ático, con un nuevo icono para nuestras noches en vela, la niña Medeiros (interpretada por Javier Botet, cuya particular fisionomía le ha puesto en el punto de mira de todos los directores de cine de terror del mundo) pululando a sus anchas en un edificio infectado de zombies.
Con semejante nombre uno se siente tentado de titular estas líneas con algo como “la cosa funciona”, “sí que funciona”, “va como la seda”, o algo así, pero justo antes de teclear aparece en tu mente la cara del protagonista de esta historia (una mezcla de Woody Allen y el doctor House, con cojera y todo) llamándote gusano submental que eructa tópicos porque su tragedia de cerebro no le da para otra cosa. “Principio de incertidumbre” tampoco se puede decir que sea el ejemplo de la excelencia en el terreno de la originalidad, pero seguramente es el elemento que define la idea central de este enredo amoroso, existencial, y muy divertido. El propio transcurso de la acción nos explica que dicho principio es cuando en un experimento, el observador modifica el resultado del mismo, y a fin de cuentas es lo que hacemos constante con los demás y viceversa: deliberada o arbitrariamente, alterar sus vidas.
Bruce Willis pertenece a una etapa cinematográfica en la que actores muy carismáticos o con gran marketing a su alrededor eran capaces de crear ellos solos un tipo de películas características y específicamente vinculadas a su imagen; en otras palabras, subgéneros con rostro específico. Los ochenta y noventa fueron décadas de “una película de…”, con especialistas en sectores cinematográficos concretos que hacen bien lo que saben hacer y sin demasiada inquietud por la variedad de registro, generalmente trabajos de entretenimiento a raudales y sin buscar peligrosas excelencias. Willis es un resistente de aquella época, y sigue repitiendo con éxito una y otra vez ese papel de tipo duro con su corazoncito justo que acaba siempre apaleado, pero que con una pistola y un guión que le haga lucirse se hace cargo del peso de todo el metraje y se convierte en el objetivo de cualquier foco. Ha habido varios coetáneos que encabezan la lista de los peores actores de la historia, pero el bueno (siempre bueno) de Bruce conoce sus limitaciones y sabe bien lo que hace.
Para bien o para mal, siempre en boca de especialistas y aficionados al cine, Quentin Tarantino estrena su última gamberrada bélica tras un paso dubitativo por el Festival de Cannes, que sí ha laureado con todo merecimiento a Christoph Waltz, malo de la peli y centro de atención del metraje.
La acción transcurre durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial, y uno de los puntos de interés del asunto recala en un grupo de soldados judíos extremadamente sanguinarios, reclutados por el teniente Aldo Raine (qué tino posee tito Quentin para los nombres) para contraatacar a puntos específicos y seleccionados en la yugular nazi.
Alelado, tontolculo, chuparruedas, capullo, pringado. Dícese de aquel ser apoderado por oscuras intenciones amatorias con especimenes vistosos, que aparenta ternura e inocencia y prefiere hacerse pasar por mejor amigo para despertar en los demás sentimiento de envidia, o simplemente porque la cobardía y/o inseguridad le dicen que es mejor cerca como oso de peluche que en casita. Aunque se da en ambos casos, el sujeto definido suele ser mayoritariamente de género masculino, al tener descomunal facilidad para hacer el ridículo siguiendo las pautas primarias que le dicta la tiranía de las hormonas. La variedad de fachadas con la que se manifiesta el pagafantas es infinita, pero el estándar le otorga aspecto poco agraciado (con risa bobalicona opcional), propensión más o menos grave a agredir al buen gusto con sus atuendos y facilidad para explotar en su beneficio la tendencia natural a dar pena. No dudará en dejarse achuchar por el objetivo y posar a su lado en cualquier fotografía posible con cara de “miradme, mortales, soy el puñetero amo (aunque ella no lo sepa)”.
Un extraño en el país que le ha quitado lo que más amaba, un hombre poderoso desgarrado por el dolor y sediento de una venganza sin sentido, una pescadera que es muchísimo más que eso, y un romance que comienza demasiado tarde son sólo algunos de los sólidos argumentos que sostienen la originalidad del cuidado trabajo de la siempre internacionalísima Isabel Coixet. A todo lo shakespeariano hay que añadirle un escenario como el de Tokio, distinto, atractivo y visualmente poderoso a más no poder.
