“Espacio Cultura Editores” es un nuevo proyecto editorial que hoy ve la luz, sin urgencias y en tiempos de crisis, producto de la pasión por el arte, la creatividad y la edición, de un grupo de autores provenientes de campos tan diversos como la literatura, la fotografía, la música o la arquitectura. Nuestro fin es editar proyectos en los que creemos, fomentando el largo recorrido y la apuesta por el autor, antes que el éxito inmediato. Aunque nuestro formato esencial será el libro convencional —hemos comenzado con un poemario y un libro de fotografía nocturna—, no descartamos otros, como la edición musical y el e-book.
Nuestra carta de presentación bien quisiera parecerse a aquello que dejó dicho Goethe en una de sus cartas a Schiller: “Cuando no se habla de los escritos, como de los actos, con afectuosa simpatía, con un cierto entusiasmo fanático, queda tan poco que no merece la pena hablar de ellos; la alegría, el placer, la participación en las cosas es lo único real, que a su vez produce realidad; todo lo demás es vano y sólo obstaculiza”.
Proponer obras que tengan consecuencias, evidenciar talentos y disfrutar con la no siempre fácil relación autor-editor son nuestros presupuestos de partida. En ello estamos y en ello seguiremos, quedan todos invitados.
Con motivo de los actos en celebración del Bicentenario del comienzo de la Guerra de Independencia en Galicia, cuando los coruñeses decidieron gallardamente alzarse contra Napoleón, el comité organizador del bicentenario y la asociación de recreación histórica “The Royal Green Jackets” nos han distinguido con la medalla de plata de la batalla de La Coruña. Un gran honor, que desde aquí agradecemos de todo corazón. Ahí tenemos una razón más para pensar que aquella trágica retirada de las tropas de Sir John Moore bien merece una novela, todo se andará. Fue, además, un acto entrañable, donde nos pudimos rodear del calor de viejos y nuevos amigos, los apasionados por la Historia vamos siendo multitud, que siga así por muchos años.
”Seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir." Frase final de “El innombrable”, Samuel Beckett
Bulgaria seis años después es la misma con los Ladas y los Trabant desterrados. Vehículos convencionales, tal vez con menos gadgets que los nuestros ocupan ahora su lugar. Junto a ellos, florece el capitalismo diferencial vía UE en forma de Bentleys, Ferraris y Porsches Cayenne; de estos hay más por hectómetro cuadrado en Sofía que en Madrid o París. Uno podría pensar que resta cierta esperanza alimentaria, pero es un espejismo, no hay modo de librarse de la “ensalada del pastor”: pepino, tomate, una especie de queso feta por encima y la solitaria aceituna negra observando nuestro desánimo desde la cumbre. Luego, era de suponer, pollo en brocheta o a la plancha, con suerte se obtiene un “mixed grill” con diversas categorías de cerdo especiado y hecho picadillo. La imaginación culinaria no puebla el ánimo eslavo, se supone que el desahogo económico todavía tampoco, aunque parecen estar en ello. Puede que sean legión quienes aún no quieren verlo, pero el mundo entero tiende a mostrarse razonable en punto de comercio y negocio, a pesar del todavía incomprensible éxito de las políticas provisoras e ingerentes; Fukuyama piensa que perder la estupidez es cuestión de tiempo, yo también.
Bansko es una estación de esquí que se ha puesto de moda en Europa. Su ubicación es excepcional, un valle alpino encajado entre tres cadenas montañosas, los Pirim allí mismo, y alrededor los amables Rila y los míticos Rhodope, patria del rey de la Tracia. Bansko es otro, se ha construido muchísimo y a precios sin competencia en Europa, uno puede esquiar aquí por un costo más que interesante, si tal, encontrará áspero el carácter eslavo y curioso el que casi nadie se produzca razonablemente en inglés. Pasamos noches inolvidables en el Hotel Bulgaria, bajándonos jarras y jarras de buen cabernet búlgaro, al final la conversación es siempre la misma, Kerry que es profesor y actor en Manchester, cree que restar, más que sumar, proporciona mas satisfacción creativa, por eso preferimos a Beckett sobre Joyce, no acumulemos material en espesos renglones, no hay tanto que decir. Beckett, de permanecer entre nosotros, sería un rendido admirador de la ensalada del pastor, no diremos que es brillante, pero si endemoniadamente minimalista, eso no se le puede negar.
Y es que a partir de hoy podrán encontrar en quioscos y librerías mi novela “El Gran Capitán” también en la versión que acaba de editar Planeta de Agostini para su nueva colección de narrativa histórica. Ya sabrán que se trata de de una selección de 60 novelas recientes, muchas de ellas previamente publicadas por Edhasa, muy bien presentadas, en tapa dura y a un precio excelente.
