Y sin embargo se mueve… Un blog de Juan Granados

Antonio García Patiño, in memoriam

29.03.10 | 17:16. Archivado en Arte

Artículo publicado en ABC-Galicia 29/03/10

Hace algunos años que me he mudado de barrio, nada más llegar caí en la cuenta de que había tenido suerte. Sin buscarlo, es verdad, he sentado el campamento en una manzana vecinal afortunada, una especie de “Barrio Sésamo” donde todo lo necesario se encuentra a un tiro de piedra y los vecinos todavía se conocen por sus nombres. A menos de cincuenta metros pervive la vorágine, el tráfico y el murmullo incesante de la ciudad, pero sólo con doblar un par de esquinas uno desemboca en una especie de Arcadia feliz donde no parece pasar el tiempo, ni falta que hace.
Pero mi suerte no acaba aquí. Porque en vez de tener en el bajo de mi inmueble el consabido garaje o colmado o peluquería de señoras o la tienda de novedades o lo que sería mucho peor un ruidoso pub o bar de copas o como quiera que se llame el tugurio que toque soportar con mas paciencia y resignación que entusiasmo; resulta que en el bajo de mi casa se encuentra el estudio de pintura de Antonio García Patiño, que nos ha sido arrebatado tras una larga enfermedad.
No es necesario que loe aquí las bondades pictóricas de un autor consagrado como él, los lectores las conocen bien, pero sí me gustaría dar cumplida cuenta del impacto vital que uno experimentaba cuando aprendía a conocerle bien. Porque a través de los ojos de García Patiño uno podía comprender que en una vida caben otras mil, que es posible vivir de tu propia capacidad creativa en el Hotel Plaza de Nueva York el tiempo que te apetezca y luego volverse a patear el barrio con la misma socarrona tranquilidad con la que lo has dejado meses atrás, así, sin más, para volver a tomar café con tus vecinos del segundo o, por ejemplo, con el académico Francisco Rico o el editor Manuel Moleiro, si alguno de ellos se presentaba por allí primero.
A Patiño siempre se le veía inquieto, de aquí para allá, aprendiendo cosas con espíritu de cadete renacentista, como si acabase de nacer. En cuanto tenía oportunidad te cosía a preguntas: “Oye Granados, ¿a quien se puede leer estos días?” y comprobabas como procesaba tu apurada respuesta con diligencia por ver si la información interesaba o resultaba irrelevante.
Sé que ahora, después de transformarse por breve tiempo en Obispo de Lugo por gracia de la última producción fílmica de Antón Reixa, andaba Patiño, como un Donatello o un Verrocchio revivido, muy atareado con la idea de plantar estatuas por las plazas de Galicia, congeniando siempre la rotundidad casi románica de su escultura con la increíble sensualidad de sus damas en óleo sobre lienzo.
Reparo en una de estas inalcanzables mujeres suyas, que hoy ilumina mi casa, recuerdo el día en que me regaló aquel cuadro, siempre sonriente, generoso y despreocupado como era. Me sirvo un trago largo y brindo por ti, Antonio, amigo mío, dondequiera que sigas haciendo luminosas trastadas, pergeñando sueños, animando la vida, bien que te echaremos de menos.


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