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Iglesia santificada: ¿Quién es el católico coherente?

24.05.09 | 17:09. Archivado en Iglesia
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La experiencia pastoral confirma el testimonio de personas católicas que unen su fe a la práctica religiosa y al amor fraterno. Por su parte, la reflexión teológica estructura los rasgos fundamentales del católico coherente como persona, creyente, seguidor de Cristo y miembro de la comunidad eclesial. ¿Cómo representar la personalidad completa del católico coherente? Mediante una circunferencia dividida en 4 partes a modo de grandes manifestaciones en el área de los valores humanos, de la religiosidad, del seguimiento y de la comunión eclesial.

Ante los hombres: práctica de los valores y de las virtudes humanas
Como adulto, el católico practica como fundamento de toda su vocación:

-la verdad, la justicia, la libertad, el respeto, la responsabilidad, la ayuda al necesitado, el servicio, la generosidad. Y todo bajo el impulso del amor cristiano;

-la paz y la felicidad en el ambiente donde se desenvuelve mediante el diálolgo reconciliador, paciente y humilde;

-la corresponsabilidad para humanizar al mundo según sus posibilidades en el área cultural, social y política.

Ante Dios: vivencia de la fe y de la religiosidad
Como todo creyente, el católico:

-sitúa a Dios en el corazón de su existencia y le trata según el texto bíblico: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente....» (Mt 22, 37-40; cf. Dt 6,5; Lv 19,18). Y no se avergüenza de manifestar su fe y amor ante quien sea...porque le ama sobre todas las cosas;

-por amor cumple los mandamientos resumidos en la entrega total a Dios, el respeto a su nombre y el culto mediante la santificación de las fiestas;

-se relaciona con Dios en la oración como padre y amigo. Y en esta comunicación amistosa se da el diálogo íntimo y confiado de hijo con su Padre;

-practica el culto comunitario o individualmente: adora, alaba, agradece, repara y ofrece su vida a Dios. Por el Dios verdadero renuncia a toda idolatría;

-tiene presente a Dios no solamente en las necesidades sino en toda la vida: en sus relaciones, tareas y acontecimientos. Y con la oración se llena de la fortaleza divina para vivir y caminar hacia el encuentro con Dios en la vida eterna.

Ante Cristo: respuesta de seguimiento y de colaboración El miembro de la Iglesia católica, como todo bautizado:

-toma conciencia de ser “otro Cristo”, un hombre nuevo en su ser y en su vivir. Por lo tanto procura pensar, sentir y actuar como actuaría Jesús;

-interioriza el ejemplo de Cristo, siempre sincero, justo, libre, pacífico, amante de la vida y entregado a Dios y al prójimo;

-colabora en el Reino-Reinado de Dios según sus posibilidades mediante el cumplimiento de la voluntad de Dios. Y así manifiesta su condición de hijo en el Hijo y de hermano de la familia de Dios;

-acepta la conversión: el mensaje evangélico que pide morir al hombre viejo para configurarse de modo progresivo con el hombre nuevo en Cristo. Y, coherente, lucha contra las tentaciones, pide perdón y perdonas a quien le haya ofendido;

-lee, escucha y ama la Palabra de Dios para acomodar el mensaje general a la situación particular de su vida. Y como requisito: el estudio frecuente de la Biblia.

Ante la Iglesia: comunión y coherencia El cristiano como miembro corresponsable en el Pueblo de Dios:

-es consciente de pertenecer a la comunidad eclesial con unos derechos y unos compromisos que son aceptados con actitud de comunión coherente;

-admira a la Iglesia en todos sus miembros por lo que es, y la ama agradecido por los dones recibidos;

-testimonia su comunión cuando acepta convencido su organización, obedece al magisterio, cumple los mandamientos eclesiales, recibe los sacramentos y da a su espiritualidad un enfoque comunitario. Y así manifiesta que es coherente y practicante;

-participa en la Misa, corazón y cumbre de la vida de la Iglesia. Antes que una obligación o precepto, la asistencia a la Eucaristía dominical es un privilegio para poder santificar el nombre de Dios en el “día del Señor” y recordar la Resurrección de Cristo. También es una ocasión para adorar a Dios, reparar sus pecados, escuchar la Palabra, reafirmar la fe, ofrecer su vida, interiorizar el Misterio Pascual, orar por la Iglesia y el mundo, recibir la paz y el cuerpo de Cristo que le fortalece y vigoriza la esperanza

-ama a la Virgen María por su maternidad divina, la cooperación en la obra redentora, su constante intercesión ante Dios, y por el “SÍ” que dio en la Encarnación prolongado en su vida y culminado al pié de la cruz;

-colabora de modo corresponsable en la evangelización y cultiva la propia formación para ser un adulto en la fe capacitado para difundir sus convicciones religiosas y poder manifestar a otros el sentido de por qué vivir, sufrir y morir.


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    • Urbano Sánchez García Urbano Sánchez García
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