ABC-Galicia. 24/05/2010
En una reciente encuesta llevada a cabo por la universidad de Salamanca, se evidencia lo mucho que ha mejorado el concepto mutuo entre españoles y portugueses. Prácticamente la mitad de los habitantes del país vecino estarían dispuestos a algún tipo de unión con España, propugnando una especie de “Federación Ibérica” que unificase la Península, siquiera bajo una administración descentralizada.
Portugal es país viejo y cargado de historia, es una hermosa carabela que navega el atlántico de airosa bolina. Sus habitantes se caracterizan por la discreción y la dulzura de carácter. Su idioma, seseante y cantarín, es de los mejor timbrados de la tierra, pensado para charlar amigablemente, en voz queda y sin molestar. Pocas ciudades europeas poseen el encanto y la emotividad de Lisboa, Oporto o Coímbra, tampoco su gastronomía y casi nadie la prosa de Antonio Lobo Antunes, el silente psiquiatra de Benfica, aquel que dijo una vez: “El libro está terminado cuando no te quiere más. “o “Cada mujer es la primera mujer”.
Si, españoles y portugueses hemos vivido demasiado tiempo de espaldas. En 1640 se hartaron de Felipe II e hicieron rey al duque de Bragança, retornando a su permanente soliloquio con el océano. Ahora, tal vez, comienzan a ver que no éramos tan diferentes, que en tiempos de Unión Europea poco cuentan ya fronteras y castillos defensivos. Sean en buena hora estos gestos de hermandad y mutuo entendimiento. Signos de ello existen por doquier. Esta Semana Santa, de camino, por cierto, a Oporto, me sorprendió contemplar los negocios de la fortaleza de Valença do Minho engalanados con centenares de banderas rojigualdas. Luego supe que era una amable forma de agradecer a los servicios de salud de Tui su disposición a atender a los vecinos de la comarca de Valença, ahora un tanto abandonados por su propio régimen médico nacional. Fue algo bien hermoso de ver para el común paseante, no así para los nacionalistas gallegos que iban cayendo por allí en aquellos días. A uno no le cuesta imaginar el riesgo de apoplejía vernácula que le podría sobrevenir, póngase por caso, a nuestro colérico presidente de la Real Academia Galega. Ni un litro de tila alpina aplicado en vena podría aplacar el cabreo inmenso de Méndez Ferrín, aplastado por el peso de centenares de banderas españolas exhibidas sin miedo ni pudor en el país que los redentores nacionalistas vienen considerando como su casa matriz. Y es que, amigos míos, para nuestros vecinos portugueses, todo lo que está más allá de la raya es, simplemente, España, lo ha sido siempre, aún no entienden de mitologías y liturgias, más bien les traen al fresco. A ver quien les explica ahora que si sus hijos quisieran cursar el bachillerato en español, podrían hacerlo sin problema alguno en Casablanca, Albuquerque o Quezon City, pero no desde luego en la vecina Tui.
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín