La crítica al libro de Pagola, "Jesús. Aproximación histórica", por Iraburu (I)
04.01.08 @ 14:00:00. Archivado en Teología, Actualidad, Reflexión

Pagola
Aproximación histórica
Recensión del libro de
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
JESÚS. APROXIMACIÓN HISTÓRICA
Editorial PPC, Madrid 20074, 542 páginas
José Antonio Pagola (Añorga, Guipúzcoa, 1937), sacerdote diocesano de la Diócesis de San Sebastián, fue profesor en la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Vitoria), y durante el servicio episcopal en San Sebastián de Mons. José María Setién, que terminó en 2000, fue muchos años Vicario General, y algunos, Rector del Seminario. Actualmente, siendo Obispo de su Diócesis Mons. Juan María Uriarte, Pagola es director del Instituto de Teología y Pastoral.
Exégesis sin Iglesia
El Concilio Vaticano II, al tratar en la constitución Dei Verbum de la interpretación de la sagrada Escritura, establece varios principios, de los cuales destaco dos: uno, que Tradición, Escritura y Magisterio «están unidos y vinculados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros»; y dos, que «para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay que tener muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura» (10 y 12).
Prescindiendo de estas dos normas del Concilio, José Antonio Pagola, buscando a Jesús, se atiene más bien a los planteamientos del protestantismo crítico liberal y del modernismo, y enfrenta abiertamente el Jesús histórico y el Cristo de la fe. Deja claro que si se busca la verdad histórica de Jesús, es preciso prescindir de todo testimonio de la fe. Es necesario, por tanto, ignorar la luz que da sobre Jesús la Iglesia, aún indivisa, en los grandes siete primeros Concilios ecuménicos. Antes, es preciso ignorar todo lo que sobre Él dicen los profetas del Antiguo Testamento. Y ni siquiera hay que tener en cuenta lo que refieren de Jesús en el Nuevo Testamento quienes convivieron con él durante años, como Pedro, Juan y Mateo.
Así procede Pagola, aunque dice que intenta «captar de alguna manera la experiencia que vivieron quienes se encontraron con Jesús. Sintonizar con la fe que despertó en ellos» (6). Si es verdad que es eso lo que pretende ¿por qué ignora en absoluto los testimonios escritos que dejaron sobre Jesús éstos que primero le encontraron y que convivieron con Él como compañeros?
No, no es eso lo que Pagola intenta. Más bien él estima que estos entendimientos de Cristo, por primitivos que sean, al proceder de «creyentes», no son ya «neutrales», no dan, pues, la verdad histórica de Jesús, sino que están ya «contaminados» por la fe católica que se fue desarrollando en los primeros discípulos después de la resurrección. Una investigación rigurosa de la verdadera figura histórica de Jesús exige no tenerlos en cuenta.
Prescindiendo de las cartas apostólicas, de los Hechos, del Apocalipsis, habrá que ceñirse a los puros Evangelios. Pero no, tampoco. De los mismos Evangelios, como iremos comprobando, es solo una parte mínima la que Pagola admite, pues va desechando en su estudio la mayor parte de los textos, al calificarlos de no históricos o simplemente al omitirlos.
Pagola intenta, pues, una «aproximación histórica» a Jesús, a veinte siglos de distancia, empleando únicamente el método histórico-crítico, con otros métodos complementarios –el acercamiento sociológico, la antropología cultural, algunas claves de la teología de la liberación y del feminismo–. Solo deja que le acompañen en su tarea un cierto número de exegetas de su elección y algunos teólogos progresistas. No ignora «el testimonio neutral de los escritores romanos» (485), como Flavio Josefo y Tácito, que hacia el año 100 hablan de Jesús. Y también tiene en cuenta los Evangelios apócrifos. Pero cuida escrupulosamente el carácter «científico» de su investigación histórica, protegiéndola de todo testimonio de la fe, proceda ésta de compañeros de Jesús, como Juan o de Mateo, o de discípulos directos de los Apóstoles, como Clemente Romano o Ignacio de Antioquía, o casi directos, como Justino o Ireneo.