Como es natural, uno se alegra de que a sus hijos les vaya bien y gocen de larga vida, si me permiten, más en este caso, porque sigo creyendo que las peripecias vitales de Gonzalo Fernández de Córdoba merecen ser recordadas, aunque sólo sea para certificar nuevamente aquello de que el que resiste, mejor si es con ingenio y un punto de humor, gana. Bien que lo demostró, aunque fuese a costa de sufrir la cuartana y los desaires de un rey que parecía apreciar su bolsa más de lo debido.
No ha sido descortesía, Wally, Luis y Berlín saben muy bien lo que se les quiere en esta casa, pero en ocasiones a uno le ocurre como al Adelantado Padilla, cada vez que larga la jarcia para cobrar singladura, algún calvatrueno con aspecto de funcionario le arruina el día endilgándole algún papeleo de los de comenzar hoy y rematar dos meses después, largándole sin misericordia al dique seco y al fregado de carenar. Si a esto unimos contingencias varias de penoso relatar, se comprenderá que por veces uno se pierde entre los papeles, lo que no quiere decir que me olvide de los amigos, uno de los pocos pecados que no pienso cometer en tanto conserve el sentido de las cosas.
Recuerdo que Wallenstein, compañero de batallas historiográficas, me pedía que nombrase las que son para mí las siete maravillas del mundo moderno. Bueno, observarán que él ya ha sacado lo esencial a relucir, así que me dispensarán si me permito citar aquí alguna filia personal de difícil justificación:
1.- Internet, sin duda, ya no podría escribir levantándome a cada pasa para consultar una entrada o un topónimo, por no hablar del Google Earth.
2.- La economía libre, que nos permite, entre otras consideraciones, consumir ron con coca y benzodiacepina sin incómodas restricciones.
3.- Los “media” en todas sus variantes, que en su misericordia nos proporcionan interminables horas de placer tras la dura jornada. Uno puede sobrevivir al día si sabe que al llegar a casa, niños acostados por medio, puede disfrutar cuantas veces quiera con las locuras de Rufus T. Firefly en “Sopa de ganso”.
4.- Ya que estamos, ciertos filmes de Woody Allen, señaladamente: Annie Hall, Hannah y sus hermanas, Manhattan, maridos y mujeres y delitos y faltas.
5.- Alguien me crucificará por esto, pero en fin: La certeza de que el mundo camina hacia una cierta convergencia de sensatez económica y social, a pesar de que muchos se empeñan en mantener usos preindustriales, cuando no medievales, en sus modos de hacer; ya caerán, todos lo hacen, nadie gusta del mal vivir y la demagogia tiene un recorrido muy limitado.
6.- La globalización, si, eso mismo, yo me pido ser de Brooklyn. (Eso Berlín ya lo sabe, cualquier día nos mudamos a la Madison Avenue, pero necesitamos más pasta, no tardará mucho ya).
7.- La certeza de que hoy, más que nunca, cada quien puede cumplir su sueño, si se empeña lo suficiente.
En cuanto a Berlín y Luís Gómez, algo me decían sobre secretos, confesables o no. En fin, ¿Quién es quién? Sobre esto poco tengo que decir, pero alguna cosa podría contarles sobre mí.
Por ejemplo que ser un chaval aplicado y gafoso, paradigma de buena crianza decía de mí mi tío Fernando, aquel marino de los de antaño, perdido en el pandemonium de un patio de juegos atestado de material humano mostrenco, no es perjuicio sino virtud. Gracias a eso uno se vuelve observador y desarrolla la inteligencia emocional, de modo que pocas veces se ha de usar la violencia para espantar desaprensivos. Si, llegado el caso, esto resulta inevitable, conviene, como hicieron mis padres conmigo, que se le matricule a uno en un curso de Judo. Yo acudí catorce años seguidos y nunca he tenido miedo desde entonces, mis compañeros de patio si.
Esto no quita que siga siendo uno de los tipos más torpes con las manos que puedan existir en el planeta, mi falta de pericia me ha llevado a electrocutar gravemente, sin quererlo, a un radiotelegrafista, me alegra saber que vive todavía. No obstante, conseguí, jugando con las poleas que sostenían sus piernas, lesionar a nivel de minusvalía grado severo según baremo de la Seguridad Social a una tía previamente lesionada por un trolebús, hace treinta años de esto y sigue sin hablarme; tirar una fuente enorme de lacón con grelos sobre el abrigo de visón de la madre de un amigo, chocar repetidamente a la vuelta de la esquina con el mismo vecino, que ahora usa ya bastón; lograr que mi editor no quiera volver a montar en mi coche jamás —dice que voy despistado y señalando cosas— o conseguir que mis amigos me tengan prohibido servir las copas en las noches de poker, eso salgo ganando. Con todo, el destino es así de juguetón, guiso bien y nado y buceo mejor que la mayoría.
La pasta es para subsistir y comprar chorradas a los niños, que me hace gracia, pero lo que importa de verdad es el favor de las damas, yo visto siempre igual y consumo como un biscuter; pero las damas, ah amigos, le confieren a uno su razón de ser, ahora y siempre, en esto me gustaría parecerme a Picasso, por la bronceada longevidad en Antibes, se entiende. La feminidad es un misterio que conviene cuidar, créanme si les digo que no hay nada más. Hace uno días, triscando por la red, encontré este video de la ELO. En mis tiempos Jeff Lynne y la ELO pasaban por horteras, claro que entonces no habíamos comprendido la verdadera extensión de la palabra, en realidad, para los baremos de hoy en día, eran unos maestros de la música electrónica. Pues bien, tras Jeff Lynne, que siempre tenía esa pinta imposible de licántropo, aparece haciendo los coros Rosie Vela, esa forma de moverse, esa dulzura incomparable, eso, justamente, es de lo que hablo, las damas son una bendición, que nunca nos desamparen.
Y ahora, espero no incomodarles con esto, traslado el envite a dos de mis bloggers favoritos, dos tipos con cuya lectura disfruto cada día más, son Ignacio y Rafa Herrera, a ver que nos cuentan, les aseguro que no tendrá desperdicio.
Corría el año de gracia de 1990, hallábase el que suscribe becado en Estambul en compañía de su primera, alongada y rubicunda ex-mujer, cuando una noche al comité organizador le pareció una buena idea conducirnos a los estudiosos a una de esas horribles cenas-dancing para turistas que suelen incluir un trasunto de danza del vientre.
Tras la cena, también horrible, el speaker decidió dedicarnos una canción, iba a arrancarse con el “Que viva España” pero descubrió a tiempo que corría un run-run de desaprobación por la platea. “Menos mal, nos dijimos mi particular Sharon Stone y yo, nos va a ahorrar el papelón”. Pero no, el speaker se dirigió al público embargado por cierto azoramiento y preguntó tembloroso: ¿españoles? Nooooooo, se oyó por toda la sala ¡catalanes! ¡Somos catalanes! Era cierto, de todos los becados, los únicos que no procedíamos del Principado éramos nosotros, los demás venían de la entonces cosmopolita y modernísima universidad catalana. El speaker sonrió satisfecho y sin esperar a más comenzó a entonar con furia la célebre: “Baixant de la Font del Gat una noia, una noia; baixant de la Font del Gat una noia i un soldat. Pregunteu-li com se diu, Marieta, Marieta, ...”; en fin, ya conocen el resto. En la platea cundió el entusiasmo y el palmoteo cerril, fue entonces cuando me dije que era un alivio haber prescindido del turre del “viva España” en una noche perfecta entre los callejones de la Sublime Puerta, pero claro, tampoco habíamos ganado mucho con el cambio, aquellos elitistas universitarios eran tan catetos como de oficio se nos supone a otros peninsulares de a pie.
Ni que decir tiene, Sharon y yo decidimos prescindir de la compañía “diferencial” para perdernos juntos entre las sombras, más allá de la Plaza Taksim, entre miles de bigotudos expectantes, aquella noche decidimos ser de ninguna parte.
“El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro gesto y desapareció la injusticia, hizo otro gesto y se acabó la guerra. El político hizo un gesto y desapareció el mago”. (Woody Allen).
Vaya por delante que no me fío de quien detesta la Navidad. Igual hasta puedo comprender muchas de sus argumentos, pero seguiré sin fiarme. Hay que tener mucha bilis en el cuerpo para no encontrar alguna razón por la que merezca la pena sentarse en torno a una mesa con los seres que, mejor o peor, te acompañan en la vida. Siempre he creído que el final de diciembre señala una especie de punto y aparte en nuestro atolondrado devenir que conviene aprovechar. Sí, ya sabemos todo eso del gesto automatizado, del rito mil veces repetido, del alocado dispendio en los grandes almacenes y, aún con todo, sigo pensando que esos días de reencuentro, de espacio compartido en torno a los iconos que gobernaron nuestra niñez, hace mas bien que mal al mundo.
A veces me pregunto como les irá en Nochebuena a los que viven consecuentemente con sus ideas y por lo tanto no creen conveniente celebrar fiestas contrarias a la objetiva y laica razón. No lo sé, pero me los puedo imaginar carcomidos por el rigor de su pensamiento, latilla de sardinas en ristre, procurando obviar el alumbrado urbano y el sonsonete de villancicos que deambula por las calles del centro. Debe ser muy duro ser consecuente, yo no lo soy y me va muy bien así, abonándome a toda cuanta francachela de amigotes me cae a la mano, todo cuanto reencuentro familiar se me ofrece, las correspondientes cenas de empresa, las visitas a los belenes, las cabalgatas de Reyes, Papa Noel o Santa Claus o quien demonios sea y esas inolvidables tardes al amor de la lumbre disponiendo en orden cartesiano los infectos adornillos que celebran el feliz natalicio del niño de Belén. ¿Qué se la va a hacer?, uno es así de tornadizo.
