No viniendo de Guzmanes o Sidonias, cazar venados en casposas monterías es signo de mal gusto y fortuna reciente. La montería no es deporte, sino ejecución programada a carísimo tanto la pieza. En España el camino del fatuo botarate, en llegado a subsecretario pasa en ineludible evolución del pádel, que no tenis, al golf y de éste a la montería; aficiones que de no mamarse de infante, más vale desechar por ser cosa de horteras y arribistas. Síndrome de escopeta nacional hoy encarnado en Bermejo el bailón, vulgar en cuerpo y alma, hombre del pueblo que golpea con condescendencia la nuca del rústico “secretario” cuando levanta la cuerna del pobre bruto para que quepa en la foto. Todo es lo mismo y siempre es igual. Por no saber, no saben ni comportarse como verdaderos ricos, léase gafas de sol de tenue azul y compañía de piernas estratosféricas, ya saben, ¡Braaaaaavo Fernaaando! Ese sí que sabe.
Pluralitas non est ponenda sine necesítate (Guillermo de Occam)
Uno camina con el tiempo limitado, pero no hasta el punto de transitar por lo cotidiano privado de ciertas intuiciones. No hay más que darse un paseo por la realidad, para colegir que vivimos en un lugar extraño, vinculado permanentemente al pasado, es decir, dependiente del pensamiento artificialmente complejo, donde lo evidente jamás aparece y todo se explica a través de increíbles retruécanos verbales subsidiarios de un modo absurdo de razonar. Algunos enlaces con los que he topado en casas cercanas ayudan a explicar todo esto.
Si Rafael Herrera nos recuerda que permanecemos inermes en manos de un lobby político fascinado por el derecho territorial y el privilegio artificialmente justificado por las cuitas de los bisabuelos, Berlin Smith nos enlaza con la realidad que deviene de semejante actitud. En consecuencia, observamos como los habitantes de un territorio, elevados a verdadera casta dominante por el presupuesto que debería atender a todos por igual, demandan, no se si mayoritariamente aunque bien poco les falta teniendo en cuenta los sistemas lingüísticos y educativos que imponen en sus feudos, la inmediata secesión del común hispánico. Presupongo que lo lógico en este caso sería no porfiar con el mal pagador, invitándole a salirse cuando quiera. Lejos de ello, la “clase” política, esa de los “miembros y miembras” interpone a la liberación moral mil excusas patéticamente legales, como si la ley en España no estuviese ya suficientemente desprestigiada por su errática trayectoria, dependiente en todo del aire que marcan los tiempos y las campañas electorales, donde; por ejemplo, hablar, escribir, español en España puede ser a la vez obligación y delito, una ley tan estúpida como aquella que en ciertos parajes prohíbe la ingesta de determinados animales por miedo a que se trate de tu propia abuela reencarnada.
La miseria historicista nos impide contemplar la impúdica desnudez del rey. Aquí, en la España de 2008 no somos ciudadanos iguales en derechos y obligaciones, esa es la verdad por más que se quiera disfrazar con groseros constructor epistemológicos. Los viejos canallas del FBI de Hoover solían aplicar el axioma: “Si te lo parece, es”; antes que ellos Guillermo de Occam aplicaba su navaja para encontrar la verdadera respuesta en lo evidente. Aquí seguimos explicándonos como los amondongados y sofistas bizantinos, peor para nosotros, permaneceremos esclavos de la historia, siervos de la arbitrariedad presupuestaria y el público adoctrinamiento.
Fastuoso arranque zapateril en tiempos de crisis. Aclara que pondrá a Caldera a “pensar” en torno a la ideología más fracasada de la Historia, convertirá a los militares en damas del consuelo y ejército de salvación y, a base de discriminación positiva, nos hará a todos iguales por mandato presidencial. Inevitable pensar en el orwelliano “todos los animales somos iguales; pero unos somos más iguales que otros”, en especial si uno se dedica a la política subvencionada por un fisco más ingerente a cada día que pasa. Es la enésima vez que se le ocurre que discriminar es bueno. Ya lo hizo antes con las lenguas vernáculas, mis hijos saben mucho de esto, ahora elegirán primero las que posean el sexo adecuado. Lo próximo ha de ser un ministerio de la negritud infravalorada, de los semovientes discriminados por merma de masa cerebral o del reino vegetal opreso. Todo puede ser con este triste iluminado henchido de egolatría, la factura la seguiremos pagando los de siempre.
