Lo que Hitler pensaba de la Iglesia Católica (y VI)
27.09.07 @ 18:00:00. Archivado en Historia, Iglesia, Actualidad, Reflexión

«No vamos a complicarnos en la estúpida propaganda marxista del ateísmo. En las grandes ciudades no queda absolutamente nada. Allí donde todo ha muerto es imposible reanimar nada. Mas nuestros campesinos viven aún sobre un fondo de creencias paganas, y partiendo de ahí podremos evangelizar algún día a las multitudes de nuestras ciudades. Aunque, como es natural, estamos aún lejos de ello.».
Terminó la conversación. Quedamos sentados algunos instantes en torno a la mesa. Hitler se sentó con nosotros. La señora de Goebbels demostró particular interés por la salud del Führer. Decretó que ya era hora de retirarse.
- Ha tenido usted, mi Führer, un día cargado de trabajo, y mañana la espera otro por el estilo.
Nos despedimos y regresé a mi pequeño hotel, cerca de la estación de Friedrichstrasse.
Todo cuanto predijo Hitler se realizó después. Se hicieron y se hacen todavía toda suerte de tentativas para descristianizar a los campesinos alemanes. He visto secciones especiales de descristianización en las Exposiciones agrícolas; he visto la serie de carteles murales, ideados con verdadera astucia pedagógica, que representan la lucha de los campesinos de Steding contra la Iglesia de Bremen. Todos los visitantes de esa Exposición pudieron observar como yo la hábil mezcolanza de lecciones de cosas agrícolas y de propaganda contra las religiones establecidas, y en pro del renacimiento de un nuevo paganismo, cuyos dogmas no se definían bien.
Las personalidades del partido que estaban, como yo, a la cabeza de los distritos campesinos, recibían con regularidad invitaciones a las nuevas asambleas «sin Dios»de los nacionalsocialistas, a las «veladas religiosas», donde se trataba de definir el rito del nuevo culto. Era evidente que esas invitaciones, que procedían de Darré en persona, eran la piedra de toque que permitía comprobar si se podía contar con la verdadera élite, y hasta qué punto tomábamos en serio la revolución total del nacionalsocialismo; por es modo se estimaba, según nuestra actitud, hasta qué punto éramos merecedores de confianza.
Tal fue la primera etapa. La segunda obligación exigió de nosotros la de renegar oficialmente de las Iglesias. Las cosas marcharon a pasos agigantados. Pude darme cuenta de ello por el ejemplo de uno de mis amigos, el agrónomo Meinberg, tipo espléndido de agrario alemán, hombre cabal, de insobornable sinceridad y convicción.. Meinberg, consejero provincial, führer local de los campesinos y representante de Darré en el Oficio de Aprovisionamiento del Reich, se mostró un catecúmeno dócil. En su vieja morada campesina instaló una chimenea a guisa de hogar rúnico; máximas paganas decoraron las paredes. Las cruces habían sido reemplezadas por otros emblemas religiosos. Wotan, el viejo cazador, recobró un altar en la casa de Meinberg, y delante de su hogar volvió a encenderse la llama perpetua. ¿Tenía razón Hitler al pretender que entre nuestros campesinos la capa de cristianismo significaba tanto como una tenue lechada de cal?. Luego les tocó el turno a los hombres de la S.S. y, sobre todo, a los jefes y dirigentes de toda suerte; luego, a los grados superiores de la juventud hitleriana. Metódica, científicamente, con lógica inflexible, se emprendió la lucha para exterminar todo lo que fuese cristiano en Alemania.
Hitler me dijo...Hermann Rauschning. Capítulo VII, El Anticristo.
Comentarios:
Los talibanes son asi...chorrean sus bocas con el espumarajo del odio la venganza y además con la vuelta al poder de Franco y sus secuaces.
Pero por ahora hay que seguir tragando, como se tiene que seguir tragando la Teología de la Liberación.
Lo siento por ellos porque ya están sufriendo del higado.
Me ha parecido una magnífica recopilación y reitero mis felicitaciones.
Recuerdo, hablando de Hitler, otra frase que viene al pelo con la "imposición" de la EpC:
"No es admisible que las iglesias critiquen la moral del Estado, cuando las iglesias deberían ocuparse más bien de su propia moral. Nosotros, el aparato estatal, vamos a preocuparnos en exclusiva de la moral del pueblo" (Adolf Hitler).
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