Sesión Golfa

¿Quién es ese hombre?

07.12.06 | 12:00. Archivado en Cine, Cineclub
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El hombre que mató a Liberty Valance

Esta última gran obra maestra (de muchas) del genio del parche en el ojo llamado John Ford, dibuja en 1962 con exquisito blanco y negro, y con deliberada melancolía, el final redondo de la vida del glorioso Western clásico; hasta la irrupción, claro está, de Clint Eastwood como director de la sublime Sin Perdón. Mucho más allá de una película de vaqueros –el escenario, a medida que avanza la acción acaba siendo lo que menos importa-, esta cinta es la historia de la compleja y sacrificada evolución de un país; el violento choque entre el crepúsculo de una época, la del viejo y salvaje Oeste, y los nuevos aires del progreso en fondo y forma. El duelo interpretativo de titanes, real, sutil e irrepetible, entre el pistolero y el abogado, que protagonizan respectivamente John Wayne (sencillamente EL cowboy) y James Stewart (discreta perfección), se puede resumir en una palabra: histórico. Tengamos en cuenta que en un extremo del callejón de este duelo, Wayne, además de amigo personal, protagonista de lo más laureado de Ford (desde La Diligencia a Centauros del Desierto), llenaba la pantalla con su enorme talla en todos los aspectos, quedando bien lo pusieran donde lo pusieran –aunque fuera, como en este caso, en el inusual rol de secundario-… y en el otro lado, James Stewart tenía química con quien se lo propusiera; así de fácil y así de difícil. Y eso sin contar al malo de opereta, más un ideal que un personaje en sí, que encarna con maestría Lee Marvin. No hay muchas más palabras para definir semejante reparto. No es halago fácil, créanme, sino justicia.

Como gran referencia del cine que es, a esta cinta no le faltan momentos memorables, como cuando el gallardo Tom Doniphon (Wayne) se reta en la cantina con Liberty Valance (Marvin) en una pugna intimidatoria de gallos de pelea, o cuando delimita masculinamente territorio hablando de “la chica” (Vera Miles) como si de una posesión se tratara, quedando patente en toda la película que en realidad es ella la que elige, como siempre ha ocurrido en la historia del ser humano; ello convierte al rudo vaquero en algo tan desfasado como la idea que representa, y lo grandioso del personaje es que nunca deja de darse cuenta.

La dirección es perfecta y la fotografía hermosa; Ford vuelve tras muchas obras en color al blanco y negro, convencido (y con buen criterio) de que esto aportará el punto de misterio y belleza sincera necesario para el desarrollo de la trama. La clave de la atmósfera decadente y emotiva reside en la calculada falta de énfasis dramático, y sólo un gran talento es capaz de plasmar en la pantalla algo tan peliagudo.

Es muy difícil elegir una cinta de la nutrida e impresionante filmografía de este realizador, maestro de muchos y grande entre los grandes, pero seguramente, si debido a alguna cruel tortura tuviera que tomar esa decisión, elegiría ésta. Aún recuerdo la sensación que me produjo este film la primera ocasión que lo vi. Esa estupenda emoción que te queda cuando disfrutas por primera vez de una historia que te marca. Envidio profundamente a aquel que aún no haya pasado por esta circunstancia.
Y a todo esto: ¿quién diablos mató a Liberty Valance?


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