Original y despiadada, dos calificativos que se enfrentan a la anestesia neuronal que actualmente sufre el cine, son la atractiva carta de presentación de una cinta, basada en la novela de Walter Kirn, que pone de manifiesto algunas de las enormes vergüenzas de nuestra sociedad interesada y de plástico. Nutrida con pinceladas de la más acuciante actualidad (como es el caso de la crisis o la seguridad en los aeropuertos), Up in the air se las apaña para aparecer con aspecto atemporal, malabar ciertamente difícil; y es que la habilidad de la producción del ya importante icono indie Jason Reitman (Gracias por fumar, Juno) revisa la asepsia social con la misma naturalidad con la que utiliza los recursos del humor o el drama, sin llegar a caer del todo en ninguno para conformar entre todos los elementos un global singular difícil de etiquetar.
Por supuesto, no todo lo que Clint Eastwood ha hecho es perfecto, y hay sombras en su filmografía que sobran, pero aun sin saber qué me voy a encontrar, para mí es todo un acontecimiento el día del año que puedo asistir al estreno de una cinta del último gran clásico vivo. Con esa mezcla de entusiasmo y peligrosa expectación acudí a ver Invictus, un encargo de y para Morgan Freeman, que ha nacido para interpretar el papel de Nelson Mandela y que ya adelanto que no defrauda a nadie. Me topé con una cinta eminentemente inteligente, en la que, al igual que la obra en la que está fielmente inspirada, se huye de la biografía para centrarse, con el ágil recurso del cine deportivo, en la victoria de Sudáfrica de la Copa del Mundo de rugby en 1995; dicho evento, en el que el director (quizá demasiado enamorado de un personaje histórico fascinante) deposita excesiva influencia, supuso un golpe de mano político y emocional para la construcción de un nuevo país en el que hacían (y siguen haciendo) falta alegrías populares y grandes dosis de buena voluntad para perdonarse los unos a los otros por barbaridades pasadas, presentes y futuras.
Reconozco que me cuesta ser objetivo con una cinta diseñada fundamentalmente con el objetivo prioritario de acaparar Oscars, y aun así salí de la proyección con buen sabor de boca ante un espectáculo detenidamente diseñado y cuidadosamente elaborado, con números musicales que enriquecen lo que vemos (en cuyo éxito final influye una imponente fotografía), y que, sin ser un fan del género en cuestión, se me pasó el tiempo volando. Todo ello es innegable. El buscaéxitos Rob Marshall (Memorias de una geisha, Chicago) vuelve a dar banda sonora a las ansiadas nominaciones en esta digna adaptación del musical de Broadway Nine, a su vez adaptación de 8 1/2, trabajo de un Federico Fellini al que se rememora y cuya sombra acompleja sin necesidad este trabajo.
Aquel que sea fiel al personaje mítico y no acepte verle distinto con la excusa de la “revitalización”, conserve los libros como oro en paño y vea las películas del detective más famoso de la historia una vez al mes para darse un homenaje, no debería atreverse a otear siquiera el resultado de la reiniciación de la saga, con más fines económicos que otra cosa. Dicho sea esto ante todo. Ahora bien, no se puede negar que el aire de entretenimiento puro y duro (sobre todo duro), el giro a la acción (ya avisé a los puristas que se aislaran de esta entrega) y la enorme química que tienen tres intérpretes como Jude Law, Robert Downey Jr. y Rachel McAdams resulta del todo efectiva para las rudimentarias intenciones del proyecto.
Shane Acker hace su irrupción en esto de contar historias largas (su anterior trabajo fue una versión en cortometraje de esta misma historia, nominada al Oscar en 2006, por cierto) de la mano de Tim Burton; y digo de la mano del cineasta que parece un personaje de historia de terror porque, además de encargarse de la producción de la obra (junto a Timur Bekmambetov), la influencia visual y artística se hace evidente desde los mismos títulos de crédito del inicio, ya que, nunca mejor dicho, su sombra es demasiado alargada cuando Burton forma parte de un proyecto.
No sé por qué será, pero el maltrato sin medida hacia nuestros semejantes, si se contempla en el cine y se tiene el pretexto de la ficción siempre desata los más bajos instintos cainitas y tiende uno a pasarlo en grande ante el espectáculo. Zombieland (que así se llama la producción: manías de añadir apellidos para estropear un nombre perfecto que tenemos por estos lares) es una fusión de gore, terror, homenaje y altísima dosis de comedia que, mezclado sin agitar, son elementos perfectos para un buen cóctel con aceitunita y todo de entretenimiento sencillo, directo y sin remilgos.
“Queréis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor.” Con estas palabras por bandera comenzaba la mítica serie de los ochenta, a su vez basada en la película llamada igualmente “Fama”, y treinta años después sigue vigente el enorme éxito que cosechó por aquél entonces; programas de televisión (que se lo digan a triunfitos o a “talentos” varios de todo el mundo), cine y demás parafernalia son herencia clara. La innecesaria revisión que nos atañe del aplaudidísimo y premiadísimo clásico es el ejemplo de que el sello sigue atrayendo.
El descomunal avance de la tecnología cinematográfica en los últimos tiempos ha logrado metas impensables hace relativamente poco; quién nos iba a decir que seríamos capaces de ver volar a Iron Man ante nuestros ojos, de asistir a una guerra entre jedis y clones, o entre transformers, y ser testigos más que directos de mundos de ensueño imaginados solo para nuestros ojos y gloria de la técnica. También se ha cometido en no pocas ocasiones el tremendo error de pretender introducir al espectador en la historia a golpe de ordenador y 3D, más a la fuerza que estimulando de verdad que nos dejemos llevar, lo más importante de una película, detalle que no siempre es tenido en cuenta.
Sé que si decimos que estamos ante una tragicomedia romántica de adolescentes estadounidenses dan ganas de pasar las casi dos horas que dura haciendo cualquier cosa (lo que sea) más interesante; sin embargo, es lo que tiene la adicción al celuloide (estas enfermedades son así y no se puede simplemente dejar de consumir cine) y la desesperación ante una cartelera yerma, cuando no te queda otra bajas tu supuesto listón creado por la experiencia y los prejuicios y te tragas algo que aparentemente vas a detestar.
El cine español se ha hecho mayor por varios motivos: en primer lugar, resulta de lo más llamativo el poder decir que, en plena crisis mundial, se encuentre de vacas gordas, con el estreno de Ágora y Planet 51, las dos películas con más presupuesto de la historia en nuestro particular país, más del doble de la que ostentaba hasta ahora el título, Alatriste, una producción de época muy injustamente tratada y cuyo gallo hubiera cantado de otra forma con menos limitación monetaria…
Procuro no ser demasiado ingenuo cuando voy a ver una película de tipo “espectáculo gratuito”, y prepararme con palomitas y poco espíritu exigente, porque parto de la base de que el cine es un invento para el disfrute humano, y a veces no se busca profundidad al tema, sino un rato de evasión. Por ello no me parece muy saludable ver una película con la motosierra preparada y con espumarajos en la boca antes de entrar en la sala. Sin embargo, tampoco soy de los que salvan una producción por el simple (nunca mejor dicho) hecho de que tenga unos efectos especiales que satisfagan las retinas, porque me perece una involución del cine por la que no pienso pasar. Dicho esto, y en resumidas cuentas, quede claro que no veo cine de acción con malévolas intenciones críticas, soy bastante “permisivo”, y nada más que le exijo cualquier cosa que me dé una excusa medianamente válida para disfrutar del show. Después de dejar bien claro al personal de qué pie cojeo, afirmo con rotundidad que la última en cartel de catástrofes naturales es eso mismo: un desastre.
Dos de los tripulantes de una enorme nave espacial se despiertan de su hibernación bastante desorientados y sin recordar cuál es su misión, cuánto tiempo llevan en ese estado o incluso sus propios nombres; poco a poco, a la vez que se van desperezando, irán descubriendo que, más que de ciencia-ficción, les ha tocado protagonizar una película de terror, y se irá haciendo evidente que no están solos y que sus vidas (bastante más que eso, diría yo) corren peligro.
Martes, 9 de febrero
Juan Granados
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Peio Sánchez Rodríguez
Siro López
Marie-José Martin Delic Karavelic
Chris Gonzalez -Mora
Padre Fortea
José Donís Català
Alicia Antolín de la Hoz
Juan Fernandez Krohn
Carlos Ferrer