
Nuestra nueva publicación para la editorial Nowtilus verá la luz el 14 de septiembre. Aquí les dejo un breve excurso con las intenciones del proyecto:
La obra que aquí presentamos plantea una visión general, documentada y atractiva de una dinastía, la borbónica, tan poderosa y controvertida como longeva en el tiempo. Desde el mismo acceso al trono de Felipe de Anjou tras la Guerra de Sucesión se hicieron patentes las sonoras diferencias que mostraba en sus gestos de gobierno con respecto a sus antecesores los Austrias. Modos de administrar el poder que procedían de una mentalidad diferente, heredera del Rey Sol. Usos de dominación en fin, basados en el progreso sin ambages de una monarquía absoluta atemperada bajo los cánones racionalistas y utilitaristas del que luego se dio en llamar Despotismo Ilustrado. No faltaron manos para desarrollar el proyecto, con un Felipe V melancólico, un Fernando VI demente en los últimos años de su reinado y un Carlos III amante del ocio y la cinegética, el célebre reformismo borbónico, fue sobre todo cosa de “hombres del rey”, bien imbuidos del espíritu reformista que procedía allende los Pirineos, personalidades con sentido de estado como Patiño, Ensenada, Carvajal, Aranda o Campomanes; siempre presentes en el imaginario popular.
Concepciones del poder aparte, la obra pretende desentrañar las claves socio-biográficas que hacen de los Borbones una casa real tan peculiar. Resulta evidente la facilidad para la polémica que mostró la dinastía a lo largo de los siglos XIX y XX. Un aspecto esencial y característico del mundo Borbónico que la obra tratará de reflejar con toda amenidad. De hecho, el lector recordará como el reinado de Carlos IV supone, en muchos sentidos, el inicio de la quiebra del Antiguo Régimen en España. La muerte del rey reformador Carlos III en diciembre de 1808, trajo al poder a su hijo Carlos, quien bien pronto mostró su tendencia pusilánime a la hora de tomar las riendas del Estado, entregando los resortes del poder a un favorito, Manuel Godoy, cuyo único y dudoso mérito era el ser amante de la reina. Este gobierno anómalo y en franca decadencia fue el encargado de afrontar la situación de crisis global planteada en toda Europa por los acontecimientos revolucionarios en Francia, un nuevo estado de cosas bullente y cambiante que aceleró el final del imperio español y el inicio de la revolución liberal, punto de referencia de todo nuestro siglo XIX. Desde los sucesos de Bayona, con el bochornoso espectáculo de padre e hijo enfrentados, entregándole un reino al árbitro de Europa, los Borbones españoles no han cesado de aportar motivos para la polémica: tres guerras carlistas causadas por la indignación de un pretendiente, una reina Isabel II, castiza y liberal, entregada al poder de los “espadones” de la milicia. El campechano Alfonso XII que presidió aquel período de larga estabilidad que llamamos “la Restauración”, que su hijo Alfonso XIII arrojó por la borda porque su pueblo nunca le perdonó haberse entregado al arbitrio de una dictadura…Y, por último, Juan Carlos I, encargado de restañar heridas y encauzar el país hacia su definitiva modernidad.
De este modo, la obra se propone congraciar la divulgación rigurosa con el rescate del anecdotario olvidado de los Borbones. Aportando una memoria actualizada de aquellos personajes plenos de singularidad. Viendo con detalle qué hay de mito y qué de realidad en todas aquellas jugosas habladurías de la corte. Memoria, en suma, de una dinastía, pero también la de todos nosotros, testigos de sus cuitas y sus éxitos; una historia que nos explica como españoles.
Artículo publicado originalmente en ABC-Galicia,15/03/10
23 de mayo de 1845. Eran los tiempos de Narváez en el poder, al frente del liberalismo moderado. Por entonces un brillante ministro de Hacienda, Alejandro Mon, auxiliado por su incansable director general de rentas, Ramón Santillán, echó a andar la reforma fiscal más ambiciosa y más duradera de nuestra historia. Falta que hacía, hasta aquel momento el país se iba manteniendo a costa de la aplicación de las categorías fiscales heredadas del Antiguo Régimen, inarticuladas y la mayoría absurdas, que no ayudaban en nada al progreso del estado liberal. De hecho, y como venía siendo habitual, el estado se encontraba al borde de la bancarrota, la deuda alcanzaba ya los 2.500 millones de reales y se incrementaba en otros 200 a cada año que pasaba. Los funcionarios cobraban sus sueldos con un año de retraso y las clases pasivas con casi dos. Ante aquel desastre, Lo primero que planteó el binomio Mon-Santillán fue, amén de consolidar la deuda y garantizar su respaldo, iniciar un cambio impositivo radical, sustituyendo la nebulosa de impuestos vigentes por un sistema más racional, basado en la creación de una serie de cargas directas (contribución rústica, urbana y subsidio industrial y de comercio) y otras indirectas, señaladamente la de trasmisiones de bienes y la de consumos.
La propuesta era, sin duda, bastante sensata, aunque muy pronto se pudo comprobar que el sistema flaqueaba en uno de sus pilares. El impuesto de consumos, indirecto y por ello esencialmente injusto, gravaba severamente un buen número de artículos de uso cotidiano, las célebres “especies de comer, beber y arder”, que ponía por las nubes los precios finales de productos tan esenciales como los huevos, la leche, el aceite, el vino o la misma leña para la lumbre. Las entradas de las poblaciones se poblaron de fielatos y consumeros atentos al menor trasiego de mercancías, sortearlos llegó a ser algo así como el deporte nacional. Nunca un impuesto fue tan odiado, ni tan perjudicial para el comercio. No obstante, pervivió en el tiempo, bajo uno u otro nombre, a lo largo de nuestra historia. Los tumultos y revueltas contra este tipo de imposiciones se hicieron habituales en todas partes, con incendios de fielatos y asaltos a ayuntamientos.
En Galicia persiste todavía la memoria de los cacheos a los campesinos que acudían a vender sus productos a los pueblos y los motines que causaban estos actos. En 1892 las lecheras viguesas llegaron a ponerse en huelga en tanto no se bajase la tasa que debía soportar su mercancía, lo mismo hicieron las pescaderas de las rías y los vinateros del Ribeiro. Evidencias todas de hasta que punto la población consideraba repugnantes los consumos por su extrema regresividad que los hacía verdaderamente indefendibles.
De entonces aquí, no ha mejorado el cartel de la imposición indirecta, no solo porque resulte evidente su falta de equidad ante fortunas y situaciones económicas muy diversas, sino también porque representan un permanente lastre al fluir económico, retrayendo el consumo, fomentando la economía sumergida y esclerotizando las relaciones comerciales. Subir hoy el IVA, sigue significando lo mismo, en nada nos ha de ayudar y más de uno sufrirá duramente el rigor del aumento sobre su medio de vida. Por mucho que el gobierno de Rodríguez Zapatero ponga por delante absurdos, como el pago de las prestaciones por desempleo, para justificar unas necesidades que vienen del dispendio público y no de otra cosa, la subida del IVA seguirá siendo un mal apaño y claro ejemplo de cómo se utiliza la actividad presupuestaria como administradora de privilegios sin cuento, que no hará falta ni señalar. Permítanme, pues, que remate este artículo con una cita de Antonio Escohotado, que suena, ¿porqué no? A rebelión cívica: “En vez del “yo os salvo de vuestros enemigos”, divisa del Ancien Régime, las Constituciones comerciales prometen “yo os cubro de injerencias arbitrarias”. (Sesenta semanas en el Trópico)
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín