Texto para la exposición "ENVEJECIENDO"
de Rosa Otero
A Coruña > El Corte Inglés de Ramón y Cajal > 6ª Planta
Desde el 16 de abril al 2 de mayo de 2009
Huye la tarde en mi prisión
Una dulce lámpara arde
Estamos solos en mi celda
Bella luz razón adorable
De Prisionero sin horizonte, Apollinaire
Es fama que la invasión por parte de Henri Matisse y sus amigos de Colliure del Salón de Otoño de París, supuso para la pintura el definitivo triunfo del subjetivismo. El rechazo del color imitativo y su substitución por la pureza expresiva, se hizo bandera de la vanguardia. De este modo y a la vez que el inimitable André Derain ilustraba el primer libro de poemas de Guillaume Apollinaire, quien supo ver, admitió por fin la distancia que conviene establecer entre la naturaleza y el hecho creativo. Luego vinieron otros a confirmar la poética de los nuevos hallazgos. Paul Klee, para quien era el color el que se apoderaba del artista y no al contrario; dictando así sus normas y su estética. Kandinsky, que entendía la pincelada del pintor como la nota, exacta, necesaria, gentilmente depositada sobre la partitura por el compositor. El matrimonio Delaunay, para quienes el color era la esencia misma de la dinámica natural…
El resultado fueron aquellas paletas de tonos inolvidables, que hacían de la obra de arte una creación hermana de la naturaleza, pero en ningún caso remedo de ella, sino su mismo complemento. Bien es verdad que al gusto por la explosión de luz le siguieron nuevas opciones y nuevas propuestas, pero la luz es la luz y siempre regresa al mundo plástico para reclamar lo que es suyo. Y esto es lo que ocurre cuando se contempla la obra de Rosa Otero, una pintora que evidencia su capacidad para escuchar en su interior, congraciando así las impresiones de su retina con la demanda expresiva más íntima. La utilización subjetiva del color, la simplificación del dibujo, la explosión casi anímica de sus colores por veces violentos, sugieren el espíritu de aquel otoño de 1905, cuando los pintores decidieron dejar de comportarse como fotógrafos para tornar en poetas plásticos, eso salimos ganando y uno siempre se alegra de que aquella fuerza creativa resurja una y otra vez, por diferentes manos, pero con un mismo espíritu.
Mañana, el fotógrafo y escritor coruñés, Jose Luis Pardo, presentará una nueva serie de fotografías nocturnas en el Casino de La Coruña, patrocinada por el Casino Sporting Club y la Asociación de Estudios Históricos de Galicia. Allí estaremos, como no. Un excelente momento para disfrutar del arte junto a los amigos. Cuando pienso en la obra de Jose Luis, siempre me viene al magín este sabroso dicho de Antonio Escohotado:
Aristóteles decía que los niños no podían ser felices y estaban haciendo siempre trastadas porque eran incapaces a aprender a hacer algo bien; cuando una persona sabe hacer algo bien, lo hace y no molesta a los demás. Cuando, por neurosis, por torpeza o por ignorancia no es así, nos encontramos con gente problemática. El único antídoto contra el aburrimiento es la maestría.
Así es, y, afortunadamente, de maestría, sentimiento y técnica es de lo que procuraremos hablar mañana, están todos invitados. Aquí les dejo los datos del acto por lo menudo:
José Luis Pardo Caeiro tiene el placer de invitarle a la presentación de la exposición de fotografías “La Coruña, una ciudad, un faro” que tendrá lugar el próximo 29 de Enero de 2.009 a las 20,30 horas en la Sala de Cultura y Exposiciones del Sporting Club Casino de La Coruña, C/Real nº 83-85, con laintervención de:
D. Juan José Medin Guyatt. Presidente Sporting Club Casino
D. Pedro Arias Veira. Economista, Profesor Teoría Económica USC
D. Juan A. Granados Loureda. Escritor de Novela Histórica
El mundo novelesco no es más que la corrección de este mundo, según el deseo profundo del hombre. Pues se trata indudablemente del mismo mundo. El sufrimiento es el mismo, la mentira y el amor. Los personajes tienen nuestro lenguaje, nuestras debilidades, nuestras fuerzas. Su universo no es ni más bello ni más edificante que el nuestro. Pero ellos, al menos, corren hasta el final de su destino y no hay nunca personajes tan emocionantes como los que van hasta el extremo de su pasión, Kirilov y Stavroguin, la señora Graslin, Julián Sorel o el príncipe de Cléves. Es aquí donde nos alejamos de su medida, pues ellos acaban lo que nosotros no acabamos nunca.
(Novela y rebeldía, Albert Camus)
Por mucho empeño que muestren esa suerte de secundarios con ínfulas a los que les gusta presentarse como “agentes sociales”, siempre propensos a educarnos el gusto derramando ideología y colmando la faltriquera de humo enlatado con chorretones de infausto colorido acrílico, me gusta pensar que el Arte camina como quiere y por donde mejor le parece. El “así es la rosa!” de Juan Ramón, la conmoción que causa reconocerse en la obra de otro, nada tiene que ver con memorandums y subvenciones, lo pertinente triunfa huérfano de padre y madre, como un acto de dignidad, como esencia de proyección humana, la más poderosa razón para esperar y existir.
Para comprobar certezas como éstas no hay más que sentarse a la vera del camino en espera de noticia y acontecimiento. Y en estas andaba, entre el burgués hastío y las ganas de pelea, cuando di con la imagen que ilustra este artículo. Es obra de un joven fotógrafo, canadiense de Montreal, llamado Mario Jean (Aka Madoc). Lo conocí casi por casualidad, por indicación de un viejo compadre también aficionado a la cosa de la imagen. Un paseo por la web de Madoc nos descubre una retina privilegiada a la expectativa de cuanto ocurre alrededor. Es evidente que Mario posee un depurado dominio de la técnica, pero esto nunca es suficiente, poseer técnica sin alma creativa, sin inquietud para desterrar lo obvio y mostrar el verdadero interés que subyace tras la cotidianeidad es, sencillamente, perder el tiempo. Las imágenes de Mario Jean trasmiten esencia de humanidad, cualquiera se puede reconocer en ellas, urdiendo historias completas al pie de sus fotografías, historias de amor y sufrimiento, como casi todas las historias susceptibles de ser contadas. “Farine Five Roses”, por ejemplo, esa imagen de la vieja fábrica de harinas, varada como un pecio inerme entre los fríos canales de Montreal, con su nombre medio francés y medio inglés en rojo desvaído, haría una portada excelente para una novela que hable de esperanza y redención, de lucha por la vida en la era postindustrial. Más aún, haría por sí misma asunto de narración. Así se lo he hecho saber y le ha parecido una buena idea, es así como el espíritu generoso de unos alimenta el de otros, como se suele decir, a la hora de encontrar inspiración y motivo, nos aupamos a hombros de gigantes.
Juan Antonio: “Maria Elena always said unfulfilled love is the only romantic love.”
Hirsuta escapada dominical en pos de la última de Woody. Los que entran en esta casa sin llamar ya sabrán de ciertas filias que jamás se esconden, Allen es siempre bienvenido haga lo que haga, aunque, tal vez, su gran momento haya pasado. Vicky Cristina etcétera no alcanza, claro está, la redonda expresividad de Annie Hall o Hannah y sus hermanas, ni siquiera la evidente clarividencia en su dictamen sobre las relaciones conyugales que pudimos contemplar en la fantástica “Maridos y mujeres”; pero merece la pena pagar la entrada, vaya que sí. Lo he leído todo en cuanto a crítica, es decir, el tópico hispano trasladado a Barcelona, ese maravilloso “entre dos aguas” de Paco de Lucía, los exteriores previsibles y postaleros, el poco afortunado doblaje de Bardem, diálogos más bien planos, apenas dignos del maestro de Manhattan. Vale, algo de eso hay, pero yo he disfrutado igualmente. Será, tal vez, porque pasé buena parte de mi infancia en Barcelona, la ciudad de mi padre, que nunca me canso de contemplar. Oigan, esas imágenes del Tibidabo, que sigue tal cual lo dejé en la niñez, con esa especie de bombardero Junkers de pega sobrevolando eternamente el maravilloso planeamiento de Ildefonso Cerdá. O Pedralbes, tan cerca de la casa de la abuela, o el Modernismo, que será tópico unirlo a la imagen de la ciudad, pero vaya tópico más lucido, con las obras de Puig i Cadafalch, cuyos postulados ideológicos a favor del progreso y la renovación en la arquitectura, como la utilización del hierro en la construcción, Iniciaron un espléndido camino, o Lluis Domènech i Montaner autor de buena parte de los edificios más representativos del modernismo barcelonés, como el Café Restaurante de la Exposición Universal, bautizado por el público como el Castell dels tres Dragons, la casa Lleó Morera o el extraordinario Palau de la Música Catalana, un verdadero ejercicio de exuberancia decorativa, dentro de la concepción de “obra total”, tan cara al Modernismo. O Gaudí, claro, que volvió universal el estilo haciéndolo “su” estilo, es normal que aparezca todo esto, lo mismo hace Woody cuando retrata New York, no se va a fotografiar, precisamente, la Avenida de las Américas cuando ésta llega peligrosamente al Bronx.
Pero al margen y sobre todo, Allen sobresale cuando se ocupa de averiguar lo que cada uno de nosotros escondemos casi inconscientemente bajo la piel. Y de estos secretos, uno de los principales es lo incomprensible de los afectos. Realidad que ni el amigo Punset sería capaz de explicar, que nos conduce en ocasiones a mantener sentimientos verdaderamente confusos y nada racionales en torno a aquellos que va poblando nuestra vida. Siempre aparece quien todo lo da y, a cambio, apenas significa algo, frente a quien ha estado alguna vez, casi a regañadientes, cuyo recuerdo nada puede borrar. Será cosa de hormonas o de sinapsis neuronales, pero es radicalmente así. Cuando Rebecca Hall, por cierto, excelente actriz, toma el avión de regreso a New York en compañía de su flamante y perfecto marido, sabe, por supuesto que lo sabe, que deja tras de sí lo irremplazable. Demonios, todos hemos pasado por eso alguna vez, ahí reside la grandeza de Woody y la razón de una película que harían bien en visionar, si no lo han hecho ya.
Me gustan los tipos del Country porque no buscan la componenda ni la laxitud. Son como son y no se casan con nadie, tienen sus reglas y se atienen a ellas. Consideran lícito emborracharse y aprovechar lo bueno que la vida proporciona, pero esto nunca será a costa de perderle el respeto a tu propia madre, tenga o no la maldita razón. He vuelto a ver aquella maravilla de 1980, Honeysuckle Rose, cuando el viejo Buck Bonham (Willie Nelson) se enamoró perdidamente de Lily Ramsey (Amy Irving) su cantante, situando en difícil tesitura a Viv Bonham (Dyan Cannon), esposa y compañera en tiempos difíciles. La película no ha perdido un ápice de frescura, ni musical ni argumental. El triángulo amoroso siempre ha gozado de buena salud literaria, pocos asuntos nos reflejan mejor. Resultan también inolvidables algunos cameos ilustres como la espectacular intervención de la bellísima dama del country-rock Emmylou Harris.
Hay muchas maneras de ejercer la sana costumbre de disculparse, de solicitar perdón y amparo; hacerlo ejecutando las dulces notas de una acústica a espaldas de tu desprevenida dama es, desde luego, una de las más sutiles y elegantes, así es esta gente, supuestamente han pasado de moda, qué gracia...
“Para un gallego es tierra ajena aquella en que no puede encontrar un crucero” Filgueira Valverde.
Mi buen amigo Juan J. Burgoa, que es marino, investigador y escritor infatigable, me remite gentilmente su último libro. Se trata de un monumental esfuerzo heurístico que ha dado como fruto una verdadera antología sobre lo mucho que escritores, poetas e investigadores nos han ido contando en torno al cruceiro gallego. Nadie se echa de menos aquí, desde Castelao, Cunqueiro o Vicente Risco, hasta mi admirado Carlos Alonso del Real. Desde el cancionero popular, hasta la lírica amable de Manuel María. En tiempos de mediano pasar se agradece el esfuerzo. Aquellas pedras-fitas, altariums del paganismo, mixtificadas luego con la epidérmica uniformidad cristiana, son y serán alta señal de las esencias de Galicia.
No hay parroquia en Galicia que no posea al menos una de estas obras fruto de la pericia de anónimos canteros. Se dice que se conservan bastantes más de 10.000, muchos bajomedievales, aunque la mayoría son producto de la explosión creativa del Barroco gallego. Signos destinados a concitar la telúrica positiva, la buena suerte, la salud del caminante y hasta el buen andar de los niños, mantiene el misterio de lo antiguo, nunca sabremos del todo qué son y qué significan en esencia; lo mismo que las vírgenes negras o los laberintos de las catedrales góticas, están ahí para recordarnos que sabemos bien poco de nosotros mismos, menos aún de los miedos y anhelos de los que nos precedieron, y aún así, resisten enhiestos para recordarnos que detenerse un instante en el camino, recapitular, reflexionar sobre lo que de verdad importa, siempre merece la pena. Un libro delicioso que no deben perderse.
O cruceiro na literatura
de Juan J. Burgoa Fernández
Colección Soláster
Ferrol-2008
ISBN: 978-84-95289-91-1
Aparte de algunas razones de cierta inespecificidad teórica, nadie sabe a ciencia cierta en qué pensaba Dante Gabriel Rossetti cuando decidió fundar la Pre-Raphaelite Brotherhood, no obstante el grupo inglés con su rechazo al academicismo del segundo renacimiento y su gusto por las brumas legendarias de la vieja Europa, —aquellas frágiles y enigmáticas damas nunca superadas—, alcanzó rápidamente el éxito y una bien merecida fama que todavía hoy perdura. Sin duda, ese amplio espectro de evocaciones y sentimientos que percibimos como de “raíz medieval”, piedras asombrosamente talladas, nobles ruinas, leyendas que dan cuenta de afanes admirables junto a las más canallescas conductas, siempre ha disfrutado del beneplácito del público.
No podría ser de otra manera, al fin, tales evocaciones nos hablan de esencias y orígenes, de esa especie sutil de ADN cultural que nos conforma a través de siglos y generaciones. Tal vez por eso, la primera vez que me acerqué a la obra gráfica de Alfredo Erias, sentí una agradabilísima sensación de retorno a la lumbre, de vuelta al hogar, que hoy todavía me embarga y me sorprende. Sabrán que Alfredo es historiador de raza, alma mater de señeras empresas nacidas en el crisol amable de la comarca brigantina, siendo, como es, director del Museo das Mariñas de Betanzos, del Archivo Municipal, de la Biblioteca y del Anuario Brigantino; instituciones todas ellas de reconocido prestigio en el ámbito sociocultural gallego y español. En medio de ese pandemonium de responsabilidades, Alfredo ha robado tiempo de donde seguramente no lo tiene, para dedicarse a una intensa actividad plástica que va camino de convertirse en una de sus mayores glorias profesionales.
Nada es por casualidad, el profundo conocimiento que el autor ha obtenido de años de estudio y riguroso trabajo arqueológico, le han proporcionado la técnica precisa para proponernos hoy sus más arriesgados sueños creativos. En su última entrega (la colección 'Xente no Camiño') que ya ha pasado por Compostela y Bruselas y hoy, gracias a la Diputación Provincial coruñesa se ha hecho peregrina para visitar un buen número de municipios gallegos, nos propone una original reinterpretación pictórica de nuestra Edad Media, entendida como uno de los signos más visibles de la cultura europea de todo tiempo. Como asegura el mismo autor:
“Su objeto es la imagen de la gente medieval, a partir de las referencias más seguras que tenemos, encontradas en sepulcros, capiteles, canecillos, etc., y siguiendo, como es lógico, la estela de catedrales, iglesias, monasterios, castillos… Y esas gentes, de todos los estamentos, tomadas con las técnicas del arqueólogo, son filtradas luego por la mirada del pintor. De esa forma, resucitan poco a poco ante nuestros ojos, desde caballeros y grandes damas a bufones, músicos y prostitutas, pasando por los campesinos y el mundo crecientemente complejo de la burguesía, sin olvidarnos de los reyes y las distintas jerarquías clericales.”
Si todavía no han contemplado la exposición “Xente no Camiño” aún están a tiempo, este mes de diciembre las 54 tabla con un formato de 118 x 73 cm. que componen la muestra, permanecerá expuestas en Tui, para continuar su periplo en el castillo de Soutomaior (Arcade), donde se podrá contemplar desde mediados de enero -bajo los auspicios de la Diputación de Pontevedra que publicará un libro-catálogo al respecto- hasta finales de abril. Con el aliciente de que el autor aportará esta vez una decena de nuevas obras a la exposición. No es cosa de perdérselo, tengo para mí que si los británicos tuviesen hoy en día un Alfredo Erias, se sentirían tan afortunados como cuando recibieron cumplida noticia de las propuestas de Dante Gabriel Rossetti y sus industriosos compañeros.
Lo mejor del arte contemporáneo es que, mostrándonos por delante su farragoso contenido, uno le puede echar encima la literatura que le plazca para vender humo embotellado. Ya no recordaba esta maravillosa escena, ¿qué haríamos sin el gran Woody?
No obstante, no todo es lo mismo, hay que reconocer que Pollock ha sido el mejor garabateador de la historia del arte, tenía estilo, personalidad; una especie de conocimiento natural del mundo orgánico, caótico y fractal a la vez, que congenia sutilmente con el espíritu. Algo que jamás tendrán los pomposos grafiteros, “pintores” —se dicen— que cada anochecer, así porque se creen cultura, afean y empobrecen nuestras ya tristes paredes, ojalá se metan su “libertad” en el mismísimo culo, que se dediquen a otra cosa, cuatro firmas malparidas no son arte, son frustración y molicie urbana.
Oh, sister, when i come to knock on your door,
don't turn away, you'll create sorrow.
time is an ocean but it ends at the shore
you may not see me tomorrow.
(Oh Sister, Bob Dylan)
Ya lo había pensado, antes o después —me decía— habrá que dedicarle un artículo a Bob Dylan, con eso del premio. Y en esto aparece fugazmente en la red mi amigo Cristóbal para recordármelo:
“Habría que iniciar un tema homenaje a Bob Dylan, reciente Premio Príncipe de Asturias (en mi opinión merecidísimo) e intentar averiguar cual es el motivo de que ese viejo cascarrabias, sin puta idea de cantar ni de tocar la guitarra (ni me atrevo a mentar la armónica), con canciones machaconas y obsesivas y esas influencias de un country que personalmente deploro, es un verdadero genio. Que alguien me lo explique”.
Pues estoy yo como para explicarle algo a Cristóbal, siendo como es uno de los tipos más listos e instruidos que conozco y, sin duda alguna, aunque él tal vez aún no lo sepa, el próximo Richard Neutra que verá el mundo. Fíjense que el otro día, en una de esas frecuentes descubiertas urbanas que nos regalamos, derivando sin prisa entre el público sin otro fin que la animada charla y la sonora carcajada, se me ocurrió hacerle una de esas preguntas Quiz Show con las que pretendo sorprenderle, por ver si le pillo alguna vez, le interrumpí no se que discurso de los suyos, no recuerdo bien, tal vez disertaba entonces en torno a las cualidades gastronómicas de ciertas anémonas, y le espeté a vote pronto: ¿qué leyenda reza en el escudo de Brasil? —Ordem e Progresso me respondió sin inmutarse para continuar su animado discurso.
Así que si él no conoce el secreto del éxito de aquel muchacho de origen judío llamado Robert Allen Zimmerman, a quien, al principio de su difícil carrera, los transeúntes le regalaban salivazos en las bocas de metro donde se apostaba para ganar unos centavos, menos podré decirlo yo. Claro que uno se puede pasear un rato por la red y atinar con ciertos indicios, por ejemplo la calidad de sus enrevesadas letras, un argumento que a mi querido Rafa Herrera le parece un mal chiste; también subrayar el carácter innovador de su música, hay quien asegura, como Bruce Springsteen: “sin Bob, los Beatles no habrían hecho el Sgt. Pepper”, lo mismo que Dylan, sin ellos, tal vez tampoco hubiese encontrado el secreto del sonido electrificado. Para muchos, como ocurre en el caso de mi amiga Inmaculada, Dylan representa los valores de un mito, la protesta y el inconformismo tan propio del siglo XX.
En fin, es claro que algo de todo ello habrá, pero no es suficiente, genio creativo, trasgresión más o menos auténtica, capacidad de innovación tienen y han tenido muchos, lo de Dylan debe ser algo más, debe ser algo simbólico, algo muy parecido a aquello de decirle al mundo: ¡eh, amigo, estoy aquí, soy yo! y ¿sabes qué? Detesto a todos esos tipos encorbatados sin alma ni corazón que pretenden adoctrinarnos cada día, se reúnen en los funerales y en los hemiciclos, dicen que nos salvan, exclaman, como decía Albert Camus: “¡nuestros muertos! y luego corren a atiborrarse” y encima esperan nuestro baboso aplauso unido a su cumplida y poco trabajada minuta. Pues no, ¡eh, amigo, amo a mi chica, amo a mis hijos, quiero a mis amigos y tu Rolls, enorme cretino, me importa una mierda, yo todavía puedo mirarme al espejo cuando me afeito. Algo de eso debe ser, fíjense sino en el tonillo burlón que emplea el viejo Bob, reparen en cómo enfatiza la voz cada vez que dirige su mirada de soslayo al entregado público…El secreto de Bob Dylan es que se da cuenta de las cosas y va y las dice o las medio canta.
En fin, y en cuanto a las letras, si esto no es rendido amor, si no es poesía, bien que lo parece:
Se pueden llenar miles de páginas hablando del efecto de la música sobre los estados de ánimo y lo mismo de la influencia de éstos sobre nuestra selección musical. Obviedades innecesarias. En mi caso no es preciso buscar muchas excusas para manifestar cierta secular devoción por el tono exacto de David Gilmour, esa guitarra profunda que define lo que de auténtico tiene el sentimiento. Si además el arte se ejecuta como si todo te diese igual y sin hacer el más mínimo aspaviento sobre el escenario, firme como una roca llena de razones, el momento se vuelve estelar.
Podrían ser muchas, pero Comfortably Numb me recuerda a menudo lo poco conveniente que resulta el carácter acomodaticio para la salud del alma. Esta versión crepuscular, con un Roger Waters de voz catastrófica y un Gilmour con look de abuelote, seguramente no es la mejor, pero el rótulo “No more excuses” sobre la escena me viene al pelo para redondear el mensaje, los grandes siempre nos recuerdan que lo único que importa está por venir.
Y claro, ya me dispensarán, pero una cosa lleva a la otra...
Son los rostros de Helena, de Genevieve, de Beatriz; también de Mathilde de la Mole, Anna Karenina o la Bovary; es la belleza estremecedora que corta el aliento y te deposita inane sobre la melancólica realidad, sin más respuesta que un suspiro o un lamento entrecortado, son las que siempre están lejos, allí en el Parnaso, en desmañada e indolente actitud. Si uno se hubiese vuelto del todo cínico, diría ¡Quién fuese un feo magnate petrolero, o al menos un crepuscular Briatore!
Hoy lo he vuelto a escuchar, eran decididamente buenos. Lo habitual en los artistas es repetirse hasta la extenuación, más que la maldita cebolla, por eso periclitan y se agostan. Otros, como Picasso y los Beatles eran capaces de reinventarse a sí mismos, cada día, por eso son mitos.