Sostendrá Zapatero que esto calmará al Leviatán desbocado, también lo creyó en su día Luís Felipe José, Duque de Orleáns, cuando cambió su nombre por el de “Felipe Igualdad”, no obstante, su pasteleo con el delirio falsamente igualitario, su ratificación de la condena a muerte de su primo Luís XVI, de poco le valió. En 1793 sus nuevos amos pidieron su cabeza, es sabido que las ideas del progreso general por pertinente decreto nunca tienen bastante. Abandone toda esperanza quien posea algún tipo de habilidad mecánica o intelectual, algún mérito o cualquier suerte de capacidad, la pedrea estatal será colectivamente discriminatoria. Si vd. quiere medrar en medio de tan áspero panorama, intégrese oportunamente en el lobby privilegiado o cámbiese de sexo, tengo entendido que ahora lo subvenciona la Seguridad Social.
“No sólo es la libertad de pensamiento compatible con la paz del Estado, sino que suprimirla implica destruir dicha paz (...) Los gobiernos no deben esforzarse por convertir a los seres humanos en bestias o peleles, sino fomentar que desarrollen sus mentes y cuerpos rodeados de seguridad, empleando su razón sin ninguna especie de grilletes”.
Baruch Spinoza
Si tuviésemos alguna necesidad de ponernos bíblicos, deberíamos enunciar aquello de “Todo está consumado”, puesto que el triunfo de los partidarios del nuevo Leviatán se ha hecho bien efectivo en las urnas. Contemplando la satisfacción casi pantagruélica de Zerolo tras la figura enaltecida de su mentor, podemos esperar lo que viene a continuación, una versión corregida y aumentada de esa extenuante forma de gobernar, donde sólo hace falta dar una patada a cualquier bote para que aparezca el estado, bien el central, bien el vernáculo, bajo el más leve de nuestros movimientos. Quiere esto decir que a cambio de impuestos que van camino de hacerse directamente ofensivos, donde, desde que existen los paraísos fiscales, es decir desde siempre, se encomienda a las rentas medias y bajas el sostén casi en exclusiva del constructo público, joviales gobernantes volverán a sortear pedreas que escenifiquen esa especie de grotesco festival redistributivo al que confían el sosiego de las conciencias y la sedación de los anhelos de prosperidad que creíamos innatos en el hombre.
A pesar de que, de creer a los medios, la intelectualidad hecha multitud parece entregarse rendidamente a los designios de la ideología más fracasada de la Historia, hoy vergonzosamente aliada con las restricciones etnicistas de los que desean imponernos, incluso, la lengua que hemos de emplear; parece que algunos los van viendo venir y encima lo publican sin empacho. Es muy de agradecer, porque estas sinceridades suelen repercutir a menudo en la calidad del cocido que se le permite ingerir el librepensador. Parece que agrupados tras la empalizada de la libertad, algunos tramperos del pensamiento, resisten bien los envites de las legiones de salvadores sociales que, a falta de mejor perspectiva, usan de la política para impartir doctrina, sembrar moral y repartir como mejor les parece la dádiva, en vez de administrar el país sin ruido y con cierta eficacia, que es lo único para lo que se les contrata, conscientes como somos de que los más útiles no suelen pertenecer a gremio tan artificialmente acomodado, ocupados como andan en desarrollar sus propias potencialidades conforme a su naturaleza.
Llegados a este punto, satisface recordar que los cañones de Santa Ana nada pudieron contra la confianza en sí mismos de un puñado de resistentes. Habrá pues, que reivindicar sin temor el derecho a existir de opciones políticas menos agresivas con la libertad individual. No pedimos gran cosa, sólo enunciamos un deseo, el mismo que Baruch Spinoza dejó tan afortunadamente escrito, aspiramos a que administren lo que se les encomienda, de convicciones, anhelos y patrias redivivas, preferimos ocuparnos nosotros.
Tanto nos han dado la matraca con lo que podemos o no podemos hacer, lo que está bien visto y lo que no, lo que somos o lo que dejamos de ser; que voy creyendo que ya nadie conoce quien es y donde su ubica en el perro mundo. Aquí ni el tato dice esta boca es mía por miedo a incomodar a la repugnante equidistancia mediática. Cabrá suponer que el occidente liberal y democrático es así, blandito y bobalicón con los ladrones de sueños, tolerante con todo menos con la razón, la justicia y la libertad. Pudiera creerse que este es el camino, con sólo escuchar a Gabilondo cada día o asistir a los ridículos orgasmos mediopensionistas de Zerolo. Basta viajar para que aparezca la sombra de la duda, el remitente, por ejemplo, conoce que nuestros vecinos franceses saben distinguir a un nazi cuando lo ven:
Y que los británicos son conscientes de que pertenecen a un gran país orgulloso de su pasado y festivamente esperanzado en el futuro. Oigan y ni uno de ellos parece un fascista, sino un ciudadano celebrando que existe.
Aquí nos queda el reproche, la mala baba, el medre presupuestario y la humillación de cerviz. “Progresamos adecuadamente”, qué duda cabe, hay quien sostiene que en Mondragón con especial aplicación.
Cuando a uno le es dado vivir en un país supuestamente libre y occidental, le resulta especialmente molesto que aquellos dispuestos a gobernarle le tomen por el mismo pito del sereno. Véase el modo en que Zapatero remata sus debates: “Buenas noches y buena suerte”, nos dice, con mirada tenue de merchandising facilón. Diríase que se contempla a sí mismo como un nuevo Edward R. Murrow del que, obviamente, nada sabe, luchando como un titán contra el inquietante Joseph McCarthy y su tristemente célebre Comité de Actividades Antiamericanas. Alguien debería decirle a este sujeto que desde que es presidente, algunos por aquí vivimos sometidos a la presión de nuevos comités que él mismo ampara y protege. Recuérdese la pregunta de Mariano Rajoy sobre el derecho a aprender en español y las rotulaciones comerciales en Cataluña y júzguese después lo que le ha importado que se le hiciese notar tan evidente asalto a la libertad individual.
Los resultados de la muy cacareada “alegría” socialista se han visto reflejados muy pronto en mi casa, mis hijos traen a menudo las fichas del colegio con hermosas palabras tachadas en carmín. Son palabras que escucharon de sus abuelas cuando aún no sabían hablar, son las palabras primeras: “almendra”, “rana”, “cocodrilo”. Todas tachadas, Zapatero y sus amigos normalizadores dicen que no son así, que el cocodrilo se dice “crocodrilo”, que la almendra es “améndoa” y que mis hijos no tienen ni idea de cómo se habla y como se escribe, que lo dice el comité, que está para eso, para salvarnos de nuestra impertinente y ofensiva costumbre de comunicarnos en español en España. No sin razón decía aquello Montaigne: “Los que tienen el cuerpo flaco lo abultan interiormente; así aquellos cuyas ideas son insignificantes las inflan con palabras.” Mañana vendrán otras prohibiciones y otros comités, el supuesto Murrow, transido en McCarthy, nos contará entonces su plan, paz con los censores y guerra a todos los demás, en especial a los que se ganan la vida trabajando sin incordiar a nadie, esos son, ciertamente, los más peligrosos para él.
Este señor con ademán de jefe de escalera permanentemente agraviado por la vecindad, es miembro del Consejo General del Poder Judicial e independentista catalán. Últimamente se ha vuelto muy mediático con sus boutades en pro de la liberación de su pueblo opreso. Y yo le doy la razón, porque o bien catalanes, vascos y gallegos se liberan de buena vez, vía referéndum, bien logrando la independencia, bien demostrándose de forma suficientemente clara que la segregación no es una demanda mayoritaria de la población, o los que estamos obligados a vivir bajo gobiernos ultranacionalistas, donde el PSOE se comporta como un entusiasta y complaciente charnego deseoso de hacer olvidar sus impuros orígenes, seguiremos sobreviviendo tan desnudos de amparo como nuestros primeros padres cuando su expulsión del paraíso. La promulgación de leyes de normalización tan tiránicas como incomprensibles para cualquier europeo que no viva en España —que le cuenten tamañas milongas sobre escolarización y rotulaciones comerciales a un Francés o a un Inglés, sin ir más lejos— nos han convertido en súbditos tan esclavizados como los desprevenidos taínos ante el requerimiento colombino, “la ley dice” y andando. A mis hijos no se les permite aprender en español ni matemáticas, ni ciencias, ni historia, ni nada distinto a la gimnasia, siempre que al profesor de gimnasia le parezca hablar español, que no tiene porqué parecerle, ni nadie le obliga. Según López Tena España es un país opresor, qué gracioso es este señor, ojala un buen día lo veamos independiente, al menos así no podrá decir que se le debe no se qué dinero, servidor lleva muy mal este tipo de desafíos. En el ínterin, Zapatero asegura que no existe conflicto lingüístico, seguramente no para los jerifaltes del PSOE como Montilla o Pepe Blanco, eximios luchadores sociales, martillo de poderosos, que escolarizan a sus retoños privilegiados por el presupuesto en colegios alemanes o franceses, no se puede tener menos vergüenza, así nos va con este personal.
Pocos individuos conllevan más peligro para el procomún y la paz pública que un obtuso concejal de cultura dispuesto a aplicar doctrina moral sobre sus desapercibidos administrados. Deben saber que hace bien poco el saliente consistorio de la hermosa villa coruñesa de Cedeira había restaurado el fortín dieciochesco de la Concepción, para convertirlo en Museo Histórico. Gracias a los dineros de la Comunidad Europea y la Diputación coruñesa, con el trabajo y asesoramiento riguroso y entusiasta de asociaciones de recreación histórica como los Royal Green Jackets o la Asociación Napoleónica Española, se logró reunir una notable colección destinada a reproducir la vida cotidiana en un fortín de la época de Carlos IV, en la que se podían contemplar uniformes, cañones de época, mosquetes, dioramas, maquetas, grabados, salas con representaciones del polvorín, cuerpo de guardia, dormitorios de la tropa y un largo etcétera, que hacían de este fortín del tiempo de la Ilustración un lugar del mayor interés histórico, cultural y turístico, más aún cuando nos encontramos en plena conmemoración de los sucesos de 1808.
Pero no somos un país normal, apenas se produjo el relevo en el consistorio tras las últimas elecciones municipales, nos encontramos con un concejal redentorista, dispuesto a enterrar la historia en pro de un vernaculismo militante, empeñado como nunca en eliminar por vía del presupuesto cualquier elemento que nos recuerde de donde venimos. La consigna es hacer desaparecer el museo histórico para convertirlo en un trasunto de memoria brujeril y esotérica de raíz, al parecer mucho más adecuado a los fines del gobierno. No se pierdan el argumento: “La violencia no educa”, aún aceptando que los usos brujeriles y atávicos fuesen políticamente correctos con sus víctimas, se supone que por lo ineficaces y ridículos que se mostraban, el mandato del concejal es un toque a rebato contra casi cualquier cosa que se mueva en la actividad museística. De seguir su admonición de viernes nacionalista, ningún museo podría tenerse en pie, no se podrían exhibir ni hachas prehistóricas ni puñales de la Edad del Bronce, menos aún las metopas del Partenón del Museo Británico (reproducen sañudas luchas entre amazonas y lapitas, violencia y de género, además) Fuera los museos navales, se atreven a mostrar maquetas de hermosos navíos de guerra con el trapo desplegado, a la mierda Velázquez, ese belicista, y sus lanzas, nada de literatura histórica, acostumbra a narrar alguna que otra batalla, que se entierre en pozo de inmundicia la memoria de quien se ha atrevido a mostrar públicamente el submarino de Peral, la Tizona del Cid o el pendón de las Navas de Tolosa. Que se olvide, sobre todo, quienes somos y de donde venimos, así será todo más fácil.
