Iglesia amparada ¿Qué pedir con Benedicto XVI a la Madre de los creyentes?
16.05.09 @ 13:20:59. Archivado en Iglesia
La otra cara de la moneda. Iglesia abandonada por muchos de sus miembros era el tema del artículo anterior. Pero la comunidad eclesial cuenta con la ayuda y el testimonio de muchos de sus hijos, y, sobre todo, goza de la intercesión de la que es Madre de los creyentes. Sobre la Virgen María tiene Benedicto XVI unos párrafos maravillosos en la Encíclica Deus caritas est (41). Con este fundamento, en el mes de mayo, dirigimos una plegaria a la Virgen Madre de la Iglesia.
MENSAJE DE BENEDICTO XVI
Con el tema de la Virgen María finaliza la Encíclica Deus caritas est. De ella, el Papa Benedicto XVI resalta varias virtudes que motivan la conducta del seguidor de Jesús:
Santidad de vida. Entre los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció « unos tres meses » (1, 56) para atenderla durante el embarazo.
Dios en el centro a quien glorifica. «Magnificat anima mea Dominum », dice con ocasión de esta visita —« proclama mi alma la grandeza del Señor »— (Lc 1, 46), y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno.
La humildad de la sierva. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. Lc 1, 38. 48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios.
Esperó en Dios. Es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel, el ángel puede presentarse a ella y llamarla al servicio total de estas promesas.
Mujer de fe: « ¡Dichosa tú, que has creído! », le dice Isabel (Lc 1, 45). Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada. María es, en fin, una mujer que ama.
Mujer que ama. Aparece en sus gestos silenciosos que nos narran los relatos evangélicos de la infancia. Es palpable en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos.
Madre escondida, al pié de la cruz y en espera del Espíritu Santo. Con humildad acepta ser “como olvidada” en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre llegará solamente en el momento de la cruz, que será la verdadera hora de Jesús (cf. Jn 2, 4; 13, 1). Entonces, cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25-27); más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14).
Madre de los creyentes. La palabra del Crucificado al discípulo —a Juan y, por medio de él, a todos los discípulos de Jesús: « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19, 27)— se hace de nuevo verdadera en cada generación. María se ha convertido efectivamente en Madre de todos los creyentes.
Madre que escucha a sus hijos. A su bondad materna, así como a su pureza y belleza virginal, se dirigen los hombres de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en su soledad y en su convivencia.
En íntima unión con Dios. Una condición que permite a quien ha bebido en el manantial del amor de Dios convertirse a sí mismo en un manantial «del que manarán torrentes de agua viva » (Jn 7, 38).
Maestra del amor María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. A ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor: “Santa María, Madre de Dios, Te has entregado por completo a la llamada de Dios Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él”.
ORACIÓN DE LOS CREYENTES
A la Madre que escucha a sus hijos, los fieles católicos pueden dirigir esta plegaria-
¡Gracias, Madre, por tu “SÍ” de entrega a Dios! Gracias por el “SÍ” que diste en la Encarnación, el que dio sentido a tu vida, culminó al pié de la cruz y continúa ahora en el cielo
A imitación tuya, concédenos la gracia de ser fieles a la llamada del Padre, de experimentar la presencia amorosa de la Trinidad, de recibir la fuerza del Espíritu para abrazar la cruz y seguir a tu Hijo Jesús dando a los hermanos todo amor, servicio alegría, paz y felicidad.
María en la Visitación: ruega por nosotros para que, a imitación tuya, vivamos la actitud del SÍ coherente a los valores como la ilusión, la alegría, el entusiasmo, el valor y la radicalidad en el servicio especialmente a los más necesitados.
María en Caná: intercede por nosotros para que estemos atentos a las necesidades del prójimo, seamos fieles a nuestros compromisos y al proyecto cristiano de nuestra vida.
María en Nazaret: ampáranos, madre, para superar las tentaciones y para dar el SÍ-donación a tu Hijo que nos llama a vivir según su modo de pensar, sentir y obrar.
María en el Víacrucis: ayúdanos a consolar y compartir el dolor de nuestros hermanos con la aceptación del dolor y de toda adversidad.
María junto a la cruz: fortalécenos para dar un SÍ consecuente a la cruz, con gratitud, paz y esperanza.
María en Pentecostés: motívanos a la santidad de vida como entrega total a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu y para bien de los hermanos.
María siempre en oración: haznos partícipes de tu sed de oración, de comunicarnos en todo momento y situación con el Padre en actitud de escucha y de “sí”.
María, madre de los pecadores: ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. AMÉN
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Urbano Sánchez García
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