Pues bien, tengamos claro desde el principio que Pagola, a través de esta «aproximación histórica» a Jesús, difunde innumerables doctrinas de teología dogmática y moral, que ha fundamentado en el libre examen de las Escrituras y que son inconciliables con la fe católica. Lo iremos comprobando.
Benedicto XVI, en el prólogo de su libro Jesús de Nazaret, después de valorar como es debido el método exegético histórico-crítico, advierte que las «reconstrucciones de Jesús» que se intentan a veces ateniéndose a tal método, sin otros apoyos mayores, son falsas.
«Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado».
Así sucede en este caso. La aproximación histórica del libro que ahora examinamos no nos muestra el verdadero rostro de Jesús, sino el rostro de don José Antonio Pagola.
La Iglesia
Debemos, sin embargo, reconocer que tiene Pagola una buena razón para no ayudarse de la Iglesia en su investigación histórica sobre Jesús. Y es que no cree en ella. No cree, se entiende, según la fe católica.
«Jesús no dejó detrás de sí una “escuela”, al estilo de los filósofos griegos, para seguir ahondando en la verdad última de la realidad. Tampoco pensó en una institución dedicada a garantizar en el mundo la verdadera religión. Jesús puso en marcha un movimiento de “seguidores” que se encargaran de anunciar y promover su proyecto del “reino de Dios”» (467). «Jesús no pretendió nunca romper con el judaísmo ni fundar una institución propia frente a Israel. Aparece siempre convocando a su pueblo para entrar en el reino de Dios» (474-475).
«En el movimiento de Jesús desaparece toda autoridad patriarcal y emerge Dios, el Padre cercano que hace a todos hermanos y hermanas. Nadie está sobre los demás. Nadie es señor de nadie. No hay rangos ni clases. No hay sacerdotes, levitas y pueblo. No hay lugar para los intermediarios. Todos y todas tienen acceso directo e inmediato a Jesús y a Dios, el Padre de todos [...] Sus seguidores, hombres y mujeres, se sientan en corro alrededor suyo; nadie se coloca en un rango superior a los demás; todos escuchan su palabra y todos juntos buscan la voluntad de Dios»
(291). «Por eso en ninguna de las tradiciones evangélicas se presenta a alguien desempeñando algún tipo de función jerárquica dentro del grupo de discípulos. Jesús no ve a los Doce actuando como “sacerdotes” con respecto a los demás» (292).
Omite Pagola que Jesús, de entre todos sus discípulos, constituyó mediante elecciones personales el grupo de los Doce, encabezados por Pedro, dándoles una especial autoridad de «atar y desatar» (Mt 16,19; 18,18). ¿Ese dato no tiene fuentes históricas suficientes que lo acrediten? Es un dato además confirmado por el hecho de que desde el principio hallamos iglesias locales regidas ya por Obispos, presbíteros y diáconos. Pero, de ser cierto lo que Pagola afirma, habría que concluir que Pedro, Pablo, Ignacio de Antioquía, etc. malentendieron o traicionaron «el proyecto de Jesús». Consta, en efecto, que ellos presidieron y gobernaron pastoralmente sus Iglesias, que afirmaron su autoridad apostólica (2Cor 10,1-11), y que llegaron a excomulgar en casos extremos (1Cor 5,1-5), cumpliendo lo dispuesto por Jesús (Mt 18,15-18). Desde el mismo inicio de la Iglesia, rompieron, pues, «el corro» igualitario proyectado por Jesús y establecieron una Jerarquía apostólica (hierarchia, sagrada-autoridad; del griego, hieros, sagrado, y arkhomai, yo mando).
Por el contrario, en la visión de Pagola, esa inmensa institución sagrada que es la Iglesia, «sacramento universal de salvación» (Vaticano II: Lumen gentium 48; Ad gentes 1), no tiene a Cristo por fundador. Él nunca pensó en fundarla. La Iglesia nació de los hombres, de ciertas necesidades históricas concretas. Es significativo en esto que Pagola no menciona el acontecimiento de Pentecostés. Habla solo de «la experiencia» del Resucitado que fueron teniendo los primeros discípulos. Y es que
«Jesús ni pudo ni quiso poner en marcha una institución fuerte y bien organizada, sino un movimiento curador que fuera transformando el mundo en una actitud de servicio y amor» (292). «Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de “elegidos” de Dios» (293). «Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable» (465). «Pertenecer a la Iglesia es comprometerse por un mundo más justo» (466). «Seguir a Jesús pide desarrollar la acogida. No vivir con mentalidad de secta. No excluir ni excomulgar» (467).
