Publicado en Entre Brumas ABC-Galicia; 17/05/10
Monsieur le Président, ¿Me permitís que, agradecido por la bondadosa acogida que me dispensasteis, me preocupe de vuestra gloria y os diga que vuestra estrella, tan feliz hasta hoy, está amenazada por la más vergonzosa e imborrable mancha?
Comienzo del J’Accuse, Émile Zola
Los funcionarios públicos están, estamos, más que acostumbrados a caminar al ralentí de la economía. Los cálculos comparativos entre los magros incrementos salariales de este colectivo y las subidas del IPC, muestran como tan sólo en los últimos veinte años los empleados públicos han perdido más del 22% de su poder adquisitivo, al asistir cada mes de enero a subidas salariales sistemáticamente establecidas por debajo del coste de la vida. A veces ha sido aún peor, como ocurrió con las congelaciones salariales de 1994 gobernando Felipe González y 1997, con un gobierno ya presidido por José María Aznar, con Mariano Rajoy, por cierto, como ministro de Administraciones Públicas.
Los datos demuestran que el colectivo funcionarial pervive condenado a vagar mansamente por el camino del menosprecio al que le somete la bien alimentada y mejor pagada casta política. Contrasta esta cicatería estructural con las grandes palabras que se escuchan en las mesas sectoriales, donde los representantes del gobierno de turno hablan de “dignificar la función pública” y de incentivar un trabajo al que, en general, no se le ve más horizonte que el mediano pasar. Es más, cada vez que se menciona ante la sociedad civil la posibilidad de largar algún palo, vía BOE, al colectivo público, quien no aplaude, jalea. Se habla, por ejemplo, de un estamento privilegiado al que conviene atar corto. Y esto tiene bastante gracia, los que acceden a su trabajo en función del binomio mérito y capacidad, a través de pública oposición, no son privilegiados, sino ciudadanos que se han tomado más de una molestia para labrase un futuro, cosa que otros diletantes muchísimo mejor pagados por el propio Estado no pueden decir. A menudo, el mérito de los abstrusos bachilleres que nos gobiernan comienza y termina con la posesión de un triste carnet, que les facilita el camino hacia una vida de lujo y oropel, con sueldos, prebendas, canonjías y jubilaciones que representan sin ambages un verdadero atraco social.
Los funcionarios saben, sabemos, todo esto desde siempre, asistimos a los cambios de gobierno con un leve encogimiento de hombros y la mirada más bien indiferente. Pero hasta ahora creíamos saber que, al menos, nuestro sueldo, pactado por contrato tras un acceso al servicio público, nunca sería más bajo mañana que ayer. Pues bien, tras la desahogada intervención de Rodríguez Zapatero del pasado miércoles sabemos que todo puede empeorar, que se nos bajará la mesada una “media” del 5% y todo lo que venga detrás. Lo que significa saltarse una línea que una nación civilizada jamás puede traspasar, poniendo a la función pública española a la altura de las estructuras tribales de Lesotho, póngase por caso, donde ya nadie sabrá lo que el mañana le pueda deparar porque el gobierno no es dueño de sus actos, ni responsable de sus deberes. Más allá del daño económico aquí se debe hablar de menosprecio a la función pública, asistimos directamente al escenario de una degradación, protagonizada por un sujeto inconsistente y verdaderamente tóxico para el bien común y la paz pública. En días así uno puede comprender cómo debía sentirse el capitán Alfred Dreyfrus cuando se vio injustamente despojado de su dignidad en el patio de la “Ecole Militaire” de París. Entonces, sólo un valiente Émile Zola se partió el pecho en su defensa desde las páginas de Le Figaro, nosotros ni esa suerte tendremos.
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"Encima" dice, qué gracioso, como si nos lo regalaran, qué país
Trabajar es salud,y encima cobraís como mínimo 1000 euros al mes. De verdad os importa que os rebajen una miseria a cambio (supongo) de ver prosperar vuestro país? Que acaso os estan amenazando continuamente de dejar de cobrar la pension?
Viernes, 1 de junio
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