Tengo para mí que no soy el único, cuando mi admirado Berlanga parió en 1961 la epopeya de Plácido, aquel infeliz que transportaba para la empresa de ollas “Cocinex” todo lo que se le mandaba a bordo de su motocarro engalanado con la estrella de Oriente, ya fuese una compañía de cómicos venidos a menos, el cadáver de un desgraciado que había decidido morirse en mitad de la campaña “siente a un pobre a su mesa” o una untuosa cesta de Navidad que, naturalmente, al final no sería para él, dejó en nosotros la clara consciencia de que el miserable lenguaje del poder no cambiará jamás, pero también, en el momento en que finalmente Plácido consigue pagar la primera letra del motocarro, llega a su humilde morada y apaga por fin la luminosa estrella que ha paseado por toda la ciudad, en ese instante en que la cámara funde en negro, sabemos que en aquella casucha sin esperanza se han juntado unos cuantos corazones para agradecer que siguen vivos y que se quieren por encima de toda contingencia. Bueno, yo creo lo mismo, me siento con los que me quieren y con los que quiero, soy muy consciente de que no lo podré hacer siempre. Con que, Feliz y venturosa Navidad.
Pero, ¿qué quieren?, el Capitán y aquellos soberbios locos de los que se hacía acompañar eran así, barbudos, feos, taimados, pestilentes, de humor tornadizo; pero gastaban sufrir generoso. Solían pasar hambre, porque pagaban con lo suyo y lo ajeno las guerras que les encargaba su rey; le entregaron dos veces un reino, Fernando de Aragón nunca se lo agradeció del todo, igual no pudo hacerlo o no encontró la manera.
He pasado tres años muy entretenido con sus afanes, contemplando el tino y la sensatez de Gonzalo de Córdoba, las locuras poliorcéticas de Pedro Navarro y las gestas un punto increíbles del gigantón Diego García de Paredes, de las que el mismo Cervantes se vio obligado a dar puntual cuenta. Me cuesta separarme de ellos y de todos los demás, César, el Borgia mayor, Bayard, el caballero sin tacha y sin reproche, Pedro, el peor de los Medici; yo creo que hasta echaré de menos al hebreo León Abravanel, pese a su discurso imposible y sus extrañas antiparras de casco, claro.
El Gran Capitán
Editorial EDHASA
Salida: Octubre 2006
Formato: 15 x 23,3 cm
Encuadernación en tapa dura con sobrecubierta
y punto de lectura
640 páginas
ISBN: 84-350-6126-4
Esto se cuenta en la contraportada:
Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán (1453-1515), se cuenta entre los más grandes personajes de nuestra historia y es uno de los más misteriosos. Hombre paradigmático de su tiempo, sus célebres cuentas siguen siendo aún hoy un enigma y su carrera militar está también llena de claroscuros. Mediante el relato de sus principales aventuras por Al-Andalus, Grecia e Italia y la exploración de las relaciones que estableció tanto con los aguerridos hombres que le acompañaron como con sus más acérrimos enemigos, Juan Granados traza un colorista retrato no sólo de un hombre fascinante, sino también de un momento crítico de nuestra historia.
La pericia en la narración de acciones, la solidez de los personajes y el talento para captar el espíritu de una época que tanto destacó la crítica en Sartine y el caballero del punto fijo vuelven a brillar aquí con toda su intensidad. El Gran Capitán confirma a Juan Granados como uno de los autores de novela histórica más interesantes de nuestros días.
“Muy ilustres bebedores, y vosotros, galicosos muy preciados -pues a vosotros y no a otros están dedicados mis escritos-” dejó dicho Rabelais en el introito del Gargantua. Así es, así debe ser, los que me conozcan por otras vías sabrán ya que escribo según me parece y manda la circunstancia. Errado o no, hablo de lo que veo, y si a pesar de lo que se deba decir la Tierra se mueve, pues… E pur si muove! ¡Qué le vamos a hacer! Al fin, no entra en mis cálculos vivir a costa del procomún, yo no se bailar. Aunque, no es cierto del todo, bailo muy bien una canción de aquel genial Phil Oks, ya casi nadie se acuerda de su guitarra desafinada y su voz imposible, la canción se llamaba “Love me, love me, I’m liberal”.
Juan Antonio Granados Loureda (A Coruña, 1961) se licenció en historia moderna en la Universidad Compostelana en 1984, ampliando luego estudios de doctorado en Madrid y obteniendo la especialidad en historia económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia). Su labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y últimamente en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de ello han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años.