La defensa de la vida humana admite varias razones: por sus valores como persona, porque es violada en sus derechos y por su relación con Dios. Urge colocar de modo coherente al ser humano en el centro de la creación y que sea comprendido de manera íntegra en su valor, relaciones y compromisos. Así se evitará tanto el endiosamiento como la reducción fisicista o biologicista.
El cómo práctico de la defensa exige el respeto y desarrollo de los derechos concernientes al vivir humano. En plan de “mínimos”, está el no matar. En plan positivo, el “sí” coherente reclama que se conserve toda vida desde la concepción hasta la muerte. Desde el “sí” a una vida digna, se comprende mejor el “no” rotundo a cuanto se oponga a sus derechos como el “no matarás”, del quinto mandamiento, violado tanto por diversas clases de homicidio en general como por el aborto y la eutanasia en particular.
Toda persona tiene derecho a vivir según su dignidad y a poseer los medios necesarios para prevenir y recuperar la salud. La realización de estas exigencias revela a Dios como fuente de toda vida y defensor de la dignidad humana, actualiza el mensaje de Cristo que es para todo hombre, camino, verdad y “vida”, y constituye una tarea más para la comunidad eclesial, comprometida en el reinado de Dios que es de vida en todo sentido.
El cristiano vive el servicio liberador desde su condición de seguidor de Cristo y miembro responsable de la Iglesia. Y le motiva, el amor que potencia las exigencias de la justicia por encima de cualquier ideología o técnica. Tal servicio liberador tiene como aplicación coherente la opción por los pobres, hoy más urgente que en los años setenta del siglo pasado porque el problema es mayor. No es un tópico, es una exigencia de la justicia social y, por supuesto, de la caridad del cristiano.
La liberación necesita el servicio liberador, presente en los componentes de la comunidad política humanizada por la libertad. Desde una perspectiva humana, el servicio o compromiso para la liberación, requiere la justicia como práctica de cada persona. Como segunda exigencia, la presencia activa (participación) del ciudadano en la vida de la comunidad política. Por su parte, el seguidor de Cristo y miembro de la Iglesia tiene, además otras motivaciones y exigencias.
La liberación cristiana ha recibido diversas estructuraciones teológicas. Conviene clarificar la distinción entre una auténtica Teología de la liberación de otros enfoques teológico-pastorales que pueden denominarse «teologías de la liberación». ¿Qué rasgos identifican a la auténtica Teología de la liberación en comunión con sus objetivos y con el Magisterio de la Iglesia? Aunque una sana Teología de la liberación admita múltiples interpretaciones, este artículo presenta los criterios fundamentales. Sobre todo, urge superar el horizontalismo teológico y cuidar la “praxis” como metodología. Siempre se unirá la fe en Dios con la injusticia socio-política para que aparezca bien precisado el compromiso liberador en su relación con la opción del cristiano. La Teología de la liberación exige todo un discernimiento teológico pastoral que respalde el servicio liberador del cristiano.
La liberación desde la fe, la liberación cristiana, comparte el núcleo ético de cualquier liberación que merezca el calificativo de humana. Pero junto a los aspectos comunes, tiene unos fundamentos especiales. Dios Padre liberador, Cristo y su obra de liberación integral y la comunidad eclesial con su misión liberadora. A los miembros de la Iglesia les corresponde difundir el Reino de Dios con todas sus exigencias, actuar la conciencia profética, denunciar las injusticias, poner en práctica la opción preferencial por los pobres y dar testimonio de libertad entres sus miembros. Sí, la liberación cristiana tiene un gran fundamento. Otro tema es el cómo se interpreta.
No soy indiferente ante el tema de la liberación. No en vano estuve presente en cuatro países de América latina desde el 1966 al 1995. Hasta tuve oportunidad de compartir, -era en Arequipa-Perú, el año de 1972- unas charlas sobre Moral de la liberación con Gustavo Gutiérrez. Pasó el tiempo pero, lamentablemente, sigue actual el tema de la liberación porque se acrecientan las injusticias sociales, la violación de las libertades humanas, la opresión de cualquier tipo y los conflictos en la comunidad política que afectan a las clases sociales y aun a pueblos enteros. Permanece ese proceso urgente y complejo (social, cultural, ético y religioso) que ha recibido diversos enfoques y respuestas. Es la liberación ante la cual el cristiano no puede quedar indiferente. Algunos optaron por una liberación al margen de la comunión eclesial. Otros, por la pasividad e indiferencia. Pero a todos nos interesa tener presente los criterios básicos, los campos, los factores y causas de orden social, histórico y cultural. Y los elementos imprescindibles para el compromiso liberador
La dimensión eclesial es esencial en la proyección política del cristiano. Junto a su compromiso individual está el que realiza como miembro de una comunidad -la Iglesia- que mantiene especiales relaciones con el mundo y con la comunidad política. Los ciudadanos y miembros de la Iglesia evitarán el intimismo, el miedo y el predominio de la ideología sobre la fe. Y tendrán presente que «la propia fe es un motivo que les obliga (a los cristianos) al más perfecto cumplimiento de todas (las tareas temporales), según la vocación personal de cada uno» (GS 43).
Sábado, 2 de junio
Urbano Sánchez García
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Asoc. Humanismo sin Credos
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman
Religión Digital
Orlando Carmona