Y sin embargo se mueve… Un blog de Juan Granados

¡Bebe quieto! Le decía…

22.02.10 | 22:30. Archivado en Actualidad

Entre brumas

¡Bebe quieto! Le decía… (ABC-Galicia, lunes 22 de febrero de 2010)

Andan los coruñeses a vueltas con el non nato y sin embargo célebre Plan General de Ordenación Municipal. Se cuenta que las alegaciones presentadas por los vecinos amenazan con sepultar los registros municipales bajo toneladas de papel; impresoras y fotocopiadoras echan humo por toda la ciudad, mientras desde María Pita se trata de calmar la indignación vecinal con circulares tranquilizadoras. La culpa de tanto revuelo la tiene una expresión fatídica: “Edificio fuera de ordenación”, coletilla más bien estigmatizadora que, visto el Plan, afecta a casi cualquier propietario del casco urbano coruñés, “bien por su altura, bien por su volumen”, que diría el inolvidable Georges Brassens.
Es así que, a juicio de gestores administrativos y registradores de la propiedad, que algo saben de esto, el hecho de que a una propiedad se le aplique el baldón de “fuera de ordenación”, implica que se limita al propietario la posibilidad de efectuar obras que no sean menores o de estricta reparación, se le reduce en torno al 20 % el valor catastral de su vivienda, permite a los bancos exigir garantías adicionales a la hora de otorgar un crédito hipotecario y hasta faculta a las aseguradoras para que ajusten a la baja sus indemnizaciones. Pero, naturalmente, esto no es lo peor, cualquiera puede entender que si un inmueble ve limitada la edificabilidad del solar sobre el que se asienta, el día que se vea derruido, los propietarios verán gravemente mermado el valor de su patrimonio, un patrimonio único en muchas ocasiones y desde luego el más importante las más de las veces.
Es decir, que el ayuntamiento herculino, con sus aventuras urbanísticas ha planteado un verdadero órdago a la ciudadanía, que ahora, con urgencia trata de enmendar con una circular emitida por la concejalía del ramo, en la que afirma que nada de esto sucederá. Puede que no, pero por el momento el PGOM, o sus preliminares, ha sido publicado en el Diario Oficial de Galicia. Pretender aquietar las conciencias contraponiendo a éste una especie de nota informativa es mucho pretender. El procomún transita más que harto de planes, contraplanes y globos sonda y se fía lo justo de sus iluminados gobernantes, que, anclados en las utopías constructivas, diseñan su futuro a costa de la sufrida ciudadanía. Bien está que por una vez se apliquen los munícipes en la planificación de una ciudad de agradable discurrir, pero nunca a costa de los menguados ahorros de quien ha adquirido su inmueble de buena fe y con todas las bendiciones legales otorgadas por los mismos que ahora lo declaran fuera de ordenación. El señor Busquets, tenido por el padre del plan, ha debido tener en mente una ciudad ideal, como la tuvieron Platón, Plutarco, Tomás Moro o Campanella; pero se entienden mal algunas de sus propuestas, por ejemplo su empecinamiento en contra de las alturas en lugares francamente metropolitanos, casa mal con el urbanismo propio de los centros financieros y de negocio de casi todas partes, él y el alcalde Losada sabrán de donde les viene tal empeño que quien suscribe no alcanza a comprender. En el ínterin, los coruñeses harán bien en mantenerse atentos, cada vez que releo la circular tranquilizadora emitida por el ayuntamiento, me viene al magín el cuento aquel del avispado perro del Nilo, ¿recuerdan?: “¬— ¡Bebe quieto! — le decía un taimado cocodrilo”…


El año del tigre

16.02.10 | 11:43. Archivado en Actualidad

Entre brumas

El año del Tigre (ABC, lunes 15 de febrero, 2010)

