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Se puede decir de muchas maneras. Mejor, no.

Permalink 14.01.08 @ 12:00:00. Archivado en Teología, Reflexión


La muerte inmerecida de Cristo es salvación para los condenados a muerte.

¿Cuál es la justicia que venció al diablo?. La justicia de Jesucristo. ¿Cómo fue derrotado?. Porque, no encontrando en Él nada digno de muerte, sin embargo, le mató. Es, pues, justo que los deudores, por él encadenados, sean libres cuando ponen su fe en aquel a quien sin tener culpa dio muerte. Esto es ser justificados por la sangre de Cristo (cf. Rom 5,9). Sangre nocente derramada en remisión de nuestros pecados. Él se dice en los Salmos libre entre los muertos (cf. Ps 87,6). Murió el único exento de la pena de muerte. Por eso dice en otro salmo:

Entonces restituí lo que no robé (Ps 68,5).
Por robo se entiende el pecado, que es usurpación ilícita. De sus labios oímos en el Evangelio:
He aquí que viene el príncipe de este mundo y en mí no encuentra nada. Es decir ningún pecado.
Mas,
para que todos conozcan que obro según la voluntad del Padre,
prosigue:
Levantaos, vámonos de aquí (Io 14,30.31);
; y da principio a su pasión para pagar, el que nada debía, por nosotros deudores.

¿Habría sido vencido por medio de este equitativo derecho si Cristo hubiera preferido actuar contra él en poder y no en justicia?. Puso en segundo término su poder para obrar según convenía, y para ello era menester que fuera hombre y Dios. Si no fuera hombre, no podía ser crucificado; si no fuera Dios, no se creería quen o quiso lo que pudo, sino que no pudo lo que quiso; ni creeríamos que prefirió la justicia al poder, sino que le faltó el poder. Padeció por nosotros afrentas humanas, porque era hombre; pero, si no hubiera querido, no habría penado, pues era Dios. Por esto su justicia se hizo más encantadora en su humildad, porque pudo, si lo hubiera querido, evitar la humillación mediante el inmenso poder de su divinidad; al morir el de excelso poder nos recomienda a nosotros, impotentes mortales, la justicia y nos promete el poder. De estas cosas, una le ejerció muriendo, la otra resucitando

¿Hay nada más justo que llegar hasta la muerte de cruz por amor a la justicia?. Y ¿hay algo más potente que resucitar de entre los muertos y subir al cielo en la misma carne que sufrió muerte?. Venció al demonio, primero, con su justicia, luego con su poder: con su justicia, porque no tuvo pecado, y su muerte fue la mayor de las injusticias; con su poder, porque resucitó de entre los muertos para no morir ya más (cf. Rom 6,9). Hubiera vencido también al demonio con su poder, aunque no pudiera éste darle muerte; pero poder más excelso requiere vencer la muerte muriendo que evitarla viviendo.

Mas es por otra razón por la que nosotros somos justificados en la sangre de Cristo, al ser rescatados del poder del demonio por la remisión del os pecados; y a esto obedece el que sea vencido Satanás, no por el poder, sino por la justicia de Cristo.

Cristo fue crucificado en la debilidad que de nosotros tomó al vestir nuestra carne mortal, no en potencia inmortal; de esta flaqueza dice el Apóstol:

La adinamia de Dios es más poderosa que los hombres (1 Cor 1,25).

No es difícil ver al demonio vencido cuando su víctima resucita. Mayor y más profundo misterio par ala inteligencia es ver al diablo vencido cuando parecía triunfar, es decir, cuando Cristo fue muerto. Entonces la sangre del que no había conocido pecado fue derramada en remisión de nuestros crímenes, y, aunque con razón esclavizaba el demonio a los que eran reos de pecado y culpables en su condición mortal, se vio precisado a dejarlos en libertad, y con justicia, pues sin culpa sentenció a muerte al que no era reo de pecado. Vencido por esta justicia y atado el fuerte con estas ligaduras y sus preseas robadas (cf. Mc 3,27), convirtió en cálices de misericordia a los que en poder de Luzbel y de su ángeles eran vasos de ira (cf Rom 9, 22.23).

Palabras son éstas de nuestro Señor Jesucristo, que se dejaron oír desde el cielo en el momento de la conversión de San Pablo, según nos lo afirma el mismo Apóstol. Pues, entre otras cosas que oyó, le fue dicho:

Para esto me he aparecido a ti, para hacerte ministro y testigo de lo que has visto y de las cosas que aún te indicaré, librándote del pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío para que abras los ojos a los ciegos, y se aparten de las tinieblas, y se conviertan del poder de Satanás a Dios, y reciban la remisión de los pecados, y la herencia de los santos, y la fe en mí (Act 26, 16-18).
De ahí que, exhortando el Apóstol a los creyentes a dar gracias a Dios Padre, dice:
El cual nos libertó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, con quiete tenemos la redención y la remisión de los pecados (Col. 1,13.14).
.

En esta redención, la sangre de Cristo ha sido dada por nosotros como precio; y al recibirlo Satanás, no se enriqueció, se ató, para que nosotros nos veamos libres de sus lazos, de suerte que ya no pueda arrastrar, envueltos en las redes del pecado, al abismo de la muerte segunda y eterna a los que Cristo, exento de deuda, redimió con su sangre, voluntariamente derramada (cf. Apoc 21,8). Ahora mueren como herederos de la gracia de Cristo, preconocidos, predestinados y elegidos antes de la creación del mundo (cf. 1 Petr 1,20), pues Cristo murió por ellos muerte de carne, no de espíritu.

San Agustín. De Trinitate, libro XIII, cap. XIV. XV.


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