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Observaciones metodológicas al libro de J.A. Pagola, por José Rico Pavés

Permalink 05.01.08 @ 10:00:00. Archivado en Teología, Actualidad, Reflexión


OBSERVACIONES METODOLÓGICAS AL LIBRO DE J.A. PAGOLA,
Jesús. Aproximación histórica (PPC, Madrid 2007)
JOSÉ RICO PAVÉS
Director del Secretariado
Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (CEE)

El libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica se ha convertido en poco tiempo en un verdadero éxito editorial. Al día de hoy, según anuncian sus editores, se han vendido diecinueve mil ejemplares y va ya por la quinta edición. Es evidente que el gran esfuerzo publicitario de la Editorial PPC, perteneciente al Grupo Editorial SM, está dando su frutos.

Ambigüedad de los aspectos atractivos

Es innegable que la obra posee numerosos aspectos atractivos, como son la motivación de fondo, la claridad narrativa y algunos de los modos de designar a Jesús. Respecto a la motivación de fondo, es reseñable la honestidad con la que el autor quiere aproximarse a la figura de Jesús (no por simple curiosidad, sino para saber quién está en el origen de su fe), la pretensión de ser riguroso desde el punto de vista histórico, la implicación personal en la investigación («de poco sirve denfender doctrinas sublimes sobre él si no caminamos tras sus pasos»: p. 7), la declaración expresa de escribir «desde la Iglesia católica» (p. 7), el deseo de dar a conocer a Jesús a los que se han alejado de la Iglesia y a «quienes ignoran casi todo sobre él» (p. 8), el reconocimiento de haber alcanzado resultados sólo limitados («me siento lejos de haber captado todo sobre el misterio de Jesús»: p. 9) o el haber manejado una amplísima bibliografía. Atractivos son también otros aspectos formales, como el estido directo, la redacción ágil y el lenguaje sencillo. Por último, resulta atractivo el empleo de un lenguaje “muy actual” para referirse a Jesús, tal como se percibe fácilmente en los títulos mismos de cada capítulo: vecino de Nazaret, buscador de Dios, profeta del reino, poeta de la compasión, curador de la vida, defensor de los últimos, amigo de la mujer, maestro de vida, creador de un movimiento renovador, creyente fiel, conflictivo y peligroso, mártir del reino.

Los aspectos atractivos, sin embargo, no están exentos de ambigüedad, tal como demuestra un análisis más detallado del método empleado y del contenido dado a cada uno de esos títulos. En las líneas siguientes me limitaré a señalar los aspectos metodológicos que, a mi modo de ver, merecen una atención crítica, dejando para otro momento el análisis del contenido.

Métodología cuestionable

Aunque no encontramos, en sentido estricto, una justificación metodológica, en la Presentación, se habla de “rigor”, de “experiencia”, y de escribir “desde la Iglesia católica”. En primer lugar, el autor quiere ser riguroso (cf. p. 5), evitando, por un lado, reconstrucciones previas (cf. pp. 5. 6), y, por otro, teniendo en cuenta «el análisis de las fuentes, el estudio del contexto histórico, la contribución de las ciencias socioculturales y antropológicas o los hallazgos más recientes de la arqueología» (p. 6). En segundo lugar, afirma querer «captar de alguna manera la experiencia que vivieron quienes se encontraron con Jesús. Sintonizar con la fe que despertó en ellos» (p. 6). En tercer lugar, el autor dice escribir «este libro desde la Iglesia católica» (p. 7). Aunque no explicita que significa esto para él, sí sugiere una distancia entre Jesús y la Iglesia: «Conozco bien la tentación de vivir correctamente en su interior [de la Iglesia], sin preocuparnos de lo único que buscó Jesús: el reino de Dios y su justicia» (p. 7).