Nuestras glorias musicales y escénicas sostienen que Zapatero trasmite alegría. No extraña, ya decía el Aquinate que “El alma recibiendo la acción de la cosa reacciona con la satisfacción del bien conseguido y esa conciencia de plenitud es causa de la exultación gozosa que llamamos alegría”. Dicho de otra manera, los que ahora cobrarán de todos nosotros por imperativo de avariciosa ley rinden obediencia a su benefactor. Hay más, la ideología apresurada que practican les inclina a creer que la respuesta a la infelicidad reside en el reparto arbitrario del óvolo entre una población uniformemente minorizada, a la que a cada día que pasa se le urge con las más disparatadas obligaciones, desde subvencionar el cine de cuota, hasta aprender en la lengua que se le antoja a su apóstol de la supuesta tolerancia. Esto ya lo había visto muy bien Federico Schiller, reconociendo en su letra del Himno a la alegría que también al gusano se le concedió la capacidad del gozo. Sólo individuos con el raciocinio de uno de estos pequeños necrófagos dejaría de reparar en el hecho de que los españoles periféricos somos hoy mucho menos libres que ayer, no sólo nuestros hijos deben aprender en el idioma que se les impone, sino que ha de gustarles y aún deben mostrarse alegres, lo mismo que aquellos tristes infantes que criaba Pol Poth bajo su ala intervencionista y totalitaria, sino se les acosa y se les zurra. No es que no tengamos sentido del humor, es que, no siendo proclives a la sumisión, Zapatero no nos causa la menor gracia, cuanto menos alegría.
¿Sostienen que los ciudadanos estamos de acuerdo en perder nuestros derechos constitucionales cuando debemos trasladarnos a vivir a Cataluña, País Vasco o Galicia? ¿Se creen que los padres están de acuerdo en renunciar al derecho de sus hijos a ser educados en su lengua materna sólo porque así lo diga un Estatuto de autonomía a la medida de una pandilla de burócratas de las llamadas «políticas identitarias»?
(Carlos Martínez Gorriarán, fundador de UPD)
En el emérito convento bracarense, ciudad merecedora de mejores y más honestos afanes, se ha dejado ver el presidente Zapatero para regalarnos en su admonición de los viernes, a propósito del affaire Gallardón, que el Partido Popular camina hacia comportamientos “integristas”. Desconocemos, como siempre, a qué se refería en concreto, pero de su aire beatífico y predicador, a caballo entre el discurso de un quelonio embrutecido por las largas estadías tropicales y un resentido vendedor de guano disgustado con su oficio, se puede entender que censura la quiebra de la línea “aperturista” de la derecha española.
Y va y lo dice quien fomenta miserablemente, por ejemplo, el integrismo educativo de nuestros hijos, obligados por leyes que erizarían los pelos del cogote de Monsieur de Montesquieu, a aprender todo lo esencial en lenguas impuestas por decretos normalizadores pergeñados a espaldas del común, que sólo ahora comienza a quejarse. En Galicia, en Valencia, en Baleares, todo aquello lo comenzó un PP timorato, incapaz de defender la obviedad de que debe ser posible aprender en español en todo el territorio, no sólo en Zamora, póngase por caso. Sólo la presión constante, extrema y verdaderamente integrista de los partidos nacionalistas unida a la moral del converso de PSOE y PP, junto a la anuencia de tribunales que les deben su propia existencia, puede explicar que hoy en lugares como Cataluña o Galicia resulte imposible la elección, por derecho constitucional, de idioma vehicular para padres e hijos en la escuela. Y no es solo el idioma, es mucho más, cualquier libro de historia o geografía transita por los territorios resbaladizos de “lo vernáculo” cada vez de forma más acusada. Si a esto unimos la sospechosa implantación de la “Educación para la ciudadanía”…y el adoctrinamiento diferencial, llama la atención la ocurrencia del célebre presidente repartiendo carnets de integrismo desde una de las ciudades más antiguas y acrisoladas de la península.