«No quiso, ni pudo» Jesús impulsar una fuerte institución, una Iglesia... que ya en los primeros siglos se formó, de hecho, cada vez más fuerte y extendida, en gran parte del entorno mediterráneo.
El proyecto de Jesús
El intento de Jesús es difundir entre los hombres el Reino de Dios, un Reino presente, social, horizontal.
«Dios tiene un gran proyecto. Hay que ir construyendo una tierra nueva, tal como la quiere él. Se ha de orientar todo hacia una vida más humana, empezando por aquellos para los que la vida no es vida. Dios quiere que rían los que lloran y que coman los que tienen hambre: que todos puedan vivir.
«Si algo desea el ser humano es vivir, y vivir bien. Y si algo busca Dios es que ese deseo se haga realidad. Cuanto mejor vive la gente, mejor se realiza el reino de Dios [...] Cualquier otra idea de un Dios interesado en recibir de los hombres honor y gloria, olvidando el bien y la dicha de sus hijos e hijas, no es de Jesús» (324).
En esa última frase tenemos un ejemplo de «la dialéctica de los contrarios», que es muy frecuente en todo el libro de Pagola. Según ella, para mejor conocer la verdad, hay que enfrentar extremos aparentemente contrapuestos, para optar por uno, rechazando el otro. No es el et-et, sino el aut-aut. A Dios no le interesa que los hombres le glorifiquen, sino que hagan el bien a sus hermanos. No se le ocurre pensar que las dos cosas son inseparables, y que se exigen y potencian mutuamente.
En el proyecto de Jesús, según Pagola, apenas aparece la intención doxológica y soteriológica: la glorificación de Dios y la salvación eterna de los hombres.
–La doxología apenas es afirmada por Pagola en Jesús, y cuando lo hace de paso, como lo vimos hace un momento, es siempre en formas reticentes. Sin embargo, Jesús dice al Padre, «yo te he glorificado sobre la tierra, cumpliendo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). Y el Apóstol entiende que todos los males de la humanidad proceden precisamente de que los hombres «no glorificaron» a Dios, y «sirvieron a la criatura en lugar de al Creador» (Rm 1). Toda la Biblia nos asegura que el mundo fue creado primeramente para la gloria de Dios. Por eso en ella doxología y soteriología son inseparables. La norma es clara: «hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31). Sin embargo, como digo, las pocas veces que Pagola toca el tema de la glorificación de Dios es con reticencia, y contraponiéndole lamentablemente el empeño por hacer el bien a los hombres.
–La soteriología tampoco es afirmada claramente por Pagola en la intención de Cristo. En su extenso libro apenas se menciona el pecado y el poder del Demonio sobre el mundo. No viene Jesús del cielo para «quitar el pecado del mundo» y para «vencer al Demonio», sino para aliviar a la humanidad de tantos sufrimientos que la oprimen. Y aquí nos trae otra falsa contradicción dialéctica:
la misión de Juan Bautista «está pensada y organizada en función del pecado [...] Por el contrario, la preocupación primera de Jesús es el sufrimiento de los más desgraciados» (98).
