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D. Antonio Fernández Camacho, un salesiano martirizado en Sevilla

Permalink 04.11.07 @ 15:54:03. Archivado en Historia


Extraído del portal de los Salesianos.

“Don Antonio Fernández Camacho es el protomártir salesiano y uno de los primeros sacerdotes asesinados en la guerra civil”. Era asesinado en Sevilla el 20 de julio de 1936

Don Antonio, natural de la villa cordobesa de Lucena, era hijo único de una familia modesta y cristiana. Huérfano de padre –guardia civil en activo- Antonio pasó varios años en Villamartín (Cádiz), pueblo natal de la madre. “Con ella marcho a Sevilla y en 1901, protegido por el celoso sacerdote don Sabas Pérez, ingresó como estudiante en las Escuelas Salesianas de la Santísima Trinidad.” Cautivado por el espíritu de San Juan Bosco, hace allí mismo el aspirantado, el noviciado –que culmina con la profesión religiosa el 15 de septiembre de 1909, y los estudios de Filosofía.

Tras dos años en Córdoba y Écija, entregado a la docencia, torna a Sevilla-Santísima Trinidad momento en que “parece que se madre le propuso ser sacerdote diocesano, mas él, cariñosa pero firmemente, le convenció a aceptar los caminos del Señor.” Siempre en Sevilla estudia Teología y, ordenado sacerdote por el cardenal Almaraz el 23 de septiembre de 1917, celebra su primera misa rezada en el convento de Santa María la Real, en el que su madre había profesado como religiosa dominica, tras la muerte de su propia madre, de la que no había querido separarse.

Este hecho representa el lazo que ligó a Don Antonio definitivamente a la casa de la Santísima Trinidad, a excepción del sexenio pasado entre Utrera, Ronda y Alcalá de Guadaíra, alternando los cargos de catequista y consejero escolástico con la entrega a la docencia, de tal modo que entusiasmó “en el estudio aun a los menos dotados.”

Su perfil humano y salesiano-sacerdotal

“Don Antonio se distinguió siempre por su candor de niño y por su admirable don de gentes. Como salesiano destacó por la entrega total a la enseñanza y a la asistencia; competente en el ministerio pastoral, animaba la Compañía de San Luis [Gonzaga], organizaba juegos, funciones de teatro, junto con un ardiente celo por atender a las necesidades del prójimo. Como sacerdote era competente en todos los ministerios, especialmente el de la predicación, si bien sentía un invencible temor a predicar desde el púlpito, pese a lo bellas que resultaban sus intervenciones oratorias, tanto religiosas como profanas. En sus cartas de dirección espiritual y en sus consejos inculcaba siempre gran amor a Jesús Sacramentado y profunda devoción a María Auxiliadora.”

El martirio

Precisamente la tarde del 19 de julio de 1936 –día siguiente al del estallido de la guerra civil-, tras extinguir el fuego que “unos osados habían provocado en el taller de carpintería” de la Escuela de Artes y Oficios de la Trinidad, y ante el constante tiroteo, algunos salesianos “salieron y se hospedaron en casa de amigos y conocidos.” Uno de ellos fue Don Antonio, acompañado del estudiante interno Arsenio Ortiz Moreno, cuya deposición (del 30 de noviembre de 1954) será la más cualificada y determinante en el Porceso:

“A primera hora de la tarde del domingo, 19 de julio, salí del Colegio para acompañar a don Antonio que vestía de paisano… Dada la poca seguridad que ofrecía, en especial durante la noche, el barrio de la Trinidad, don Antonio pernoctó en la pensión de la calle Corral del Rey n.º 12, propiedad de unos parientes de los hermanos Menacho, antiguos alumnos suyos [y testigos también en el Proceso]. A la mañana siguiente, lunes 20 de julio, celebró a las ocho la misa –que yo le ayudé- en la capilla del “Protectorado del Niño Jesús de Praga”. Tomado el desayuno, lo acompañé a la calle Feria, a hacer una breve visita a los parientes de su antiguo alumno Rodríguez Villar. Desde allí fue a ver a su anciana madre, que residía temporalmente en la casa de Hijas de María Auxiliadora, de calle Castellar n.º 44.

Terminada la visita (serían las once la mañana), nos encaminamos hacia la [vecina] plaza de San Marcos, para volver al colegio de la Trinidad… Al desembocar en la plaza, frente a la iglesia -[que habiendo sido incendiada, aún llameaba el rescoldo avivado]-, nos sorprendió una barricada, custodiada por milicianos rojos. Don Antonio intentó volverse, pero un miliciano armado de mosquetón, le obligó a proseguir adelante, pidiéndole la documentación: “La he dejado en casa”, haciendo ver la cartera, vacía. “¿No sabes que en estos tiempos no se puede andar indocumentado?”, le replicó un miliciano de alta estatura, mientras lo cacheaba… De uno de los bolsillos le sacó un reloj, de cuya cadena pendía un crucifijo… “Entonces, ¿tú crees en esto?”

Don Antonio permaneció con la cabeza baja, sin proferir palabra. El miliciano alto… exclamó: “¡Si éste es un cura que veo pasar por aquí con frecuencia!”… Y sin más un miliciano corpulento, que empuñaba una pistola… a un metro de distancia… disparó tres o cuatro veces contra el acusado, hiriéndole en el costado derecho. Don Antonio… cayó a tierra, solicitando ayuda… Aturdido, no pude oír sus precisas palabras. Aproveché la confusión… y me escabullí con disimulo… Corrí al colegio de la Trinidad para referir al Sr. Director y Superiores lo sucedido…”

Otro testigo, que vio todo “desde la ventana de su casa”, recogió las palabras de Don Antonio: “Por favor, llevadme a la Casa de Urgencias porque me muero”. “Pensaron hacerlo, pero uno se opuso por temor a ser descubiertos y optaron por arrastrarlo entre varios hacia la calle San Luis.” Y “entre el n.º 7 y 9 –declara una tercera testigo-, lo hicieron sentar bajo mis ventanas con el cuerpo encorvado. Al abrirle el cuello de la camisa y ver el crucifijo y el escapulario, uno de los milicianos dijo al otro: “¿No te das cuenta que es un fascista?”. Y a bocajarro, le dispararon. Murió desangrado.”

Sus restos mortales no se encontraron. Ha quedado la convicción, avalada por algunas confidencias en el Proceso, “que fue arrojado a los rescoldos, aún candentes, de la incendiada iglesia de San Marcos o de Santa Marina… Su alma esclarecida volaba al cielo a recibir la corona de los mártires.” Se cumplía así su deseo manifestado en una íntima conversación: “Cuando muera, celebrad abundantes sufragios por mi alma, pero no preocuparos de dónde irán a parar mis restos mortales.”


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