La perfección en lo pequeño, por D. Luis de Trelles.
20.01.08 @ 18:00:00. Archivado en Adoración Nocturna

"De los escritos del Siervo de Dios Luis de Trelles
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos (Mt. 5, 19).
El amor y la perfección, son dos atributos de Dios y dos virtudes del hombre, que tienen entre sí una gran afinidad. Como que el amor es el motivo de nuestras acciones y la perfección es el modo de corresponder a aquél.
Así es, que el que ama, ejecuta las acciones que el amor le inspira, con perfección; y del que obra de esta suerte, se puede deducir que ama.
Por esto observaréis que Dios, que es caridad como dice San Juan, y que obra siempre por amor, con amor y para producir amor, lo hizo todo con perfección admirable, poniendo en todas sus criaturas su sello personal, por decirlo así, para que no se borre en ellas la huella de su mano.
El espíritu de sacrificio, que es la consecuencia natural del amor, cuando es un hábito del corazón, se manifiesta en las cosas pequeñas y en los actos más insignificantes, aún mejor que en los grandes.
He aquí lo que nos enseña San Mateo en el texto citado, y esta es la manera y el camino acerca de la solicitud y el celo, el esmero y la diligencia extremada, o en una sola palabra, la perfección que el adorador debe procurar en los actos externos de la Adoración.
El lenguaje, el ademán, la actitud, el tono de voz, la compostura y la expresión de la fisonomía del adorador, son el traslado visible del amor invisible que le anima, y por eso, aquellos signos exteriores han de corresponder en este caso a la alteza del objeto y a la dignidad de la persona a quien se adora, porque la Adoración es amor.
¡Con qué miramiento, con qué veneración, con qué afecto debemos nosotros hacer nuestra adoración! Verdad es, que no tenemos espectadores visibles; pero nos mira el Señor.
Como uno de los iniciadores en España de esta dulce ocupación, perdonadme que sea siempre aquélla mi idea fija y mi propósito invariable. No sé salir de este círculo de encareceros y de encarecerme a mí mismo, la atención, la devoción, el detenimiento, la piedad, en una palabra, la solemnidad que deben revestir nuestros actos en la hermosa Obra que hemos emprendido.
Acrecentemos el fervor, mantengamos la devoción, aumentemos la piedad, y cuidemos mucho de dar a nuestro ejercicio el tono de solemnidad, y así queridos adoradores, subiremos fraternalmente unidos las gradas de la perfección, apoyándonos los unos a las oraciones de los otros, cantando fervorosamente las glorias del Señor, y ensayándonos en la adoración, que ha de ser, mediante la divina misericordia, nuestra ocupación en la bienaventuranza.
Por lo demás, nuestra humilde Obra, queridos adoradores, oculta en el secreto de la noche y escondida, por decirlo así, en el corazón de Jesús – Hostia a quien se dedica, es una audiencia privada con el Señor, una conversación íntima y una relación especialísima con el Augusto Sacramento. La inmolación íntima del adorador sobre el ara santa, inmolación del espíritu y del corazón, debe ser nuestro fin último y nuestro objeto principal. Las palabras, los gestos, el tono de voz y todas las circunstancias exteriores deben revelar el estado de ánimo, correspondiendo al objeto que nos proponemos.
Por eso, cuando el adorador nocturno hace la genuflexión en la presencia del Señor de una manera casi irrisoria; recita los versos del oficio con precipitación, mantiene la mirada distraída, el ademán poco respetuoso, la actitud de poco recogimiento y en todo denota cansancio, distracción, prisa, y cierto deseo de salir pronto de la inmediación del trono eucarístico, se puede decir que ese adorador no ama y que está retenido entre nosotros por algún miramiento o consideración dignos de mejorarse.
Progresando así en devoción, en respeto, en amor, en atención al hacer la guardia, y vigilando sobre nosotros mismos, para que nuestras obras no desdigan de nuestra vocación, haremos con esmero y perfección aquellas cosas mínimas a que se refiere San Mateo.
“La Lámpara del Santuario” Tomo XIII – Pág. 140 a 145 – Año 1882"
Fuente: Fundación D. Luis de Trelles
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