San Gregorio Nacianceno y el teólogo cristiano
29.12.07 @ 12:00:00. Archivado en Reflexión

«Al hablar de los Padres de la Iglesia, nos preocupa principalmente el uso que hicieron de la filosofía para definir el dogma; y corremos el peligro de olvidar a sus adversarios, que, en la misma época, se esforzaban, por el contrario, en utilizar la fe cristianan para nutrir su filosofía. Parece que la herejía de Arrio nació, en gran parte, de este deseo de ceñir la religión a los límites de la razón.
Gregorio Nacianceno y Basilio se encontraron frente a una actitud análoga a la de los deístas del siglo XVII: una racionalización del dogma cristiano realizada espontáneamente por espíritus sensibles al valor explicativo de la fe cristiana, pero preocupados por reducir los misterios que ésta contenía a las normas del conocimiento metafísico. El prurito de racionalidad, patente siempre en el arrianismo, contribuyó en mucho a su inmenso éxito, y no debe olvidarse que lo que se ventilaba en la luchaque contra él entablaron los padres era nada menos que la misma fe cristiana. Se hallaba en litigio si la metafísica absorbería al dogma o si el dogma absorbería a la metafísica. Gregorio Nacianceno se enfrenta precisamente con un adversario excepcional: el arriano Eunomio (muerto hacia 395). Para este jefe de secta, y par sus discípulos, el mundo dependía de un Dios único, al que concebían como siendo esencial y supremamente esencia, sustancia o realidad (ousía). Totalmente simple, esta esencia divina excluye toda la pluralidad de atributos. Todo lo que se puede decir de ella es que es absolutamente. Igual que en la doctrina de Arrio, el Dios de Eunomio está carcterizado, ante todo, por esa necesidad de ser que ya definía a la ousía de Platón. Así, pues, se le deberá pensar, antes que nada, como «no devenido» o «no engendrado», es decir, como gozando del privilegio único de la «innascibilidad». De aquí se infiere, naturalmente, esta consecuencia: el Verbo, que es el Hijo, por haber sido engendrado, es enteramente desemejante (anomoios) al Padre, y no, en modo alguno, consustancial (homoousios) a Él. De manera análoga el Demiurgo del Timeo, que ha hecho los dioses y los ha hecho eternos, el Dios de Eunomio bien ha podido hacer del Hijo un Dios adoptivo; además, lo ha asociado de antemano a su propia divinad y a su propia gloria; pero no ha podido realizar la contradicción de que el engendrado fuese consustancial al innascible. Con frecuencia se reprochan a Eunomio los «sofismas» de que echaba mano para ponerse a tono con el dogma. Esto quizá sea equivocarse acerca de sus intenciones. Eunomio no pretendía captar el misterio mediante una fórmula preocupada por definirlo y situarlo, sino llevar el misterio al plano de lo inteligible. Desde este punto de vista, su lógica era correcta. Si el Hijo es consustancial al Padre, el Padre se ha engendrado a Sí mismo, y el innascible ha nacido de Sí mismo. Como los dialécticos del siglo XII, Eunomio no cometía más error que el de tratar el misterio con procedimientos lógicos: Si ha nacido – decía del Hijo -, antes de nacer no existía. En vez de hablar del Dios cristiano en la lengua de Platón, Eunomio hacía del demiurgo de Platón el Padre del Verbo cristiano.
Así se comprende mejor uno de los rasgos más constantes de la actitud de Gregorio Nacianceno y el sentido de su obra. En el admirable Sermón XXXVI, titulado Sobre sí mismo, en que intenta explicarse por qué los oyentes de Constantinopla se apiñaban alrededor de su púlpito, Gregorio alega como razón principal que, en un tiempo en que la filosofía lo invade todo, él se contenta con acudir a las fuentes de la fe. Lo que falta a los filósofos, a los sofistas y a los sabios de su tiempo es, precisamente, el don de la sabiduría. Y cuanto más aligeren la barca mejor flotará. Volver a las costumbres y a la fe de los cristianos: he ahí el verdadero remedio. Con avisos del mismo tenor a los filósofos, abre Gregorio, en el Sermón XXVII, la serie de sus Theologica. Dirigiéndose a los eunomianos, les conjura a que vuelvan primero a la simplicidad de la fe; pero sólo podrán conseguirlo si previamente purgan sus vicios y se entregan a la meditación de las Escrituras, no para juzgarlas y criticarlas como filósofos (XXVII, 6), sino para someterse a ellas. A pesar de esto, Gregorio no renuncia a filosofar, por su parte. Antes al contrario, reclama el derecho a discutir sobre el mundo o los mundos, sobre la materia, sobre el alma, sobre los seres racionales, los bienes y los males, sobre la resurrección, el juicio, los sufrimientos de Cristo, los premios y castigos. Nada más legítimo, siempre que se haga con moderación y después de haberse instruido en las Escrituras, para instruir luego en ellas a los demás. Tal es, en efecto, la teología (Sermón XXVIII); no la de esos «teólogos profanos» para quienes no hay barreras, sino la de los cristianos, que siempre se expresan con prevención ante la incomprensibilidad de Dios».
Éttiene Gilson, La Filosofía en la Edad Media. Cap. Primero, IV.
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