Diálogo, por Monseñor Juan del Río
18.09.07 @ 12:00:00. Archivado en Actualidad
Reproduzco el comentario semanal de Monseñor Juan del Río, para COPE Jerez y prensa local.
"Diálogo.
Un signo de los tiempos actuales es el hablar de la necesidad de DIÁLOGO en todos los ámbitos de la vida. Digamos que estamos ante una palabra “mágica”. Los políticos utilizan este término constantemente; en muchas ocasiones lleva una fuerte carga de ideologización, que es utilizada para neutralizar al adversario. En las relaciones familiares es algo vital para el buen entendimiento entre los esposos, y entre éstos y los demás miembros que forman el hogar. La misma Iglesia tiene ardientes deseos de que el diálogo interior y el diálogo con el mundo sean expresión de su vitalidad y santificación. ¿Qué es el diálogo? ¿Cuáles son sus propiedades y dimensiones? ¿Es diálogo toda conversación o recepción de información?
El diálogo es la característica esencial de la persona, que es “espíritu encarnado” y está dotada de razón. Su estructura dialogal le capacita para abrirse a sus semejantes y al mismo Dios. Por ello, podemos definir el diálogo como el acontecimiento relacional que tiene por objeto la comprensión de aquello sobre lo que se conversa, y de aquel con quien se conversa. Ahora bien, si todo fuera expresión hablada, el diálogo no sería nada. Para que haya coloquio es importante saber “lo que se dice”, “cómo se dice” y “quién lo dice”. Es decir, entran en juego las dimensiones humanas del pensamiento, de la estética y de la ética.
Para ser persona dialogante hace falta una buena dosis de sencillez y humildad. Por ello mismo, surgen muchas desconfianzas en el pueblo cuando el poder y los poderosos hablan de diálogo, porque ya se sabe en que termina todo. El autosuficiente conversará, sostendrá monólogos con mayor o menor sentido pero, al final, revelará el dogmatismo de su pensamiento y la rigidez de sus actuaciones.
Es importante que recordemos las características esenciales del verdadero diálogo. Claridad en lo que se expone. Afabilidad, para evitar los modos violentos o hirientes. Confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor. Prudencia, para tener en cuenta las condiciones psicológicas, sociales y morales del que oye y procurar adaptarse razonablemente ellas, evitando el ser molesto o incomprensible. Cuando falla alguna de estas propiedades se produce la deformación del diálogo, y entonces tenemos lo que se llama diálogo de sordos, diálogo estratégico, simples conversaciones, discusiones, etc.
El cristianismo es la religión del diálogo, como dice la carta a los Hebreos: después de hablar Dios muchas veces y de diversos modos antiguamente (…) en estos días últimos nos ha hablado por medio de su Hijo Jesucristo (1,1-2). La historia de la salvación narra precisamente este largo y variado diálogo, que nace de Dios, y teje con el hombre un coloquio paciente y amoroso. Por eso, el diálogo debe caracterizar el oficio ministerial, catequetico, pastoral y misionero de todo bautizado. La misma Iglesia se hace palabra, se hace mensaje, se hace coloquio con cada hombre en cada época. Pero como dice Benedicto XVI: sabemos bien que para la gente de hoy el lenguaje de la fe a menudo resulta lejano; sólo puede resultar cercano si en nosotros se transforma en lenguaje de nuestro tiempo (Disc. 13/5/2005) ¡He aquí una gran tarea para todos!"
Fuente: Web Obispado Asidonia-Jerez.
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