"España es una sociedad postrada". Esta fue la principal conclusión del análisis que el obispo de Alcalá y responsable de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Reig Plá, trazó durante la presentación de la Misa de las Familias que tendrá lugar este domingo (2-1-11), a las doce del mediodía, en la plaza de Colón. Una sociedad postrada ante el millón y medio de abortos llevados a cabo en España desde que se aprobara la despenalización en 1985. "No ha habido catástrofe humana en la historia de España que haya producido más muertes”
Ante la cultura de la muerte, Juan Pablo II afirmó en la Evangelium vitae: "toda sociedad debe respetar, defender y promover la dignidad de cada persona humana en todo momento y condición de su vida” (EV 81). Pero ¿cómo servir a la vida? ¿En qué consiste el compromiso de la familia por la vida? ¿Y el de los otros miembros de la sociedad, políticos, médicos y personal sanitario? ¿Cultura de la muerte o cultura de la vida? Es la gran alternativa, el enorme y dramático choque que nos desafía: "todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida (EV 28). "Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida". "Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida" (EV 95).
La vida humana, el vivir digno del grupo social, político o religioso de nuestro mundo actual, merece el calificativo de comunidad con valor real en la medida en que los derechos humanos estén presentes en las conductas, estructuras y en las relaciones, interpersonales e internacionales. A esa situación llamamos “navidad” pero interpretada como el nacimiento de un mundo mejor, de una comunidad universal humanizada. Ahora bien, la realidad histórica de nuestros días nos muestra un “adviento dramático” por la esperanza y frustración de tantos derechos humanos y de tantas aspiraciones justificadas. Una vez más, tenemos que revisar algunos de los criterios básicos, éticos y cristianos, que integran el camino para que del adviento actual, el mundo, todo el vivir humano, pueda llegar a la ansiada "navidad".
No solamente Jesús compartió la vida en todo menos en el pecado, y no solamente el siervo de Yahvé alivió muchos males de muchas personas. Además, el Redentor con su Buena Nueva, reveló la vida eterna y con ella enriqueció la dignidad de toda persona. Mensaje esperanzador. Siguiendo la doctrina de Juan Pablo II, también surgen otras conclusiones sobre la vida humana, el aborto y la sexualidad
Todo. Porque Jesús, el pobre de Nazaret, compartió al cien por cien la vida humana menos en el pecado. El siervo de Yahvé, en su ministerio alivió las necesidades corporales de muchas personas. Con la predicación del Reino de Dios, el Maestro y Profeta, fundamentó, amplió y enriqueció la dignidad del hombre. Y a todos, el Redentor reveló horizontes insospechados: Él traía y concedía la existencia que no tiene fin. Y entregó su vida para que todos pudiéramos alcanzar la vida eterna. Lo que hizo Jesús merece una respuesta coherente.
La ética rechaza el aborto y la eutanasia, pero muchas leyes permiten o despenalizan prácticas abortivas y eutanásicas. ¿Ética o ley en el aborto y en la eutanasia? Para el creyente, el problema se agrava porque su fe refuerza los argumentos de la ética, pero como ciudadano tiene que obedecer las leyes. ¿Por quién optar? ¿Obligación a desobedecer? Tengamos presente que lo legal no siempre es moral. Y que la legalización se opone a la razón y contraría el bien común, pues se trata la muerte de una persona.
Acudamos nuevamente a la Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II (1995) que ilumina las respuestas sobre la posibilidad de una “legalización democrática” que interpela la cooperación del ciudadano y mucho más la del cristiano.
La ética rechaza el aborto y la eutanasia, pero muchas leyes permiten o despenalizan prácticas abortivas y eutanásicas. ¿Cómo se explica que la ética actúe según la razón a favor de la vida y la ley sea una “ordenación de la razón” que legisla contra la vida? ¿Cómo la misma razón puede aprobar dos cosas opuestas? ¿Es correcta la argumentación o una falacia? ¿Está la ley contra la ética en el aborto y en la eutanasia? ¿Ética o ley en el aborto y eutanasia? Para el creyente, el problema se agrava porque su fe refuerza los argumentos de la ética, pero como ciudadano tiene que obedecer las leyes. ¿Por quién optar? ¿Obligación a desobedecer? Acudamos a la Encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II (1995) que ilumina las respuestas a favor y en contra de la legalización del aborto o de la eutanasia, la posibilidad de una “legalización democrática” que interpela la cooperación del ciudadano y mucho más la del cristiano.
Con razón se afirma que Hitler retrasó en Europa la legalización de la eutanasia. Cuando la guerra empezó en 1939, el “Führer” dio la orden de asesinar a todos los pacientes incapacitados institucionalizados, considerados "incurables". Durante la fase inicial de las operaciones, de 1939 hasta 1941, alrededor de 70.000 personas murieron en el programa de eutanasia. Pero en el procedimiento del Tribunal Militar Internacional de Nuremberg (1945-1946), se calculó que el numero total de víctimas era de 275.000 personas. Así se explica que Europa estuviera “vacunada” contra la eutanasia en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Y que el magisterio de la Iglesia, especialmente con la Evangelium vitae de Juan Pablo II, proponga una serie de criterios que refuerzan el rechazo a la eutanasia.
“El caso del celador de una residencia de ancianos de la ciudad de Olot va en camino de convertirse en uno de los sucesos más espectaculares de la delincuencia de los asesinos en serie que se haya producido en España….Asimismo, este suceso debe abrir una reflexión profunda y serena encabezada por la siguiente cuestión: si estando absolutamente prohibido por el código penal el dar muerte a una persona, aún contando con la voluntad de la misma, si teóricamente existen todos unos procedimientos que permiten determinar si una muerte ha sido natural, ¿qué sucedería si una legislación favorable a una eutanasia light cubriera de zonas de sombra, facilitara áreas de impunidad a actos que tuvieran como finalidad matar a una persona, porque se considera que sufre demasiado o que ya no tiene ningún papel en este mundo? En una sociedad como la nuestra, donde el valor de la vida humana es juzgado en términos relativos, que está cada vez más acostumbrada a pensar que una persona que presenta deficiencias es mejor que no nazca, tiene el camino expedito a procurar la muerte de aquellos adultos que se encuentran instalados en esta situación, con un hecho añadido: su muerte generalmente reporta ventajas de algún tipo porque antes han sido ya vistos como un estorbo” (En Religión digital: ForumLibertas).
Una vez más, al “no” rotundo de la ética a la eutanasia se une el rechazo de la fe con las verdades que fundamentan la respuesta cristiana.
Pues claro que sí. Las palabras de Benedicto XVI: “puede haber casos justificados singulares, por ejemplo, cuando una prostituta utiliza un preservativo, y éste puede ser el primer paso hacia una moralización, un primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia sobre el hecho de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiere. Sin embargo, este no es el verdadero modo para vencer la infección del VIH. Es verdaderamente necesaria una humanización de la sexualidad».
Esta respuesta u otra parecida es la que daba más de un profesor de Teología moral desde los años setenta a la excepción de los anticonceptivos. Por lo menos es mi caso. Sobre el tema tengo preparados varios artículos que deseo publicar para fundamentar la respuesta al interrogante planteado. Ahora adelanto solamente algunos hechos y criterios.
En los años setenta, un servidor era profesor de Teología moral en la Facultad teológica de Lima. Simultáneamente asesoraba un programa para los “Pueblos jóvenes” aprobado por el cardenal Landázuri. Dentro de un plan “complexivo” de ayuda se facilitaban anticonceptivos a las parejas durante un tiempo y en situación muy especial. La norma admitía lógicas excepciones.
En los años ochenta y noventa, a los alumnos de la Universidad Pontificia de México y del Seminario de Almería, al explicar el tema de los anticonceptivos, para justificar las excepciones, les decía:
“si una esposa con escasos recursos, con diez hijos y un marido alcohólico toma la píldora anticonceptiva ¿en nombre de qué moral la podemos condenar?” Hay causa justificada que impide la condena.
“si un matrimonio puede y debe tener más hijos, no lo hace, pero observa
algún método natural, ¿es verdad que no está dentro de la moral cristiana que pide también la paternidad responsable? Sí, porque la normativa pide otras exigencias".
“el criterio para juzgar la moralidad de una respuesta presenta varios factores: el respeto, la expresión de amor, la paternidad responsable, la apertura a la vida, la adhesión al proceso biológico de la intimidad sexual, la comunión con el magisterio de la Iglesia y las exigencias de la situación como esposos y como familia. A la conciencia de los esposos “toca” la respuesta en un tema que viene a ser la aplicación de un precepto natural de segundo orden”
“El tema de los anticonceptivos hay que integrarlo en el TODO de una sexualidad humana y cristiana. Y la sexualidad en el TODO de la madurez cristiana”
Los interrogantes son inevitables: si el siglo XX pasó por ser el siglo del homicidio en las guerras y del aborto del ser humano, ¿será el siglo XXI el de la eutanasia? ¿es lícito anticipar la muerte de un enfermo incurable ya agonizante para evitarle más dolor? ¿Se puede suprimir el drama de los gravemente tarados y de los ancianos insoportables? ¿Es ético elegir una muerte digna en las situaciones irreversibles, desesperadas? ¿Será coherente, una vez legalizado el aborto, permitir la eutanasia? El artículo anterior expuso los criterios y las respuestas más significativas que la eutanasia plantea al mundo secularizado. Es la hora de dar una respuesta y de plantear los conflictos.
El Gobierno español aprobará en marzo próximo una ley sobre la muerte digna, para "morir sin dolor cuando la ciencia médica permita que así sea". Será la Ley de Cuidados Paliativos y Muerte Digna para garantizar los derechos de los pacientes en situación terminal, según lo ha anunciado el vicepresidente primero y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien ha precisado que "no es una ley de eutanasia".
Ante la noticia, lectores de Religión digital han expresado su opinión como Michelle que afirma: “para una muerte Digna , no hay que crear leyes humanas , basta con la Divina , que es la Superior. El Gobierno solo busca legalizar la eutanasia,
y acabar pronto con el prójimo que le estorba o ya no le es útil. Es el gobierno queriendo ocupar la silla de DIOS. Porque es un gobierno que no respeta a Dios, que no tiene FE . Es una ley con un vestido para disfrazar el exterminio”. Otra opinión es la de Yo mismo: “yo creo que esto es lo que se viene aplicando en todos los hospitales de España. Cuando un enfermo está en una situación terminal, que le queda muy poco tiempo de vida y empieza a tener grandes dolores y sufrimientos y se sabe que se va a morir, en las unidades de cuidados paliativos ya le ponen el tratamiento necesario para que no sufra, aunque esto pueda acortar unos días la vida. Esto no es eutanasia y la iglesia siempre ha dicho que había que seguir avanzando en los cuidados paliativos y que ese era el camino.” Ante la problemática sobre la eutanasia conviene, en primer lugar, claridad de conceptos y “clarificar” quienes están a favor de la eutanasia legalizada.