El desarrollo posterior de la obra permite aclarar mejor el alcance de esos principios enunciados en la presentación. Así, respecto a lo primero, la aplicación de lo que el autor entiende por “rigor” le lleva, por un lado, a desconfiar del testimonio evangélico y, por otro, a adoptar el lenguaje de la negación, de la duda y de la conjetura. Son frecuentes las referencias al carácter no histórico de muchas de las escenas evangélicas o a la dificultad para determinar si describen acontecimientos reales o invenciones de los evangelistas. Quizás, por eso, los relatos evangélicos de la infancia (Mt y Lc) no aparecen ni siquiera mencionados en la obra. Quizás también por eso las expresiones más repetidas en todo el libro son las del tipo: «no sabemos», «no es posible saber», «tal vez», «es probable», «probablemente», etc. Se podría decir que, para el autor, la desconfianza frente al dato de los evangelios es necesaria para proceder con rigor en la investigación histórica.

En cuanto a las fuentes manejadas, los datos sobre el contexto cultural, socioeconómico y político del momento son numerosos. El autor se apoya en estudios precedentes y, contrariamente a lo que exigiría el rigor científico, rara vez se ofrece el apoyo directo de las fuentes antiguas que avalan las afirmaciones. Así, por ejemplo, al describir el entorno familiar en el que Jesús niño creció, el autor habla de la consideración que merecían los niños en la época y de la educación común que recibían: «A los ocho años, los niños varones eran introducidos sin apenas preparación en el mundo autoritario de los hombres, donde se les enseñaba a afirmar su masculinidad cultivando el valor, la agresión sexual y la sagacidad» (p. 45). Si sorprendente es la afirmación –el autor viene a decir que en tiempos de Jesús a los niños se les educaba para ser maltratadores sexuales- más sorprendente es que no se indique qué fuentes la apoyan.

Hay, además, una clara tendencia a presentar la sociedad bajo un prisma que evoca claramente el análisis de la lucha de clases: «lujosos edificios en las ciudades, miseria en las aldeas; riqueza y ostentación en las élites urbanas, deudas y hambre entre las gentes del campo; enriquecimiento progresivo de los grandes terratenientes, pérdida de tierras de los campesinos pobres» (p. 181); tributos para costear «los elevados gastos del funcionamiento del templo y para mantener la aristocracia sacerdotal de Jerusalén» (p. 25), tribunales que «pocas veces apoyaban a los campesinos» (p. 29), etc. El objetivo de esta descripción es situar la actividad de Jesús y su predicación del reino en un horizonte preferentemente social: «la actividad de Jesús en medio de las aldeas de Galilea y su mensaje del “reino de Dios” representaban una fuerte crítica a aquel estado de cosas» (p. 30). El comienzo de la actividad pública de Jesús se justifica por el deseo que tiene de anunciar a las pobres gentes que «Dios viene ya a liberar a su pueblo de tanto sufrimiento y opresión» (p. 83). El reino de Dios consiste «en la instauración de una sociedad liberada de toda aflicción» (p. 175). Importa advertir que el autor, al hablar de sufrimiento y opresión, no se refiere al pecado ni al dominio del Maligno, sino a la injusticia y al poder opresor de los poderosos de este mundo, como por ejemplo, el rey Herodes, cuyo reino está «construido sobre la fuerza y la opresión de los más débiles» (p. 179). Todo el capítulo séptimo (“Defensor de los últimos”) recoge claramente esta tendencia.

Respecto a lo segundo, el deseo de captar la experiencia de los cercanos a Jesús lleva al autor a marcar una distancia entre Jesús mismo y la experiencia que provoca. Lo que los evangelios nos han transmitido es una experiencia sobre Jesús, de modo que el dato inmediato sobre él siempre es hipotético: «... al parecer, Jesús nunca se pronunció abiertamente sobre su persona» (p. 379). Es iluminador lo que el autor afirma de las palabras que el evangelista san Juan pone en boca de Jesús cuando se presenta como “verdadera vid” (Jn 15, 1-7), “buen pastor” (Jn 10, 11-18) o “puerta del redil” (Jn 10, 1- 5): «no son propiamente parábolas, y se alejan mucho de la inspiración del maestro de Galilea» (p. 118, n. 9). La razón de esta distancia está en la datación de los evangelios, que el autor considera tardía (posterior al año 70: cf. p. 336).

