Publicado en ABC-Galicia 15/11/10
Ocho años después, el regusto amargo que dejó en todos nosotros el malhadado cascajo portador de la ruina negra aún no se ha disipado del todo. Poco hemos aprendido de todo aquello, este país acostumbrado a vivir del óvolo público nunca ha llegado a comprender que los verdaderos culpables del desastre fueron los responsables del flete de un buque que jamás había debido zarpar en aquellas condiciones. Pocos se han preocupado de indagar, por ejemplo, que de haberse estrellado contra la costa, el entramado de seguros que amparaba y todavía ampara a aquellos desalmados, hubiese podido imputar todo el costo del desastre al gobierno español. En países con menos remilgos garantistas como Estados Unidos, el responsable de estas cosas es siempre el titular del buque, no aquellos que hacen lo que pueden por evitar una catástrofe. Claro que el estilo anglosajón, tan retrógrado él, tiende a poner en valor la responsabilidad del individuo, como principal forjador de su destino, en vez de fiarlo todo al amparo público como aquí nos ocurre, donde la permanente injerencia del aparato estatal anula cualquier atisbo de responsabilidad individual. Al final, Juan pueblo se hace cargo de la cuenta y a otra cosa.
Así, de entrada, los costos del salvamento han corrido a cuenta de todos los españoles, ya cobraremos cuando las ranas críen pelo o cuando los ejemplares propietarios de aquella ruina flotante se apiaden de nuestro gobierno y decidan pagar lo que deben. Lejos de unirnos ante tal atraco, los gallegos hemos regalado al mundo una tristísima imagen de desunión, utilizando una catástrofe que pedía lo mejor de cada uno de nosotros para iniciar una verdadera intifada preelectoral de la que muchos guardamos un tristísimo recuerdo. Se nos obligó a contemplar como sujetos como el célebre capitán Mangouras, cabeza visible de aquella mafia marítima internacional, era sacralizado por el cártel de la cultura oficial para utilizarlo como tótem político, en tanto se ocupaban de subir a autobuses a miles de escolares gallegos, conducidos a formar hileras de protesta bufa contra no se sabía quién ni qué. El tiempo ha demostrado que aquella agitación partía de premisas más bien bastardas, producto de ideologías de manual, conceptos mal aprendidos y ansias de poder peor disimuladas. ¿En qué ha parado toda aquella “mintira masiva” que diría el inefable José Blanco? Se podría afirmar que en menos que humo, en nada. Si cabe nos resta tan solo una cierta sensación de vergüenza colectiva de la que costará olvidarse
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
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Mª Rosario Aldaz Donamaría
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Julián Moreno Mestre
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