Cielo. ¿Es la muerte el final del ser humano?
17.07.09 @ 10:06:03. Archivado en Iglesia
Antes de llegar al cielo hay que pasar por el túnel de la muerte. Es el acontecimiento final de la vida temporal del que surge la pregunta ¿terminó todo con la muerte? Cada persona tiene valores para su vida en este mundo pero ante el final temporal se pregunta si tendrá vida en el más allá. La fe y la esperanza aseguran al cristiano una vida inmortal con victoria sobre la muerte. Se trata de una vida eterna porque el tiempo histórico será superado; vida plena con la resurrección futura y vida escatológica en el cielo que seguirá a la vida en la fase temporal, en la tierra.
El “estreno” de una vida nueva después de la muerte.
Con la muerte termina la vida terrena del ser humano y comienza una manera nueva de existir y de relacionarse como persona salvada. Los ojos nos dicen que la persona ha sido víctima en su cuerpo de la muerte pero la fe presenta al cristiano instalado en la vida eterna, unido a Cristo como el vencedor de la muerte. La victoria sobre la muerte es el primer rasgo del cristiano transformado.
Dos respuestas ante el final del ser humanoPara muchos, desde la historia y con la sola razón, la muerte es el final definitivo del yo humano relacional convertido en un ser para la muerte. Ahora bien, quien tiene fe y esperanza grita: ¡existe una vida nueva después de la muerte! ¡Puedo continuar viviendo en el más allá de la existencia temporal!
El proceso de la muerte a la vida eterna
Por el bautismo, el cristiano se convierte en hijo de Dios que inhabita en él como en un templo. Quien vive en la gracia de Cristo ya tiene a Dios, ya está “en el cielo”, es morada de Dios. La muerte, simplemente, descorre el velo y hace posible el encuentro definitivo con el autor de la Vida. El Dios unitrino, que antes inhabitaba en el yo cristiano, por la bienaventuranza se convierte “en la casa definitiva” del hombre que puede relacionarse cara a cara, tal cual es, con el Tú absoluto. Mucha razón tenía el Arzobispo de Aquisgran, Klaus Henmeler, al afirmar: “la Trinidad es mi casa. Yo soy la casa de la Trinidad”.
Una vida inmortal: victoria sobre la muerte.
El cuerpo físico queda en la tierra pero la persona, el yo humano, sigue viviendo sin el cuerpo material gracias a su alma que es inmortal. El cristiano vence a la muerte, es inmortal; posee la condición de quien no puede morir. Su yo transformado goza de inmortalidad, sobrevive a la muerte, adquiere otra forma de existencia superior al margen del espacio y del tiempo.
La inmortalidad. Rasgos del “yo cristiano” inmortal.
Conviene precisar el concepto de inmortalidad que es propia del hombre gracias a su alma, sustancia que está sobre la materia y el tiempo y que no puede sufrir la destrucción. El yo del hombre, con esta condición espiritual e inmortal, según la fe cristiana, continúa su existencia de vida eterna (salvación, o de muerte eterna, condenación). Y siempre es el mismo yo espiritual quien subsiste y continúa después de la muerte como dotado de conciencia y de voluntad. ¿Cuáles son los rasgos? Transcribo algunos de los que amplío en mi obra ¿Qué haremos en el cielo?(Ucam, Murcia 2006. Cap. 1º)
1º El yo del cristiano antes de la muerte goza de un alma inmortal y espiritual. Con la muerte, ni se aniquila ni se crea la inmortalidad.
2º El yo del cristiano, transformado después de la muerte, realiza los actos propios de entendimiento y voluntad, indispensables para las relaciones interpersonales, aunque carezca del cuerpo.
3º La dimensión relacional del yo cristiano no necesita la resurrección de los muertos, ya que el alma es suficiente para comunicarse con Dios y con otros miembros de la Iglesia celeste y peregrina.
4º La visión de Dios se da y puede darse antes de la resurrección una vez que el yo humano realiza actos de entendimiento y voluntad. El bienaventurado, gracias a la visión de Dios, goza de una vida feliz aunque le falte la resurrección de la carne.
5º En el estado intermedio se da, si fuera necesario, la posible purificación, etapa anterior a la resurrección.
7º No es posible aplicar al más allá las categorías de nuestro tiempo terrestre. Pero ello no significa que el hombre, ser creado, quede al morir excluido de toda noción de tiempo. La negación total de tiempo es algo propio de Dios.
A mayor plenitud del yo humano, mayor capacidad para las relaciones interpersonales. Desde esta perspectiva se puede valorar la opinión de una resurrección incoada en la muerte y consumada en el éschaton (al “final de los tiempos”) como afirman varios teólogos. Según esta opinión el hombre resucita en dos tiempos: después de la muerte por la asunción de una nueva corporeidad, y en el éschaton por la consumación social y cósmica de esa corporeidad. Esta hipótesis rechaza la idea de un alma separada, aunque mantiene el esquema de un cierto estado intermedio.
Eternidad y vida eterna
Si por la inmortalidad el yo cristiano vive sin cuerpo después de la muerte, por la eternidad, sus relaciones discurren al margen del tiempo histórico. Conviene precisar el sentido elegido y la distinción entre eternidad y vida eterna. A la duración del ser absolutamente inmutable en su esencia y en su operación se llama eternidad. En este sentido sólo Dios es eterno porque es absolutamente inmutable en su ser y en su obrar y excluye todo cambio o mutación. La vida eterna de la que hablamos comienza después de la muerte.
¿Qué es la eternidad para el ser humano? Si por eternidad se entiende la negación de toda noción de tiempo, es un rasgo exclusivo de Dios. Pero en el hombre, la eternidad indica que vivirá siempre, que no tendrá un final. Por ello es tan aceptable la clásica definición de eternidad como la posesión perfecta y simultánea de una vida interminable: “interminabilis vitae tota simul et perfecta possesio” (Boecio).
Eternidad y la categoría bíblica de vida eterna.
La Vida eterna aparece como la fase final del Reino de Dios (Mc 9,43-48; 10,17-30; Mt 25, 24-46). Pero es San Juan quien profundiza en esta categoría bíblica. Vida y vida eterna son absolutamente equivalentes (Jn 3,36; 5,24; 6,47-53s; 1Jn 3,14). Y Cristo es la fuente de esta vida (Jn 6,57; 14,19), él mismo es la vida (Jn 11,25; 14,6 1Jn 5,20) que ha venido al mundo para darle la vida (Jn 6,33; 10,10; 1Jn 4,9). Y ¿en qué consiste esta vida? “En que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17,3). Y conocer, bíblicamente, implica una participación íntima de Dios, una comunión.
Un texto clave es el de Jn 10, 14-15: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas”. Nosotros poseemos la vida que es don del Padre a través del Hijo (1Jn 5,11); nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1,3; 2,23s).
Interpretación de Ruiz de la Peña.
Según el pensamiento de Ruiz de la Peña, en la nueva alianza en Cristo, el hombre está llamado a abandonar sus límites ontológicos, ligados al tiempo terrenal e histórico, para hacer su entrada en el modo de existencia de Dios. El hombre redimido comienza a vivir la eternidad. En particular, el misterio de la encarnación debe comprenderse como un descenso de la eternidad de Dios a la dimensión creatural del hombre: el Verbo se hace hombre, permaneciendo eterno y asimilando a esa eternidad la naturaleza humana. Aquí está la cima de la historia de la salvación, la ordenación del hombre a la existencia sobrenatural, al ser eterno de Dios.
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Urbano Sánchez García
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