La cruzada de los niños (I)
05.08.07 @ 23:54:24. Archivado en Historia, Historia de la Iglesia

Estamos en el año de nuestro Señor de 1.212, en un día de Mayo cuya memoria se ha perdido en los avatares de los tiempos. La Corte del Rey Felipe II de Francia se encontraba instalada por esos días en la región de San Denís. Fue entonces cuando apareció un niño, de unos doce años, llamado Esteban. El chiquillo procedía de la ciudad de Cloyes, en el Orleansado; su oficio era el de pastor.
El infante traía una carta dirigida al Rey escrita por el mismo Cristo, que se le había aparecido y le había pedido expresamente que predicase una Cruzada. El Rey despachó al niño rápidamente, mandándole de vuelta a casa: no intuía siquiera lo que se iba a desencadenar en esos momentos.
El muchacho, émulo de Pedro el Ermitaño, no cejó en su empeño, se encaminó hacia la abadía de San Denís y allí predicó la Cruzada: mandaría a un grupo de niños a la reconquista de Jerusalén, pues ¿acaso para entrar en el Reino de los Cielos no hay que ser como un niño?.
El pequeño vidente dijo que los mares se abrirían y, como un Moisés redivivo, llegarían hasta Tierra Santa. Los niños acudían en tropel a escuchar a Esteban, los adultos por el contrario no salían de su asombro. Esteban finalmente se lanzó a recorrer toda la Francia predicando la Cruzada. Se vería con sus diminutos cruzados en Vendôme, en Junio: desde allí se encaminarían a Oriente.
La masa de niños concentrados en Vendôme era impresionante; según las fuentes la cantidad no era inferior a 30.000 niños, todos de edad inferior a doce años. Provenían de todas partes y de distintos estratos sociales. Los cronistas los denominan los “profetas menores”.
Pero no todos los acompañantes eran niños: también habían muchachas y sacerdotes jóvenes, unos iban movidos por la piedad y la misericordia, otros llamados por las riquezas, ya que las huestes de Esteban recibían gran cantidad de presentes en su camino a Palestina.
Vendôme no fue capaz de acogerlos: eran demasiados. Tuvieron que acampar fuera de la ciudad. La expedición de puso pues en marcha. Harían todo el camino a pié; Esteban, como jefe, iría en un carro elegantemente engalanado. El niño era tratado como un santo, sus mechones de pelo y sus ropajes eran considerados auténticas reliquias.
El viaje fue horroroso. El verano, muy caluroso, y la escasez de agua y comida –dependían de la caridad-, provocaron la muerte de muchos. Otros abandonaron e intentaron volver a sus casas, el resto, finalmente, consiguió llegar a Marsella.
En Marsella ocurrió lo previsible: el mar no se abrió, por lo que algunos tras llamar mentiroso a Esteban, emprendieron el camino de vuelta. Mientras el resto, esperaba la apertura de las aguas, pero lo peor estaba por llegar.
Tras algunos días de espera, llegaron al puerto dos mercaderes marselleses. Sus nombres lo decían todo: Hugo el Hierro y Guillermo el Cerdo. Ellos transportarían gratuitamente a los niños hasta Tierra Santa.
Los mercaderes alquilaron para llevar a cabo el proyecto siete barcos. Los niños embarcaron y…..
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Aunque Julián ha abierto la posibilidad a cualquier final.
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