
Frente a las medidas malvadas con las que Bismarck quiso acogotar a los católicos, éstos respondieron en dos frentes. Por un lado, pagaban las multas con las que condenaban a los ordenados, boicoteando a los párrocos del régimen y, cuando no quedaba más remedio, encargándose los laicos del servicio divino que podían ejercer. A la vez, presionaban no sólo en el parlamento prusiano, sino también en el Reichstag.
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La «Kulturkampf», o «batalla por la civilización» es el nombre del conflicto que estalló entre los estados modernos y la Iglesia Católica. Su máxima expresión se alcanzó entre el Imperio Alemán y la Iglesia Católica, tras la victoria del primero sobre Francia en 1.870. Esta victoria fue considerada por los protestantes alemanes como un juicio favorable de Dios hacia ellos: se había creado pues un imperio evangélico.
El nombre de «Kulturkampf» se debe a Virchow, un diputado que quiso oponer el llamado progreso moderno a lo que él entendía como la oscuridad medieval. Bismarck, primer ministro prusiano, protestante, se unió a la fiesta y se erigió como cabecilla de la andanada contra la Iglesia Católica.
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Recupera Carmen Bellver un artículo apologético de William J. Tighe sobre la fecha del nacimiento de Cristo. Tighe polemiza contra los que buscan las raíces paganas de la Navidad, lo que resulta, por otro lado, la mar de extraño.
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Diácono, Sacerdote, Obispo, ¡Papa!, grande, santo.
La Toscana lo vio nacer. Papa Grande, luchó siempre por la Cruz, al tridente herético: maniqueísmo, pelagianismo y priscilianismo. Expulsó al huno Atila, guardando a la Ciudad Eterna de su barbarie. Ulteriormente también salvó Roma de ser incendiada, y sobre todo la vida de sus ciudadanos, por el vándalo Genserico.
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Zapatera sevillana (1846-1932), servidora de los pobres. Hija de un cocinero y una costurera. De pocas letras y mucho amor. Criada en la fe del carbonero, pero en una espiritualidad recia, fuerte, grande. En casa aprendió el rosario, la Biblia de los pobres; con su padre acudía al rosario de la aurora, con su madre madrina de los niños del barrio que lo necesitaban: lo daba todo, hasta su pobreza.
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Año de Nuestro Señor de 1.230. Hace 18 años que partió hacia Jerusalén la Cruzada comandada por Esteban. Ahora mismo nos hallamos en un lugar perdido de Francia. Ha llegado un sacerdote a la ciudad proveniente de Oriente que le cuenta una extraña historia a los lugareños.
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Nos quedábamos en el capítulo anterior con Esteban y sus seguidores a punto de embarcar en Marsella hacia Palestina. Cortemos la narración y desplacémonos a otro punto de Europa: a la Renania. Allí, un muchacho llamado Nicolás comenzó a predicar el mismo mensaje que Esteban, ante la capilla del os Reyes Magos en Colonia, pero con una ligera diferencia: él tomaría Jerusalén mediante la conversión del musulmán.
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Estamos en el año de nuestro Señor de 1.212, en un día de Mayo cuya memoria se ha perdido en los avatares de los tiempos. La Corte del Rey Felipe II de Francia se encontraba instalada por esos días en la región de San Denís. Fue entonces cuando apareció un niño, de unos doce años, llamado Esteban. El chiquillo procedía de la ciudad de Cloyes, en el Orleansado; su oficio era el de pastor.
El infante traía una carta dirigida al Rey escrita por el mismo Cristo, que se le había aparecido y le había pedido expresamente que predicase una Cruzada. El Rey despachó al niño rápidamente, mandándole de vuelta a casa: no intuía siquiera lo que se iba a desencadenar en esos momentos.
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Éste es el número de fieles que van a ser beatificados en breve.Dos obispos (de Cuenca y Ciudad Real), veinticuatro sacerdotes diocesanos, cuatrocientos sesenta y dos religiosos, un diácono, un subdiácono, un seminarista y siete laicos. Ellos son las semillas de nuevos cristianos, como dijo Tertuliano. Fueron asesinados por su fe: por creer en Jesucristo, el Hijo del Dios Vivo; por alimentarse de la Eucaristía; por rezar el Rosario; por amar a la Virgen; por creer que la Iglesia era su verdadera casa; en definitiva por profesar todas aquellas cosas que odian las fuerzas del mal.
Ellos son el ejemplo de que no hay que tener miedo. Porque la victoria es de nuestro Dios.
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Estamos en el año 1.063, año en el que se sienta en la cátedra de San Pedro el Papa Alejandro II. Una de las primeras cosas que realizó este Papa es llamar a Roma a los líderes patarinos, el diácono Arialdo y el caballero Erlembaldo Cotta, hermano de Landulfo, muerto en el año 1.057. Erlembaldo es un noble laico al que Arialdo había convencido para que se uniera a la Pataria. A Landulfo lo sustituyó un sacerdote llamado Sira. Mientras, los enemigos de la Pataria se eligieron un antipapa: Honorio II (1.061 – 1.072).
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La Pataria es un fenómeno muy interesante que ocurrió durante la Edad Media. Fue un despertar y resurgir de las masas populares, apoyadas por el que sería futuro Papa Alejandro II (1.061-1.073).
A pesar de que los progres de salón nos quieran vender una Edad Media oscura y neblinosa, la realidad fue otra. La época fue grandiosa y brillante, poblada de filósofos y teólogos, donde incluso el Rey estaba sometido a la justicia. Los hombres buscaban las virtudes, como la fortaleza; no se conocían cosas tan absurdas como las personas “proactivas”.
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