El cristiano, además de la plataforma antropológica, cuenta con el fundamento bíblico que presenta a Dios como el creador y Señor de todo, y a la vida humana como sagrada e inviolable. Al cristiano, también le respalda la doctrina eclesial que a lo largo de la historia, y en los últimos años mucho más, ha mantenido el rechazo al aborto con toda firmeza. Y como se trata de una ofensa muy grave, la Iglesia ratifica que la vida humana es sagrada, inviolable y digna de amor, y añade a la condena doctrinal, especiales sanciones para los católicos que cometen tal “crimen nefando” (GS 51).
Muchos opinan que el rechazo del aborto es cuestión religiosa, una obsesión más de la Iglesia católica. Pero, como expuse en el artículo anterior, son suficientes las razones éticas con el respaldo científico, para condenar el aborto por las muchas inmoralidades que encierra. Ahora bien, el cristiano, además de la plataforma antropológica, cuenta con el fundamento bíblico que presenta a Dios como el creador y Señor de todo, y a la vida humana como sagrada e inviolable. Al cristiano, también le respalda la doctrina eclesial que a lo largo de la historia, y en los últimos años mucho más, ha mantenido el rechazo al aborto con toda firmeza. Y como se trata de una ofensa muy grave, la misma Iglesia añadió a la condena doctrinal, especiales sanciones para los católicos que cometen tal “crimen abominable” (GS 51).
El artículo anterior planteó el rechazo del aborto desde la Ética. Expuso el contexto histórico-cultural con cita de la Evangelium Vital n.17 de Juan Pablo II y describió brevemente las principales actitudes y respuestas ante el aborto: la superficial, feminista, eugenésica, personalística, la confusa, y la que defiende la vida. Por último, enumeró seis razones éticas para rechazar el aborto porque viola el derecho a la vida, se trata de un homicidio, abre la puerta a la eutanasia y a cualquier muerte humana, socava los cimientos de la sociedad, degrada a quienes deben defender la vida, aplasta la dignidad de la mujer como madre y encierra otras muchas respuestas inmorales
Ante el aborto que afecta a millones de personas y que viene a ser la suma de muchas corrupciones y el producto de otras tantas injusticias, conviene tener conceptos claros y serenos. Objetivo difícil en un mundo muy sensible a los derechos humanos, contrario a la pena de muerte, pero que reivindica la liberación del aborto, considerado por la Iglesia como un «crimen abominable» (GS 51). Su problemática, especialmente la legalización, constituye uno de los problemas éticos más complejos. Aparece hoy día como la punta de un iceberg que esconde otros problemas jurídicos, sociales, religiosos y pastorales. En el aborto confluyen muchas ideologías e intereses de nuestro mundo pluralista y secularizado que pone una técnica muy desarrollada, -técnica de muerte-, para esta práctica anticonceptiva, conocida ya antes de la era cristiana.
No se puede quedar indiferente ante la aceptación o rechazo de la vida, ante el sí o el no al aborto. Sin entrar en cuestiones más profundas de teología moral, desde la simple razón, surge el interrogante sobre la moralidad: ¿por qué rechazar el aborto directo desde la ética?
Muchos son los atentados y crímenes contra la vida. No solamente contra el aborto y la eutanasia. Porque son millones de niños los que mueren víctimas del hambre o tienen que empuñar las armas o son vendidos como esclavos o están en trabajos forzados o malviven en las calles sin padre ni madre. Y de los mayores, lamentamos la calidad de vida de mujeres prácticamente esclavas del machismo y de culturas. Como marco global, rige la injusticia institucionalizada, y los niños como víctimas especiales. Tampoco debemos olvidar a las víctimas del terrorismo, máxime el que se respalda en su religión. Ahora bien, frente a los atentados y crímenes, también existen quienes luchan por la justicia y por la vida digna
Junto al elogio-defensa de la vida humana, encontramos la realidad denunciada por el Vaticano II: la violación de los derechos humanos referentes a la vida. El mundo se manifiesta sensible e insensible donde coexisten la culpabilidad personal y la estructural. En el siglo XX proliferaron los ataques masivos contra la vida en una auténtica conjura que propagaron los medios de comunicación social y en la que no faltó la colaboración de muchos médicos. Y junto a los ataques, la justificación de toda una cultura donde se considera hasta un derecho el poder matar a seres inocentes. Muchos deforman la verdad con el subjetivismo y justifican el aborto cuando proponen la libertad como derecho o con la convicción de que la vida se identifica con la comunicación verbal explícita. Según avanzaba el XXI, la situación empeora con el progreso científico-técnico y alguna que otra legislación contra la vida respaldada por el relativismo democrático. Con dolor: estamos ante un enfoque cultural favorable a la muerte donde luchan los poderosos contra los débiles. Ahora bien, ¿no hay nada positivo en nuestro mundo a favor de la vida?
Mundo actual: realidades y contradicciones respecto a la vida Junto a la proclamación de los derechos a la vida y a la salud, está la realidad histórica que nos habla de homicidios, abortos, eutanasia, suicidios deliberados, torturas morales o físicas, condiciones infrahumanas de vida que conducen a enfermedades irreversibles: “todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus victimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador” (GS 27).
Las contradicciones de un mundo sensibilizado a la hora de proclamar derechos pero insensible ante muchas violaciones, como sucede con el aborto. Un mundo que exalta los valores de la vida pero pretende ignorar la realidad humana del dolor, enfermedad, vejez y muerte.
Sigue la desigualdad afrentosa entre los enfermos bien atendidos y los desasistidos en lo mínimo; entre familias solidarias y sacrificadas para quienes no falta atención y cariño y familias que abandonan a sus enfermos.
Existe preocupación en muchas leyes y estructuras para los enfermos, pero unida a la deshumanización de la sociedad que afecta especialmente a la sanidad y al que necesita atenciones médicas. Así ocurre con la burocratización y masificación de la sanidad que convierte en un número o en un objeto a los “pacientes”.
Legislaciones que contrarían sus mismas Constituciones. Como afirmó Juan Pablo II: se da el hecho “de que las legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena legitimidad de estas prácticas contra la vida” (EV 4).
Antes, delito, ahora decisión respetable y hasta un derecho. “Opciones, antes consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables” (EV 4). Más aún, atentar contra la vida se llega a considerar un derecho que abre las puertas al reconocimiento legal por parte del Estado (EV 11).
Del juramento hipocrático a la colaboración.
Es la respuesta de muchos médicos que por vocación deben defender la vida pero se prestan a realizar actos contra la vida humana degradando su dignidad (EV 4).
Convergen solidaridad y culpabilidad.
Junto a muchas acciones solidarias e instituciones que trabajan a favor de la vida, está la culpabilidad personal de quien comete la acción delictiva física o moral como el destruir la buena fama, la crítica humillante, dar disgustos que causan infartos.... Y también está la culpabilidad estructural-colectiva de quien despilfarra cuando millones de personas mueren víctimas del hambre o la desnutrición; cuando emite un voto que contribuye a la liberación del aborto. Contra la vida del presente y del futuro están los que de modo desproporcionado contaminan el ambiente; influyen para que siga la carrera de armamentos o consumen materias primas nutritivas que necesitan los del Tercer Mundo (EV 3,4 y 17).
¿Por qué se ataca a la vida?
A veces, por situaciones personales
Las opciones contra la vida proceden, en muchas ocasiones, de situaciones difíciles o incluso dramáticas, de profundo sufrimiento, soledad, falta total de perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro (EV 18). No faltan, además, situaciones de particular pobreza, angustia o desesperación que provocan decisiones de las que pronto se arrepienten. Muchas personas confiesan que ignoraban la malicia de lo que hacía, actuaban con irreflexión. Otras, confiesan el miedo a perder el cargo, su empleo, si no colaboran en tal acción abortiva. Desde otra perspectiva, no falta quien justifique sus respuestas por amor al progreso, a la ciencia que justifica experimentos que otros juzgan inmorales
Ninguna excusa tienen quienes se enriquecen con el beneficio que resulta de su acción abortiva o de eutanasia. Ni aquellos que de manera consciente o inconsciente responden con odio contra los defensores de la vida
En ocasiones, por criterios erróneos sobre el ser humano
En el tema del aborto, juega un papel decisivo la opinión que reduce el ser humano, no al comienzo de la fecundación, sino a un tiempo posterior. Algunos llegan a identificar “la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal y explícita y, en todo caso, experimentable (EV 19). Su posición es tajante, pues “sólo reconoce como titular de derechos a quien se presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía y sale de situaciones de total dependencia de los demás ” (EV 19).
Por la deformación de la libertad.
Son muchos, y cada vez con más frecuencia, que interpretan los delitos contra la vida como legítimas expresiones de la libertad individual que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos (EV 18). Llegan a “un concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo, y no lo dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio del otro (EV 19). Sobre la vida, aplican los criterios del subjetivismo relativista que propugna la ética de situación. Dicen: “cuando corren peligro otros valores “superiores” y mi conciencia considera “justo” eliminar una vida, mi libertad puede tomar la decisión de muerte como mal menor”.
Por cierta cultura que favorece a los fuertes sobre los débiles
¿Quién está detrás de los ataque contra la vida? Un enfoque cultural al servicio de la muerte que “manifiesta una visión de la libertad muy individualista, que acaba por ser la libertad de los « más fuertes » contra los débiles destinados a sucumbir” (EV 19). Al amparo de esta cultura, se justifican quienes actúan porque la “ley” lo permite, manda o no sanciona. Ellos son fieles a la ideología de su partido político que defiende tales opiniones y respuestas. Sin llegar a tanto, no falta quien defiende por mimetismo cultural determinados ataques que representan la respuesta de lo nuevo, lo progresista, frente a lo viejo, lo reaccionario.
Por la estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «cultura de muerte» (EV 12). Crece en el XXI “una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera cultura de muerte” (EV 12)
Por la mentalidad pragmática.
Un elemento de la cultura a favor de la muerte es la mentalidad pragmática que tiene “una concepción de la sociedad basada en la eficiencia” (EV 12). Desde esta perspectiva, la vida que exige más acogida, amor y cuidado es valorada como inútil, como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos. “Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar” (EV 12).
