El ideal es la meta, la opción fundamental, la respuesta. Si el ideal es motivación que atrae, la opción fundamental es la motivación que impulsa. Las dos categorías son necesarias y se complementan. De hecho, quien vive coherentemente un determinado ideal, automáticamente esta ejercitando una opción que puede considerarse como el termómetro que marca la calidad. Por lo tanto, en plan existencial, la opción fundamental es tan necesaria para el ser y el vivir humano como el mismo ideal porque configura el ser, actúa como el motor para el obrar coherente e imprime radicalidad a toda la vida.
El ideal es el resultado de unos valores interiorizados, de unas metas aceptadas y de unas motivaciones convertidas en razón para vivir. Tiene tanta importancia el ideal que caracteriza a las personas porque es fundamental para conseguir la realización personal. El ideal con sus factores de esperanza, entusiasmo, ilusión y compensaciones, es indispensable para la felicidad. Cierto que muchos viven sin un ideal de vida, pero, ¡qué poco vale una persona a la que le falta una razón para vivir!
Amar es la gran respuesta de la persona que está presente en toda motivación porque el amor lo abarca todo: relaciones, tareas, instituciones, cosas y creación entera. En efecto, cada persona se ama a sí misma y procura su realización o desarrollo de facultades, derechos y aspiraciones. Además, la persona como “animal social adulto” prolonga el amor a los de su familia, pueblo, nación, iglesia y mundo entero. El amor personal se convierte en actitud de sintonía ante el “tú” necesitado con quien comparte su suerte y a quien procura servir. A esta apertura y donación llamamos “amor humano” por ser patrimonio de toda persona creyente o no. Ahora bien, la experiencia confirma que bajo la capa del “amor” se esconden motivaciones egoístas que corrompen la auténtica donación interpersonal. ¿Cuándo, pues, el amor es auténtico y cuándo no lo es?
He aquí una breve respuesta: lo que más motiva al ser humano es el valor elegido como prioritario cuando se convierte en la meta central de la vida. Otra respuesta pero más desarrollada: toda persona es motivada por la realización personal, el amar y ser amado, el bien de la comunidad, y por cualquier ideal transformado en opción fundamental. a las motivaciones antropológicas, unirá las que surgen de las relaciones religiosas, y el cristiano tendrá como motivación global el seguimiento de Cristo dentro del Reino de Dios y de su comunidad eclesial. Pero el creyente, tendrá a Dios como la motivación decisiva, luz y fuerza para su vivir Ahora bien, toda persona, creyente o no, seguirá la dinámica de la motivación o de la desmotivación.
Cristianos o no, creyentes o ateos; todos, después de la muerte llegaremos a la meta definitiva porque la muerte no es el final del ser humano. Muchos rechazan la salvación como meta última y definitiva. Pero al cristiano, la fe y la esperanza le aseguran la salvación como una vida inmortal con victoria sobre la muerte. Se trata de una vida eterna porque el tiempo histórico será superado; vida plena con la resurrección futura. Sin miedos ni traumas, el creyente bien formado espera la vida escatológica en el cielo que seguirá a la vida en la fase temporal en la tierra y que tendrá como meta última y definitiva el encuentro cara a cara con Dios.
Actitudes y respuestas ante la salvación Diferentes y hasta opuestas son las respuestas y actitudes sobre la última y definitiva meta.
Para los que no tienen fe, la meta final está en la muerte sin admitir un más allá. Es lógica su respuesta a la salvación porque si rechazan la existencia de Dios, si se confiesan agnósticos o si solamente admiten lo que puede demostrarse por la razón, es coherente que rechacen todo cuanto se refiera a los misterios de la otra vida.
Para los que rechazan la fe, hablar de una relación con Dios después de la muerte es la ingenua proyección de unos anhelos que conviene desmitificar, bien desde la psicología (Freud), desde la perspectiva socio-económica (Marx) o desde la perspectiva antropológica (Feuerbach). No pasa de ser “la última etapa tras la muerte”, el cielo, un deseo que para muchos se convierte en un conjunto de personajes irreales fruto de su imaginación.
En la misma actitud se encuentra la mentalidad materialista que niega todo lo relacionado con el cielo porque carece de un fundamento racional. Lo único que existe es lo experimentable, todo aquello que está bajo las categorías de materia, tiempo y espacio. Para justificar su actitud, los que rechazan vivir después de la muerte, afirman que se trata de un tema que nada tiene que ver con esta tierra y con las esperanzas humanas. Más aún, el cielo es en una “gozosa” fuga del más acá.
Sin embargo los creyentes de las diferentes religiones, durante incontables milenios, han tenido como meta vivir después de la muerte, conseguir la salvación del alma humana. Y para ello han intentado por medio de muchas prácticas, encontrar el camino hacia la salvación y han mantenido la esperanza imperecedera de que, algún día, de alguna manera, serían libres y felices.
¿Creen todos los cristianos en la salvación eterna? Como norma general, los bautizados admiten el Credo y, por lo tanto, la vida eterna, la salvación después de la muerte. Sin embargo algunos cristianos, aun practicantes, rechazan el infierno y también el cielo, o bien quedan indiferentes ante su mensaje. Su rechazo o indiferencia es debido a varias razones o factores:
-el apego a los bienes de la tierra que les impulsa a decir que “como en la casa de uno en ninguna parte”;
-el trauma del ser querido muerto. Frustrados, afirman que nadie ha regresado del cielo;
-la salvación mal representada no interesa: con ángeles cantores, niños alados, arpas, aureolas de santos en continua alabanza;
-el rechazo del infierno en nombre de la sensibilidad del hombre actual que les impide sintonizar con las alegrías del cielo;
-la espiritualidad del miedo y de prejuicios contra el placer. Mucho temor de Dios y poca felicidad en la tierra para ser feliz en la otra vida;
-la interpretación individualista de la salvación. En la era de la liberación y de la globalización extraña mucho el lema “salva tu alma” que motivara a tantas generaciones. En el fondo, presenta el cielo como la salvación del individuo en un problema personal carente de toda dimensión social;
-la deficiente formación religiosa que olvidó el amor y exaltó el temor a Dios que socorre y castiga;
-el desánimo por las dificultades. Desalentados por las caídas y la dureza de la vida, optan por una vida pacífica alejada de cualquier tipo de salvación.
Pero la salvación es un tema clave
El misterio de la salvación es nuclear en el cristianismo y comprende los medios para no condenarse y cuanto ayuda para llegar a la meta última que consiste en ver y gozar de Dios después de la muerte. Todo el mensaje cristiano gira en torno a la salvación, a la fe en Cristo que comprende el Misterio Pascual, la obra de la Redención, el bautismo con la gracia santificante, los sacramentos todos, la oración, el culto de la Iglesia devoción a la Virgen...y el destino último del hombre que puede ser de condenación o de gloria. Y es la esperanza en la vida eterna la que no solamente abre al ser humano nuevos horizontes, sino que fortalece ante la posible salvación gracias a Jesucristo que con su Redención abrió las puertas del cielo. Por la esperanza, el seguidor de Cristo convierte su vida en un peregrinaje con la tarea de instaurar el reino de Dios en la tierra y poder gozar en él durante la fase escatológica, en el cielo.
La voluntad salvífica de Dios. El paso de la orilla de la vida temporal a la otra del más allá por el puente de la vida cristiana, implica un riesgo: el de llegar o no llegar, salvarse o condenarse. Ante la posible salvación, anima al cristiano lo que enseñó San Pablo: "Dios Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tm 2:4). Junto al miedo por el pecado, está la voluntad universal salvífica de la misericordia divina que se refuerza con otros textos del nuevo testamenteo (cf. Mt 26, 28 par; Mc 10, 45; Rom 11, 32; Mt 23, 27; Lc 19, 41). La Escritura exalta así la poderosa fuerza de la voluntad misericordiosa de Dios que abarca a todos y supera con su abundancia al pecado (cf. Rom 5, 17s; Rom 11, 32).
La salvación, la libertad y la fe.
La salvación es un regalo de Dios pero su realización está supeditada a la libertad del hombre que puede aceptar o rechazar el don salvífico. Cierto que "toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos" (Cat 234). Pero también es cierto que la libertad humana es capaz de rechazar a Dios y el plan salvífico que ha revelado: Cristo nuestro Camino, Verdad y Vida. En el hombre radica el poder decir sí o no, creer o no creer..
Esta respuesta es fundamental del hombre y una condición para la salvación pues “creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvamos es necesario para obtener esa salvación. Puesto que «sin la fe... es imposible agradar a Dios» (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que «haya perseverado en ella hasta el fin» (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna" (Cat 161); la fe es necesaria para la salvación. El Señor mismo lo afirma: "El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc 16,16) (Cat 183).