En el cine que se cuece en los últimos tiempos, lograr algo distinto al resto es el mayor de los logros, y por ello esta autora merece el reconocimiento. Y es que Coixet se ha atrevido a realizar una película absolutamente fuera de todo tipo de cánones y, como siempre, en el polo opuesto de estereotipos de “cine español”.
El panorama es el siguiente: Doug (Justin Bartha) está en vísperas de casarse, y como todo hijo de vecino tiene amigotes muy cercanos (Bradley Cooper, Ed Helms y Zach Galifianakis) que no están dispuestos a permitirle abandonar el apasionante mundo de la soltería sin una fiesta de despedida de soltero como Dios manda, ¡faltaría más! Y ya que viven en yankilandia, qué mejor sitio para pasar una velada inolvidable que la capital del vicio y la perversión, así que… ¡rumbo a Las Vegas!
Michael Mann, uno de los grandes directores de nuestro tiempo, se ha ganado semejante honor sobre todo por ser un consumado especialista en aquello que mejor sabe hacer. Sin encontrarse entre los pocos elegidos de la historia de este arte, no hay quien le discuta el poderío visual del que siempre hace gala, la enorme naturalidad con la que maneja la tecnología digital para rodar, que siempre suele aportarle buenos resultados al conjunto de su trabajo, el obsesivo cuidado por los detalles que le hace estar un peldaño por encima del resto y, sobre todo, el manejo del tempo y la estética del cine de acción. Otra de sus grandes señas de identidad es la importancia que el realizador siempre da a los escenarios urbanos y deliciosamente noctámbulos, que se convierten en un protagonista más de lo que estamos presenciando en la pantalla.
El título de la última propuesta de Pixar es toda una manifestación de intenciones, porque el resultado de años de trabajo en esta ocasión apunta bien alto. Se apuesta, como suele ser tónica general de la empresa, por la cercanía y la humanidad de sus personajes, ya sean estos lamparitas, perros, gatos, extraterrestres o personas de carne y hueso. La maravillosa historia se centra en las ensoñaciones y propuestas de un viejo cascarrabias que se siente fuera de lugar en la vida, y (al estilo del Gran Torino del igualmente grande Clint Eastwood, con la que tiene mucho en común en la concepción de la idea) en sus tormentosas relaciones con un jovencísimo y tenaz explorador que tiene como misión ayudar al anciano, quiera este o no. Ambos se van a embarcar en un viaje hacia lo desconocido en un extraño medio de transporte volador con cimientos, techo y ventanas…
Siempre he tenido entendido que el tren, aunque no estadísticamente hablando, es uno de los medios de transporte más seguros que existen. Esta película viene a erizar el cabello de la nuca de todos los que están de acuerdo, ya que la zapatiesta que John Travolta con pinta de tío chungo va a liar en el metro de Nueva York es suficientemente gorda como para replanteárselo.
Las aventuras de la creación de J.K. Rowling están llegando a su esperadísimo final. En un alarde de “no defraudar a los fans dejando cosas en el tintero” (hace falta echarle rostro al asunto para hacer semejantes declaraciones), el séptimo y definitivo libro será adaptado en dos partes distintas (que serán la séptima y octava entrega) a la gran pantalla, porque hay que estirar el asunto y porque el archimago más famoso del cine no merece otro final de fiesta. Así las cosas y en espera de la mencionada pugna definitiva entre el bien (Harry Potter y compañía) y el mal, encarnado por Voldemort, esta sexta parte se concibe y transmite claramente como un episodio de transición, que aporta algún detalle importante, pero en su conjunto, a nivel de historia, parece a priori bastante prescindible. La trama, deliberada y visualmente adulta y terrenal, transita cada vez más por la senda tenebrosa (aunque pienso que el aire más oscuro de todos lo aportó Alfonso Cuarón en El prisionero de Azkabán, mi favorita de las seis), y acerca a protagonistas y público a un desenlace menos imaginativo y mucho más cercano y dramático.
El poderoso cerebro humano (definitivamente en unos más que en otros) tiene una ilimitada capacidad de sugestión, y es por ello que no se antoja mal plan meterse en una sala de cine con aire acondicionado para ver una ligereza ambientada en el hielo, y así huir despavoridos del terrible calor con el que en estas fechas somos azotados. Cuál es nuestra sorpresa cuando nos percatamos de que el hielo en Ice Age 3 “se derrite por su ausencia”, y que son los protagonistas de la saga los que se ven introducidos en el mundo de los dinosaurios, y no al revés.
El irreverente, a veces (demasiadas) zafio y (no siempre) brillante Kevin Smith siempre ha tenido un encantador lado bizcochón. En Persiguiendo a Amy, una de las historias románticas de cine de quien les “habla”, se destapó como un tipo sensible encerrado en un cascarón rudo y primitivo de eructo, teta, culo y conversación friki; además, logró el perfecto término medio entre ambos polos, a priori bastante poco cercanos. ¿Hacemos una porno? tiene destellos tanto del Smith que sabe mostrar sentimientos como del que hace reír con mordaces diálogos y corrosivos detalles, pero se pasa de bestia en determinados (pocos) momentos y de dulce facilón en un final que lamentablemente se va desinflando hasta quedar en poco más que una apología de lo previsible.
Partiendo del origen que preveía complicado un resultado cinematográfico cuando menos decente, Michael Bay se las apañó para que la primera entrega de la millonaria saga (sagas y más sagas hasta que el jugo está bien exprimido y el producto defenestrado; y cuando esto ocurre, se comienza de cero) quedara pasable. Lejos de ser consciente del milagro, se ha pretendido repetir éxito (lo triste es que se van a volver a cubrir de oro) basándose en un presupuesto escandalosamente millonario para abrumar con un enorme poderío informático en la animación de los Transformers, e igualmente escandalosa es la ausencia total de sesera en la idiotez superlativa que las tres (!!!) personas que se han encargado de él hacen llamar guión. El humor absurdo proveniente de la interacción entre robots y humanos que dio buen resultado con anterioridad se ha transformado en gracietas sesohuecas que hacen sentir vergüenza ajena, añadido a que el argumento tiene de por sí el interés de una lata de mejillones en escabeche; por todo ello, uno acaba de ver tortas y más tortas (maravillosamente creadas, no cabe duda, pero durante interminables dos horas y media que dura la broma macabra y sin descanso) hasta el mismísimo carné de identidad.
¿A quién le dirías que fuera el padrino de tu boda? Que no cunda el pánico entre el personal, que no pretendo hacer planes nupciales para nadie; la idea es simplemente la de inducir a la reflexión con la pregunta. Afortunado es aquél que puede contar con un amigo tan cercano como para otorgarle semejante rol. Ya dicen que “el que tiene un amigo tiene un tesoro”, y es precisamente porque no abundan y se cuentan con los dedos de media mano. Por supuesto no me refiero a conocidos fiesteros de momentos de exaltación de la amistad, sino a esos que de verdad quieren lo mejor para ti, los que son capaces de no pensar en ellos mismos cuando tú tienes un problema: a esa utopía me estoy refiriendo. ¿De verdad, afortunado tú, tienes a alguien que cumpla los requisitos y te acompañe al altar? Pues no es el caso (dejémonos de interioridades que la ocasión no demanda) del protagonista de esta producción de humor sencillo, a veces grueso y bastante efectivo, que se casa en corto espacio de tiempo, y a diferencia de su prometida, y aun siendo un tipo bastante encantador, “nunca ha sido de esos de tener un (o varios) mejor amigo”.
El irregular finlandés Renny Harlin, firmante de trabajos tan dispares como Las aventuras de Ford Fairlane (una de las pioneras en frikicine de culto), La isla de las Cabezas Cortadas, Deep Blue Sea, o Cazadores de mentes es el responsable de que llegue (con más de un año de retraso) a nuestras pantallas esta cinta del género “peliculilla de intriga”, con igual dosis de peliculilla que de intriga. No obstante hay que mencionar que lo irregular del guión contrasta con buenas intenciones y soltura del director ante una historia que aparece ante nosotros más interesante de lo que era “aún cociéndose en el horno”.
Pues no, no va a ser todo Terminator en estas fechas, ¿qué pasa? Y es que la posibilidad de dirigir el interés hacia la sonora colaboración entre Neil “Señor de los sueños” Gaiman y Henry Selick, director que regaló al mundo Pesadilla antes de Navidad, era demasiado tentadora.