No existe progresismo alguno en la imposición, menos aún en el consentimiento interesado. Nuevos partidos surgidos de una ciudadanía más que harta de milongas, se han atrevido por fin a decirlo y con toda rotundidad. Bienvenidos sean.
Es posible que sepamos que desde que el mundo es mundo, los líderes políticos han de brujulear en torno a la opinión pública y mantenerse al socaire de la realidad a fin de sustentarse con cierta durabilidad en el poder. Claro que una cosa es constatar esta casi natural tendencia de quien ha de buscarse las habas y otra muy diferente es responder a las preguntas de un periodista con la dialéctica propia de un paramecio aquejado de disfunción bipolar, de una forma elemental a base de carbono privada de cualquier impulso eléctrico que pudiese asemejarse siquiera a la más leve consciencia. La larga entrevista que publicó ayer Pedro J. Ramírez en su diario, nos muestra a un presidente ansioso de durabilidad, fascinado por su propia sombra, incapaz de aceptar uno solo de los muchos desvaríos que han ido jalonando su legislatura.
Pero cuando el asunto se vuelve decididamente grande, tanto que nos hace circular en la lectura entre la conmiseración por la vida eminentemente vegetal y el pánico ante el silencioso retorno de las hordas nazis, es en el momento en que el periodista le pregunta por la situación lingüística en Cataluña, valdría decir también Galicia. Es entonces cuando leemos con asombro creciente que este émulo de los grandes pasteleros de la historia afirma que lo que ocurre con el español en esos territorios es “normal”, tanto como que se denuncie y multe a aquellos comerciantes catalanes que se atrevan a rotular sus productos en semejante lengua, a través de una flamante oficina de delación del uso del idioma español en territorio nominalmente español. En su microbiótica opinión nada de “eso” le consta:
P.- ¿Le parece lógico que haya lugares de España en los que sea imposible escolarizar a un niño en castellano?
R.- En primer lugar, me parece que la coexistencia del castellano con las lenguas cooficiales de las comunidades autónomas ha funcionado razonablemente en estos 30 años de Constitución. Tenemos que defender esas lenguas, darles respaldo, porque el catalán, el euskera y el gallego son lenguas de todos
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P.- Usted me dijo en abril de 2006: «Aunque haya un solo caso, hay que intervenir». Es decir, un solo caso en el que se niegue el derecho a escolarizar en español. Hay un médico, Carmelo González, que da la casualidad de que nació el mismo día y el mismo año que usted
R.- Lo recuerdo.
P.- El llegó a ponerse en huelga de hambre para que la Generalitat escolarizase a su hija en castellano y no lo consiguió. ¿Hizo usted algo para ayudarle?
R.- Sí, sí. Hablé con el presidente Montilla de esta circunstancia y creo que tengo una respuesta que seguramente guardo. La consideración de los responsables de la Generalitat es que en aquel momento no se producía tal discriminación.
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P.- Yo le estoy preguntando por su responsabilidad como presidente del Gobierno. Si se siente cómodo ante las múltiples pruebas de que en Cataluña no se puede escolarizar a los hijos en castellano.¿Eso es aceptable para el presidente del Gobierno?
R.- No estoy de acuerdo con la premisa. Los niños escolarizados en Cataluña hablan, escriben y conocen el castellano. Eso es lo que ocurre.
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P.- ¿Qué le parece que un gobierno presidido por un socialista, miembro de su Ejecutiva, multe a los comerciantes que no rotulan en catalán?
R.- Yo no he tenido quejas de comerciantes.
P.- No me dirá que no sucede. El propio Gobierno de la Generalitat se jacta de hacerlo.
R.- No digo que no suceda. Lo que digo es que no he tenido quejas.
No se puede tener más descaro. Pues que vaya y le cuente todo eso a la legión de padres locales y foráneos que no pueden elegir en qué idioma oficial han de estudiar sus hijos, que se lo diga también, por ejemplo, a este señor, que dice que se marcha, cosa que tampoco extraña:
Ya sabrán que Gabriel Tortella (Barcelona, 1936) es un historiador económico o un economista historiador, que lo mismo da, perteneciente a esa hornada áurea de investigadores catalanes que como Jordi Nadal o Albert Carreras, nos ayudaban desde la editorial Ariel a entender con mayor claridad las vicisitudes del difícil proceso de industrialización en España. He de reconocer que a mí me gusta mucho Tortella, hace ya mucho tiempo leí unas más que interesantes reflexiones suyas en torno a la defensa catalana en 1869 del arancel proteccionista frente a los tímidos intentos liberalizadores de Laureano Figuerola, en los que concluía que más les habría valido a los industriales algodoneros del principado dejarse llevar por el benefactor viento de la libre competencia, que haberse agarrado a la seguridad del proteccionismo, creciendo, decía, “como un organismo natural y no como una planta de estufa”. Corría el año 1994 y el libro se llamó “El desarrollo de la España contemporánea”.
Hoy compruebo que Gabriel Tortella sigue a la suya y no se casa con nadie, sus demoledores artículos en El País criticando los excesos del nacionalismo, por su vocacional cortedad de miras, por su empecinado caminar en contra de la Historia, resultan hoy más pertinentes que nunca. Trasmite esperanza contemplar que personas como Gabriel Tortella no hayan sucumbido ante la apisonadora ideológica que hoy señorea con mano de hierro el universo cultural y político de cualquier territorio extracastellano. Lo fácil hubiera sido lo contrario, vamos que no creo que en un futuro próximo se le conceda a este historiador de pluma ágil y miles de horas de vuelo la Creu de Sant Jordi. Y fíjense, que Tortella, como hijo dilecto de su generación, es un historiador de metodología marxista, que hoy en día resulta ser idéntica a cualquier otra metodología rigurosa, pero que entonces parecía un condicionante ético inexcusable para un intelectual, no hacerlo así sería verse abocado al ostracismo más o menos expreso del mundo académico, ya decía Marc Ferro, que lo de la escuela de Annales era vergonzoso, pues conceptos como “explotación” eran considerados en aquella casa tan naturales e inevitables como “que a la primavera le suceda el verano”.
Afortunadamente, entonces, existe un pensamiento de izquierda que todavía camina libre de prejuicios de campanario, centrado en su afán antropológico. Alivia mucho pensar que existe un universo de rigor y sensatez tras las frases romas de Zapatero, Montilla o Pepe Blanco, empeñados como andan en gobernar un “Estado” con quien sea, bajo la máxima “tras de mí y los colegios de élite de mis hijos el Diluvio”, igual les da si es con los mismos cuyo único fin en este mundo es que el tal “Gobierno de España” deje de existir. Nada que ver con términos como izquierda o socialismo, esto se llama, a lo más, búsqueda del sustento y dominio del cotarro pese a quien le pese. No nos rasguemos las vestiduras, Aznar y los anteriores hicieron lo mismo o parecido, gobierno a cambio de gabelas y normalizaciones. El resultado resulta fácilmente comprobable. Hace poco compartía mesa y mantel con un afamado arquitecto que había impartido clases y conferencias en universidades del País Vasco y Cataluña. En un momento de la conversación, no siempre estamos de acuerdo, más bien al contrario, le dije: “Oye y tú irías a vivir con tus hijos a alguno de esos territorios”; “¡Ni loco!” me respondió. Luego citó algunas de las razones que todos podemos suponer: “¡En Euskadi han llegado a traducirme simultáneamente una conferencia…en español!, de locos, en cuanto a Cataluña, mis hijos no tendrían manera de aprender en la lengua que hablamos en casa”. Lo mismo, exactamente lo mismo, han conseguido ya en Galicia. En fin, el “efecto San Mamés”, a este paso, la tristísima endogamia pseudoétnica dominará por completo aquellos lugares en los cuales el nacionalismo ha hecho fructificar la hiedra de su crónico autismo. Por mí que vayan preparando el Referéndum, Nihil Obstat, ya nos buscaremos un confortable refugio al abrigo de tan insanos humores, todavía queda mucho Mediterráneo, por muchos Paisos que quieran colonizar.