Las fuentes históricas que tenemos sobre Jesús afirman ciertamente lo contrario. En los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento se afirma una y otra vez que el nacido de María será llamado «Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21); se asegura que Él ha sido enviado para «llamar a conversión a los pecadores», haciendo posible esa conversión por su gracia. Y Él mismo advierte, con tanto amor como fuerza: «si no os convertís, todos moriréis igualmente» (Lc 13,3). En los cuatro Evangelios, en más de cincuenta ocasiones distintas –distintas: cada una referida por un evangelista o por varios a la vez– evangeliza Jesús con un trasfondo patente de salvación o de condenación, llamando a conversión para entrar en el Reino (trigo y cizaña, salvar o perder la vida, grano y paja, peces buenos o malos, permanecer o no en la vid, dar o no rendimiento a los talentos, creer en Él o rechazarle, recibir o no su palabra, confesarle o no ante los hombres, etc.). Fácil es comprobar en los Evangelios que en las parábolas y predicaciones de Jesús hay siempre una fuerte tensión soteriológica. Y sus palabras son a veces sumamente fuertes y apremiantes. Pero Pagola viene a negar todo eso, sin alegar base histórica alguna:
«Jesús abandona también el lenguaje duro del desierto [el de Juan]. El pueblo debe escuchar ahora la Buena Noticia. Su palabra se hace poesía. Invita a la gente a mirar la vida de manera nueva. Comienza a contar parábolas que el Bautista jamás hubiera imaginado. El pueblo queda seducido» (80).
En esta misma línea buenista e idílica, Pagola afirma cien veces que Dios perdona «sin condiciones», que «no excluye a nadie», que «acoge a todos». Y por supuesto, ésta es una «creación» suya ideológica, sin fundamento alguno en las fuentes históricas sobre Jesús.
La doctrina de la Iglesia, conforme a las Escrituras, enseña que toda la salvación es gracia, gracia gratuita, ciertamente. Y que quien rechaza la gracia de la conversión, negándose al arrepentimiento y obstinándose deliberadamente en sus pecados, rechaza la gracia del perdón gratuito de Dios. Por el contrario, Pagola, una y otra vez, afirma con fórmulas siempre ambiguas que
«A estos pecadores que se sientan a su mesa, Jesús les ofrece el perdón envuelto en acogida amistosa. No hay ninguna declaración; no les absuelve de sus pecados; sencillamente los acoge como amigos» (205) «Ofrece el perdón sin exigir previamente un cambio. No pone a los pecadores ante las tablas de la ley, sino ante el amor y la ternura de Dios [...] Este perdón que ofrece Jesús no tiene condiciones [...] solo quedan excluidos quienes no se acogen a su misericordia» (208). «Este no es el Dios vigilante de la ley, atento a las ofensas de sus hijos, que le da a cada uno su merecido y no concede el perdón si antes no se han cumplido escrupulosamente unas condiciones. Este es el Dios del perdón y de la vida; no hemos de humillarnos o autodegradarnos en su presencia» (323).
Al parecer, el arrepentimiento del pecador y la confesión de sus culpas, lo mismo que el propósito de la enmienda, aparte de ser actos espirituales superfluos en orden a la amistad con Dios, son para él auto-degradantes. El hijo pródigo, antes de regresar a su casa, no tenía por qué decirse interiormente: «padre, pequé contra el cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo» (Lc 15,21). Ni tampoco Jesús tenía por qué mandarle a la pecadora: «vete y no peques más» (Jn 8,11). Como ya lo enseñó Lutero, al pecador le basta para la justificación poner su fe fiducial en Jesús. Sin otras condiciones.
No es, pues, necesaria la conversión para conseguir el perdón de los pecados. Más aún, ni siquiera es necesaria para la salvación la fe en Cristo ni la religión. Hasta aquí no llegaba Lutero, que enfatizaba tanto la virtualidad salvífica de la fe. Pero Pagola lo afirma, por ejemplo, cuando recuerda el Juicio final (Mt 25,31-46). El hombre se salva él, él mismo, haciendo obras buenas:
«Los que son declarados “benditos del Padre” no han actuado por motivos religiosos, sino por compasión. No es su religión ni la adhesión explícita a Jesús lo que los conduce al reino de Dios, sino su ayuda a los necesitados. El camino que conduce a Dios no pasa necesariamente por la religión, el culto o la confesión de fe, sino por la compasión hacia los “hermanos pequeños”» (193). Dios no excluye a nadie: «Es el Padre de todos, sin discriminación ni exclusión alguna. No pertenece a un pueblo privilegiado. No es propiedad de una religión. Todos lo pueden invocar como Padre» (328).
Tantos y tantos textos de los Evangelios –«id y predicad el Evangelio... el que crea... el que no crea»–, y de las cartas de San Pablo y de San Juan, sobre la clave salvífica de la fe muestran solamente que Evangelistas y Apóstoles no entendieron el mensaje de Jesús, y lo tergiversaron en la Iglesia desde un principio. Se comprende bien que Pagola estime necesario y urgente promover la «conversión de la Iglesia a Jesús» (468).
Comentarios:
Aquí les mando una de esas ligas:
http://www.mercaba.org/ARTICULOS/L/la_verdad_nos_hara_libres.htm
Pagola calla su divinidad. ¡Qué pena! Un libro más con tintes de arrianismo.
Jesús es el Hijo de Dios. Es el "Hijo" eterno que se ha encarnado y ha entrado a la historia. Él es Dios y hombre verdadero. Negarle su divinidad es tan grave como negarle su humanidad.
A mí me interesa encontrarme con el Cristo de la fe que vivió, murió y resucitó, y que está vivo. Sigo al Jesús que me presentan los Evangelios y que me presenta la Iglesia.
Pues así es mejor: sigo creyendo que el Magisterio me presenta a Jesucristo en su totalidad. Dispensen, pero tengo fe firme en que Pedro y sus sucesores son los mejores intérpretes de Jesucristo. La Palabra de Cristo es clara: "Confirma a tus hermanos en la fe".
Pagola obviamente es un erudito en temas de catolicismo y demuestra una gran honestidad y objetividad en sus estudios y escritos al respecto. Los censores de Pagola obedecen a sus miedos y la inseguridad k vuelve violento al cobarde, defendiendo su crencia no con razon sino con insulto y venganza,y a todo aquello que siembra dudas en su alma intenta exterminarlo, creyendo que asi desaparece, lo que no sabe es que a cada embate suyo las verdades se crecen y se hacen mas evidentes, porque su actitud demuestra que vive inmerso en la gran mentira. Desgraciadamente aún existen nostalgicos del Santo Oficio,que no pueden soportar a los seres pensantes como Pagola.
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Pagola obviamente es un erudito en temas de catolicismo y demuestra una gran honestidad y objetividad en sus estudios y escritos al respecto. Mientras los censores de Pagola obedecen a sus miedos y la inseguridad vuelven violento al cobarde, que defiende su crencia no con la razon sino con el insulto y la venganza, y todo aquello que siembra dudas en su alma intenta exterminarlo, creyendo que si lo elimina desaparece, pero lo que no sabe es que a cada embate suyo las verdades se crecen y se hacen mas evidentes, porque su actitud demuestra que vive inmerso en la gran mentira. Desgraciadamente aún existen demasiados nostalgicos del Santo Oficio,que no pueden soportar alos se...
Pagola obviamente es un erudito en temas de catolicismo y demuestra una gran honestidad y objetividad en sus estudios y escritos al respecto. Mientras los censores de Pagola obedecen a sus miedos y la inseguridad vuelven violento al cobarde, que defiende su crencia no con la razon sino con el insulto y la venganza, y todo aquello que siembra dudas en su alma intenta exterminarlo, creyendo que si lo elimina desaparece, pero lo que no sabe es que a cada embate suyo las verdades se crecen y se hacen mas evidentes, porque su actitud demuestra que vive inmerso en la gran mentira. Desgraciadamente aún existen demasiados nostalgicos del Santo Oficio, que que no pueden soportar...
¡Qué buenos aquellos tiempos de Lutero y sus compinches que, al menos, dejaban la Iglesia y montaban su chiringo aparte. Ojalá volviesen esos tiempos!
Valoro su afán recopilatorio de críticas a la obra del Sr. Pagola. Sin ningún género de dudas, Ud. será nominado como el Mayor Copiador del Reino. O en reñida pugna literaria, con un accésit.
No olvide sonreir.
Le ofrecería un café, pero no quiero distraerlo a usted de mejores compañías.
Bona tarda!
Por otro lado, bates todos los records de condensación de descalificaciones, sin ningún argumento de fondo.
Debate, como ha hecho Xabier Picaza, ¿no te parece más constructivo?
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