Después del absoluto desastre del film de 2004 sobre el Castigador en el que se vio deambular a John Travolta con un peinado muy poco afortunado perpetrando el papel de más malo que la carne de pescuezo, la valentía humana a veces no parece tener límite y llega a nuestras retinas Punisher War Zone, sin recontar lo ya (mal) contado, un acierto desde mi punto de vista, ni continuar el tema donde se quedó, desmarcándose así del estropicio anterior sin ignorar que existe. Semejante ataque de osadía creadora, y ante los resultados en las taquillas estadounidenses, donde la cinta ha resultado un verdadero fiasco con pérdidas millonarias, no ha sido secundada por las distribuidoras y el miedito que provoca un posible descalabro mundial ha hecho que las nuevas aventuras de Frank Castle (Paco Castillo para hispanos con confianza) se estrenen directamente en DVD.
El nominado al oscar y camaleónico Viggo Mortensen, que en su carrera ha hecho mejores papeles que el que nos atañe, se embarca junto al realizador Vicente Amorim en este proyecto que pretende llevar a buen puerto la historia con moraleja de un pusilánime e independiente profesor de literatura alemán en plena llegada al poder de Hitler; sus ideas nada comulgan con las del nuevo régimen nacional socialista, pero por azares del destino acaba envuelto en líos políticos y con un puesto de relevancia en el partido del poder. El protagonista se verá superado por su complicada vida y lo que la rodea, y la inercia de los acontecimientos que aquí no se desvelarán irá arrastrándole de una forma directamente proporcional a su forma de dejarse llevar por los mismos: ¿víctima de las circunstancias o traición a sí mismo?
Por Daniel Vicente
No me considero un 'Trekie'. Para nada. Yo soy más de Star Wars. Prefiero un millón de veces el Halcón Milenario a la Enterprise, y a Han Solo frente al Capitán Kirk.
Sin embargo, también reconozco que hay que tener un gran respeto para la que es la mejor saga de Ciencia Ficción de la televisión, con una larga carrera que la avala y un carisma de una serie de personajes que hace que todos, hasta los que no somos grandes seguidores de Star Trek, sepamos quién es Spock, posiblemente el extraterrestre más famoso del espacio (¿quién no ha intentado hacer el saludo 'vulcaniano').
La objetividad se me escurre de las manos cuando hablo de Winterbottom, realizador de esta cinta y debilidad personal debido al estilo contundente, sin remilgos y eficaz que le caracteriza; además, autor de pequeñas historias contadas de manera impecable, el otro gran motivo de mi afinidad por su trabajo. Desvelado el pie del que cojeo, me siento con más libertad para afirmar que, aunque reconociendo que la historia, más que minimalista, es mínima, es una delicia ver el cómo va transcurriendo el tiempo (durante los acertados 94 minutos) en las nuevas vidas de los personajes protagonistas, integrantes de una familia desmembrada por la muerte de la madre en un memorable principio de la historia, tan poderoso en lo visual como en lo emocional.
Desde casi más tiempo del que soy capaz de recordar he sido seguidor del no siempre reconocido arte de la viñeta, y es por ello que al verlo mezclado con mi otra gran afición, que, como habrán podido imaginar, no es otra que el cine, suele despertar en mí cierto entusiasmo que me ablanda a la hora de juzgar cada película de superhéroes. También me congratula el salto de calidad que en los últimos años han dado los guiones de este tipo de adaptaciones a la gran pantalla de personajes enmascarados o sucedáneos, tomando al fin en serio un tipo de cine que empezó siendo mero entretenimiento para fans, y desembocando en obras que empiezan a sonar como cine y no como algo ridículo; mucha culpa de ello tienen los Nolan, Raimi y Synger de turno. Pero cuando un proyecto se concibe mal y nace peor hay que decirlo, con toda la tristeza en mi caso, y al igual que flaco favor le han hecho al pseudogénero superheróico desastres como Elektra o The Punisher, en el tema que nos atañe, el tirón popular del miembro más famoso de los X-Men no ha sido suficiente para que salga algo correcto sin hacerle el mínimo caso al guión, parte fundamental de todo proyecto cinematográfico, aunque últimamente se cotice a la baja.