La defensa de la vida humana admite varias razones: por sus valores como persona, porque es violada en sus derechos y por su relación con Dios. Urge colocar de modo coherente al ser humano en el centro de la creación y que sea comprendido de manera íntegra en su valor, relaciones y compromisos. Así se evitará tanto el endiosamiento como la reducción fisicista o biologicista.
El cómo práctico de la defensa exige el respeto y desarrollo de los derechos concernientes al vivir humano. En plan de “mínimos”, está el no matar. En plan positivo, el “sí” coherente reclama que se conserve toda vida desde la concepción hasta la muerte. Desde el “sí” a una vida digna, se comprende mejor el “no” rotundo a cuanto se oponga a sus derechos como el “no matarás”, del quinto mandamiento, violado tanto por diversas clases de homicidio en general como por el aborto y la eutanasia en particular.
Toda persona tiene derecho a vivir según su dignidad y a poseer los medios necesarios para prevenir y recuperar la salud. La realización de estas exigencias revela a Dios como fuente de toda vida y defensor de la dignidad humana, actualiza el mensaje de Cristo que es para todo hombre, camino, verdad y “vida”, y constituye una tarea más para la comunidad eclesial, comprometida en el reinado de Dios que es de vida en todo sentido.
El cristiano vive el servicio liberador desde su condición de seguidor de Cristo y miembro responsable de la Iglesia. Y le motiva, el amor que potencia las exigencias de la justicia por encima de cualquier ideología o técnica. Tal servicio liberador tiene como aplicación coherente la opción por los pobres, hoy más urgente que en los años setenta del siglo pasado porque el problema es mayor. No es un tópico, es una exigencia de la justicia social y, por supuesto, de la caridad del cristiano.
La liberación necesita el servicio liberador, presente en los componentes de la comunidad política humanizada por la libertad. Desde una perspectiva humana, el servicio o compromiso para la liberación, requiere la justicia como práctica de cada persona. Como segunda exigencia, la presencia activa (participación) del ciudadano en la vida de la comunidad política. Por su parte, el seguidor de Cristo y miembro de la Iglesia tiene, además otras motivaciones y exigencias.
La liberación cristiana ha recibido diversas estructuraciones teológicas. Conviene clarificar la distinción entre una auténtica Teología de la liberación de otros enfoques teológico-pastorales que pueden denominarse «teologías de la liberación». ¿Qué rasgos identifican a la auténtica Teología de la liberación en comunión con sus objetivos y con el Magisterio de la Iglesia? Aunque una sana Teología de la liberación admita múltiples interpretaciones, este artículo presenta los criterios fundamentales. Sobre todo, urge superar el horizontalismo teológico y cuidar la “praxis” como metodología. Siempre se unirá la fe en Dios con la injusticia socio-política para que aparezca bien precisado el compromiso liberador en su relación con la opción del cristiano. La Teología de la liberación exige todo un discernimiento teológico pastoral que respalde el servicio liberador del cristiano.
La liberación desde la fe, la liberación cristiana, comparte el núcleo ético de cualquier liberación que merezca el calificativo de humana. Pero junto a los aspectos comunes, tiene unos fundamentos especiales. Dios Padre liberador, Cristo y su obra de liberación integral y la comunidad eclesial con su misión liberadora. A los miembros de la Iglesia les corresponde difundir el Reino de Dios con todas sus exigencias, actuar la conciencia profética, denunciar las injusticias, poner en práctica la opción preferencial por los pobres y dar testimonio de libertad entres sus miembros. Sí, la liberación cristiana tiene un gran fundamento. Otro tema es el cómo se interpreta.
No soy indiferente ante el tema de la liberación. No en vano estuve presente en cuatro países de América latina desde el 1966 al 1995. Hasta tuve oportunidad de compartir, -era en Arequipa-Perú, el año de 1972- unas charlas sobre Moral de la liberación con Gustavo Gutiérrez. Pasó el tiempo pero, lamentablemente, sigue actual el tema de la liberación porque se acrecientan las injusticias sociales, la violación de las libertades humanas, la opresión de cualquier tipo y los conflictos en la comunidad política que afectan a las clases sociales y aun a pueblos enteros. Permanece ese proceso urgente y complejo (social, cultural, ético y religioso) que ha recibido diversos enfoques y respuestas. Es la liberación ante la cual el cristiano no puede quedar indiferente. Algunos optaron por una liberación al margen de la comunión eclesial. Otros, por la pasividad e indiferencia. Pero a todos nos interesa tener presente los criterios básicos, los campos, los factores y causas de orden social, histórico y cultural. Y los elementos imprescindibles para el compromiso liberador
La dimensión eclesial es esencial en la proyección política del cristiano. Junto a su compromiso individual está el que realiza como miembro de una comunidad -la Iglesia- que mantiene especiales relaciones con el mundo y con la comunidad política. Los ciudadanos y miembros de la Iglesia evitarán el intimismo, el miedo y el predominio de la ideología sobre la fe. Y tendrán presente que «la propia fe es un motivo que les obliga (a los cristianos) al más perfecto cumplimiento de todas (las tareas temporales), según la vocación personal de cada uno» (GS 43).
Como una persona más, al cristiano le afectan el mismo planteamiento y las mismas exigencias de la vida pública. El seguidor de Cristo puede vivir la libertad en la comunidad política como simple ciudadano o como responsable en el gobierno con todas las consecuencias y riesgos. Sin embargo, su opción religiosa y su pertenencia a la comunidad eclesial confieren cierta peculiariedad a la concepción y presencia de su libertad en la vida política. Le motivan y orientan las orientaciones bíblicas, las vinculaciones que tiene con Dios, Cristo, la Iglesia y la vida teologal. Son los fundamentos para la presencia del cristiano en la vida política
Atrae el tema de Cristo libre y del cristiano con libertad para amar, pero ¿cómo insertar la libertad humana en el dinamismo cristiano? ¿Qué vinculación tiene el hombre libre con la fe, esperanza y caridad? ¿De qué manera la no-libertad, el pecado, es enfocado y superado? El tema autoridad-libertad en la Iglesia ya fue tratado. Dejo para otros artículos la liberación y el compromiso liberador del cristiano.Ahora queda en pié el interrogante sobre las exigencias del discípulo para vivir según la libertad de Cristo, libertad unidad a la entrega, al amor.
La fe enriquece la libertad humana con el testimonio de Jesús, el hombre libre; con el Reino de Dios que une libertad con justicia, paz y amor, y con la vida cristiana que pide la liberación de cuerpo y alma, interna y externa, libertad total. Por lo tanto, el cristiano vivirá libre como Cristo para amar y servir, comprometido en la evangelización.
En el mundo, y especialmente en los países no democráticos, suelen darse varios tipos de libertad política, máxima en los allegados al régimen, mínima en el pueblo-pueblo y la intermedia en el grupo menor de ricos “estrapelistas”. La situación de estas clases de libertad de este querido pueblo caribeño -Venezuela-, me anima a escribir sobre la libertad en la vida política de cualquier Nación con estos interrogantes: ¿cómo se encuentra la libertad en la vida política en nuestro mundo global? ¿qué deficiencias encontramos en la comunidad política nacional e internacional en algunos aspectos? ¿qué otros obstáculos impiden la libertad en la vida política?
He vivido el conflicto autoridad-libertad en “carne viva”. No escribo en plan de “memoria” como si fuera un artículo académico más. Detrás de cada afirmación existe mucha historia personal y mucho dolor. Pero ahora no puedo terminar con anécdotas. Sí puedo afirmar que pertenezco a la generación que en tiempos pasados le tocó sufrir los excesos de la autoridad y en tiempos más recientes los abusos de la libertad. También confieso que como formador y profesor alterné en mi vida las actitudes de autoritarismo y de paciencia con los alumnos, defensores de la libertad y críticos con la autoridad. En mi relaciones pastorales, comprobé que la tensión entre el que obedece y el que manda ha sido un factor decisivo tanto en las crisis conyugales como en las del ministerio sacerdotal. Con la autoridad-magisterio mi libertad de teólogo ha padecido los inevitables conflictos que no siempre se superaron con el diálogo: tema para más de un artículo que reservo para la tercera parte de mi blog, el “hoy” del ser y vivir.
En plan doctrinal, he tenido que enseñar los criterios-puente, útiles para superar el conflicto autoridad-libertad. ¿Dónde radica el problema de fondo? En la dificultad que experimenta el hombre libre para aceptar la decisión de una voluntad ajena. Y en el papel que juega la autoridad que no es ni freno ni motor para el hombre libre, sino inteligente “volante” del vehículo donde está toda la comunidad.
La tensión y sus causas
Es un hecho frecuente: existe la tensión o conflicto entre la autoridad que manda y el súbdito que obedece, entre la ley que impone una obligación y la libertad hipotecada, entre el enfoque de una moral legalista y otra moral de corte subjetivista. Tensión que termina en conflicto agudizado por diversos factores:
por las ideologías que exaltan los valores personales, en especial la libertad;
por la simpatía hacia 1o personal y circunstancial como reaccción a épocas pasadas cuando predominaba la autoridad y los elementos objetivos de ley y orden;
por la crisis moral mundial con los enfrentamientos, y con mayor agresividad;
por la confusión posconciliar sobre autoridad-libertad en la Iglesia: ¿relación de pirámide o de esfera? Pirámide que descansa solamente en la jerarquía o una esfera donde todos son iguales con el punto común de la comunidad; ¿sumisión o colaboración? La autoridad, ¿con la misión de servir o con el monopolio avasallador del mando?
Manifestaciones del conflicto
Se trata de un conflicto universal y constante con varias manifestaciones.
En la vida misma personal:
por una parte está el deseo de autonomía o ejercicio de la libertad para seguir el camino señalado por la conciencia adulta. Y por otra, está la necesidad de una autoridad, de la heteronomía, como fuerza moral obligatoria externa al individuo impuesta a veces de modo coactivo. La tensión se acentúa cuando la mayoría de la comunidad contradice la decisión de la autoridad.
Presencia en la vida eclesial.
La tensión surge porque la autoridad del magisterio interpreta la Escritura y señala el camino a seguir con criterios concretos y normas más precisas (disciplinares y litúrgicas) que no siempre son aceptadas por algunos católicos. Muchos rechazan la decisiones de la Iglesia o consideran que otras interpretaciones son más conformes con el evangelio actualizado.
La vida ciudadana, familiar, escolar, social sufre igualmente la tensión autoridad-libertad. Es clásico el conflicto entre padres e hijos (paternalismo y rebeldía juvenil); entre el esposo machista y la esposa feminista; entre profesores y alumnos; entre la autoridad civil que exige leyes rechazadas por parte de la comunidad. El conflicto se agudiza cuando se trata de leyes injustas o de un legislador dictador o tirano.
Reacciones inaceptables
El conflicto, de por sí inevitable, se acentúa por las reacciones exageradas de quien legisla o manda (la autoridad) o de quien debe obedecer (persona libre):
- el autoritarismo de quien anula prácticamente la libertad y la conciencia; contempla al hombre como un perpetuo niño inmaduro; niega la debida responsabilidad y el riesgo creador a la conciencia adulta; otorga a la libertad la única alternativa de obedecer sin dialogar; se convierte en autocracia o monopolio de la voluntad de Dios; intenta suplantar la personal responsabilidad del individuo;
- el libertinaje de quien ejerce su autonomía en detrimento de los valores éticos; adopta como única norma de obrar su criterio Y su situación personal y opción reflejan más que nada su orgullo o capricho o sus propios intereses al margen de la comunidad. Niega la debida obediencia a la autoridad legítima; rechaza por sistema la intromisión de otra voluntad en su conducta; contempla la ley como norma «indicativa» sin carácter obligatorio; adopta por sistema la actitud rebelde ante la ley y la autoridad con total independencia.
Criterios-puente para superar el conflicto
Pueden ayudar criterios complementarios
sobre la autoridad interpretada como servicio y con respeto a la responsabilidad de cada uno y no como un ejercicio despótico del poder sobre la comunidad (GS 74; PC 9 y 14). Que se manifieste firme para ordenar y mandar lo que se debe hacer (PC 14); solícita en testimoniar el amor fraternal y amistoso (CD 16 y PO 7); como animadora espiritual y coordinadora entre los hermanos para promover el bien común (PC 14), integrando lo bueno de cada uno en la comunidad (PO 9); defensora de la persona humana y de la misma autoridad, procurando que todos cooperen con obediencia activa y responsable y evitando la confusión (PO 9; PC 14).
¿Qué decir a los defensores de la libertad? Que la vivan de modo integral,: con la obligación de formarse continuamente hasta llegar a la madurez requerida; de obrar con sinceridad y no por ciego impulso; de cultivar la necesaria disciplina para conservar la misma libertad; de admitir el sacrificio y de vivirlo; de cumplir el precepto aunque no estén muy convencidos, por el bien de la unidad y por motivaciones de fe.
En esta tarea, juega un papel decisivo la conciencia ejercitada con la epiqueya para los casos conflictivos que se pueden resolver con una inteligente aplicación del principio (ley o norma) general a la situación concreta de la persona: la conciencia debe madurar en la decisión tomada: la verdad puede ser verdad pero precipitada, como una fruta verde que necesita tiempo para madurar.
¿Cómo quedan los derechos de la persona libre? Tiene derecho a
-seguir la propia decisión, a poder obrar según el juicio de su conciencia, y. mucho más cuando se trata de una conciencia formada y sincera que decide sobre algo que afecta al foro íntimo personal;
-obrar sin coacción externa, injusta;
-al riesgo personal en casos dudosos, cuando, por razones graves, tiene que apartarse de la norma general;
-denunciar con todo respeto las decisiones injustas de la autoridad, aquellas que ponen en peligro el bien de la comunidad. A veces, el silencio es un mal servicio a la comunidad y a la misma autoridad.
Al interrogante propuesto (¿Insuperable el conflicto entre la autoridad y la libertad?) mi respuesta es afirmativa, pero con muchas condiciones que no siempre se cumplen por las dos partes: diálogo humilde y sereno, superación de la posiciones extremistas, comprensión mutua, saber ceder, actuación de la fe y amor a la Iglesia en el aquí y en el ahora.
Preciosas las declaraciones sobre los derechos humanos sobre la libertad, pero, ¿cuántos son los que gozan de libertad religiosa? Cierto que todas las personas que tienen poder y dinero sí gozan de libertad, quizás de excesiva lilbertad, pero son la minoría en el mundo. ¿Qué sucede con la mayoría de habitantes en el mundo? El 80 por ciento tiene una libertad disminuída o carece del mínimo de libertad. No olvidemos que la libertad está unida al derecho a la vida, a la comida, vivienda, seguridad, trabajo y posibilidad de educación. Dictaduras políticas y religiosas, en China, Cuba, Arabia saudita. Donde hay pobreza y hambre local ¿de qué sirve la libertad si no hay comida, vivienda, seguridad, posibilidad de educación y puestros de trabajo? ¿Hasta qué punto en España existe, en determinadas autonomías, libertad para la educación de los hijos?
De todas maneras, veamos el ideal de hombre libre que describen la Declaración de la ONU (1948) y algunos textos del magisterio de la Iglesia. Sí, con cierta ironía, podemos exclamar: ¡todos somos libres sin discriminación alguna! ¡Podemos pensar libremente sin represiones de las autoridades! ¡Los padres gozan de la posibilidad de educar a los hijos según sus criterios y cultura sin imposiciones de los gobiernos! ¡Los ciudadanos no tienen que huir de su país obligados por presiones de sus gobernantes y pueden residir con libertad en otros países! ¡Vivimos en regímenes con democracia consecuente a la hora de participar en la vida política! Aunque la lectura sea un tanto árida, es oportuno concretar los derechos a la libertad.
La madurez psicológica y ética del dinamismo humano radica en la libertad. Pero son muchas las interpretaciones y más las injusticias que se cometen en el nombre de la facultad humana que dice sí o no. Surgen las preguntas ¿dónde está lo esencia de la libertad? ¿Cuál es su finalidad? Libres, sí, pero ¿para qué? Adelantamos las respuestas: libertad al servicio de la autorealización personal y para servir al prójimo; libertad responsable para amar. Al concepto de libertad se añade la responsabilidad como condición, y el amor como finalidad. La libertad responsable para amar no sólo es una aspiración máxima de la vida, un derecho inviolable del hombre y la prerrogativa que más dignifica a la persona (cf. GS 9 y 17), también resume el dinamismo humano como la mejor plataforma para comprender la praxis del cristiano.
Ante las innumerables definiciones sobre la libertad, elijo la siguiente: es el don, a manera de facultad, que tiene el hombre para afirmar o negar, elegir o rechazar, obrar o no obrar. En definitiva, es la persona toda en cuanto puede decir SÍ o NO en una determinada situación o ante un determinado estímulo. Esta capacidad de autodeterminarse es el gran don que Cerrvantes ensalza: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (El Quijote 2ª Cap LVIII). ¿Qué rasgos integran al hombre libre como persona y como miembro de una comunidad? ¿Cómo enriquece la fe la libertad del cristiano?
Como artículo final sobre los temas de la justicia, presento una interpretación personal de la última encíclica de Benedicto XVI,Caritas in veritate, La caridad en la verdad (2009) desde los parámetros del ”Ser y vivir hoy”, y dentro del tema de la Justicia social .. El SER como mística del cristiano, el VIVIR como su praxis coherente, y el HOY como la respuesta a diversos problemas de la actualidad. Entre los muchos criterios que expone este Documento social, selecciono y estructuro algunos, los que me han parecido más significativos. Reconozco la dificultad de resumir en un artículo la complejidad del pensamiento pontificio. Intentaré la mayor objetividad en la exposición de valores y respuestas que integran el ser y en el vivir humano y cristiano. Para el “hoy”, extenso y problemático, será suficiente con la enumeración de los temas siguiendo un trabajo del Instituto social León XIII.
Son muchos en la comunidad eclesial que viven de modo coherente la fe y la caridad manifestadas en obras de justicia, pero no faltan católicos practicantes que son fieles a las prácticas de piedad, muy sensibles para confesar sus pecados contra el sexto mandamiento, pero insensibles a la justicia y al compromiso socio-político formulado por los Papas. También es de lamentar que otros bautizados vivan en situación injusta, humana y cristiana. ¿Qué consignas ofrece Benedicto XVI en la Encíclica Caristas in veritate? ¿Podemos olvidar los mensajes-clave del Vaticano II sobre la justicia del cristiano?
Los misterios de la fe engrandecen las dimensiones antropológicas de la justicia. Y el católico tiene la justicia como un campo donde ejercitar su apostolado: él debe llenar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que vive (AA 13; PP 81). En unión con otros hombres de buena voluntad, debe “promover cuanto hay de verdadero, de justo, de santo,de amable” (AA 13 y cita de Flp 4,8). También es consciente de que donde no existe la práctica de la justicia, el culto a Dios es un insulto y una ceguera.
No se comprende a Jesús, maestro de la justicia, si no se tiene en cuenta su testimonio como persona justa que motivó para que el discípulo obrara justamente con amor y en verdad. Desde la perspectiva humana, Jesús suscitó la admiración porque poseyó una personalidad excepcional y predicó una auténtica revolución con su proyecto del Reino de Dios que pide vivir según justicia. En su vida, destacó junto al amor y la fidelidad a Dios Padre, el testimonio de una conducta, honrada, coherente: justa. Jesús no solo predicó la justicia sino que su vida fue la de una persona respetuosa y responsable que murió víctima de la injusticia humana. Junto al amor, Jesús propugnó un cambio profundo, revolucionario, cuando defendió la dignidad, la justicia y la libertad de la persona frente al legalismo tradicional.
La Buena nueva ilumina y enriquece la dimensión antropológica de la justicia con Cristo como el gran referente, el testigo que más puede motivar, el maestro con mayor autoridad y el instaurador de una justicia con mayores horizontes.
Ante las injusticias, la justicia. Pero a la justicia, virtud raíz, hay que añadir otras tantas actitudes y respuestas complementarias. Para conseguir un mundo justo, humanizado, es una condición indispensable la práctica del respeto, la honradez, la responsabilidad, la solidaridad y la corresponsabilidad. Benedicto XVI por su parte, insiste también en la gratuidad y en la subsidiariedad, en su encíclica Caritas in veritate (2009).
En el mundo, aldea global, varios son los responsables de la injusticia institucionalizada: las ideologías que establecen los valores; las estructuras de pecado de toda clase pero especialmente las socio-económicas animadas por las ideologías; las instituciones que están al servicio de las estructuras socio-económicas; las multinacionales como brazo ejecutivo de las estructuras; los bancos centrales con su deficiente gestión hipotecaria y financiera; los dirigentes políticos con su omisión o acción injusta, y las personas o grupos humanos que se enriquecieron en el río revuelto de la inestabilidad económica.
A una persona se le puede imputar determinadas acciones injustas, pero la culpabilidad de otras injusticias es fruto en parte de la libertad individual y en parte de la presión que ejercen muchas estructuras presentes. Nos referimos a los poderes económicos, las ideologías políticas, la cultura en general, las leyes, costumbres e instituciones que generan la denominada “injusticia institucionalizada”. Muchos de los grupos de poder económico son los responsables de esta injusticia institucionalizada que se manifiesta en muchas situaciones, en la vida infrahumana, en el riesgo ecológico, y, últimamente en la crisis económica. Ante un tema de importancia excepcional me pemito añadir a mis afirmaciones, citas de algunos documentos sociales de la Iglesia. Por ejemplo, la Mater et magistra (MM) de Juan XXIII (1961), la CP Gaudium et spes (GS) del Vaticano II (1965), la Populorum progresio (PP) de Pablo VI (1967), la Octogesima adveniens (OA) del mismo Pablo VI (1971).Y recientemente, La caridad en la verdad (CeV) de Benedicto XVI (2009). Con otra autoridad y perspectiva están los documentos del CELAM (Medellín y Puebla), la Instrucción de la SC Libertad cristiana y liberación (LI) (1986).
El constante clamor por un mundo según justicia se mezcla con la realidad de los conflictos e injusticias. De las tensiones surgen los conflictos, que, mal resueltos, provocan las injusticias. A su vez, las injusticias intensifican la cadena confictiva entre personas, grupos y naciones. Aparece el mundo como una moneda desfigurada, con la cruz grande de la injusticia y la cara pequeña del respeto y la fraternidad. Todavía humilla a la humanidad las desigualdades y las ofensas, denominador común de toda injusticia. Se levanta el dedo amenazador: ¿quién es el culpable de tanta injusticia? Y surge la pregunta escéptica: ¿existirá alguna clave-camino que conduzca a la justicia “plena” que todos deseamos?
En teoría, todos aplauden la justicia como indispensable para un mundo humanizado donde brotan los derechos humanos, pero, en muchas ocasiones, quien manda es la ideología de partido que interpreta el trato justo y formula, según sus intereses, los deberes y obligaciones de los ciudadanos. El árbol social no da buenos frutos porque sus ramas no descansan, lamentablemente, sobre las raíces de la justicia, sino sobre una determinada ideología o el poder de un partido político.
La justicia es para muchos una utopía, subordinada a su ideología, y su ausencia es una fuente de dolor, hambre y muerte.. Por ello, no es de extrañar el grito del corazón que clama: ¡un mundo humanizado por la justicia, unas relaciones interpersonales en armonía con los derechos humanos, unas estructuras, instituciones y autoridades al servicio de toda comunidad local, nacional e internacional!
A la luz de la Palabra de Dios, el cristiano descubre las raíces más profundas de la verdad que Cristo concreta de manera convincente para motivar la sinceridad en la comunicación. Jesucristo, el Hijo, como raíz de la Verdad, es la Palabra que anuncia el Evangelio y el poseedor de toda verdad. El vino a comunicar la gracia y la verdad a los hombres, a santificar en la verdad como camino, verdad y vida que es (Jn 14,6; 1,17; 831s; 17,17).
El cristiano encuentra en Cristo el mejor testigo para vivir según la verdad, y la motivación más convincente para practicar la sinceridad y las otras virtudes conectadas con la verdad, como la humildad, la prudencia, claridad en la doctrina, fidelidad, comprensión, etc.
A la luz de la Palabra de Dios, el cristiano descubre las raíces más profundas de la verdad que Cristo concreta de manera convincente para motivar la sinceridad en la comunicación. Jesucristo, el Hijo, como raíz de la Verdad, es la Palabra que anuncia el Evangelio y el poseedor de toda verdad. El vino a comunicar la gracia y la verdad a los hombres, a santificar en la verdad como camino, verdad y vida que es (Jn 14,6; 1,17; 831s; 17,17).
El cristiano encuentra en Cristo el mejor testigo para vivir según la verdad, y la motivación más convincente para practicar la sinceridad y las otras virtudes conectadas con la verdad, como la humildad, la prudencia, claridad en la doctrina, fidelidad, comprensión, etc.
La verdad admite varias dimensiones: la individual, de quien transmite fielmente su interior a los demás; la interpersonal de quienes buscan y comparten lo que es objetivo, y la comunitaria de todos aquellos que aciertan a comunicar a otras personas de manera más o menos correcta el mensaje verdadero. En cualquier tipo de convivencia se impone la necesidad de compartir la verdad mediante el diálogo. Ahora bien, dialogar pide determinadas reglas. ¿Son practicables las normas para el diálogo? ¿No pasa de ser el diálogo una utopía?
La primera perspectiva del reino de Dios es la verdad y el primer testigo es Cristo como verdad y camino para toda persona. Por lo tanto, quien desea vivir según la Buena nueva del Reino se compromete a la búsqueda de la verdad y a la vivencia de la sinceridad en sus relaciones. Y arrancamos de esta base: la verdad es la raíz de la justicia, la que configura la libertad, el fundamento de la paz y la condición para la fraternidad. De aquí su importancia y la necesidad de unas relaciones interpersonales según verdad y en plenitud. ¿Qué elementos requieren? Un fundamento antropológico, la praxis humana de la comunicación y del diálogo, la iluminación de Cristo con la Buena nueva y la colaboración de todo el contexto cultural. De esta manera se podrá superar cuanto se opone a las relaciones sinceras y a un mundo humanizado por la verdad.
La clave sexta propone vivir según el reino-reinado de Dios porque es la categoría ético-cristiana que mejor engloba las respuestas principales del discípulo o seguidor de Cristo que desea estar presente en su proyecto salvífico y liberador. Y proponemos el reino-reinado de Dios como la presencia del Señor en las personas, relaciones, instituciones y tareas según las exigencias de verdad, justicia, libertad, paz, vida, amor y gracia para humanizar y salvar a los hombres.
Sobre las realizaciones concretas de este vivir según el reino de Dios tratarán los próximos artículos que plantearán y responderán, entre otros temas, sobre cómo vivir en plenitud la verdad, qué hacer para humanizar el mundo por la justicia, por qué existe libertad máxima para unos y mínima para otros, qué exige vivir como Cristo libres para amar, en qué fundamentos se apoya la liberación cristiana, quién está contra la vida humana, cómo inserta la Iglesia la cultura de la vida en el reino de Dios, qué motivaciones necesitamos para vivir en paz, si es posible un amor sexual sin ley y contra la salud, y si ha entendido la Iglesia el amor radicalizado de Jesús.
Y como introducción, los criterios, perspectivas y respuestas al reino de Dios que presentan al hombre sincero, justo, libre, en paz, defensor de la vida y que procura amar y vivir en amistad con Dios como buen discípulo de Jesús. Ciertamente: si el hombre viviera conforme al reino de Dios predicado por Jesús, muchos de los problemas tendrían solución. Ciertamente: el camino para una humanidad mejor pasa, tiene como condición, la puesta en práctica de la Buena nueva testimoniada y predicada por Jesús. Sí, soluciona el reino de Dios los problemas humanos....pero necesita la colaboración de sus miembros
Jesús enseñó a los discípulos una serie de consejos, exigencias y medios espirituales para el seguimiento. Como hilo conductor, las exigencias del Reino de Dios y como fundamento, todo el mensaje de la Buena nueva, las diversas escuelas de espiritualidad han estructurado la doctrina del Maestro según el momento histórico, la cultura reinante y el carisma de los fundadores. Por su parte, tanto las instituciones religiosas como los movimientos de laicos, presentan a sus miembros un ideario y una normativa que intenta actualizar la espiritualidad cristiana. Desde la creatividad personal, directa o indirectamente, los autores espirituales presentan al ser y al vivir del cristiano con unos valores, exigencias y medios espirituales. Es lo que resume este artículo. Y aunque el tema de los medios esté cuestionado, presentaremos, en el contexto de un proyecto de vida, dos medios espirituales muy significativos como son la presencia de Dios en el mundo secularizado y la aceptación de la cruz como solidaridad con los que sufren.
Muchos son los creyentes que se relacionan con Dios mediante la piedad o la religiosidad popular. Y muchas son las críticas dirigidas contra algunas de estas manifestaciones religiosas. Para muchos, tanto la piedad como la religiosidad popular pertenecen al pasado y no sirven para el creyente de la posmodernidad. Pero, ¿contienen valores incuestionables? ¿Cuáles son las manifestaciones contrarias a la letra y espíritu del Vaticano II? Se impone un juicio sereno sobre estas prácticas religiosas tan frecuentes en la Iglesia católica.
En la religiosidad católica abundan las devociones a Cristo, la Eucaristía, la Virgen María y los santos. En sí mismas, manifiestan una fe coherente. Bien realizadas, son expresiones del amor a Dios, auténticas mediaciones de la religión católica; caminos totalmente aceptables de la piedad cristiana. Sin embargo, en muchos fieles, tales devociones son realizadas de un modo supersticioso, comercial, interesado y rutinario. Por lo tanto, urge clarificar criterios sobre las devociones para discernir las que son aceptables como manifestaciones de una fe coherente, de otras, ausentes de amor y que no pasan de ser prácticas motivadas por el interés o la simple tradición.
Abundan las críticas contra quienes se califica de “beatos”, atiborrados de sacramentos y oraciones pero incoherentes con sus compromisos familiares y sociales. Pero también es cierto lo que afirman muchos católicos prácticantes: gracias a su unión con Dios en la oración y en la participación en los sacramentos obtienen luz, fuerza y amor para testimoniar con radicalidad sus responsabilidades. Por lo tanto, para responder al interrogante propuesto habrá que analizar el “cómo” concreto de la vida cristiana. Para muchos, la oración y los sacramentos no pasan de ser unas prácticas obligatorias o unos simples medios de santificación sin conexión con la vida. No sucede lo mismo con quienes participan en la Liturgia y en la dinámica sacramental como una manifestación de su ser y de su vivir de cristianos comprometidos. En ellos, existe coherencia entre el celebrar, el ser y el vivir. Ahí está el secreto: las celebraciones litúrgicas vividas como fuente de gracia; la confesión como el compromiso de avanzar en el proceso de conversión; y la misa como impulso latréutico para amar mejor a los hermanos.
Abundan las críticas contra quienes se califica de “beatos”, atiborrados de sacramentos y oraciones pero incoherentes con sus compromisos familiares y sociales. Pero también es cierto lo que afirman muchos católicos prácticantes: gracias a su unión con Dios en la oración y en la participación en los sacramentos obtienen luz, fuerza y amor para testimoniar con radicalidad sus responsabilidades. Por lo tanto, para responder al interrogante propuesto habrá que analizar el “cómo” concreto de la vida cristiana. Para muchos, la oración y los sacramentos no pasan de ser unas prácticas obligatorias o unos simples medios de santificación sin conexión con la vida. No sucede lo mismo con quienes participan en la Liturgia y en la dinámica sacramental como una manifestación de su ser y de su vivir de cristianos comprometidos. En ellos, existe coherencia entre el celebrar, el ser y el vivir. Ahí está el secreto: las celebraciones litúrgicas vividas como fuente de gracia; la confesión como el compromiso de avanzar en el proceso de conversión; y la misa como impulso latréutico para amar mejor a los hermanos.
Abundan las críticas contra quienes se califica de “beatos”, atiborrados de sacramentos y oraciones pero incoherentes con sus compromisos familiares y sociales. Pero también es cierto lo que afirman muchos católicos prácticantes: gracias a su unión con Dios en la oración y en la participación en los sacramentos obtienen luz, fuerza y amor para testimoniar con radicalidad sus responsabilidades. Por lo tanto, para responder al interrogante propuesto habrá que analizar el “cómo” concreto de la vida cristiana. Para muchos, la oración y los sacramentos no pasan de ser unas prácticas obligatorias o unos simples medios de santificación sin conexión con la vida. No sucede lo mismo con quienes participan en la Liturgia y en la dinámica sacramental como una manifestación de su ser y de su vivir de cristianos comprometidos. En ellos, existe coherencia entre el celebrar, el ser y el vivir. Ahí está el secreto: las celebraciones litúrgicas vividas como fuente de gracia; la confesión como el compromiso de avanzar en el proceso de conversión; y la misa como impulso latréutico para amar mejor a los hermanos.
Abundan las críticas contra quienes se califica de “beatos”, atiborrados de sacramentos y oraciones pero incoherentes con sus compromisos familiares y sociales. Pero también es cierto lo que afirman muchos católicos prácticantes: gracias a su unión con Dios en la oración y en la participación en los sacramentos obtienen luz, fuerza y amor para testimoniar con radicalidad sus responsabilidades. Por lo tanto, para responder al interrogante propuesto habrá que analizar el “cómo” concreto de la vida cristiana. Para muchos, la oración y los sacramentos no pasan de ser unas prácticas obligatorias o unos simples medios de santificación sin conexión con la vida. No sucede lo mismo con quienes participan en la Liturgia y en la dinámica sacramental como una manifestación de su ser y de su vivir de cristianos comprometidos. En ellos, existe coherencia entre el celebrar, el ser y el vivir. Ahí está el secreto: las celebraciones litúrgicas vividas como fuente de gracia; la confesión como el compromiso de avanzar en el proceso de conversión; y la misa como impulso latréutico para amar mejor a los hermanos.
Abundan las críticas contra quienes se califica de “beatos”, atiborrados de sacramentos y oraciones pero incoherentes con sus compromisos familiares y sociales. Pero también es cierto lo que afirman muchos católicos prácticantes: gracias a su unión con Dios en la oración y en la participación en los sacramentos obtienen luz, fuerza y amor para testimoniar con radicalidad sus responsabilidades. Por lo tanto, para responder al interrogante propuesto habrá que analizar el “cómo” concreto de la vida cristiana. Para muchos, la oración y los sacramentos no pasan de ser unas prácticas obligatorias o unos simples medios de santificación sin conexión con la vida. No sucede lo mismo con quienes participan en la Liturgia y en la dinámica sacramental como una manifestación de su ser y de su vivir de cristianos comprometidos. En ellos, existe coherencia entre el celebrar, el ser y el vivir. Ahí está el secreto: las celebraciones litúrgicas vividas como fuente de gracia; la confesión como el compromiso de avanzar en el proceso de conversión; y la misa como impulso latréutico para amar mejor a los hermanos.
La oración es una de la modalidades con las que el creyente se relaciona con Dios. Pero dentro de la oración existe innumerables realizaciones según las escuelas de espiritualidad, los tiempos, las instituciones religiosas y la experencia de los grandes orantes. De los principales modos de esta comunicación con Dios, seleccionamos los más significativos, pero valorados desde la perspectiva relacional, según sea el mayor o menor trato entre el yo humano y Dios, Tu divino. Porque la experiencia muestra cómo una relación es valorada por el contacto interpersonal, por la mutua aceptación y por la capacidad de transmitir y recibir criterios, emociones y mensajes entre el que comunica y el que recibe.
Muchos creyentes se comunican con Dios “a su manera” con facilidad y frecuencia; pero otros rehuyen los “rezos” o se contentan con el mínimo porque les parece muy complicado “eso” de hablar con Dios. Cierto, hay que reconocerlo: tanto la comunicación interpersonal como la oración dirigida a Dios, exigen condiciones y una disciplina que encuentran múltiples obstáculos. Merece la pena detallar los obstáculos y dificultades que pueden anular o debilitar la comunicación con Dios. ¿Cuáles son? ¿Cómo aprender a orar?
No falta creyentes que me aseguraron: “Dios me concede cuanto le pido”. Pero también es cierto que son más los que me preguntan extrañados: “¿por qué no he conseguido lo que pedí al Señor en mi oración?” En muchas ocasiones,un servidor se ha preguntado por las motivaciones de los creyentes en sus relaciones con Dios: ¿cuándo son falsas y cuándo son auténticas? También he tenido oportunidad de explicar las condiciones para que la oración sea auténtica y dejemos a un lado el falso concepto de la“infalibilidad”, el ver a Dios como respuesta a todo, la convicción supersticiosa en tales o cuales oraciones a los santos, la religión como un contrato con Dios, la valoración exagerada del culto a los santos con detrimento del conocimiento de Jesucristo, la idea deformada de Dios, el criterio utilitario de ciertas formas de piedad, el culto a la Virgen o a los santos en grado tal que sustituyen prácticamente al Cristo mediador y al mismo Dios como Tú último y absoluto
Múltiples son las razones o motivaciones para comunicarse con Dios: unas son auténticas y eficaces pero otras son falsas, pura palabrería y proyección de los defectos de la persona. Se impone clarificar las exigencias de la oración que, en definitiva, siguen la normativa de toda comunicación: respeto, fe, humildad, confianza, coherencia....y amor.
El secularista radicalizado como tal no siente interés alguno por tener relaciones con Dios dado su rechazo religioso o la tranquila indiferencia en la que vive. Sin embargo, normalmente, el creyente en el siglo actual se comunica con Dios. En efecto, la oración es una práctica común en las religiones. Bien entendida, es el corazón y motor de la vida religiosa, imprescindible para que el hombre pueda comunicarse con el Ser Supremo. Conviene clarificar desde el principio que la oración es un privilegio que se convierte en ocasiones en un medio para pedir a Dios, darle gracias, expiar los pecados. etc. Y no faltan ocasiones en las cuales muchos fieles aprovechan la oración para sus intereses personales, utilizando a Dios como un simple instrumento. Pero ahora nos referimos al creyente que considera la oración como un privilegio al poder establecer una relación auténtica, directa e íntima con el Creador y Señor.
No hay duda, la oración es el primer recurso para madurar en la vida religiosa. Ahora bien, sobre la práctica más elemental de todo creyente, surge un interrogante preliminar: ¿qué necesita la comunicación con Dios como relación interpersonal? Ante todo, las motivaciones polarizadas en el amor. Es necesario también que el orante cumpla determinadas condiciones y supere las dificultades. La experiencia lo confirma: en ocasiones, orar bien, es un objetivo un tanto difícil y necesita una pedagogía que ayude a progresar en la comunicación con Dios. Es el tema para varios artículos.
Las ciencias humanas ofrecen sus criterios fundamentales para ser coherentes, es decir, para que exista armonía entre el vivir y el ser, entre la praxis y la mística, y así llegar a la madurez de la persona. Desde otra perspectiva, las religiones estructuran la fe, el culto y la moral con criterios necesarios para alcanzar la coherencia y la madurez religiosa. En el cristianismo preguntamos: ¿cómo llegar a la coherencia cristiana? Una respuesta: mediante la interiorización del ser cristiano, la unión con Cristo, el proceso de cristificación, la disciplina y la renuncia en la praxis diaria.
De diversas maneras y por diferentes razones. En la evangelización, la Iglesia tiene muy presente como Jesús la cultura de la vida en el proyecto global del reino de Dios. Sí, la Iglesia sigue a Cristo, personificación vital del reino de Dios, unificando las exigencias de los derechos humanos con el derecho a la vida. En su doctrina y pastoral integra la verdad, justicia, libertad, paz y amor, con la vida en unas respuestas concretas. En la Iglesia, todos sus miembros quedan interpelados por la vida y su entorno cultural. La encíclica Evangelium vitae (1995, EV) de Juan Pablo II, es también el gran directorio teológico-pastoral que expone las razones para insertar la cultura de la vida en el reino de Dios, los modos de testimoniar la promoción de la vida y las tareas convertidas en respuestas posibles que corresponden a cada miembro de la Iglesia: a la familia como la gran protagonistas, y a los médicos y personal sanitario como profesión en la pastoral de la salud.
En muchas personas del mundo, ese tren acelerado y aldea global en el que vivimos, existe la confusión a la hora de armonizar los criterios de su propia cultura, con los de otras ideologías que difunden los medios de comunicación social. Ampliamos ahora el abanico de ideologías, las más significativas para el ser y el vivir de la persona. Imposible detallarlas todas. Por ahora será suficiente con la selección que realiza el Juan Pablo II, el Papa “mediático” y filósofo..
En su magisterio, y en plan catequético, Juan Pablo II presentó el cielo o vida eterna como una relación viva y personal con la Santísima Trinidad. Con referencias al Catecismo de la Iglesia católica por él promulgado, hace constar que se trata de una comunión plena, definitiva de vida y de amor, de completa intimidad con el Padre. Y que los que han creído en Cristo y han permanecido fieles a su voluntad integrarán la comunidad de los ciudadanos del cielo que gozará una perfecta de felicidad.
Junto a la dimensión apostólica del Papa mediático está la otra faceta menos conocida como fueron sus deseos de una vida contemplativa y las expresiones sobre la unión con Dios. Y otros criterios que integran su misticismo tal y como aparece en su tesis doctoral El acto de fe en san Juan de la Cruz.
