Lejanas noches de España traen esta serenata
16.06.06 @ 21:25:18. Archivado en motivos literarios

La primera serenata española debí escucharla, digo yo, en el vientre de mi madre, y de esto hace ya cincuenta y tres años. Mi madre murió hace cuatro. Mi madre murió cobrando una pensión de viudedad de sesenta mil pesetas y diciendo, en valenciano, que lo primero era España… Mi madre era muy suya. Y mi padre, también, pero me lo reservo para ocasiones más graves. Yo nací, o me nacieron, en el mes de agosto, según me cuentan, a mediodía del 8, un poco tarde porque me había pasado la noche entera de serenata, como de ronda, y en las rondas ya se sabe que se acaba por llorar, que es el nacer…
Treinta y ocho años después ya tenía muy aprendido, por disfrutar de un hermano concertista de guitarra (premio “Tárrega” en Benicàssim) todas las emociones de la Serenata española de Joaquim Malats. Y sabía que era catalán, como Isaac Albéniz y Enrique Granados, como Federico Monpou, del que recuerdo su calle, cuando deambulaba por Barcelona hacia la Barceloneta, que es la Barcelona más mediterránea y literaria, la barriada donde uno siempre quiere ser Pepe Carvalho.
Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla, o La oración del torero, de Turina, hubieran servido también para encontrarme muy gusto en mí rincón, pero la Serenata española de Malats les ganó la oposición. La ganó porque la primera vez que la escuché con trascendencia fue en Sevilla, por el barrio de Santa Cruz, una noche que regresaba de la juerga al hotel, en soliloquio lúcido y etílico, paradójicamente, por el callejón del Agua… No es que nadie la hiciera sonar, no: sencillamente ocurría que era asunto de la memoria congénita y de que la tenía somatizada por escuchársela tantas veces a mi hermano. Después, la he resucitado durante mis paseos por Segorbe, en concreto, durante mis andares por la calle del los Naranjos, que es estrecha, de quietud selenita, de farolas indolentes, de sombras y rejas, de ecos y de pasos que dan conciencia del ser y del estar…: del existir.
Ahora me retumba muchos días en el alma porque España está en duermevela, ansiosa y temeraria. España es una nación y convulsa, por vital y sensual. Todo lo que le ocurre a España está en mi brega porque es imposible huir de lo imposible… Lo tengo todo claro: el anterior presidente del Gobierno, José María Aznar se metió en un conflicto bélico, que no quiso llamar “guerra”, pero que sí lo era y no fue declarada con arreglo a las normas constitucionales. Su aventura acabó en desastre: atentado del 11-M, todavía sin aclarar. Porque aun pareciendo que la autoría material está muy clara, hay una serie de flecos y extrañas coincidencias que inducen a pensar que ETA debió facilitar, por lo menos, algún contacto o información. Así que Madrid volvió a sufrir la carga de los mamelucos, para ejemplo del mundo de entereza en la tragedia. De ninguna manera escapamos de los cuadros de Goya.
Pero llegó Rodríguez Zapatero y retiró las tropas del avispero. El pueblo lo mandaba. Desde entonces, algunos han querido ver en él como un segundo Azaña. Pero cometen el llamado “craso error” porque Azaña era un intelectual jacobino con frailes felices en el jardín y Zapatero parece, más bien, un ágrafo resentido. El timo de Zapatero puede llamarse “Confederación de Estados Ibéricos”, que hasta incluso suena bien, pero no nos deja decir ni pío sobre el caso. Hábilmente ha ido sustituyendo los reconocidos prestigios del los magistrados por tipos más pastueños y mollares a su sueño. De tal manera lo ha hecho, que ha escamoteando al censo electoral el gran debate de la reforma.
Nada es imposible fuera del “no puede ser” (que ya lo he dicho antes, siguiendo a Rafael el Gallo): esto es evidente; pero el anterior régimen se lo cargaron Adolfo Suárez y el Rey desde dentro, a pesar de que eran normas mucho más rígidas y escritas que los laxos preceptos de la Constitución del 78.
Deviene, pues, de todo esto, como me decía un amigo abogado (Marcos Hermida) en los aledaños de Casa Labra, que el nuevo Estatuto de Cataluña, supone prácticamente la independencia de esas provincias, porque esta Constitución es muy confusa. A mayor abundamiento, a lo del “Estado asociado”, hay que añadir unas negociaciones con la banda terrorista ETA que no cuentan con el beneplácito ni del PP ni de la mayoría de los contribuyentes.
Puede que todo esto suceda y la vida siga igual. Y puede que, de España, como dijo la bellísima Saénz de Santamaría, que me lleva a mal traer, “no queden ni los rabos”… Empero yo no soy de los que deseo que las cosas vayan mal, sí de los que exigen que no se pierda la dignidad ni que se nos tilde como reaccionarios a los que defendemos un legado cultural que arranca desde Tartesos. A la postre, los grandes valores de la izquierda están en la cultura española: la ironía anticlerical en el Arcipreste de Hita, la revolución social, en la Fuente Obejuna de Lope de Vega; el pesimismo realista, en el Quijote, y el republicanismo español de pata negra, en Galdós y Blasco Ibáñez.
Yo (¡para qué darle más vueltas!…) elegí Serenata española porque es obra de uno de los mejores hombres de Cataluña, como Balmes y Dalí, como Josep Pla y Albert Boadella. Llegarán, pues, artículos de rabia, seguro; iracundos, por el peso de las cosas; vitriólicos, sanguíneos…, quién sabe… Pero, de momento, escuchen la serenata. Es fresca y pura, como el alborear en si misma de la aurora.
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Juan E. Sanchis
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