Disney no sólo ha encabezado las listas de lo más visto por los niños durante décadas, sino también de muchas polémicas. En no pocas ocasiones se han derramado ríos de tinta hablando de las dudosas intenciones o los cuestionables valores que se apoderan de muchas de sus historias. Pero lo último de lo último es el plagio descarado que se hacen a ellos mismos (así no hay denuncias de por medio). Ver para creer...
El joven congresista Stephen Collins (Ben Affleck) se ve afectado por la turbia muerte de su ayudante personal, y Cal McAffrey (Russell Crowe) es el periodista encargado de investigar todo el embrollo que este proyecto pone en el asador. Además, hay que añadir al guiso el ingrediente picante: McAffrey es el único amigo del brillante político, lo cual hace todo mucho más complicado debido al conflicto de intereses evidente que se planteará en torno a ellos.
En sus facetas de director y guionista, Roberto Santiago es uno de esos trabajadores del cine castizo en España, ese cine de clichés que más o menos funcionan en taquilla y que permiten recuperar inversiones para seguir en el mundillo cinematográfico: un luchador. Eso sí, lo de tirar a lo seguro y facilón no le va a situar entre los más osados de nuestro cine patrio, y tampoco se va a forrar con la venta de DVD porque ninguna de sus películas va a pasar a la historia precisamente si sigue el camino inteligente y fielmente trazado. Con las ideas claras y de la mano de artistas cercanos al gran público (el caso más llamativo es el de su actor fetiche, Fernando Tejero, que además de en este último estreno iba en el reparto de anteriores trabajos del autor como El penalty más largo del mundo o El club de los suicidas), el cine de Santiago nos hace sonreír muy a menudo, evadiéndonos de problemas mayores, y también olvidar rápidamente al salir de la sala comercial.
Siempre he dicho que lo mejor que te puede ocurrir cuando ves una película es que ésta te haga sentir cosas, que mueva tu interior; sin embargo, si lo que te viene a la cabeza tras escasos ochenta minutos de letargo es que te sientes identificado con el pescado recién atrapado en la red (boqueando por falta de aire como ellos y todo), pues no creo que tenga mucho que ver con lo que yo definía, aunque técnicamente también sea (y tanto) “sentir algo”.
En estas fechas vacacionales siempre ha aluvión de estrenos para todas las edades, ya que los nños están por ahí sueltos y sonpeligrosos en casa. Pero no todas las películas son de verdad para todas las edades y consiguen el aplauso de padres e hijos (de hecho, algunas lo único que logran es ponerles de acuerdo en el abucheo). Buscando a Nemo fue una de las pioneras del nuevo "cine moderno familiar de animación", y también una de mis películas vacacionales favoritas. A continuación van unas cuantas curiosidades sobre la joya de Pixar.
Por Andrés Pons
SINOPSIS
Un grupo de jóvenes aficionados al Snowboard van a pasar unos días en una cabaña con el deseo de disfrutar de su deporte favorito. Lo que no saben es que recibirán un ataque de unos zombis que en su día fueron oficiales nazis.
El precioso título que pone su acento a esta producción es, a la vez, fiel reflejo de lo que vamos a encontrarnos: pura estética de la buena. Y no se podía esperar menos del director más virtuoso en la faceta artística que ha dado este país. Pedro Almodóvar se encuentra en su salsa inmerso en esta historia de un director de cine que queda ciego en un accidente y su tormentosa relación con la actriz principal de su película (pareja del productor de la misma, pequeño gran detalle). Melodrama con ligeros toques de humor y una dirección de actores que logra sacar, como es costumbre en el manchego, lo mejor del plantel (a excepción de un Rubén Ochandiano lamentable que no tiene arreglo). Y todo esto, recubierto de una finísima capa de preciosismo visual en casi cada fotograma, y acompasado con las poderosas notas musicales del maestro Alberto Iglesias.
Cierto es que estamos ante una comedia más inteligente de lo habitual, y ello supone un intento de algo diferente que sin duda es de agradecer con tanto encefalograma plano moviéndose por estos campos. Sin embargo, trabajos de Tony Gilroy que preceden a este como los de la saga de Bourne o Michael Clayton no pueden ser equiparables. El problema es que el propio Gilroy parece pretenderlo, creando con un estuche fastuoso para guardar un anillo de bisutería.
