
28.04.09 @ 10:12:13. Archivado en Filosofía
(Por Luis Canal)

En unos famosos versos de su obra De rerum natura, Lucrecio elogia la filosofía diciendo: "Nada hay más grato que ser dueño de los templos excelsos guarnecidos por el saber tranquilo de los sabios, desde donde puedas distinguir a otros y ver cómo confusos buscan el camino de la vida". Ortega, por su parte, afirmaba que alejarse de las cosas para comprenderlas es lo que se llama presbicia. Hay que "salir a su encuentro y chocar con ellas".
El presente libro de Dalmacio Negro, catedrático emérito de Ciencia Política en la Universidad CEU San Pablo y miembro numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, tiene una doble virtud, y es que, a la par que irradia unas grandes dosis de erudición y agudeza visual sobre la evolución de las ideas políticas que han ido modelando en los últimos siglos el pensamiento europeo, confronta al lector con los grandes problemas de la actualidad y la compleja realidad en la que vive el hombre en los albores de la era de la bioingeniería y la revolución tecnológica.
En esta obra el autor aborda el mito del hombre nuevo, el gran mito del siglo XX, el siglo de los Estados Totalitarios, que se atisba como una fantasía plausible, a la sombra del Estado Total o Estado del Bienestar. Éste no necesita imponerse por la fuerza, sino que, en cuanto productor de valores y cultura, ha creado su propia religión secular facilitando la servidumbre voluntaria de sus ciudadanos.
Dicha situación pone en riesgo no sólo el êthos de las sociedades europeas, sino la propia existencia humana tal y como la conocemos. El orden social se forma exteriormente por el orden cultural y engloba a su vez los órdenes horizontales de la fe, la religión, la moral, el derecho, la economía y la política, siendo este último aspecto la epidermis de todo lo demás. La cultura, el modo de vida, que se configura mediante la conversión de las ideas-ocurrencia, en las que se piensa, en ideas creencia, en las que se está, condiciona la visión de la realidad y, por tanto, la acción humana.
Las nuevas bioideologías –entre las que caben destacar el ecologismo, la obsesión por la salud, la mitificación de la juventud, la llamada cultura de la muerte (técnicas eugenésicas y la eutanasia), el feminismo radical, el multiculturalismo, la corriente New Age– son el producto de una época caracterizada por la desfundamentación de la cultura. El hombre no es tan sólo un animal político, como decía Aristóteles, sino social, y, consecuentemente, su naturaleza es evolutiva, como animal cultural transmisor de conocimientos y capaz de modificarse culturalmente. Empero, está dotado de unos instintos naturales invariables y por unos patrones de conducta fijos, constantes y universales, como dedujo Hume.
La politización de la naturaleza humana –biopolítica–, como consecuencia del uso de los conceptos como armas políticas, los avances de la ciencia médica y genética y la promesa de alcanzar la perfectibilidad de la raza humana en el futuro, vislumbrándose, incluso, la posibilidad de alcanzar la inmortalidad, abren el abismo de una era post-humana. Como advertía Francis Fukuyama en su obra El fin del hombre, la famosa distopía de Huxley (Un mundo feliz) es una posibilidad real de consecuencias nocivas para la democracia liberal y para la naturaleza de la propia política.
Ese mito culturalista del hombre nuevo, según Dalmacio Negro, espiritualmente vacío y exteriormente solidario, "altruista sin deseos ni pasiones", es fruto de la religión secular nacida al amparo del moralismo de la revolución francesa. Para entender esa derivación post-revolucionaria, Dalmacio Negro analiza los orígenes de dos de los principales artificios modernos, sin los que hubiera sido imposible el surgimiento de la religión secular: el Estado y la Sociedad.
En este orden de cosas, Tomás Hobbes, el primer liberal estatista, es quien sustituyó la vieja tradición de la razón y la naturaleza por la de la voluntad y el artificio. El contractualismo hobbesiano promete salvar al hombre, sacarlo de su estado de la naturaleza, mediante la política, colectivamente, en el futuro, y no como las religiones tradicionales mediante la salvación individual en el más allá.
Este nuevo deus ex machina, el gran Leviatán, monopoliza la libertad política a cambio del reconocimiento formal de una serie de derechos sociales y personales que concede a sus súbditos. Su carácter mecanicista propende a extender su control a todos los ámbitos de la sociedad mediante la burocratización de las relaciones sociales, la expansiva reglamentación de la vida pública e incluso la privada y la sustitución del Derecho, fruto de las costumbres y la tradición, del common-law, por la Legislación. El despojo legal del que habla Bastiat, para el que la "Ley es la Justicia"..."Salid de ahí, haced que la Ley sea religiosa, fraternitaria, igualitaria, filantrópica... y en seguida os hallaréis en lo infinito, en lo incierto, en lo desconocido, en la utopía impuesta a la fuerza".
Fue Rousseau quien transformó el Estado-Leviatán en el Estado-Moral. Es el origen de la nueva religión secular, asentada en el nihilismo al romper con el pasado y engalanada con el ropaje del humanitarismo romántico, en una época dominada por la confianza en el progreso. De la Gran Revolución surgiría el Estado moderno, el Estado-Nación –en contraposición a la nación histórica–, como protagonista indiscutible de la historia europea, que adquiere sus propios fines, subordinando los del individuo a los de la sociedad.
A partir de Rousseau, la política se reduce al ejercicio del poder en la medida en que está moralizado, desplazando la vieja tradición política liberal del gobierno limitado, en la que la libertad política es esencial, llegando a legitimar en casos extremos el derecho de resistencia al poder injusto, contrario al Derecho, como postulaba Juan de Mariana.
El pensamiento ideológico, que ha ocupado el centro político de los siglos XIX y XX, es, en este sentido, un producto del estatismo que impregna una visión artificial del orden y distorsiona la concepción de la realidad, condicionado a su vez la acción humana. Como señala D. Negro, el actual consenso político socialdemócrata, que predomina en Europa y da forma a la actividad política, es heredero de las ideas de Rousseau.
Con la revolución cientificista de 1968, "la revolution introuvable" de Raymond Aron, se produjo un salto cualitativo que pretendía superar el marxismo. La lucha de clases se sustituyó por la lucha entre generaciones. Ya no se trataba de cambiar las estructuras sociales para alcanzar el paraíso terrenal, sino que se pretendía cambiar la propia naturaleza humana como presupuesto del cambio de la sociedad. Todo ello supuso un cambio cultural brutal en la generación del baby boom, que es la generación de la clase política dominante; eternos jóvenes que monopolizan el arte, la educación, los medios de comunicación y la política. El gran problema ya no es el capitalismo, en el que se sienten cómodos, sino la propia naturaleza humana, a la que se considera culpable. Las bioideologías no se parecen al marxismo, salvo en la propaganda leninista-estalinista, sino que se asemejan a los movimientos juveniles del nacionalsocialismo alemán, inspirados en el darwinismo social y la eugenesia. Se trata de crear un hombre nuevo, en el que los deseos miméticos habrán desaparecido, que transforma su naturaleza divinizándola.
En La posibilidad de una isla, Houllebecq describe un mundo en que "ser viejo estaba prohibido". Quizás ese mundo no esté tan lejano y las nuevas bioideologías conviertan al hombre en un ser antihistórico; privado de su cultura, sus instintos, sus pasiones; externamente solidario y virtuoso, pero desarraigado de sus tradiciones y de sus lazos familiares y afectivos; aislado y desprovisto de sentido de la vida. Para comprender las claves de la actual situación política, cuyas consecuencias son impredecibles, es imprescindible la lectura de la obra aquí reseñada.
DALMACIO NEGRO: EL MITO DEL HOMBRE NUEVO. Encuentro (Madrid), 2009. 437 páginas.
LUIS CANAL, abogado.
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Tarde extraña a vueltas con la conciencia y perezosas urgencias. Leo a Arturo Schopenhauer y a mi amigo Alvarado entrevistando a Borges. En un bucle gracioso, descubro que el patrón de todos los bibliotecarios apreciaba sinceramente la cosmología del viejo cascarrabias alemán, ya es casualidad:
“Si, he dedicado muchos años al estudio de la filosofía china, especialmente al taoísmo, que me han interesado mucho y también he estudiado el budismo. He estado también muy interesado por el sufismo. De modo que todo eso ha influido en mí, pero no sé hasta dónde. He estudiado esas religiones, o esas filosofías orientales como posibilidades para el pensamiento o para la conducta, o las he estudiado desde el punto de vista imaginativo para la literatura. Pero yo creo que eso ocurre con toda la filosofía. Creo que fuera de Schopenhauer, o de Berkeley, yo no he tenido nunca la sensación de estar leyendo una descripción verdadera o siquiera verosímil del mundo. He visto más bien en la metafísica una rama de la literatura fantástica.”
A lo mejor es que le leyó párrafos como éste, que suena a Borges y no a Schopenhauer:
"Me dicen que abra los ojos y contemple las bellezas que el sol alumbra; que admire sus montañas, sus valles, sus torrentes, sus plantas, sus animales y no sé cuantas cosas más. Pero entonces, ¿el mundo no es más que una linterna mágica?. Ciertamente el espectáculo es espléndido, pero en cuanto a representar allí algún papel, eso es otra cosa."
Ambos tenían razón, ¿qué sabe nadie de metafísica? Pasada la edad de la esperanza inducida el pensamiento se vuelve tan huérfano, tan miserable, como aquellos dos hermanos primitivos y bárbaros del cuento de los cuchilleros, ¿recuerdan? Pues resulta que la frase certera, el remate borgiano que rezaba en perfecta y cruel síntesis: “a trabajar hermano, esta mañana la maté”, fue cosa de doña Leonor, clara madre del divino ciego.
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14.06.08 @ 14:15:06. Archivado en Política, Filosofía

Pluralitas non est ponenda sine necesítate (Guillermo de Occam)
Uno camina con el tiempo limitado, pero no hasta el punto de transitar por lo cotidiano privado de ciertas intuiciones. No hay más que darse un paseo por la realidad, para colegir que vivimos en un lugar extraño, vinculado permanentemente al pasado, es decir, dependiente del pensamiento artificialmente complejo, donde lo evidente jamás aparece y todo se explica a través de increíbles retruécanos verbales subsidiarios de un modo absurdo de razonar. Algunos enlaces con los que he topado en casas cercanas ayudan a explicar todo esto.
Si Rafael Herrera nos recuerda que permanecemos inermes en manos de un lobby político fascinado por el derecho territorial y el privilegio artificialmente justificado por las cuitas de los bisabuelos, Berlin Smith nos enlaza con la realidad que deviene de semejante actitud. En consecuencia, observamos como los habitantes de un territorio, elevados a verdadera casta dominante por el presupuesto que debería atender a todos por igual, demandan, no se si mayoritariamente aunque bien poco les falta teniendo en cuenta los sistemas lingüísticos y educativos que imponen en sus feudos, la inmediata secesión del común hispánico. Presupongo que lo lógico en este caso sería no porfiar con el mal pagador, invitándole a salirse cuando quiera. Lejos de ello, la “clase” política, esa de los “miembros y miembras” interpone a la liberación moral mil excusas patéticamente legales, como si la ley en España no estuviese ya suficientemente desprestigiada por su errática trayectoria, dependiente en todo del aire que marcan los tiempos y las campañas electorales, donde; por ejemplo, hablar, escribir, español en España puede ser a la vez obligación y delito, una ley tan estúpida como aquella que en ciertos parajes prohíbe la ingesta de determinados animales por miedo a que se trate de tu propia abuela reencarnada.
La miseria historicista nos impide contemplar la impúdica desnudez del rey. Aquí, en la España de 2008 no somos ciudadanos iguales en derechos y obligaciones, esa es la verdad por más que se quiera disfrazar con groseros constructor epistemológicos. Los viejos canallas del FBI de Hoover solían aplicar el axioma: “Si te lo parece, es”; antes que ellos Guillermo de Occam aplicaba su navaja para encontrar la verdadera respuesta en lo evidente. Aquí seguimos explicándonos como los amondongados y sofistas bizantinos, peor para nosotros, permaneceremos esclavos de la historia, siervos de la arbitrariedad presupuestaria y el público adoctrinamiento.
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05.04.08 @ 14:12:54. Archivado en Filosofía, Economía
La verdad se defiende sola, la mentira necesita ayuda del gobierno.
(Antonio Escohotado)
Acudo fugazmente al congreso en torno a la escuela económica austríaca que se ha celebrado en la universidad de Santiago. Lástima no haber podido quedarme más tiempo, nada me gusta más que escuchar a otros hablando de economía política mientras fuera llueve a Dios dar. Y es que las cosas que tienen que ver con el modo en que se relacionan los hombres con la economía, esa hidra agreste, mueven al pensamiento subjetivo y apasionado más que otra cosa alguna. Como, además, voy creyendo que la ingerencia burocrática en asuntos de condumio y cobijo causan más males que beneficios al contribuyente, resulta muy instructivo ahondar en la historia de la predación organizada.
Abrió el fuego el profesor Miguel Anxo Bastos, con un asunto sugerente: “Los nuevos ludditas”, es decir origen, procedencia y desarrollo de los tecnófobos que en el mundo han sido, ese “odio a la máquina” que de cuando en vez aflora por medio del pensamiento de algún gurú económico. El profesor Bastos, pese a su juventud, es un clásico. Hay una especie de profesor compostelano, ya semiextinta, de tertulia en el café “Azul” y chorreo bibliográfico, que resulta inexportable. En ellos, divina verborrea, la mente apura más que las palabras, van de una esquina a otra de sus lecturas sin solución de continuidad, entretienen más que un Barça-Madrid. El primero de esa especie que tuve la suerte de conocer fue don Carlos Alonso del Real, capaz de comparar el cráneo de Ursula Andress con la osamenta de un Cro-Magnon; Torrente Ballester también era así, será cosa del granito y de la lluvia. Bastos, como sus colegas Pedro Arias o Miguel Cancio mantiene bien alto el pabellón de la vieja universidad, que ya apenas existe como tal.
Más tarde, Gabriel Calzada, del Instituto Juan de Mariana, realizó una muy notable exposición en torno a los desencuentros del autor del “De Rege” con el poder. Esto es muy pertinente, aquel colegio salmantino, de jesuitas combativos, sigue representando la verdadera gloria del pensamiento económico español. Antes que Bodin dieron con el fenómeno, nuevo para aquel mundo precapitalista, de la inflación. El “discurso sobre la moneda de vellón”, aquellas cosas que avisaba González de Cellorigo, siguen en absoluta vigencia.
Y así, a media tarde, vino la profesora María Blanco con el viejo Bastiat bajo el brazo. Es sabido que a Bastiat siempre se le ha hecho más caso en América que en Europa, y es lástima, porque probablemente ha escrito las líneas más lúcidas, realistas y divertidas de la economía política, claro que sus publicaciones tenían aspecto de panfleto, no de manual, Bastiat no tenía método, sólo sentido común ¿Cómo olvidar su narración del pleito ficticio de los fabricantes de velas franceses con el sol? Todo esto, recordado a través del bisturí literario de María Blanco fue, se lo puedo asegurar, un delicado placer. Esperamos ansiosos la publicación de las actas.
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Mi querido y admirado Luís Gómez me otorga Desde el Exilio uno de esos galardones con los que de cuando en vez los amigos de la tecla nos regalamos un homenaje. Esto para mí es un honor y por partida doble, primero por venir de quien viene, un verdadero Robin Hood que se parte el pecho cada día en su lucha por un mundo más real y más vivible. También por aquello de la solidaridad, que otorga a quien lo recibe una cierta fama de bonhomía que nunca está de más.
Con todo —Luís lo sabe tan bien como yo—, el vocablo solidaridad, en cualquiera de sus dos acepciones: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros” o “Modo de derecho u obligación in sólidum”, ha sido y es tan profusa y malintencionadamente utilizado, que ha perdido ya buena parte de su significación. Hoy cualquiera se declara “solidario” aunque jamás se le haya pasado por el magín acercarse con afecto a algún semejante con la intención de hacerle la vida siquiera mas fácil.
Así que, como alguna vez había escuchado a Gustavo Bueno quejarse, con la gracia con la que cuenta las cosas, de esta especie de fiebre de “solidarios” que azota el planeta, he encontrado un largo excurso del maestro en el Catobleplas que resulta ser una verdadera antología adornada de extensa casuística sobre el asunto. El artículo no tiene desperdicio, en mi opinión pone las cosas en su justo lugar, vean al respecto estas perlas que he ido entresacando de su texto:
El término «solidaridad» al que Leroux imprimió el nuevo significado «humanitario» en el terreno social-político, en realidad, un significado que comenzaba por eliminar los componentes polémicos para quedarse con los componentes armónicos de la idea, no fue desde luego creado por él. Leroux mismo lo dice en la Grève de Samarez: «yo he sido el primero en tomar de los legistas el término de solidaridad para introducirlo en la filosofía, es decir, según mi opinión en la religión: he querido reemplazar la caridad del cristianismo por la solidaridad humana.»
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¿Qué puede tener de común el término «solidaridad» cuando unas veces se utiliza para expresar condolencia y otras veces obligación en el cumplimiento de un pacto?
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A veces la artificiosidad de esta cultura de la solidaridad podrá ser tan intensa que, sin perjuicio de su eficacia, cuanto a la creación de solidaridades positivas, podrá llegar a rozar el ridículo: los saint-simonianos de Ménilmontant, en el comienzo del reinado de Luis Felipe, intentaron extender su traje barroco en el que figuraba un famosos chaleco simbólico que sólo podía abotonarse por la espalda, de tal modo que nadie podía abotonarlo por sí sólo (de modo autista), puesto que necesitaba la ayuda solidaria de alguno de sus congéneres.
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Sería precisamente la naturaleza etológica –y en especial de etología humana (del comportamiento de los individuos en un grupo social) – que ha adquirido el adjetivo «solidario» lo que explicaría el éxito de este término en nuestra sociedad. Lo que se quiere decir al calificar a un individuo o grupo de «solidario», no es tanto que sea generoso (adjetivo que puede alcanzar un sentido ético: quien solidario o participativo en un grupo, no tiene por qué ser necesariamente generoso respecto de otras personas determinadas)
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Apreciamos un cierto pudor en el misionero, en el bombero, o en el miembro de cualquier ONG, cuando utiliza el término solidaridad, en lugar de hablar de caridad, de com-pasión (sim-patía) o de generosidad, cuando trata de describir la línea de su actuación.
Y ahí nuestro filósofo, cuyo artículo completo pueden seguir aquí, da verdaderamente en el clavo. Personalmente, el concepto solidaridad, tan manido, a menudo tan artera y demagógicamente utilizado por los neo ricos con carnet de partido, me produce cierta dentera. Como procuro no tener prejuicios, no reparo en mientes para asegurar que si de cooperación y empatía por el prójimo hablamos, existen conceptos más antiguos, más bellos y más exactos. Los budistas le dicen “compasión”, los que procedemos de un entorno occidental hablamos de caridad, naturalmente no la caridad de cepillo de iglesia, sino aquella forma superior de filosófica misericordia y amor al prójimo que tan bien supo describir Pablo de Tarso en su primera epístola a los corintios, pues nadie es nada sin caridad: “Si hablando lenguas de hombres y de ángeles no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe”. Más hermoso y más exacto, en mi opinión, que la vacua charlatanería que nos vemos obligados a escuchar cada mañana.
Como las normas del premio indican señalar siete blogs merecedores de compartirlo, será para mí un placer citar a algunos viejos amigos, que amén de solidarios, son también caritativos y pacientes con el que suscribe y con el prójimo, que es lo fundamental:
Poder Limitado (Luis Balcarce, Periodista, con mayúsculas)
Reflexiones de un modernista (Un historiador de raza)
Noches Confusas en el siglo XXI (el viejo Berlín, siempre a la busca de la arenilla en el zapato del pensamiento monista)
Una casa en el aire (Nacho se define Nonwriter, siempre le digo: ¿qué nos queda a los demás)
Los árboles y el bosque (Antonio, incapaz de no ser honesto y encima escribe como nadie)
Hemiplejía Moral (Un hombre siempre en la brecha y a la que salta)
Viento de Poniente (La bonhomía en persona)
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Uno comienza a creer que el problema que presenta la nueva asignatura de diseño gubernamental no reside tanto en los contenidos doctrinarios que se pretende introducir en el magín de nuestros infantes. Lo grave es que su desarrollo parece recaer en un puñado de machacateclas inmisericordes, cuyo desconocimiento de lo esencial transcurre parejo al entusiasmo pseudorevolucionario con el que parecen querer amansar su mucha frustración. Ese clásico del bachiller resentido e insuficientemente informado, sigue gozando de muy buena salud. Así nos lo cuenta Álvaro Delgado-Gal:
Hace unos días me acerqué a una librería de la calle del Arenal y pedí un título cualquiera de los que circulan por ahí sobre Educación para la Ciudadanía. Mi propósito era meramente exploratorio: no pretendía hacer un balance de la situación sino levantar la punta de la alfombra y echarle el ojo a lo que hay debajo.
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En la confección del libro han intervenido tres plumas distintas y un ilustrador. El último ha sometido a una segunda destilación el mensaje contenido en la parte escrita, deparándonos, de paso, algunas joyas pedagógicas. Espigo dos. En la página 162 se ve dibujados a dos niños pijos, a horcajadas de los cuales van montadas sendas niñas pijas. La de la izquierda lleva un móvil en la mano y dice: «Lo bueno de la dictadura de mercado (en negrita) es que tiene lo bueno de los fascismos precedentes pero sin el mal rollo ese de los desfiles y las marchas militares». En la página 217, un hombre, situado en una especie de atalaya, señala con el índice un paisaje de infinita desolación y explica a sus dos hijos: «Vanesa... Pablito... ¡Mirad! ¿Veis ahí abajo? Es gracias a estas personas que se mueren horriblemente en la miseria que nosotros podemos tener un reproductor de DVD introducido subcutáneamente en el recto de nuestra perrita Fifí...».
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De hecho, comparan el capitalismo con la Gestapo (pág. 153), y lo encuentran peor: «El capitalismo impone su orden totalitario con infinitamente mayor eficiencia que todos los campos de concentración nazis juntos» (pág.154). El capitalismo ha frustrado el gran proyecto ilustrado; el capitalismo es intrínsecamente incompatible con la democracia; y la historia demuestra que ha sido imposible reformar la democracia por medios pacíficos, es decir, legales: «... cada vez que la izquierda anticapitalista ha intentado valerse del marco legal para corregir las malas leyes, se ha encontrado con que ese marco no existía» (pág. 179). No sorprende que los autores comprendan la violencia: «Se puede defender el Estado de Derecho sin dejar de reconocer que dichos movimientos (los comunistas) tenían razón al defender que la lucha política debía entablarse extraparlamentariamente» (pág. 177). La sorpresa se combina con la preocupación cuando se lee que España, en realidad, no es un Estado de Derecho (pág. 84).
A medida que avanza, el libro va adquiriendo un tono paranoico. Se afirma que los Estados Unidos retrasaron su ingreso en la Segunda Guerra con el designio de que Alemania y la U.R.S.S., sus dos grandes rivales, se destrozaran mutuamente. Y que intervinieron pocos meses antes del fin de la contienda, cuando ésta ya estaba decidida (pág. 204). Semejante desprecio hacia los hechos reduce a una fruslería la línea en que se convierte a Popper en «filósofo americano» (pág. 83).
La ineptitud de los firmantes (dos de ellos, ¡ay!, profesores) causa mayor pasmo aún que su fanatismo. El argumento general adopta, miren ustedes por donde, un perfil kantiano. Se asevera, kantianamente, que toda ley digna de tal nombre debe asumir una forma universal. Y de ahí se deduce que es «intolerable» (pag. 72) que Bill Gates sea tan rico. ¿Por qué es intolerable? Porque Bill Gates no podría ser muy rico, si otros muchos no fueran muy pobres. Se entiende que el mercado es un juego de suma cero, y que yo sólo puedo prosperar a costa de que otro empeore. Uno esperaba una lectura kantiana un poco más sutil: una lectura que censurara, por ejemplo, el incumplimiento unilateral de los contratos o el uso de información privilegiada. Pero los autores no se andan con chiquitas: identifican la justicia con la igualdad de hecho, reprograman el kantismo en clave populista (Chávez es uno de sus héroes de referencia) y transforman a Kant en un heraldo de Evo (otro héroe de referencia).
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ABC Guía de perplejos
ÁLVARO DELGADO GAL
5-8-2007
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"Nuestros móviles pesan menos, pero nosotros no somos más felices”
Luc Ferry, filósofo (París, 1951), ha sido autor de éxito con su célebre Aprender a Vivir, y ministro de Educación y Juventud con el gabinete de Dominique de Villepin. Hace poco El País ha publicado una sabrosa entrevista con un ministro que ha pasado a la historia, sobre todo, por su prohibición de los símbolos religiosos en la escuela. Algo por lo que, naturalmente, fue preguntado y que respondió con el conocimiento y la seguridad del que cree en lo que pregona.
Pero no me he fijado sólo en eso, me han llamado especialmente la atención dos respuestas que aquí les transcribo. En la primera desentraña claves ciertamente valiosas si de verdad se quiere emprender un cabal diagnóstico del lastimero panorama educativo actual. Nos habla. (Por fin) diríamos algunos, del fracaso del paradigma académico dominante, al que llama “la ilusión pedagógica”:
P. ¿La educación no se ha resentido?
R. Sí, junto a los valores tradicionales se destruyó también la autoridad. En los colegios se ha impuesto la ilusión pedagógica: primero hay que apasionar a los alumnos y después hacerlos trabajar. Es al revés. Uno sólo trabaja por obligación. No hay espontaneidad en el aprendizaje. A todos nos ha marcado algún profesor, y solía ser un gran carismático que nos hacía trabajar, no un animador cultural. La ilusión pedagógica nos dice que podemos reemplazar el trabajo por el juego. De ahí el desastre. Hay que inventar nuevas formas de autoridad sin volver atrás como reaccionarios. Los pilares de la educación europea son griegos (por la cultura), judíos (por la ley) y cristianos (por el amor). Si damos el amor sin la ley, no funciona.
Una reflexión que muchos nos hacemos cada día, mientras el impermeable gobierno Zapatero sigue exaltando en los altares del reconocimiento y del desarrollo legal los excesos de una pseudociencia rousseauniana y tontorrona que parece dejar todo conocimiento al albur de la supuesta curiosidad adolescente. Un error que ya estamos pagando, y seguiremos haciéndolo con intereses a través del desarrollo de la LOCE. Es por esto que reconforta ver que todavía quedan pensadores autónomos y alejados del idealismo colegial. Aunque, claro, constatemos que viven y producen al otro lado de los Pirineos. Si alguien les contase que aquí además de aplicar a rajatabla cuartelera la ilusión pedagógica, muchos infantes “periféricos” son escolarizados a la fuerza en una lengua diferente a la que utilizan en casa y en la calle, tengo para mí que más de un viejo filósofo francés se arrancaría los cabellos de disgusto, pero en España a nuestro iluminado gobierno, con tal de dominar el poder, todo le parece bien.
La segunda perla de Luc Ferry resulta igual de satisfactoria, se constata, amigos, que la teoría de la conspiración es un asunto más bien falso, todos nos congratulamos de ello, buena noticia para el común y pésima para los alegres colectivos antisitema:
P. ¿Cuando un filósofo se hace ministro se vuelve más pragmático?
R. La experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas... Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo. Si alguien moviera los hilos de la marioneta, como creen los militantes antiglobalización, estaríamos de enhorabuena. La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace 40 años.
Aquí les dejo la entrevista completa, huelga decir que merece la pena.
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Y todo fue un entierro de doncella,
Doctrina muerta, letra no tocada,
Luces y flores, grita y zacapella.
Francisco de Quevedo: A un tratado impreso que un hablador espeluznado de prosa hizo en culto, (fragmento)
Está ya por todas partes, le das una patada a un vote y de allí saldrá José Antonio Marina con su verborrea inconsistente para vendernos su libro. Reconozco que nunca me ha gustado, hay algo en su palabra pontificial que me resulta profundamente molesto. Es como si cada vez que habla estuviese ocupándose de vendernos una burra; un jumento, además, temblón, escuálido y de raza más que común.
Cada vez que habla, adivino en su pensamiento un sustrato torpemente idealista, una especie de adolescencia mal curada que se evidencia hasta en sus títulos. ¿A quien se le puede ocurrir llamar, por ejemplo, “Mermelada & Benji” a una presunta factoría de investigación social? Dentera me daba entonces el introito de sus artículos y más dentera aún me producen sus inventos educativos permanentemente unidos al poder de turno.
Ahora parece haberse erigido en cabeza pensante del régimen a través de su defensa del constructo gubernamental llamado “Educación para la ciudadanía”. Eso si, en su versión menos beligerante, no se trata de perder clientes. Así ha vuelto con sus tabarras sobre el buen royo y la paz perpetua, deseos bonancibles en todo caso que nada tienen que ver con la ética o la filosofía.

Su discurso resulta tan previsible que no se ha modificado en años. Ayer repasé con cierta calma el célebre debate a tres en torno a los conceptos de “Ética y Religión” que, moderado por Fernando Sánchez Dragó, convocó en el 2003 en la Universidad de Sevilla a Manuel Fraijó, Gustavo Bueno y nuestro Marina. Aún reconociendo que Don Gustavo, fiel a su figura, no se comportó como el filósofo más educado del mundo, el evento sirvió desde luego para confirmar mis peores sospechas. Mientras Bueno se esforzaba, como todo filósofo de sistema, en establecer las reglas del juego, definiendo, por ejemplo, lo que él entendía por Ética:
Es que la Ética yo la he definido, como la he definido, no tengo que decir más: «La Ética son las normas que van orientadas a la salvaguarda de los cuerpos individuales.» La norma fundamental es la «fortaleza»; entonces, cuando la fortaleza se aplica al individuo se llama «firmeza» y cuando se aplica a los demás se llama «generosidad» (palabras de Benito Espinosa en la Ética)
Añadiendo de su cosecha algún chascarrillo sabroso:
Y en cuanto a la Ética y a la Religión, creo que son cosas totalmente distintas, absolutamente distintas... porque yo me atengo aquí a la máxima de don Quijote –según Unamuno– cuando comparaba a San Ignacio {señalando a Manuel Fraijó} –su antiguo patrono, ¿verdad?, San Ignacio– con don Quijote, y decía que San Ignacio limpiaba el caballo por mayor gloria de Dios, y don Quijote lo limpiaba porque estaba sucio. {risas}
En tanto Marina se arrancaba con su ya clásica sucesión de naderías tautológicas, plagada de deseos más que de razonamientos, mostrándose en todo momento incapaz de definir con precisión el menor concepto. Así, todo se le fue en propugnar una especie de Ëtica universal más o menos tutelada, no se lo pierdan, por la ONU, es decir una asociación de figurantes presidida por un grupo de cinco que se veta entre sí. Por lo que se podía escuchar allí, no tenía demasiado clara la distancia entre Ethos (comportamiento) y Mores (costumbres), todo para él parecía ser Ética, o sea una especie de humanismo inespecífico. Para pasar luego a culpar de los males del mundo al mercado:
El mercado es un sistema suicida y en eso el libro de Garzón Valdés es precioso, es un mercado suicida si no está regulado por leyes que no son leyes económicas, que son leyes éticas
A lo cual respondió Gustavo Bueno como se debía:
Yo quiero discrepar rotundamente de Marina, como es natural, pero rotundamente, por su idealismo: es decir, la lucha por el monopolio no es absolutamente un resultado ético, como tampoco la liberación de esclavos en el Imperio romano fue una cuestión ética, ni de moral cristiana, fue sencillamente que con la liberación de los esclavos era más económico alimentar a los libertos y a los colonos que a los esclavos, no tiene nada que ver la ética.
Y claro, ocurrió lo que tenía que ocurrir, Jose Antonio Marina, que al inicio del debate se reconocía, con toda razón, como mercenario de la cultura: “Y yo realmente sí me considero un investigador privado, porque no soy un investigador académico, y además un investigador a sueldo”, perdió los papeles, se enojó terriblemente ante su dignidad puesta en entredicho, se derrumbó literalmente contemplando la pública caída de su supuesto bagaje intelectual, tanto, que ante una pregunta del público, sólo pudo afirmar como desmañado:
Público 2
...es que lo demás es Idealismo, yo veo mucho idealismo.
José Antonio Marina
¡Hombre, claro! ¡Bendito Idealismo! ¡Bendito Idealismo! Lo que me estás diciendo ahí, estás... lo que está en el fondo de la cuestión es que no se puede justificar una Ética laica, y eso es lo que han estado diciendo mucho tiempo las iglesias. Yo te digo que sí; no te lo puedo justificar ahora.
Claro que no podía, “es que no lee”, llegó a decirle Gustavo Bueno mientras el derrotado Marina hacía mutis por el foro. Pueden seguir el debate transcrito íntegramente en este enlace.
Pues bien, fíjense que éste Marina es el mismo que hoy se ve en la obligación de trasladar su robusto pensamiento a nuestros infantes. Esto de la “Educación para la ciudadanía” ya no es un problema político, si quieren es un asunto de elemental pertinencia intelectual. Cuando se le preguntó recientemente sobre que tipo de profesorado sería el ideal para impartir la nueva asignatura, aseguró:
¿Y quien va a impartirla? Pues quien sepa hacerlo. En primaria, los tutores, a los que habrá que dar materiales adecuados. En secundaria, si la asignatura cuaja y adquiere la importancia que merece, tendrían que crearse cátedras especiales, con cualificaciones específicas. Mientras tanto, me parece que los que están más preparados para tratar estos temas son los profesores de filosofía, que tendrán, sin embargo, que ampliar sus conocimientos históricos, jurídicos y políticos. Podrían impartirla los profesores de sociales, si aprenden la suficiente filosofía.
¡Hombre, Marina, gracias por suponer que los profes de Historia incluso podrían, no sin esfuerzo, alcanzar algún conocimiento filosófico equivalente al de un chico de 13 años formado bajo la reforma Zapatero! En fin, un ejemplo más de la mísera calidad intelectual que envuelve, como un satélite muerto y sin alma, el pensamiento gubernamental, donde Zerolos, Moratinos y Marinas establecen sin rubor alguno la hegemonía de lo inconsistente, al fin, aquí lo único importante es ganar elecciones y dominar como sea el óbolo público.
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“Faltando a las fábricas el estímulo del despacho, y fatigados sus dueños con varias trabas, que se les pusieron, las fueron abandonando poco a poco, de donde dimanó la ociosidad, y la indolencia, que algunos escritores superficiales han tenido por genial, y característica de los españoles, sin advertir que ha sido efecto solamente, no del clima, ni del temperamento, sino de causas políticas accidentales, que pueden mudarse con el tiempo”.
Historia del lujo y las leyes suntuarias de España. Juan Sempere y Guarinos
Mi buen amigo Rafael Herrera, que es filósofo y muchas otras cosas más, uno de esos hombres claros que tan difíciles de ver resultan por estos pagos, me envía muy gentilmente su libro Cádiz 1812, una edición crítica de dos ensayos constitucionales del pensador eldense Juan Sempere y Guarinos (1754-1830). Y bien que se lo agradezco, no es que leer a Rafa constituya un placer en sí mismo, que también, sino que, como ya sospechaba desde que el siempre recordado Francisco Tomás y Valiente se ocupase de su obra, leer a Sempere supone profundizar en las esencias de nuestro desmañado constitucionalismo, tradicionalmente perdido en las procelosas aguas del historicismo.
A Juan Sempere y Guarinos le ocurrió lo que a muchos, vivió el exilio como afrancesado, ¿Cómo no serlo, si había alcanzado la consciencia de que el primer liberalismo español, tanto como la resistencia absolutista, vivían anclados en el mito? No había lugar entonces, como nos señala Herrera, “para todos cuantos desde el primer momento lucharon por la creación de un sistema constitucional basado en el iusnaturalismo moderno”.
Es sabido que la cuestión venía de lejos. En realidad, se trata de un asunto general y constante en la Historia de la Administración española, la permanente dialéctica entre lo gubernativo y lo contencioso y sus múltiples variables. En efecto, al menos desde la llegada de los Borbones al poder, aparece con claridad el interés por desarrollar las facultades ejecutivistas de la monarquía frente a las resistencias de los poderes tradicionales, de carácter togado y sinodial, consejos y audiencias, siempre amparados en la religión y la jurisprudencia de tradición milenaria para mantener sus privilegios, atribuciones y prerrogativas.
Esto lo cuenta muy bien el británico Ch. Howard Mc.Ilwain en su obra: Constitucionalism: Ancient and Modern, (New York, Cornell Univ. Press, ed. 1966), donde nos descubre la pervivencia de las categorías del derecho medieval llamadas de Bracton: (Gubernaculum y Jurisdictio) en medio de las entretelas del constitucionalismo contemporáneo. Así, Gubernaculum sería el gobierno del Rey en sentido estricto, de claro carácter ejecutivo, mientras que Jurisdictio son “esos derechos vinculantes de los súbditos que están totalmente fuera y más allá de los límites legítimos de la autoridad real”. Si esta dialéctica resulta muy visible en el concierto europeo, no digamos nada del contexto hispano, donde fueros, privilegios y distingos de difícil justificación, qué bien supo ver esto Sempere, informaban con su permanencia cualquier veleidad de igualdad de los ciudadanos ante la ley, que era lo que, presuntamente, se estaba dilucidando en la isla de León, frente a la luminosa bahía de Cádiz, en 1812.
Para muestra un botón lexicológico, nada como recurrir al lenguaje de la época para entender como “los poderes” surgidos más o menos espontáneamente tras los sucesos de Bayona, aludiendo claramente a la coyuntural orfandad de poder, pensaban más en casullas, crucifijos e hidalguías que en el sentido revolucionario de su acceso a la soberanía. Un simple análisis del tenor de sus proclamas, muestra bien a las claras cómo la ideología de las Juntas Provinciales caminaba aún sólidamente unida a los principios ideológicos del Antiguo Régimen, cuando no a resabios puramente medievales, como sucedió, por cierto, con más de un artículo de la propia constitución de Cádiz, mucho más arcaizante que la de Bayona, por paradójico que esto pueda parecer. Así, las menciones a la providencia divina, el desprecio étnico y el recuerdo constante al mito de la Reconquista frente al Islam, son lugares comunes en la documentación emanada de estas instituciones:
“Españoles: esta causa es del Todo poderoso; es menester seguirla, ó dexar una memoria infame a todas las generaciones venideras. Baxo el estandarte de la Religión lograron nuestros padres libertar el suelo que pisamos de los inmensos Exércitos Mahometanos, y nosotros ¿temeremos ahora envestir a una turba de viles ateos, conducidos por el protector de los Judíos? Nuestros venerables padres, aquellos héroes que derramaron tan gloriosamente su sangre contra los Agarenos levantarían la cabeza del sepulcro, y furibundos gritarían contra nuestra cobardía, desconociéndonos por hijos suyos... Nobles Gallegos: sabios sacerdotes: piadosos cristianos de este afortunado suelo: vosotros sois los primeros y más obligados a sacudir el yugo de tan vil canalla: vosotros depositarios del cuerpo del Apóstol Patrón de las Españas de Santiago; honrados con los sagrados trofeos del Santísimo Sacramento, que adornan nuestros Estandartes.”
(Proclama de la Junta de Galicia en: Colección de proclamas, bandos, órdenes, discursos, estados de exército y relaciones de batallas publicados por las Juntas de Gobierno. Cádiz, 1808, Tomo II, Págs. 123-125.)
Lo mismo podía apreciarse en los poderes locales, que aperecían tan desconcertados y perdidos como los regionales:
“La Fe de nuestros padres que ha plantado entre nosotros nuestro augusto y tutelar patrón el Apóstol Santiago; Aquella fe con la qual un solo puñado de valeroso Españoles ha batido, y arrollado exércitos inmensos de sarracenos,...; Aquella fe en fin capaz de mudar de una parte a otra los montes más eminentes, es la misma fe que intentaban arrancar y borrar de nuestros corazones las miras ambiciosas del sediento Napoleón.”
Y más adelante:
“La notoria justicia de nuestra causa y el imponderable denuedo de nuestros soldados prometen el éxito más feliz de nuestra empresa; pero si nuestra fe es muerta, si nuestras obras no corresponden a lo que nos prescribe la Religión Santa, si nuestra modestia y compostura no acredita el sosiego de nuestras conciencias, y si nuestras súplicas no van acompañadas de aquella fe viva que dic tantas victorias a nuestros padres ¿qual será nuestra suerte?,...Nosotros pediremos y recibiremos sin duda inmensos beneficios, si pedimos con corazón contricto y con humildad cristiana; prevengámonos pues para tan digna empresa, acordémonos de la doctrina que Jesucristo nos ha enseñado con su exemplo, fixémosla en nuestros corazones, y así, contrictos y humillados con espíritu sincero y tan católicos como debemos ser, corramos al pie de los altares".
(Proclama del Ayuntamiento convocando al pueblo coruñés a la procesión y rogativas a la Virgen del Rosario, patrona de la ciudad, por el éxito en la guerra contra los franceses. 3 de julio de 1808. AMC.)
Los presupuestos despóticos de raíz absolutista no daban para más y tenían sus limitaciones y servidumbres, en palabras de Benjamín González Alonso: “Es el paradigma de un Estado que se debate para sobrevivir a base de correciones parciales y tardías que caen en el vacío”. Tal vez por eso, la obra de Sempere, en su defensa de la realidad frente al mito, en su ataque a aquellas tautologías pseudogóticas de Martínez Marina, en su inteligente desprecio del historicismo, parece hoy tan moderna y necesaria. En la España del siglo XXI caminamos todavía miserablemente imbuidos en el marasmo identitario, en la mítica cutrería foral; o buscamos soluciones imaginativas o nunca alcanzaremos la mayoría de edad constitucional, y ya va tardando, todos saben ya a qué me refiero. Como asegura Rafael Herrera: “cada tiempo histórico debe imponer su legitimidad sobre la base de las exigencias reales que el presente inspira a los actores políticos. De lo contrario se caería en contradicciones tan escandalosas que, al cabo, terminan por debilitar las propias estructuras de legitimación contemporáneas. Y esto, en definitiva, es lo que sucedió a los liberales cuando los reaccionarios reclamaron la historia para sí.”
Ya lo decía Popper, vivir del pasado, amén de estúpido, resulta un mal negocio, permítaseme pues que remate con una de sus más conocidas citas:
"La miseria del historicismo es, podríamos decir, una miseria e indigencia de imaginación. El historicismo recrimina continuamente a aquellos que no pueden imaginar un cambio en su pequeño mundo; sin embargo, parece que el historicista mismo tenga una imaginación deficiente, ya que no puede imaginar un cambio en las condiciones de cambio."
(La miseria del historicismo, Alianza/Taurus, Madrid, 1981, p. 145.)
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24.04.07 @ 01:54:17. Archivado en Filosofía
“Una mujer que no sea una estúpida, antes o después, encuentra una ruina humana y trata de salvarla. Alguna vez lo consigue. Pero una mujer que no sea una estúpida, antes o después encuentra un hombre sano y lo reduce a escombros. Lo consigue siempre,”( Cesare Pavese: El oficio de vivir, agosto de 1937).
“El soberbio ama la presencia de los parásitos o de los aduladores, y odia la de los generosos” (Spinoza, Ética, IV, LVII)
Al igual que en su día aconsejaba vehementemente Italo Calvino a quien quería escucharle, me gustaría defender aquí la necesidad que todos tenemos de volver a los clásicos. No sólo por el mero placer de leerlos, que también, sinó para comprobar de primera mano cómo casi todo está dicho. Muchas de las formulaciones que cada día se presentan como novedosas y proporcionadoras de luces, no son más que groseras reinterpretaciones de lo ya pensado por otros. En este sentido, una vez más, nada nuevo bajo el sol.
Así, por ejemplo, sería recomendable que nuestros políticos de “profesión” se tomasen de una bendita vez la molestia de releer a Alexis de Tocqueville, o que nuestros flamantes economistas le viesen al menos el forro a las obras de David Ricardo o John Stuart Mill y no se conformasen con lo que los manuales al uso dicen sobre ellos, que es nada. Pero sobre todo, que los en general poco afortunados redactores de esos libros que se denominan de “autoayuda” que habitualmente ayudan sólo a la economía del propietario del copyright, relean lo mucho que la buena filosofía ha dicho sobre las esencias humanas. Encontrarán allí la verdadera y más efectiva consolatio philosophiae.
Como muestra, y ya que un tangencial paseo por la red le deja a uno un regusto de infelicidades y desencuentros, de hastíos y búsquedas narradas con pasión, puedo contar que manejo estos días con verdadero placer un ejemplar de la Ética del judío holandés de origen castellano o portugués Baruch Spinoza. A lo largo de la obra estructurada según un impecable ordine geométrico cartesiano, con estudiada cadencia de definiciones, axiomas, postulados, lemas, proposiciones y escolios, donde caben, entre muchas otras, reflexiones sobre Dios, el gobierno de los pueblos y las siempre complejas relaciones entre los hombres, observo un pensamiento de una hermosa y sincera racionalidad, que en mi opinión puede otorgar bastante consuelo a nuestros espíritus en ocasiones atribulados por lo que no pueden dominar ni conocer. En fin, que se descubren en Spinoza verdaderas cualidades terapéuticas, en todo superiores a las magras soluciones de bolsillo que se pueden ojear en los quioscos.
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30.03.07 @ 21:27:02. Archivado en Política, Filosofía
“Cada cosa es lo que es: la libertad es libertad, y no igualdad, honradez, justicia, cultura, felicidad humana o conciencia tranquila. Si mi libertad, o la de mi clase o nación, depende de la miseria de un gran número de otros seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral.”
De “Dos Conceptos de Libertad” en Isaiah Berlin, Cuatro Ensayos sobre la Libertad. Madrid, Alianza Editorial, 1993
Viendo como andan de revueltos nuestros prebostes, que parece que se les va la vida en busca del voto que les vaya arreglando el cocido, hoy me gustaría hablarles de un espíritu libre, tan difícil de encasillar que nunca consiguió satisfacer del todo a facción alguna, muchos habrán oído hablar de él, se llamaba Sir Isaiah Berlín, filósofo político, letón de nacimiento y británico de adopción.
Algunos acusaban a su obra de dispersa, casi diletante, pero lo cierto es que el viejo profesor judío de Oxford consiguió, antes o después, enmendarle la plana a todos sus oponentes. ¿Las razones? Su desprecio radical al monismo, a la defensa partidista de un cuerpo general de doctrina considerada perenne, cierta e inalterable. Le bastó sufrir el stalinismo durante su época juvenil para comprender muy pronto hacia qué lúgubres callejones del espíritu conduce el pensamiento totalitario. Desde su torre de hebreo exiliado pudo juzgar a Marcuse “como un divertido y gordito conversador de cafetín”, mientras para otros más impresionables el pensador alemán era el dios-filosófo del mayo del 68.
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21.01.07 @ 21:09:20. Archivado en Política, Filosofía
“Como la Revolución parecía proponerse la regeneración del género humano más aún que la reforma de Francia, encendió una pasión que las revoluciones políticas más violentas nunca habían sido capaces de inspirar. Produjo conversiones y generó propaganda. Asumió así, al final, aquella apariencia de revolución religiosa que tanto asombró a sus contemporáneos”.
Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución.
Los últimos socialistas críticos y sensatos que resistan tras el efecto Zapatero harían bien en leer “Poder Terrenal”, el último libro de Michael Burleigh, (Taurus-2005). Una obra sesuda y desapasionada, pero muy fácil de leer, dedicada al análisis de las pseudo religiones o religiones políticas nacidas al socaire de los fervores utópicos y revolucionarios. Un fenómeno bastante conocido aunque tal vez no suficientemente estudiado. Ese cambiar unos mitos por otros, ese transformar los onomásticos de santos por los de héroes clásicos, tornando Nicasios, Franciscos y Noeles por Brutos, Cayos y Escipiones, como hizo Babeuf; volver las estatuas cristianas en otras egiptoides que querían personificar a Natura y Razón; el tornar los topónimos como Le Havre o Saint-Maximin en Port Marat o Marathon; signos todos de una misma tendencia, el ansia imparable por reemplazar los viejos valores por otros presuntamente nuevos, tan cargados de dogmatismo como los anteriores, aunque seguramente más excéntricos y menos afortunados, cuando no ridículos.
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