El autor de este Blog, sacerdote en Murcia, hace un paréntesis en la temática de estos días y se une con cuatro artículos ya publicados al homenaje que en esta semana se rinde en la UCAM (Murcia) a Juan Pablo II. Tres artículos integran el libro editado por la UCAM ¿Qué haremos en el cielo? Un cuarto plantea la respuesta de Juan Pablo II a las ideologías modernas. En el primero de los artículos, el n.80, planteo en la figura del Papa Wojtyla la doble dimensión de apóstol y de místico. Efectivamente, Juan Pablo II en su vida fue coherente con la unión con Dios de la que surgió una actividad apostólica extraordinaria. Es conocido el dinamismo apostólico del Papa mediático pero no tanto la inquietud del cristiano que se planteó vivir como contemplativo.
Las diferentes religiones ofrecen unos criterios que constituyen la mística particular y unas prácticas religiosas que sirven para manifestar el ideal religioso y para llegar a la plenitud en las relaciones con Dios mediante su dogma, moral y culto. Y todas las religiones enseñan a sus fieles los caminos para encontrar y relacionarse con Dios y los hombres. De un tema tan amplio, seleccionamos solamente las líneas maestras de algunas religiones no cristianas y de las iglesias que tiene como raíz común a Jesucristo.
La cuarta clave que presentamos para la praxis, para el vivir humano-cristiano, es la coherencia y no el pragmatismo en el uso de los medios. Y la primera área donde aplicamos tal coherencia es en la persona que vive amando y vive en libertad. Del inmenso tratado antropológico que fundamenta expone y responde el interrogante propuesto, cómo amar y ser libre, nos limitamos a lo imprescindible. El amor y la libertad son los valores supremos del hombre. Pero saber amar y saber utilizar la libertad requiere unos medios para que estas facultades colaboren eficazmente en la praxis de toda persona. ¿Cuáles de ellos elegimos?
Para escalar el Everest no es suficiente el entusiamo, la decisión radical y la capacidad para superar obstáculos. Es preciso que el alpinista cuente con los medios, recursos y ayudas oportunas. Lo mismo se puede afirmar: para los virtuosos de un instrumento, que será, sí, necesario el entusiasmo, el propósito firme y las cualidades mínimas. Pero sin el método apropiado, no se conseguirá lo que se pretende. Lo confirma la experiencia: para llegar a la meta es necesario recorrer el camino (carretera o autopista) apropiado. Dicho con categorías: sin los medios adecuados de nada sirve el entusiasmo, el deseo de la radicalidad y la capacidad del esfuerzo. Es decir: urge que los apoyos, los instrumentos, los medios internos o externos y los auxilios adecuados, se usen por la persona de manera coherente afin de alcanzar las metas propuestas. Sin los medios, la mística se queda en una abstracta ideología. Con los medios puestos en marcha, el ideal se convierte en vida.
El esfuerzo antropológico con sus elementos integrantes de amor-ilusión, sacrificio, constancia y paciencia, es decisivo para alcanzar las metas propuestas. Ahora bien, como la fe presenta otros medios y otras metas, surge la pregunta ¿qué comparte y qué añade el esfuerzo del cristiano al humano para conseguir la meta de la santidad? Comparte los recursos que la psicopedagía ofrece para superar dificultades y caminar seguro hacia la madurez personal. ¿Y qué otros medios añade: ascéticos, espirituales y hasta místicos? Enumeraremos los más significativos.
La persona que puede superar los obstáculos pero se rinde ante las alternativas fáciles, la que no pone el esfuerzo razonable y tira la toalla, merece el calificativo de incoherente. Algo parecido sucede con el cristiano que tiene que elegir entre la carne o el espíritu pero sucumbe a la tentación, es también un incoherente, comete un pecado. Para la doctrina cristiana, el binomio alternativa-incoherencia tiene como respuesta los temas de la tentación y del pecado
La fe cristiana asume el contenido antropológico sobre el esfuerzo y el obstáculo pero añade otros criterios que iluminan la vida del creyente cristiano. Como fundamento, presenta al hombre viejo con su sus limitaciones concupiscencia, llamado por Cristo a la santidad de vida. Y como tarea, este protagonista afronta los mismos obstáculos comunes a los que la ascética llama mundo, demonio y carne. ¿Y Cómo superar los obstáculos según la doctrina cristiana? Ante todo presenta el esfuerzo como un combate decidido contra los “enemigos” del hombre. Y para luchar y vencer el pecado, la misma doctrina cristiana contesta con el testimonio y la gracia de Cristo, con las motivaciones que justifican el esfuerzo y con otros medios como son la oración, el dominio propio, la decisión en el proceso de conversión, la huída de las ocasiones de pecar y el practicar con radicalidad el esfuerzo como la cruz a imitación de Cristo tal y como Él lo enseñó y vivió.
El hombre con su esfuerzo personal no solamente tiene que luchar contra los obstáculos internos. También se encuentra con el muro exterior que le separa de sus objetivos. Este obstáculo a derribar está formado por varios bloques que, en definitiva, retrasan o impiden llegar a la meta propuesta. Nos referimos al ambiente sociopolítico adverso y a muchos criterios de la cultura actual que condicionan la psicología y las respuestas del hombre posmoderno. A estos tres factores hay que añadir la influencia negativa de las leyes, costumbres, medios de comunicación social y personas enemigas
Es clásico el tema de los virus que atacan el cuerpo. Últimamente están de moda los “virus” informáticos que obstaculizan el ordenador. También y en plan figurativo podemos hablar de los “virus” que descontrolan al yo humano, le impulsan a la prepotencia, al hedonismo, la envidia, la pasividad o a las respuestas agresivas...En definitiva, son los promotores del egoísmo para conseguir sus objetivos. Así, por ejemplo, para alcanzar la realización personal se impone superar muchos defectos presentes en la persona que merece el calificativo de egoísta, iracunda, agresiva, envidiosa, impaciente, autosuficiente-orgullosa, hedonista o escalavizada por algún tipo de adicción.
Con esfuerzo y paciencia, la persona tiene que luchar contra las deficiencias de su personalidad, el descontrol de sus impulsos (¡los virus psicológicos!), y contra los influjo negativos del hombre actual, que encarna en mayor o menor grado. Dentro de la clave tercera, se impone el esfuerzo para superar los obstáculos que radican en el interior de la misma persona.
El obstáculo (dificultad, impedimento, contrariedad, competidores, enemigos...), es una ley de vida y el esfuerzo una condición para el éxito. Quien desea alcanzar un objetivo importante necesita superar muchas dificultades y vencer cuantas contrariedades se opongan. De hecho, quienes lograron éxito confiesan que el esfuerzo con sus integrantes de amor-ilusión, sacrificio, constancia y paciencia, fue decisivo para alcanzar las metas que se propusieron. Así lo manifiestan los artistas con los ensayos, los deportistas con sus entrenamientos, los padres con el sacrificio para educar a los hijos, los gobernantes con la responsabilidad para servir a su pueblo, los ascetas con sus mortificaciones para dominar las pasiones y los cristianos con la aceptación de la cruz para ser fieles a su vocación. Ahora bien, ¿qué modalidades revisten los esfuerzos? ¿A qué obstáculos se enfrentan? ¿Qué interpretación admite desde la fe el binomio esfuerzo-obstáculo?
Si la interiorización conduce al entusiasmo, primera clave de la praxis, la aceptación es la condición para llegar a la radicalidad. Estamos ante la clave segunda de la persona que pasa de su “mística” (amor profundo) a la praxis, a las manifestaciones concretas que tal amor exige. El punto de partida es la aceptación como adhesión, positiva o negativa, del individuo a las exigencias del valor-amor profundo elegido. Y la meta de llegada es la actitud de máxima adhesión a los compromisos elegidos. A esta respuesta extraordinaria llamamos radicalidad porque la persona está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias; quiere responder con perfección, desea que su conducta sea de totalidad, de diez.
Es un hecho: la persona consciente, la que interioriza en profundidad los valores, adquiere entusiasmo en su conducta. En efecto, la conducta humana está regida por el saber interiorizado, por el darse cuenta de lo que uno es, por la misión encomendada, los compromisos adquiridos que tiene, por las relaciones interpersonales, la situación que ocupa en la sociedad bien particular, nacional o mundial, y por las noticias que suceden en la historia y en la-cultura. Fruto de este proceso consciente de interiorización, es el mayor o menor entusiasmo para aceptar compromisos, superar obstáculos y utilizar coherentemente los medios oportunos. Presentamos la primera clave que permite el paso del ser al vivir y que facilita que la mística aterrice en la praxis. Se trata de la interiorización que es el motor de arranque, la toma de posición del yo frente al no yo, y que tiene como fruto el entusiasmo, una actitud decisiva en el vivir humano y cristiano.
2ª Parte: LA PRAXIS DEL VIVIR HUMANO Y CRISTIANO
Con el artículo 110 terminé la primera parte de mi blog Ser y vivir hoy. La temática estuvo centrada en los valores, en lo que podemos llamar “mística del ser humano y cristiano”. En adelante, los artículos de la segunda parte, girarán en torno a las claves del “vivir”, y más en concreto, a la praxis, el vivir, la praxis del vivir. Tengo proyectada una tercera parte en torno a las situaciones que afectan al “ser y vivir hoy”
Hoy, 4 de febrero, finalizo la primera parte del blog ser y vivir hoy que ha estado dedicado a lo que podemos llamar “la mística” del cristiano. Y el tema elegido es un resumen sobre el más allá, sobre el cielo o vida eterna que pertenece al Credo cristiano. Es la meta que hoy, por cierto, está desvalorizada, ignorada y hasta rechazada. Pero quien reflexione sobre el mensaje cristiano, aceptará las razones para creer en el cielo pues se trata de uno de los misterios del Credo: “creo en la vida eterna”. ¿Encontraremos la felicidad en el cielo, plenitud de valores? ¿En qué consistirá la felicidad? ¿Qué haremos en el cielo? La fe cristiana da sus respuestas. ¿Por qué el cielo debe comenzar en la tierra? Porque el bautizado vive en la tierra lo que tendrá plenamente en el cielo. Por último, en la Iglesia disponemos de guías y testigos sobre el más acá y el más allá de la muerte.
