Celebrar la esperanza (II), por Monseñor Juan del Río
12.12.07 @ 12:00:00. Archivado en Cardenal

"CELEBRAR LA ESPERANZA(II)
"El año litúrgico cristiano se abre con las cuatro semanas de Adviento que antecede a Navidad. Es el tiempo de la virtud de la esperanza cristiana que se apoya en la conmemoración de la triple venida del Señor: nos prepara para celebrar el acontecimiento histórico del alumbramiento de Cristo; nos recuerda que el Señor vendrá al final de los tiempos para revelar la plenitud de su obra que fue realizada al venir por primera vez en la humildad de nuestra carne; y mientras tanto Jesucristo no nos ha abandonado sino que se hace presente en nuestras vidas y en la presencia de los sacramentos de la Iglesia. El objeto de la esperanza es Jesús, Hijo de Dios vivo, que se encarnó, murió y resucito. Fue anunciado por Isaías, el Bautista preparó los caminos de su venida y María con su “sí” abrió las puertas de nuestro mundo a Dios mismo y se convirtió en “estrella de nuestra esperanza” (cf. Benedicto XVI, Spes Salvi, 49).
Los cristianos festejamos y celebramos la tensión escatológica del Evangelio, cuando llega este tiempo litúrgico, en los Sacramentos, en la Eucaristía de cada día, y al dar sepultura a nuestros seres queridos donde claramente expresamos nuestra confianza en el triunfo de la “la resurrección de la carne y de la vida eterna”. Sin embargo, en una sociedad que ha expulsado a Dios de la vida pública y quiere arrancarlo del corazón del hombre, resulta provocador esa alegría constante de los cristianos frente a la tristeza del alma que instaura la cultura dominante. Además, toda la liturgia recuerda que la vida tiene sentido en “Aquel que es, que era, y que va a venir”. Esta verdad fundamental de la esperanza tiene su traducción divulgativa en la nórdica corona de adviento, los portales de belén, los cantos de villancicos, campañas de caridad y solidaridad a favor de los pobres, etc… De ahí, que el laicismo exacerbado haya entablado una batalla contra estas fiestas cristianas de adviento-navidad porque ve en ella una amenaza popular a los intereses dictatoriales de silenciar toda referencia a lo sagrado y trascendente en el ámbito oficial.
La vivencia celebrativa de este único y gran misterio nos lleva al convencimiento de que la esperanza cristiana no es un autoengaño, una proyección en el futuro de las frustraciones del presente, no es una mera utopía; sino que la promesa de Cristo, es ciertamente una realidad esperada, pero también una verdadera presencia que consolida nuestro existir. Así, en anhelo de la vida futura y de ser poseído eternamente por el amor de Dios repercute en la forma de encarar la existencia humana y de llenarla de contenido gozoso. La esperanza cristina, lejos de oponerse o destruir las esperanzas del hombre en el mundo, las integra y las orienta hacia el destino último. Pero, cuando se pierde a Dios y se ignora la vida eterna, las esperanzas intramundanas se convierten en una fuente de fracasos e insatisfacciones. Este es el drama del humanismo ateo revestido hoy con la careta del laicismo nihilista, descreído y desesperanzado, que trae como consecuencia que Europa, occidente mismo, sea una sociedad desorientada, narcotizada y cínica, que autoaborrece sus propias raíces culturales que le dieron razones para vivir y para esperar. Que verdad es aquello que afirmó en su día Juan Pablo II, “cuando la esperanza se desvanece, mueren las culturas”."
Fuente: Web Obispado Asidonia-Jerez
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