Por Andrés Pons
SINOPSIS
Una niña es descubierta andando por una carretera. En estado catatónico es incapaz de explicar que le ha pasado. La policía encuentra un matadero donde estuvo presa. ¿Qué paso en aquel lugar?
CRÍTICA
Es difícil comentar algo nuevo a uno de los productos que más ríos de tinta ha desatado en Sitges. En Martyrs debe apartarse su publicidad o marketing de la verdadera obra que se nos presenta. Olviden las noticias de desmayos, ambulancias en la entrada para prevenir y huidas despavoridas de las salas. Al fin y al cabo no es más que una nueva muesca de la nueva ola francesa en la línea de sus coetáneas Haute Tensión, Calvario, El interior etc.
Alguien que personifica el debate de ser o no el mejor cineasta vivo merece que cada uno de sus trabajos, aunque con la debida frialdad de juicio, sea observado con el respeto y la expectación que corresponde a los galones ganados a pulso durante la dilatadísima trayectoria de alguien capaz de convertirse en mito tanto delante de la cámara como detrás de ella.
Su labor interpretativa en Gran Torino (acertadísimo título, por cierto) supone la jubilación del Eastwood actor, argumentando él mismo que ya no tiene mucho más que aportar a la profesión que ha sido su vida. Afortunadamente, casi octogenario, se encuentra en una sorprendente madurez creativa, y no nos abandonará como director, en mi opinión su mejor cara en este complicado mundo de hacer (buenas, lo otro es más sencillo) películas.
Realizar una adaptación del que ha sido catalogado muchas veces como mejor cómic del siglo XX es una arriesgadísima tarea, y lo es por varios motivos. A semejante reto ha respondido bastante bien Zack Snyder, el mismo que rompiera moldes creando con 300 un nuevo estilo de ver el cine, y cambia ahora radicalmente de tercio para recrear la novela gráfica de Alan Moore (que se ha negado a que su nombre aparezca en los créditos, al considerar que el gran trabajo de su vida no es adaptable al cine); la cinta es prácticamente un calco-homenaje a las viñetas de las que salió, y por ello ambas obras van irremediablemente de la mano.
El luchador ha sido una de las grandes olvidadas (que no la única) en la fanfarria bollywoodiense que se han montado este año los organizadores del tinglado de la gala de los Oscars. La última producción del todotorreno neoyorkino Darren Aronorsky traza la senda de una historia sencilla, pequeña y muy emotiva, por mucho que llamen la atención estas afirmaciones teniendo en cuenta la temática. Rodada con la humildad y honestidad que le faltan a otros productos grandilocuentes mucho más aplaudidos en el pasado 2008 y lo que llevamos del 2009, este magnífico trabajo describe las interioridades emocionales de un veterano profesional de la lucha libre, que ha dedicado su vida a este espectáculo (los mismos personajes de la cinta llaman “show” a los manipulados y exigentes combates más preocupados de entretener que de competir por nada); su cuerpo castigado no aguantará ya mucho más sobre el ring, y sin embargo ese tipo duro está y se siente acabado si no se sigue aferrando a las medallas que tiene esculpidas en la piel en forma de cicatrices, que le permiten recordar con cada codazo o patada voladora que sólo tiene hueco dentro de este teatrillo en el que es un ídolo. Todo se reduce a seguir siendo un mono de feria, pero esto da igual si te aclaman los que te ven sangrar y se te olvida un rato que eres un perdedor al que nadie espera cuando acabes el combate.
Escribo estas líneas sobre la aclamadísima Slumdog Millionarie unas horas antes de la ceremonia de entrega de los Oscars –y las derivadas intoxicaciones posteriores–, sin ánimo de molestar y a riesgo de que los extremismos me salten a la yugular. Dicho todo ello, injusto sería si dijera que no me ha gustado la última obra del realizador británico Danny Boyle (Trainspotting, La Playa) que, por lo reflejado visualmente en este film, se sabe una estrella del firmamento artístico actual y nos hace constantemente “el honor de disfrutar de su talento”. La innegable habilidad para rodar de una forma diferente, el indiscutible poderío colorista, además de un cuidadosamente escogido reparto y una banda sonora interesante nos empaquetan y ponen lazo a una historia muy original (aquella en la que está basada esta adaptación: no olvidemos que últimamente las ideas en el cine brillan por su ausencia) y agradable de ver.
Ahí va una buena tanda de cosas no muy conocidas de una de las películas del año...
. Para el aspecto de El Joker los diseñadores se basaron en los cuadros de Francis Bacon. Curiosamente en la escena del museo de Batman, el personaje que interpreta Heath Ledger pide a sus compinches que no destruyan un cuadro de Bacon, pues ese cuadro le gusta.
. La carta que se ve cuando el coche de la jueza explota, es la misma que Gordon le da a Batman en Batman Begins (¿a que no lo sabíais?).
Por Andrés Pons
SINOPSIS
Dos jóvenes viven en un refugio Anti nuclear con la única compañía de las novelas Raymond Chandler. Cuando pueden emerger a la luz en un mundo apocalíptico lleno de seres peligrosos, adoptan la identidad de los personajes de sus novelas favoritas.
Luciendo como la obra más nominada a los Oscar de este año (con 13, incluyendo Mejor Director, Actor Principal o Guión Adaptado), El curioso caso de Benjamin Button, más allá de que la historia que nos narra es la de un tipo que nace viejo y con el transcurso del tiempo se va haciendo más y más joven, es una película completamente del revés; para aclarar esta afirmación me basaré en mi propia experiencia ante la pantalla: la soplagaitez del argumento y el comienzo con el trilladísimo recurso de la anciana que cuenta la historia a su hija antes de morir ya me hicieron encarar el metraje con desconfianza; a ello también añadió su particular empujoncito saber que la cosa duraba nada menos que casi tres horas de sufrimiento si finalmente no conectábamos la obra del virtuoso David Fincher (Seven, El Club de la Lucha, Zodiac) y yo. Sin embargo, el comienzo me atrapó, coincidiendo con la parte más interesante, de largo, de todo el metraje, que es cuando el joven Button debe malvivir la niñez en el cuerpo de un anciano, con todo lo que ello conlleva, y fue incrementando poco a poco mi expectación, logrando que no llegara a mirar el reloj en los 166 minutazos de alargado metraje (algunas partes son algo superfluas y recortables). Con todo, y es por ello que digo que se trata de una película del revés, cuando deberíamos encontrarnos en el clímax y conforme nos vamos acercando al final, se va deteriorando el interés a la vez que la salud de (la mayoría de) los personajes, que fueron envejeciendo. La obra, de los idealizados momentos románticos en adelante, se vulgariza a la vez que sus protagonistas bajan los peldaños que el film nos recuerda que vamos descendiendo en la escalera de la vida, sin posibilidad de volver a subir jamás.
El esperado último trabajo de Bryan Singer (Sospechosos habituales, X-Men, X-Men 2, Superman Returns), más sonado si cabe por la colaboración de Tom Cruise en el empeño, llega a nuestras pantallas para contar una historia de la Segunda Guerra Mundial basada en hechos reales. El oficial alemán Claus Von Stauffenberg (el propio Cruise en un milagrosamente comedido buen papel) y algunos miembros de su confianza fueron los artífices de lo que estuvo cerca de convertirse en la caída del régimen nazi. Hasta las mismísimas criadillas de los delirios del Führer, y demostrando que no toda Alemania se había vuelto loca o cobarde, planearon el asesinato del dictador y la posterior toma del poder. Bajo el lema de “no se puede servir al país y a Hitler” parte esta interesante visión cinematográfica del talentoso Singer, utilizando como argumentos un sonido protagonista en todo momento y un reparto de lujo, ya que al mencionado Tom Cruise hay que añadirle actores de primera línea (la escuela británica nunca falla) como Tom Wilkinson, Kenneth Branagh o el camaleónico Billy Nighy, todos ellos sobrios y convincentes con el impecable (estupenda labor de vestuario) uniforme del Tercer Reich.
Este mundillo peliculero que recorremos da para mucho más que para sentarse en el sillón y ver tu serie favorita o la última de un actor que admiras, eso no lo voy a descubrir yo ahora. Parte de este tinglado, que es puro negocio, siempre lo digo, es lo que os enseño a continuación. A veces se sorprende uno de la imaginación que se echa para vender figuritas, porque algunas son buenísimas...
Por Andrés Pons
SINOPSIS
Adaptación de la obra teatral de Peter Morgan donde se narra una serie de entrevistas que el periodista David Frost realizara al presidente.
La palabra inglesa “fake” quiere decir “falso” o “falsificación”. Cuando la utilizamos en el argot informático se convierte en una expresión especialmente desagradable, porque se suele utilizar –en inglés porque en Estados Unidos nació el término y por aquello de la globalización de la Red- para denominar algún tipo de descarga (de cualquier índole, que nadie me acuse de pirata) que realmente no es aquello que dice ser; normalmente fruto de la mala intención de desalmados que pretenden que te descargues un virus o fruto de la estrategia de las productoras o distribuidoras cinematográficas, que falsean sus propias películas para colgarlas vía Internet y molestar a todo aquel que pretende ver la obra antes de tiempo y sin pasar por taquilla. Justo, lícito o comprensible (aquí tenemos un largo e interesante debate para otra ocasión), el caso es que hasta hace bien poco la dichosa palabreja ha sido siempre sinónimo de hacer la puñeta al personal.
Por Andrés Pons
SINOPSIS
Un grupo asalta un supermercado, al parecer buscan el origen de una infección que depara resultados imprevisibles.
Ahora que, por desgracia, está de máxima actualidad el poderío militar del pueblo de Israel frente a los enemigos que acechan en ese avispero que llaman Tierra Prometida, llega a nuestras pantallas la cinta basada en hechos reales que cuenta las penurias durante la Segunda Guerra Mundial de tres hermanos judíos que, buscando la propia supervivencia, acabaron siendo responsables de los destinos de muchos aterrorizados compañeros de sufrimiento.
Por Fandecine
Hace pocos días fui a ver The Spirit, sobre la cual dejaremos las críticas porque el blog ya se habrá hecho eco de ella. Resumiré la experiencia en que, asustada como iba por las críticas negativas, llegué a disfrutar una película que ante la inevitable comparación con Sin City sale perdiendo sin duda, pero que sin embargo me resultó bastante entretenida… La cuestión es que a la salida, ya que había entrado con prisas, reparé en un cartel publicitario de Watchmen, y pensé que ojalá no le suceda lo contrario que a la "simpática" Spirit (entiéndase por ello no únicamente que tenga golpes de humor sino que –o eso creo yo- no se toma demasiado en serio a sí misma, cosa que tal vez hayan tratado de hacer sus críticos) y las buenas expectativas (pues por lo que ya hemos podido ver parece una fiel adaptación con una excelente estética, lo cual sólo puede resultar en principio en una gran obra), de tantas como son, no nos defrauden después… Sería una lástima, ya que el cómic es uno de los más notables que he leído, absorbente, intrigante, original, emotivo… Y de él, y de otros parientes y familiares en cuanto al tono de realismo quería precisamente hablar hoy.
Frank Miller es el indiscutible “Señor de la noche” del mundo del cómic, y su leyenda va mucho más allá de la su genial labor al servicio de Batman, ya que títulos como Sin City o Ronin, además de la larga etapa a los mandos de la serie regular de Daredevil subrayan que sobre cualquier elogio. Conseguido todo en el mundo de la viñeta, y a pesar de reconocerse detractor de las adaptaciones cinematográficas, Robert Rodriguez le convenció para que codirigiera la adaptación de la mencionada Sin City, y ahora el propio Miller debuta en solitario plasmando en la gran pantalla The Spirit, la creación de su amigo Will Eisner.
Por Andrés Pons
SINOPSIS
Roman es un hombre taciturno que apenas se relaciones en su trabajo en una fábrica, su vida privada se desarrolla en un frío apartamento de una baja zona residencial. Su única salida de tan miserable vida es observar a su vecina de la que se encuentra peligrosamente obsesionado.
Sábado, 21 de noviembre
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Juan Fernandez Krohn
Siro López
Marie-José Martin Delic Karavelic
Juan Luis Recio
Julián Moreno Mestre
Ángel Sáez García
Carlos Ferrer
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora