¿Qué ha pasado en todo este tiempo?
24.01.08 @ 23:31:18. Archivado en Actualidad, Reflexión

«El cristianismo es la buena nueva de Cristo. El cristianismo es Cristo. A este mensaje le deben su fundamento y su contenido no sólo los imperativos morales, las normas éticas, sino las mismas verdades de fe o dogmas de la Iglesia. Que hay un Dios vivo que se revela a sí mismo y que este Dios es trino; es decir, las verdades de fe del Dios revelante y del Dios trino están en definitiva aseguradas para nosotros en la predicación de Cristo. Sólo por Cristo ha adquirido el mundo la certeza infalible que de que en el cielo reina un Padre y que ese Padre, desde la eternidad, engendra un hijo consustancial con él, con quien está unido en eterno amor por el Espíritu Santo y por quien se manifiesta a nosotros.
En este sentido, la idea trinitaria de Dios es pieza esencial del mensaje de Cristo. Oramos al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. En la historia de nuestra salud, no llegamos al Hijo partiendo del Padre; no fue primero la fe trinitaria y luego la fe en Cristo. No. «Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y a quien el Hijo se lo revelare». Sólo en el Hijo adquirimos certeza del Padre y del Espíritu Santo. Porque el Hijo es la revelación viva de la bondad paternal de Dios en el Espíritu Santo. Y sólo la convicción de que el Hijo es hijo consustancial de Dios, llevó la mete cristiana a establecer en la divinidad íntimos procesos, íntimas fuentes de vida y a elaborar así en todos sus aspectos el dogma trinitario. Sólo la fe cristológica produjo, pues, la fe trinitaria. Si lógicamente la fe en Dios uno y trino es lo primero, y así lo confesamos fielmente, en la historia de la revelación es lo segundo. La cristología, la doctrina sobre la persona y la obra de Cristo, se sitúa, en la historia de la revelación, antes de la doctrina sobre Dios uno y trino.
Lo mismo hay que decir de los dogmas de la creación, del estado primitivo del hombre, del pecado original y la redención. Todas estas verdades recibidas de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre su puesto peculiar en el conjunto de la predicación cristiana, su propia formulación y fundamento. Pare entender el misterio de Jesús y su significación para la salvación de los hombres, la fe especulativa se vio obligada a explicar la relación de la criatura con el criador, que Dios mismo originariamente intentara y estableciera, y a describir las causa más hondas porque era necesaria una redención. Fueron las cuestiones sobre el estado primero del hombre y su caída, sobre el sentido de la encarnación y la muerte redentora del Señor. Todas estas cuestiones sólo de la cristología recibieron su objeto y su esclarecimiento.
Lo mismo hay que decir de la doctrina de la Iglesia acerca de la gracia, de los sacramentos, de las postrimerías, no menos que el concepto mismo de la Iglesia. Todos estos dogmas están germinalmente inclusos en el dogma cristológico, y no hacen sino describir la realización intensiva y extensiva del misterio de Cristo, lo mismo en el alma del individuo que en el seno de la comunidad creyente. Las verdades de fe sobre la gracia, los sacramentos, la Iglesia son en el fondo la contemplación y estimación total de la obra redentora de Cristo y de su Espíritu en el individuo y en la comunidad. Sin Cristo no hay ni gracia, ni sacramentos, ni Iglesia, ni esperanza última.
Desde este punto de mira hay que decir que la cristología ocupa el centro de la dogmática católica. La dogmática católica es cristocéntrica. El misterio divino-humano del Señor es el sancta sanctorum de la Iglesia. De él mana a torrentes la luz de nuestro conocimiento de la fe en todos sus aspectos; una luz que interpreta y esclarece, pero que juntamente despierta, inflama y vivifica. De ahí que, en verdad, el cristianismo es Cristo. Esto es lo que nosotros queremos justamente confesar en ele nombre de Jesucristo: Jesús es el Cristo. (….).
¿De dónde nos viene esta fe? (…) Esta fe la hemos recibido de nuestra madre la Iglesia. (…)Como comunidad de fe, la Iglesia es, en su esencia, la predicación de Cristo que tiene conciencia de sí misma (…). Todo el que busca a Cristo sin la Iglesia, todo el que sólo se fía de su inteligencia y de la crítica, renuncia a la posibilidad de hallar al Cristo viviente. Lo viviente sólo puede ser comprendido y afirmado por lo viviente. Si no tuviéramos a la Iglesia viva, en que Cristo se realiza ininterrumpidamente, los evangelios y las cartas de los apóstoles serían para nosotros letra muerta, sin hálito de vida. La piqueta de la crítica podría entones una y otra vez reducir a añicos su testimonio y hacer imposible una fe gozosa y triunfadora.»
Karl Adam, El Cristo de nuestra fe.
El teólogo Kart Adam profetizó y acertó. Hoy se quita a la Iglesia de en medio, se realizan las afirmaciones más peregrinas sobre Cristo y su divinidad. A pesar de ello la fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, Segunda Persona de la Trinidad, sigue adelante. Porque es Dios el que la sostiene.
Sólo resta preguntarnos, ¿cómo se ha podido pasar de Karl Adam a Pagola?.
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