Por último, respecto a lo tercero, el deseo de escribir «desde la Iglesia católica», apenas tiene correspondencia real y concreta en la exposición. El autor manifiesta expresa simpatía por autores cuyas enseñanzas han merecido clarificaciones por parte del Magisterio reciente; ignora las afirmaciones conciliares sobre la autenticidad histórica del testimonio neotestamentario (cf. DV 19); asume indiscriminadamente las conclusiones de la exégesis liberal; silencia la lectura histórica que la Tradición ha dado a numerosos pasajes evangélicos. No se puede decir que para el autor la exégesis canónica sea, de hecho, relevante. Sorprende comprobar cómo se citan con igual autoridad escritos canónicos y apócrifos (cf. p. ej. pp. 92-95).

Ruptura entre historia y fe

El autor establece una dramática ruptura entre la investigación histórica de Jesús y la fe en Él. El problema no está en el rechazo de lo segundo (dice expresamente: «No es mi propósito confesar aquí mi fe en Jesucristo»: p. 463), sino en considerar que se debe prescindir de la fe para reconstruir la figura histórica de Jesús. Procediendo así, el autor demuestra no haber captado la importancia de la formación del Canon en los primeros siglos de la Iglesia. La fijación del Canon tuvo como objetivo custodiar el testimonio auténtico sobre Jesús de posteriores interpretaciones adulteradas. El criterio para discernir, custodiar y transmitir la autenticidad de lo atestiguado fue su conformidad con la fe apostólica. La fe apostólica no adultera la verdad histórica de Jesús, sino que es la garante de su transmisión. Por tanto, quien prescinde de la fe apostólica se cierra a una auténtica aproximación histórica a Jesús.

Cuando la exégesis canónica resulta irrelevante, la Escritura no se recibe ni se interpreta en el surco vivo de la Tradición eclesial, sino al margen de ella. El autor se sirve en esta obra de investigaciones que mayoritariamente se encuentran fuera de la Tradición viva de la Iglesia, tanto por sus presupuestos metodológicos (asumidos acríticamente), como por sus conclusiones. Los resultados son la conclusión inevitable. Es significativa además la selección de unos textos y la omisión de otros cuando no se ajustan a una interpretación preconcebida. Obsérverse, por ejemplo, lo dicho respecto a las mujeres que siguen a Jesús (cf. p. 215, n. 12). Ya al inicio del siglo III, Tertuliano distingüía a los autores eclesiásticos de los que estaban fuera de la Gran Iglesia atendiendo al modo situarse ante las Escrituras: mientras los primeros reciben, los segundos seleccionan (cf. Prae. VI, 2, 4: CCL 1, 191).


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Comentarios:
El andaluz-toledano Rico Pavés se atreve con Pagola... y con los obispos vascos. Recuérdese que ya criticó a éstos en su momento:

"En la crónica de la elaboración del pastoral de la Asamblea Plenaria, firmada por el actual director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe, José Rico Pavés, leemos sobre la carta pastoral de los obispos vascos, Preparar la paz, de 30 de mayo de 2002: “la lectura política y politizada del documento entenebreció la condenación clara y la valoración moral certera del fenómeno terrorista. Ciertamente, a la Carta pastoral le falta el abrigo de una argumentación más sostenida por la palabra del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia. Su lenguaje se mueve en el ámbito de la ética política y no esquiva cuestiones candentes y resbaladizas, cuya iluminación requiere una distancia no siempre lograda” (p. 70).
Enlace permanente Comentario por Joseba 05.01.08 @ 15:29

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