Ángeles, palomas y Estatuto
17.06.06 @ 16:37:00. Archivado en España

La foto que le hice a una mujer, cuando les daba de comer a las palomas en la barcelonesa Puerta del Ángel, siempre sale en mis recuerdos. Fue una imagen cazada al vuelo, nunca mejor dicho, la verdad. Es una hermosa escena (ahora también voladora en lo que llaman “ciberespacio”) de la Barcelona más entrañable. Tiene cuatro años. Pero, ya que hablo de palomas, diré que, hace muchos más, quizá veinte, llegué a conocer en Madrid, en la plaza de Santa Ana, a Petra Sáez, la Reina de las Palomas, siempre con su belleza ajada, dulce, comprensiva y confusa para con estas aves y para con los humanos guiñapos de las drogas. Cuando murió Petra Sáez yo fui de los que lloré. Tampoco tenía la exclusiva, evidentemente, pero hay que decirlo… En fin, cuando yo estaba en Barcelona, camino de Els Quatre Gats, devoto de Picasso, Rossinyol y Ramón Casas, sí recordé a Petra Saéz. La verdad es que la señora barcelonesa de la foto parecía con más posibles que la madrileña, pero nunca se sabe… Y tampoco con esto quiero decir nada.
Ahora, desde Valencia, me pregunto si los problemas palomeros están recogidos en el articulado del Estatuto. Lo leo y releo y, nada, ni un batir de alas, ni un plumaje diperso, ni un zureo…: nada. Ni tan siquiera la paloma equivocada de Rafael Alberti, que muy bien cautivó el despertar españolista de Serrat. No sé, digo todo esto porque me barrunto que el lenguaje de las palomas es como el esperanto: universal. Desde Venecia a Madrid, de Barcelona a Valencia, de Valencia hasta El Pilar de Zaragoza, universal lenguaje aviar… Pero no me explico cómo se les han escapado a los ponentes del Estatuto los (supongo que ocultos) hechos diferenciales de las palomas de la Puerta del Ángel, tan compenetradas con la plaza de Cataluña… He sobrevolado preámbulo, articulado y disposiciones finales: “la nación catalana y sus relaciones con los pueblos de España”, “este es un Estatuto de personas libres para personas libres”, “todas las personas tienen derecho a vivir con dignidad el proceso de su muerte”, etc., y no he encontrado ningún palomar, ni tan siquiera un nido con pichones, nada... Alguna que otra alusión al medio ambiente, sí, pero sin referencia explícita a las zuritas, bravías y torcaces. Estas últimas, las torcaces, se dan muy bien en el Ampurdán y vivaquean asimismo por el Retiro y la Casa de Campo.
Es curioso que el mismo autor de la paloma errática y perdida, extenuada, que nutrió al cantante sea el mismo que engendró Sobre los ángeles. En Madrid también tengo un amigo, ex funcionario de la ONU, que vive en la plaza del Ángel. Ángeles y palomas hermanan las ciudades más densas de España.
Los gorriones de la plaza Mayor de Madrid sólo son superados en bondad por los de París, que se posan en la mano. Fuera de la plaza Mayor me imagino que los gorriones madrileños deben estar tan resabiados como los de Murcia, Valladolid o Sabadell, que ya sabe que estos bichos son libérrimos y precavidos. Hasta don Joan Manuel lo sabe, y no le hace ascos a Madrid: “Pajarillo pardo…/ en la carrera de San Bernado,/ quedó tu nido seco y vacío/ quizá algún niño ya lo robó”…
Pero, volviendo a las palomas, parece cosa cierta que no reconocen más estatuto que el de la libertad de los cielos… Así que me pregunto: ¿se les ha olvidado a los ponentes reglamentar el espacio aéreo de Cataluña? ¿Podrán ser derribadas por los mossos d´escuadra las palomas no sujetas al capricho de Montilla (el cordobés… ¿dónde queda el moriles?) o Maragall? El abuelo poeta de Pascual, Joan Maragall, era un hombre de nutrida correspondencia con don Miguel de Unamuno. Y, además comprendía, desde su Cataluña, y desde su dulce idioma, maravillosamente al resto de España. Sus artículos contra el centralismo, tan sumamente matizados y delatorios de su pensar, vale la pena leerlos. Por ejemplo, ¡Visca Espanya!, (recogido por Guillermo Díaz Plaja en su libro Figuras con un paisaje al fondo. Espasa-Calpe, S. A. Madrid. 1981. Págs. 231-232) que, entre otras cosas, dice: “… cadascú lliure en si, traient del terrer propi l´anima , i de l´anima pròpia el terrer propi, per a refer tots junts una Espanya viva, governant-se lliurement por si mateixa. Aixi ha de viure Espanya. Visca Espanya!”… Pero es tal su aproximación al pensar de los del 98 que en su obra Himne Ibèric, deja los siguientes versos:
Sola, sola, en mig dels camps, ---- Sola, sola, en medio de los campos,
Terra endins amplia és Castella. – tierra adentro, amplia es Castilla.
I esta trista, que sols ella----------- Y está triste, que sólo ella
No pot veure els mars llunyans, -- no puede ver los mares lejanos,
Parleu-li del mar, germans---------Habladle del mar, hermamos.
Es tal la cercanía de estos versos al sentir españista, que me resisto a no dejarlos hermanados con los de Rafael Alberti, (“De Aranda de Duero a Peñaranda de Duero”, de La amante ) a propósito de la soledad de Castilla respecto a la luminosidad del mar:
¡Castellanos de Castilla,
Nunca habéis visto la mar!
¡Alerta, que en estos ojos
Del sur y en este cantar
Yo os traigo toda la mar!
¡Miradme, que pasa el mar!
Al final, resulta pues, que el poeta de la paloma equivocada, que hizo suya el rebelde Serrat de Eurovisión, que a su vez poetizó un gorrión de Madrid, es el mismo (ya lo dicho), y con el mismo deseo de llevar el mar a la áspera meseta castellana, al Guadarrama unamuniano de las quimeras esenciales...
Yo creo que las palomas deben gozar de libre tránsito por todas las tierras de España (y del mundo). Todo este artículo ha derivado a partir de una imagen de mujer barcelonesa dándoles de comer a las palomas, en la puerta del Ángel, como hacía la madrileña Petra Sáez en la plaza de Santa Ana, al lado de la plaza del Ángel… Los que estén en el Poder, ¿les van a poner también trabas a los ángeles y las palomas?
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Juan E. Sanchis
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