Bien es sabido que estamos en la era del cine de superhéroes. Al año se estrenan entre tres y cuatro películas con justicieros enfundados en mallas, armaduras o similares atuendos que salvan al mundo de todo bicho maligno. Pero más allá de la palomita fantasiosa de la que admito ser fan, a veces en Yankilandia caen en la insensatez de mezclar las cosas y darse un baño de ego tomando en serio el asunto y colocando una simbólica capa barriestrellada a su “comandante en jefe”, siempre adalid de valores soñados e incansable luchador a favor de la libertad del mundo y parte del extranjero (literalmente, si tenemos en cuenta que el máximo exponente de esta definición es la delirante Independence Day).
Andaba yo en proceso de no faltar a mi cita cinematográfica con ustedes, a punto de comentar alguna película en cartel, cuando me entero de la muerte del gran Constantino Romero, y ello ha hecho intrascendente cualquier producción del mundo. Escribo estas líneas desde el estupor y la frustración de saber desaparecido mucho antes de lo esperado a un gran ídolo personal, ejemplo de profesional y de persona, eso que se suele decir siempre de los fallecidos pero que pocas veces es del todo sincero: pues esta es una de esas excepciones. Nunca es tarde para morir, pero hacerlo con 65 años, cuando hace cinco meses que has anunciado tu jubilación, va más allá de dejarlo todo con las botas puestas, es un desenlace demasiado cruel para esta película.
La cita habitual con mis estimados lectores permite oportunidades como la que se me brinda esta semana. El estreno de la irregular producción hispanoargentina (no por ese orden, pero se hace menos raro decirlo así por estos lares) Tesis sobre un homicidio resulta la excusa idónea para hablarles de mi actor contemporáneo favorito: tipo duro en El secreto de sus ojos, El hijo de la novia —nuevamente bajo las directrices de Juan José Campanella (también coincidieron en títulos como El mismo amor, la misma lluvia o Luna de Avellaneda)—, perseguido en Kamchatka y Nueve reinas o, más recientemente, sacerdote en Elefante blanco, Ricardo Darín es el mejor intérprete de habla hispana y mi debilidad personal. Humaniza como nadie con profesionalidad y rigor interpretativo, aunque el resto de la película no convenza, siempre hay un buen motivo para verla si aparece él, porque siempre aporta algo. Especialista en tipos que sufren sin llegar al “lloroneo”, gran artista de comedia y la mirada más expresiva que se puede encontrar en una pantalla de cine son sus señas de identidad.
En lo que supone la tercera entrega en solitario del Vengador Dorado, cuarta película en total, también asistimos a la circunstancia de que estamos ante lo incierto del futuro de su protagonista enfundándose la armadura, puesto que hasta aquí llega su contrato con Marvel. A favor de la continuidad está el incentivo económico que sin duda va a tener, puesto que a día de hoy no se concibe el personaje sin un Robert Downey Jr. que lo ha fagocitado con la naturalidad del enorme (en calidad profesional, se entiende) actor que es. También es obvio que el actor es un gran fan y se lo pasa realmente bien haciendo heroicidades y bromas socarronas en la gran pantalla. Pero también ha anunciado que podría pensarse encauzar su carrera por otros derroteros, que todo desgasta, y evidentemente la productora no va a dejar de seguir explotando su mayor gallina de los huevos de oro.
Pequeña y gran pantalla han puesto de moda en los últimos años eso de que la muerte no es necesariamente el final del camino con títulos como Bienvenidos a Zombieland, Guerra mundial Z (pendiente de estreno), la televisiva y exitosísima The Walking Dead o Memorias de un zombie adolescente, la producción que en esta ocasión centra nuestro interés. Obviamente el subgénero de gruñidores comecerebros no es nuevo (nos ponemos de pie en homenaje a Romero), le faltaríamos al respeto a tantas y tantas cintas míticas de terror, pero resulta innegable que se ha “revitalizado” el interés popular…
Barcelona es un marco ideal para casi cualquier cosa, y aunque esta cinta dé muy poca opción a los escenarios exteriores, el cine es una de ellas. Álex y David Pastor, osados cineastas que irrumpen con fuerza y descaro en un mundo del cine que se presenta en España casi tan devastado como la temática de sus historias (sólo eso ya merece admiración), son catalanes con formación fílmica estadounidense, y plantean en este enclave un proyecto ambicioso sin necesidad de grandilocuencias, bien armado, con buenos diálogos, situaciones atractivas para el público y unos actores en estado de gracia que transmiten enorme química.