Actitudes ante el cielo o más allá
Por lógica, el cielo no interesa a cuantos carecen de la fe cristiana como sucedió a San Pablo con los atenienses (Hch 17,32). Pero lo desconcertante es que muchas personas piadosas y practicantes se conforman con la práctica de la caridad, la piedad y la confianza en Dios. ¿Por qué esta indiferencia y hasta rechazo del cielo? Algunas causas: el secularismo, la crisis actual ante cualquier esperanza; la presentación de un cielo poco atractivo y poco creíble; la vinculación de “la otra vida” a la muerte, al infierno; la injusticia y el dolor; la interpretación individualista de la salvación; la deficiente formación, el desánimo ante las dificultades y la experiencia de quienes exclaman: ¡nadie regresó después de muerto! (62-64).
Razones para creer en el cielo Quien reflexione sobre el mensaje cristiano, aceptará las razones para creer en el cielo. Se trata de uno de los misterios del Credo: “creo en la vida eterna”. Fue Cristo resucitado quien abrió las puertas de la vida para después de la muerte. La esperanza en el cielo es una clave imprescindible para comprender las Bienaventuranzas. La fe no duda en afirmar: el que es como otro Cristo en la tierra, gozará de su compañía en el cielo; el bautizado se compromete a seguir al Maestro en la santidad de vida, en la propagación de la fe y muere con el Redentor al pecado pero resucitará con Cristo a la vida eterna prometida. El hombre se pregunta ante el túnel de la muerte ¿y qué hay después? La fe cristiana responde: ¡habrá una vida nueva que culminará con la resurrección! (65-67)
Felicidad en el más allá de la muerte
¿Encontraremos la felicidad en el cielo, plenitud de valores? Responde la Iglesia: “el cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha” (CEC 1024). ¿En qué consistirá la felicidad? ¿Qué haremos en el cielo? Una misma respuesta para las dos preguntas: la felicidad y la actividad consistirán en ver y en amar a Dios con un trato directo, íntimo y de profundo amor; en compartir la vida eterna con Cristo en amor, gratitud y comunicación. También en cultivar las nuevas relaciones con María, los ángeles y santos, y en preocuparse por los de la tierra (68-70).
No olvidemos que el cielo comienza en la tierra
¿Por qué el cielo debe comenzar en la tierra? Porque el bautizado vive en la tierra lo que tendrá plenamente en el cielo. Así, por ejemplo, a la comunión con Dios en la tierra, seguirá la visión de Dios cara a cara; a mayor amor sembrado, mayor será la cosecha del bienaventurado; a la fidelidad con riesgo de ofensa, la caridad absoluta; a la oración temporal, la comunicación para siempre; al seguimiento de Jesús, el premio que él prometió; al amor fraterno, el “venid benditos de mi Padre” (Mt 25,34-35); a la colaboración en el Reino, gozo con el Señor en la fase escatológica; a la comunión eclesial, la integración en la iglesia celeste. Ahora bien, para llegar al cielo, la “otra orilla”, necesitamos el puente de la esperanza que convierte al cristiano en el peregrino que confía en la promesa de Cristo para salvarse y poder gozar en el encuentro definitivo con Dios (72).
Guías y testigos para la vida temporal y la escatológicaEn la vida, los guías orientan y los testigos, motivan. De la misma manera actúan los guías y los testigos para vivir la vocación cristiana. Apoyados en Cristo, (testigo, maestro y único camino para la vida eterna), innumerables cristianos enseñaron no solamente cómo ir al cielo sino como vivir el cielo en la tierra. Fueron y son los maestros espirituales, auténticos guías que con su doctrina y testimonio señalaron los objetivos y las exigencias de la esperanza cristiana que culmina con la unión con Dios más allá de la muerte. Como maestro insuperable, San Juan de la Cruz: por su testimonio excepcional, Santa Teresa de Jesús; el Pontífice apóstol y testigo de la unión con Dios, Juan Pablo II. Y Benedicto XVI como maestro y guía insuperable para la esperanza cristiana (74-87)
Desde una perspectiva histórico-sociológica, la Iglesia aparece como un valor controvertido porque son pocos los católicos coherentes y muchos los que se apartan de la práctica religiosa o la critican sin compromiso o viven con una fe débil, “ light”. Y es controvertida también por los innumerables conflictos y desafíos que exigen un rostro nuevo para una Iglesia nueva.
Desde Cristo se comprende mejor a Dios, fuente de todo valor, el Dios del Amor y no del miedo, el amigo personal y padre de todos. Pero hay que lamentar los millones de ateos para quienes Dios no existe, lo consideran como un antivalor. Sin llegar al rechazo, el secularista no niega la existencia de Dios pero lo encierra “en el cielo” y él vive tranquilo y autosuficiente en la tierra. ¿Cómo se manifiestan los creyentes? Entre ellos no faltan quienes critican al Dios verdadero por permitir el sufrimiento; otros justifican en el nombre de Dios la violencia y la muerte de inocentes y otros corrompen las relaciones religiosas por el miedo, el interés o la superstición. ¿Y los auténticos creyentes? Consideran a Dios como la primera motivación para vivir y morir. En el cristianismo, son incontables los cristianos que consagran su vida a Dios en la vida religiosa o en la práctica del amor fraterno con los más necesitados. Más aún, muchos creyentes viven la amistad con Dios aunque exista la desigualdad entre el Tú divino y el yo humano. Tampoco faltan quienes, santos canonizados o no, viven en unión teologal y experiencial con Dios como la meta suprema y la motivación más profunda.
Desde la fe, muchos han sido los cristianos coherentes que no solamente admiraron a Jesús sino que lo siguieron en su vida. Uno de ellos fue el Beato Manuel Domingo y Sol (mañana se cumplen 101 años de su muerte), sacerdote tortosino (1836-1909) del que se ha dicho: fue “uno de los sacerdotes que más han influido en el último siglo en la Iglesia española”. ¿Qué rasgos caracterizan al que vivió una fe dinámica, al “Santo apóstol de las vocaciones Sacerdotales” como le nombró Pablo VI en 1970 para toda la Iglesia universal? ¿Por qué admiramos al siervo de Dios Manuel Domingo y Sol, beatificado por Juan Pablo II en 1987? Varias son las razones
Desde la fe, muchos han sido los cristianos coherentes que no solamente admiraron a Jesús sino que lo siguieron en su vida. Uno de ellos fue el Beato Manuel Domingo y Sol (mañana se cumplen 101 años de su muerte), sacerdote tortosino (1836-1909) del que se ha dicho: fue “uno de los sacerdotes que más han influido en el último siglo en la Iglesia española”. ¿Qué rasgos caracterizan al que vivió una fe dinámica, al “Santo apóstol de las vocaciones Sacerdotales” como le nombró Pablo VI en 1970 para toda la Iglesia universal? ¿Por qué admiramos al siervo de Dios Manuel Domingo y Sol, beatificado por Juan Pablo II en 1987? Varias son las razones
La fe cristiana descansa en el máximo valor de la Historia, Jesucristo, que despertó la admiración de creyentes y no creyentes. La figura de Jesús también suscita la simpatía universal por los interrogantes que encierra su vida y doctrina. Y es tal la complejidad de su personalidad que reúne innumerables títulos bíblicos e indefinidas interpretaciones por parte de exegetas y teólogos. Como revolucionario, Cristo presentó el reino de Dios, eje de toda su doctrina y la gran meta que motivó sus relaciones y tareas. El proyecto de Cristo consistía en la salvación integral del hombre dentro de un mundo más humano. La clave para esta gran misión radica en la amistad con Cristo, en el llamamiento y respuesta para vivir en, con y como Él, con la finalidad de colaborar con Él en la instauración del Reino de Dios.
Para un creyente, el valor más importante es la fe, luz, fuerza y amor para vivir. Pero los datos confirman que la fe está ausente total o parcialmente en un porcentaje alarmante de bautizados. Y tan grave como la falta de fe es la indiferencia que caracteriza a la Europa secularizada y quizás al mundo de hoy, porque el indiferente vive como si el Tú no existiera. Sin embargo, insiste el creyente, la fe es bella y atrayente porque abre el tesoro cristiano: Cristo, la persona más fascinante de toda la historia; la imagen de Dios como padre misericordioso, las perspectivas del Reino para humanizar y salvar al mundo ofrecen un sentido a la vida ante el dolor, la muerte y el más allá. Es cierto que la fe tiene sus exigencias pero son mayores las satisfacciones que ofrece.
El protagonista del ser y vivir hoy fundamenta su mística en el valor o valores, amados como ideal de vida, del que surgen metas, esperanzas y motivaciones. El valor interiorizado da paso a respuestas coherentes mediante la opción fundamental, orientada al bien personal o comunitario. Sin amor, sea de la naturaleza que fuere, no se dan las manifestaciones de la persona entusiasmada, radicalizada y coherente. Es decir, que sin amor no hay mística. Y con amor tenemos el fundamento de toda mística.
El ser místico humano cuenta con un protagonista. Es el hombre de siempre con sus aspectos positivos, negativos y bajo el influjo del mundo actual. Esta persona, que goza de libertad, da sentido a su vida gracias a la elección y vivencia de los valores. Cuando interioriza los valores como pilares consigue el fundamento del vivir místico.
Terminé la redacción y publicación de los 102 artículos de mi blog Ser y vivir hoy. La primera parte estuvo centrada en el “Ser hoy” dejando el “vivir” para una segunda parte. Pero, me pregunté ¿comienzo sin más a desarrollar los temas que faltan? ¿No serán oportunas unas conclusiones que resuman lo que quise decir a lo largo de las 267 páginas? Y a los interrogantes, la decisión: añadiré unos artículos que orienten sobre lo más importante de la amplia temática analizada. Quizás, pensé, sea un buen servicio para algunos lectores que con estas páginas queden satisfechos. Y si no lo están, al final de cada conclusión tienen la referencia al número correspondiente del artículo publicado.
Ahora, y a modo de preámbulo, la pregunta para este artículo: ¿se desprende de la primera parte alguna idea global y persistente? En este artículo, el 103, respondo: el criterio o idea que engloba la primera parte del blog puede se expresa con “la mística del ser humano y cristiano”. El material hasta ahora desarrollado integra la “mística” (en sentido metafórico) de toda persona y, con mayor desarrollo, la que es propia del creyente, seguidor de Cristo en la Iglesia católica. ¿Y después? Posteriormente, al ser hoy seguirá el vivir hoy; a la mística, le corresponderá la praxis actualizada; y a los valores interiorizados, las respuestas coherentes según la situación personal.
Jueves, 16 de febrero
Urbano Sánchez García
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Manuel Mandianes
Urbano Sánchez García
Josemari Lorenzo Amelibia
Religión Digital
Francisco Margallo
Jesús Mauleón
Javier Madrazo Lavín