Y sin embargo se mueve… Un blog de Juan Granados

El año del tigre

16.02.10 | 11:43. Archivado en Actualidad

Entre brumas

El año del Tigre (ABC, lunes 15 de febrero, 2010)

Los industriosos chinos celebran el año nuevo amparados en la extraña mueca de sus dragones de cartón. Cuentan ahora con el Tigre como tótem de la ansiada prosperidad y, como siempre, le sacarán cumplido partido. La egolatría occidental suele considerar estas sonoras procesiones de renovación como simplonas manifestaciones folclóricas, tan inocentes como inútiles. Y no obstante, los chinos saben que sus celebraciones de año nuevo tienen sentido, un único y esencial sentido. Se trata de recordar a quien todavía quiere escuchar que lo único que importa en el negocio es el éxito, que el único método que existe para distraer a la miseria es remangarse cada mañana, armarse de valor, encomendarse a los antepasados y vender más caro lo que ayer has comprado con esfuerzo y un nudo de duda arrasándote el estómago. Así de simple y así de elemental. Es con sentido común como los asiáticos han sabido sobrevivir a casi cualquier cosa, aún a pesar de sus gobernantes salvadores que un mal día quisieron aplicar ideologías importadas al discreto fluir de sus vidas.
Ideología y prosperidad, términos a menudo antagónicos; es difícil progresar arrastrando ideas preconcebidas y tabúes tribales acumulados al fondo de la faltriquera. Nuestro luminoso presidente Rodríguez Zapatero arguye que su ideología le impide pactar según con quien, aunque más parece capaz de pactar con todos, hasta con el mismo diablo, antes que con aquellos que, más pronto que tarde, acabarán desalojándole de ese nido del águila en el que ha convertido La Moncloa. Cuéntenle esto a un chino, verán que risa le da. O mejor, cuéntenle que en el principio había en Galicia dos cajas de ahorros, una al norte y otra al sur, que como otras muchas cajas españolas arrastraban problemas de solvencia y estaban condenadas a fusionarse o desaparecer y explíquenle, si pueden, que la basura mental que hemos acumulado durante siglos, nos obliga a diseñar una nueva entidad financiera que no precisa aparecer especialmente eficaz, limpia o aseada; lo único importante es que ha de ser gallega, patriota de raíz, de la factura, vía impuestos, ya nos ocuparemos los de siempre.
El chino puede encomendar su suerte a rechamantes dragones de cartón, pero jamás olvida que tras el efímero andamiaje de la gran marioneta que porta cada mes de febrero, no hay más que humo y papel pintado. Las alharacas festivas jamás le distraerán de su afecto al comercio. Somos nosotros los que nos hemos divorciado de la realidad, desde que el Romanticismo alemán inoculó en la espesa sangre de la vieja Europa aquella bagatela del “espíritu de los pueblos”, nosotros, tristes émulos de Fichte, de Schiller, diríase que de Ricardo Wagner, transitamos por el mundo con el “nosotros y ellos” a cuestas, nunca el rey caminó tan desnudo, ni dejó a su paso tantas facturas sin pagar.


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