Entrevista a Jorge Morillo, un «profeta de la esperanza» (II)
30.01.08 @ 12:00:00. Archivado en Testimonios

P: ¿Cómo se porta la Iglesia con los más necesitados?.
R: Bastante bien, aunque conmigo no lleguen a todo lo que yo necesito. Admiro a don Carlos Amigo porque ha abierto muchas líneas. Ahí está la labor callada de Cáritas. Ellos pensarán que, como yo toco todos los palos, pues otros me ayudarán.
P: ¿Y el mundo del fútbol?. ¿Es solidario con su causa?.
R: No se porta como debería. En esto se parecen a los políticos. Le he pedido cien balones a la Federación Andaluza de Fútbol y no me han contestado. Mi eterno problema es que siempre he sido el último para todo.
El torrente de Jorge Morillo deriva hacia el interior de su propia vida: «No tengo estabilidad económica, he resuelto la parte de los sentimientos, lo interior, lo mental y lo espiritual, pero me queda la parte primaria. La gente da de lo que le sobra, y yo doy de lo que me falta: es algo incomprensible. Pago 330 euros al mes por un local para guardar el material cuando mis ingresos para mantener a mis cuatro hijos no pasan de los 800 euros mensuales. No pido para mí, sino para los necesitados, pero la gente en Sevilla es muy chufla, muy cálida pero informal».
P: El día de Navidad pidió 1.145 euros para comprar juguetes para los niños que no tendrán Reyes Magos. ¿Le han propuesto alguna vez salir en la Cabalgata del Ateneo?.
R: No me lo había planteado, aunque alguien me ha dicho que debería salir ahí. Lo que nadie puede negarme es que soy el cuarto Rey Mago. He salido de beduino y puedo decir que es una experiencia maravillosa, y me he ofrecido como voluntario para la Cabalgata. El Ateneo, como el parque del Alamillo, me ha dado juguetes algunas veces. Capto las necesidades y sé dónde hay que llevarlos, a los niños que no tendrán nada la mañana de 6 de enero.
P: ¿No hay quien se aprovecha de todo esto para ejercer la picaresca?.
R: Claro que sí, pero hay que tener en cuenta que si no lo hicieran, no podrían sobrevivir. La justicia es la gran asignatura pendiente de los seres humanos. Soy consciente de que me engañan. Por ejemplo, ahí está el caso de una señora que me pedía juguetes todos los años, hasta que descubrí, hablando con su marido, que no tenía hijos. A veces somos niños chicos con un caparazón de adulto. Y en otras ocasiones buscan los juguetes que no tuvieron cuando eran pequeños.
Jorge Morillo va encadenando experiencias que deja en el aire de su propia emoción, «en Las Vegas (nota: es un barrio marginal de Sevilla) tenía a un chaval de ocho años, huérfano de padre y madre, un día se me acercó y me dijo que le diera un besito; cualquiera de nosotros sería pero que ellos si viviera en esa situación, hay gente tremendamente digna que no pide para comer y que va vestida con harapos, en esos casos, se te rompen todos los esquemas».
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