
“El Oriente”: la dirección de la oración cristiana
Desde tiempos remotísimos“en la mayor parte de las grandes religiones, tanto la postura que se adopta durante la plegaria, como el equipamiento de los recintos sagrados están definidos por una ‘dirección’ sacra”9. En efecto, y aunque no nos detengamos en ello porque no es propiamente tema de este artículo, se puede corroborar este rasgo común a religiones y civilizaciones de todo tiempo y lugar. El hombre se ha dirigido desde siempre para orar hacia un espacio, un lugar, en el que se simbolizaba el más allá. Lo trascendente. Volverse hacia Oriente durante la oración era costumbre en el culto al sol, que dominó el mundo antiguo desde el Mediterráneo hasta la India. Hacia Oriente rezaban los griegos y los romanos10; “orientados” hacia la Meca oran los musulmanes; y los judíos y las primeras comunidades cristianas (por supuesto, toda la Iglesia hasta tiempos muy recientes) no han sido extraños a este rasgo común. Los judíos de la Diáspora oraban dirigiéndose hacia Jerusalén, en concreto hacia la shekináh, el lugar del Templo llamado el “Sancta Sanctorum” (Santo de los Santos), lugar más manifiesto de la presencia de Dios, y aún después de la destrucción del templo, siguió siendo costumbre en la Sinagoga volverse hacia Jerusalén en la oración: “Así expresaban los deportados judíos su esperanza escatológica en la aparición del Mesías, la reconstrucción del Templo y la reunión del pueblo de Dios disperso en la Diáspora”.11 De este modo, la orientación de la plegaria estaba inseparablemente unida a las expectativas mesiánicas de Israel12. Martín Wallraf, sostiene que hasta el siglo II, orar mirando a Oriente era tan común en el Judaísmo como orar mirando a Jerusalén13. No puede causar extrañeza pues, que los primeros cristianos, surgidos precisamente en ese ambiente del judaísmo, realizaran prácticas similares. Hay autores14 que han descubierto la inevitable conexión entre ambos hechos (entre éste y la oración “ad orientem”), de modo que las primeras comunidades cristianas de la Iglesia local de Jerusalén tenían como costumbre orar en dirección al Monte de los Olivos, donde, con el mismo sentido escatológico esperaban la Segunda venida del Señor, interpretando profecías del Antiguo Testamento15. Hacia Oriente rezaba San Pablo, según el apócrifo “Hechos de Pablo”, compuesto por un presbítero de Asia Menor, hacia el año 180 d.C.: “Entonces Pablo volvió su rostro hacia Oriente, elevó sus manos al cielo y estuvo en oración durante un buen rato”.
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