La vida cristiana comprende la fase temporal y la escatológica.
La existencia humana es como un libro que se abre con la muerte. El cristiano, como “otro Cristo” por la gracia bautismal, se compromete a seguir al Maestro en su fase de vida temporal. Y quien ha muerto con el Redentor al pecado, con Él resucitará a la vida eterna en la fase escatológica.
La meta última: entrar en la vida nueva pasada la frontera de la muerte
Con la muerte termina la vida terrena del cristiano y comienza una manera nueva de existir y de relacionarse como persona salvada. Los ojos nos dicen que la persona ha sido víctima de la muerte pero la fe presenta al cristiano unido a Cristo como el vencedor de la muerte, instalado en la vida eterna. La victoria sobre la muerte es el primer rasgo del cristiano transformado.
Lo fundamental: el encuentro con Dios Muchos son los objetivos o metas que el creyente se propone mientras vive en el mundo: meta personal, profesional, familiar, comunitaria, o la cristiana del reino de Dios. Pero el creyente cristiano sabe que existe un final o meta última, que le espera una vida eterna o salvación. Por la esperanza teologal, el cristiano está seguro que lo esencial de la vida eterna consiste en la relación inmediata, cara a cara, sin fe, que tendrá con Dios y que le proporcionará la felicidad completa. Dios amado en el cielo es la meta definitiva
Dentro de la Buena Nueva de Jesús, destaca el reino de Dios que lo vivió como el eje de toda su doctrina y como la gran meta que motivó sus relaciones y tareas. Lo que Jesús pretendía, la gran que meta impulsó su existencia, consistía en la salvación del hombre dentro de un mundo más humano y según el reino de Dios. Por lo tanto, el seguidor de Jesús, el que es como otro Cristo por el bautismo, tendrá como meta prioritaria colaborar en la obra del Señor y Maestro para que sea efectivo en el hoy de su mundo y de su persona el mensaje del reino de Dios.
En el análisis más profundo de la doctrina de Cristo, de sus milagros, testimonio y obra redentora, encontramos como denominador común la pretensión del Salvador: que Dios esté presente en el corazón del hombre por la gracia y en las relaciones interpersonales como reflejo del Padre bueno y universal.
El individuo no puede contentarse con la meta de la propia realización, indiferente ante el bienestar de su familia y ante la colaboración para conseguir un mundo más humano. Aparcamos la meta familia para centrarnos en la corresponsabilidad necesaria para conseguir entre todos un mundo mejor, más humano, por la presencia de los derechos del hombre.
Constatamos cómo en nuestro tiempo, esta comunidad universal padece la injusticia para la mayoría de sus habitantes, víctimas en un mundo tren alocado, bajo los efecto del maremoto, confundido como torre de Babel, y con muchos de sus dirigentes, hipócritas que defienden los derechos humanos pero practican la injusticia institucional.
Un mundo en esta situación pide a gritos convertirse en una comunidad humanizada, en un mundo mejor o por lo menos que no sea tan malo. Pero nadie duda que afrontamos un objetivo muy difícil, casi imposible de conseguir. No obstante se trata de una meta a la que se puede llegar con la colaboración de todos. Por lo tanto habrá que rechazar el egoísmo de la realización personal o del desarrollo de “mi” familia, pueblo, autonomía o nación.
¿Y qué podemos y debemos hacer cada uno de nosotros? Por lo menos tomar conciencia en qué consiste el mundo como una comunidad humanizada, regido por los derechos humanos para facilitar una vida digna a sus habitantes. Y a continuación, ponemos el “granito” de arena en la práctica de la justicia, la paz y de la ayuda mutua o corresponsabilidad. Es el objetivo de este artículo. Seamos optimistas. Sí, se puede mejorar el mundo.
Es verdad que la realización personal es un valor fundamental y un derecho de todo ser humano. Pero existe el riesgo del egoísmo, y hasta la idolatría, tanto personal como del grupo familiar o nacional. Además de la motivación recta y de las tareas justas, ¿qué otras condiciones exige el desarrollo de las necesidades y aspiraciones de las personas?
Jueves, 16 de febrero
Urbano Sánchez García
Francisco Baena Calvo
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Religión Digital
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Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya