
“SÓLO ENCONTRÉ una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.
Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.” De Mortal y rosa. Francisco Umbral (1975).
Me dispensarán que escriba hoy sobre Umbral, se muy bien que tocaba, ya lo ha hecho todo el mundo, pero me gustaría dejar aquí cierta constancia de mi personal orfandad. Lo mismo sentí cuando Cela se aburrió del mundo y decidió dejarnos. Se podrá decir lo que se quiera, pero una sola frase de Don Camilo resulta más persistente en la memoria que compendios enteros de actualidad literaria. Con Umbral ocurre muy parecido, no se si un peldaño por debajo, pero parecido. Perder hoy también a Umbral es como perder las gafas de leer, como si nos cerrasen el último ultramarinos de calidad y debiésemos conformarnos desde entonces con gastar nuestros flacos emolumentos en las grandes superficies gestionadas con mala saña y peor intención desde el oscuro y tristísimo Mondragón. Qué poco nos queda ya.
En el saco que manejaban juntos Umbral y Cela hay más español que en toda la RAE reunida y formada para revista de la A a la Z. El lugar que Umbral siempre debió ocupar se lo asignaron en 1991 a José Luis Sanpedro, tras él, que es un novelista sólo afable y de mediano interés, se abrieron las puertas del brillo y esplendor a individuos de número verdaderamente imprescindibles como el nunca bien ponderado Juan Luís Cebrián, que escribió una cosa llamada “La rusa” en 1986; después, egolatría y pago de uno mismo, los casos de Pérez, susceptible de pergeñar: “Pumba, pumba, pumba. La ira de Dios. La batalla” (Cabo Trafalgar, 2004) o Javier Marías, individuo en permanente salvaguarda de su cardinal importancia, que parece escribir con el único objetivo de que no se le entienda, hablan por sí mismos. Por el medio damas de cuota y algún nacionalista periférico de guardia para completar el panorama de la más irrelevante cultura oficial. Ellos se lo han perdido.
Aquello de la persistencia en la memoria de ciertos textos nunca me ha extrañado, Cela y Umbral poseían talento por arrobas, quien lo duda, pero eso jamás les relevó del convencimiento de que o uno lee y se lo trabaja, todo lo que caiga en sus manos de Cervantes para abajo, y luego calienta la silla cada día, o va apañado. El niño Umbral, véase “El hijo de Greta Garbo” se leyó todo lo que se guardaba impreso en las bibliotecas de Valladolid desde el tiempo de Gutemberg, Don Camilo ejercitó práctica similar en su Iria Flavia natal antes de pensar siquiera en escribir de aquella manera casi milagrosa que tan certeramente glosaba Francisco Umbral en su muy recomendable “Las palabras de la tribu” (Planeta, 1996): “El segundo secreto literario de Cela es la varonía, la impasibilidad con que cuenta lo tremendo…Y esto que digo vale igualmente para la ternura, mayormente derramada sobre ciegos, locos y tontos del pueblo. El tercer secreto de Cela ya no se debe a la inspiración, sino a la formación, a la sabiduría, y consiste en su manera de hacer coloquial la más alta cultura española y de dignificar como cultísimo el apodo de un cantinero o el nombre de una puebla que ni siquiera lo es”.
Así que, en efecto, quedamos aquí solos y más bien huérfanos de metáforas, se ha marchado don Francisco, al menos quedan Delibes y Marsé. A Juan Marsé le tengo, además, cariño. Conservo celosamente un ejemplar de sus “Últimas tardes con Teresa” que una vez me regaló una deliciosa dama que poseía la inigualable luz de la serena inteligencia en la mirada. Hacía muy buena compañía con sus elocuentes silencios, “para que nunca sean últimas esas tardes”, me escribió entonces con su letra de pluma, segura y geométrica. Bien que se lo agradecí, puede que ya ni se acuerde, pero si hoy seguimos aquí, cada maldito día en la brecha y a la que salta, es porque una vez nos fue dado vivir plenamente. Con eso y cierta literatura es más que suficiente.
Addenda
Al hilo de la pregunta ¿Qué nos queda? O mejor: ¿Quién queda? Ayer, caracoleando por la red, encontré estos fragmentos estrafalarios que aquí les dejo. Pertenecen a la novela ganadora del 50º Premio Planeta "La canción de Dorotea", de la iracunda Rosa Regás. Otro ejemplo notable de narcisismo político-literario aupado por la bobería integral de Zapatero. Resulta difícil imaginar una manera más plana, tópica y ágrafa de perpetrar el idioma:
Página 37 y ss: "Al ir a poner el dinero que había sacado del banco para pagar una serie de facturas en la pequeña caja fuerte empotrada en la pared del fondo del cuarto de armarios, que yo usaba como vestidor, ..."
… "una sombra de inquietud, esa misma sombra que nos hace dudar de una situación cuando no es exactamente igual que la que dejamos"
… "Lo había sabido con ese conocimiento vago pero firme que sólo reconocemos como tal una vez se ha comprobado que era cierto lo que pronosticaba aquella inicial alarma."
Pág. 60:"ésa sería la penúltima noche del año, pero ninguna señal había en el cielo que anticipara el cambio de cifras que traería consigo el año próximo".
Pág. 63:"Ya sabe, añadió con voz de entendido, el criminal siempre vuelve al lugar del crimen".
Pero este dislate paranoico es, sin duda, la perla, lo mejor:
"¿Fue esta coincidencia la que convocó la vaga sospecha que pugnaba por brotar y manifestarse, un pensamiento informe aún pero con un significado preciso aunque definido en un código sin descifrar? Como la inquietud que origina la palabra que estamos viendo con la imaginación y que, sin embargo, somos incapaces de traducir al lenguaje convencional de los signos y los sonidos, la suspicacia y la impotencia crecían ciegas dentro de mí y, tal vez obedeciendo las leyes de su despertar o insuflando en mi inteligencia al hacerlo una perspicacia policial nueva, oí la voz de mi respuesta".
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Pues también tenía razón; pero puestos a hacer lírica, mejor que sea así ;-)
El otro día traté de dejar aquí algo y no salió. Es una maldad de Pla sobre Mortal y Rosa: "con un poco menos de lirismo también nos habríamos arreglado"
Viernes, 17 de febrero
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