Cuando uno va a ver el último trabajo de Steven Soderbergh se plantea hasta qué punto el anuncio de su retirada prematura está llenando los bolsillos del realizador y sus socios en cada uno de los proyectos que aún tenía firmados. El caso es que ayer me dejé arrastrar a la cita con uno de los autores de referencia del cine americano moderno y tuve la suerte de ejercer a la vez la muy recomendable práctica de ir al cine sin tener más que una vaga idea sobre la película que vas a ver. No siempre se logra, pero en este caso conseguí librarme del destripe de un tráiler desastroso y que al visionarlo a posteriori le entran a uno ganas de denunciar el destripe de la trama en un juzgado (tendría que existir un juzgado de cine, nos íbamos a reír nosotros en vez de algunos señores ejecutivos, pero eso es otro debate); el cartel final en España mejora, pero uno de los exhibidos en Yankilandia también traspasa la línea de lo insinuado a lo desvelado…
Son muchos, en su mayoría enconados detractores de Pedro Almodóvar desde tiempo inmemorial, aquellos que sostienen que su cine se cimenta en poco más que gays y prostitutas. Y la verdad es que precisamente en esta ocasión, poco argumento tiene para rebatirlo quien les habla, eso sí, fiel a cada cita con el director manchego y con las uñas sin afilar por la guillotina del prejuicio. Escandaloso y muy chabacano, marca de la casa, intento de provocar, ya que no estamos en los ochenta y el personal está curado de espanto, Los amantes pasajeros coloca en escena a unos estrafalarios y demenciales pasajeros de un avión que por problemas técnicos que se gestan al principio de la película tiene que realizar un aterrizaje forzoso con el consiguiente riesgo vital.
Si contamos con el resaltable hecho de las festivas fechas en las que nos encontramos, siendo benévolos y mirando el asunto más desde el prisma de la practicidad que de su calidad artística, se puede decir que esta cinta representa una de las mejores opciones para estrechar lazos familiares en la sala de un cine; sobre todo si dichas relaciones sugieren adultos dedicando tiempo a los seres más importantes de la casa y también de la cada vez más idiotizada sociedad. Porque es un enorme signo de idiotez y un a veces irreparable error no dar la importancia que se merece a todo aquello que rodea a los niños.
El londinense Joe Wright, todo un experto en cine de época con títulos como Orgullo y prejuicio o Expiación en su repertorio, se atreve nada menos que con los grandes autores rusos, y para ello cuenta nuevamente con Keira Knightley (esa muchacha a un corsé pegada, musa del nuevo cine de época) en el papel protagonista de Anna Karenina, una mujer que por amor salvaje abandona su vida acomodada y a su influyente marido y se lanza en brazos de la aventura con forma de maromo rubiales.
Jason Statham, el calvo de la saga Transporter, y de otros títulos como El asesino, Los mercenarios o Asesinos de élite (los títulos lo dicen todo), es un portento físico que se maneja a las mil maravillas en el campo de la acción pura y más dura. Entre las habilidades que adornan su nutrido currículum tenemos la imprescindible capacidad de no morirse ni por equivocación, de liarse a refostios con el personal sin que se le abran las recientes heridas de bala, mantener conversaciones telefónicas coherentes de quince segundos en los casos de mayor elocuencia o el muy hollywoodiense recurso de convertir en arma mortal aquello que llegue a sus manos, ya sea un trozo de cristal, un biberón o un cleenex.
Cuando sin rubor alguno, con premeditación y alevosía se realiza una antología de lo política y estéticamente incorrecto te puede ocurrir que llames la atención, que es lo que a fin de cuentas buscas, pero que te piten los oídos hasta que cumplas los noventa. Eso y que unos cuantos te llamen “valiente” y “autor de culto”, ya que lo primero y lo segundo suelen ir unidos.
Sábado, 25 de mayo
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
José Pómez
Peio Sánchez Rodríguez
Juan Granados
Julián Moreno Mestre
Juan Carrasco de las Heras
Agustín Conchilla Márquez
José Andrés Prieto
Javier Orrico