Los industriosos chinos celebran el año nuevo amparados en la extraña mueca de sus dragones de cartón. Cuentan ahora con el Tigre como tótem de la ansiada prosperidad y, como siempre, le sacarán cumplido partido. La egolatría occidental suele considerar estas sonoras procesiones de renovación como simplonas manifestaciones folclóricas, tan inocentes como inútiles. Y no obstante, los chinos saben que sus celebraciones de año nuevo tienen sentido, un único y esencial sentido. Se trata de recordar a quien todavía quiere escuchar que lo único que importa en el negocio es el éxito, que el único método que existe para distraer a la miseria es remangarse cada mañana, armarse de valor, encomendarse a los antepasados y vender más caro lo que ayer has comprado con esfuerzo y un nudo de duda arrasándote el estómago. Así de simple y así de elemental. Es con sentido común como los asiáticos han sabido sobrevivir a casi cualquier cosa, aún a pesar de sus gobernantes salvadores que un mal día quisieron aplicar ideologías importadas al discreto fluir de sus vidas.
Ideología y prosperidad, términos a menudo antagónicos; es difícil progresar arrastrando ideas preconcebidas y tabúes tribales acumulados al fondo de la faltriquera. Nuestro luminoso presidente Rodríguez Zapatero arguye que su ideología le impide pactar según con quien, aunque más parece capaz de pactar con todos, hasta con el mismo diablo, antes que con aquellos que, más pronto que tarde, acabarán desalojándole de ese nido del águila en el que ha convertido La Moncloa. Cuéntenle esto a un chino, verán que risa le da. O mejor, cuéntenle que en el principio había en Galicia dos cajas de ahorros, una al norte y otra al sur, que como otras muchas cajas españolas arrastraban problemas de solvencia y estaban condenadas a fusionarse o desaparecer y explíquenle, si pueden, que la basura mental que hemos acumulado durante siglos, nos obliga a diseñar una nueva entidad financiera que no precisa aparecer especialmente eficaz, limpia o aseada; lo único importante es que ha de ser gallega, patriota de raíz, de la factura, vía impuestos, ya nos ocuparemos los de siempre.
El chino puede encomendar su suerte a rechamantes dragones de cartón, pero jamás olvida que tras el efímero andamiaje de la gran marioneta que porta cada mes de febrero, no hay más que humo y papel pintado. Las alharacas festivas jamás le distraerán de su afecto al comercio. Somos nosotros los que nos hemos divorciado de la realidad, desde que el Romanticismo alemán inoculó en la espesa sangre de la vieja Europa aquella bagatela del “espíritu de los pueblos”, nosotros, tristes émulos de Fichte, de Schiller, diríase que de Ricardo Wagner, transitamos por el mundo con el “nosotros y ellos” a cuestas, nunca el rey caminó tan desnudo, ni dejó a su paso tantas facturas sin pagar.


"Entre brumas" nuestra nueva columna en la sección de Galicia de ABC

09.02.10 | 10:16. Archivado en Sobre el autor, Actualidad

El pasado lunes hemos inaugurado una nueva etapa periodística con el estreno de la columna "Entre brumas" en la sección de Galicia del diario ABC. Me tendrán cada lunes en sus quioscos. Aquí les dejo el artículo inaugural:

Restricción o responsabilidad

En 1940, el premio Pulitzer y profesor de historia constitucional, Charles Howard McIlwain, dio a la imprenta su obra definitiva, construida pacientemente con las miles de notas acumuladas a lo largo de los años en su pequeño despacho de Harvard. La llamó “Constitucionalismo antiguo y moderno”, apenas 160 páginas en su edición original de la Cornell University Press, que ejercieron una extraordinaria influencia en todos los que con posterioridad se ocuparon de analizar los entresijos de la relación latente entre los ciudadanos y el poder que, mal que bien, los gobierna. Descubrió entonces McIlwain una vieja dicotomía que aparecía reiterada y machaconamente en cualquier texto que tuviese que ver con el pacto entre gobernantes y gobernados, desde las categorías jurídicas medievales, hasta las constituciones modernas. Tal dicotomía se refería, en esencia, al difícil equilibrio que se apreciaba entre lo que precisaba regularse, incluso prohibirse y lo que debería en pura justicia dejarse al buen criterio y a la recta razón del ciudadano. Habló entonces de restricción frente a responsabilidad, contemplando los múltiples matices que tenían cabida entre tales límites, concluyendo que la experiencia aconsejaba restringir sólo lo inevitable y confiar en los altos niveles de responsabilidad que podían apreciarse sin dificultad alguna en las sociedades abiertas.
No parece que las conclusiones de McIlwain hayan perdido su dosis de frescura desde entonces. Sigue siendo evidente que cuanto más restrictivo es un modo de gobernar, menores posibilidades caben a los ciudadanos para su desarrollo y prosperidad. Creímos, más bien ingenuamente, que la caída del muro de Berlín habría desanimado suficientemente a los partidarios de la sujeción, viendo, como todos vimos, a qué descarnadas honduras de deshumanización había conducido el deseo de regularlo todo, según los preceptos de una felicidad impuesta. El tiempo nos ha quitado la razón, ya es 2010 y los amigos del precepto permanecen cómodamente instalados en el poder, más aplicados que nunca a la tarea de señalarnos caminos, vendidos como celestiales aunque a algunos nos sigan pareciendo retorcidas sendas de burra. Véase la España de Zapatero, ya en el camino de convertirse en ejemplo canónico de cerril restricción. Un lugar insalubre y tristón, donde el gobierno se hace omnipresente, señalando, por ejemplo, en qué idioma deben aprender sus infantes, cómo han de rotular sus negocios los comerciantes, qué ideología debe dominar en la escuela y todo lo que se quiera poner a continuación, restricción sobre restricción enmarcada en una vacua sonrisa. Aseguran que no pasa nada, que reina la normalidad, reparten pan y circo en forma de cresos sindicatos subvencionados y una intelectualidad interesadamente afecta. Con todo y al final quedan los hechos con su tozuda realidad, caminaremos juntos, hombro con hombro, como los operarios de Metrópolis, dicen que hasta los 67 años, tal vez los 70, era de esperar, tanto óbolo ganador de voluntades, tanta economía de estufa, raquítica y sobreprotegida, ha dejado las arcas secas y los corazones arrasados por la tenue perplejidad.

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Jueves, 16 de febrero

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