La cultura del “ladrillo” y otros dislates en tiempo del Quijote: Martín González de Cellorigo.
07.07.07 @ 03:30:29. Archivado en Historia, Economía
Aquellos tipos adustos que adoptaban terno negro, golilla y gesto grave; severos memorialistas instalados en torno a la decadencia del 1600, gozaron siempre de mala prensa. Se les decía “arbitristas” por su costumbre de representar al Rey los males de aquella monarquía y las por veces peregrinas soluciones que se les ocurrían para remediarlos.
Para la población avisada, los arbitristas eran a menudo juzgados como tristes charlatanes de poco seso, capaces de presentar a la consideración del Consejo de Castilla las soluciones más disparatadas y carentes de fundamento que se pudiera imaginar. Cuenta Cervantes por boca de Berganza en “El coloquio de los perros” cómo entre los recluidos en el Hospital vallisoletano de la Resurrección había podido ver a un alquimista, un poeta, un matemático, y “uno de los que llaman arbitristas”, buena muestra de por donde caminaba el pensamiento español a la hora de señalar las ocupaciones que habitualmente desempeñaba la irracional caterva de lunáticos y desesperados que comenzaba a señorear aquellos reinos, personajes peripatéticos a los que Don Alonso Quijano daría carta de identidad y cierta esperanza de que en el futuro serían mejor comprendidos.
Pero ya a las puertas de la crisis, los conceptos se afilan y los juicios se despojan de toda misericordia, el siglo de hierro comenzaba a parecer a sus contemporáneos un lugar insalubre. Para Quevedo — ¿leía de verdad Quevedo o sólo se leía a sí mismo? —, los arbitristas son unas veces locos universales y castigo del cielo (Fortuna con seso) cuando no charlatanes embargados por la mayor de las estupideces. En El Buscón el arbitrista que charla con Don Pablos pretende convencerle de la posibilidad de ganar Ostende secando el mar con esponjas…

Claro que cuando uno repasa la lista de tanto desnortado como había dirigiendo memoriales a los austrias menores, se encuentra con nombres que en nada se corresponden con la imagen tradicional del arbitrista, así entre 1550 y 1600 nos encontramos con la escuela de Salamanca en pleno: Luis Ortiz, del que dijera Earl J. Hamilton que había desarrollado “una doctrina de la balanza de pagos notablemente lúcida para su época”; Martín de Azpilpueta, quien casi con toda probabilidad se habría adelantado al mismísimo Jean Bodin al formular la primera teoría cuantitativista del dinero, es decir, que la moneda, como cualquier otro bien, obedece a la ley de la oferta y la demanda, relacionando así explícitamente el caudal de los metales preciosos americanos con la inflación de los precios y el “premio de la plata” que tan detenidamente ha estudiado el citado Hamilton. Pero aún hay más, ¿qué decir de Tomás de Mercado? Aquella “Suma de tratos y contratos” estableció de forma paralela a la “Réponse à monsieur de Malestroict” de Bodin los peligros de intercambiar sistemáticamente materias primas por producciones elaboradas en la industriosa manufactura del norte de Europa.
De entre todos estos pensadores más o menos económicos a los que nadie hizo nunca el menor caso, puede que, llegando ya a la generación de la crisis, Martín González de Cellorigo sea de los menos conocidos, no obstante resulta para mí uno de los más audaces en su pensamiento al rechazar el bullonismo premercantilista dominante, es decir, la idea de que un Estado era tanto más próspero cuantos más metales preciosos fuese capaz de acumular. Para Cellorigo no se trataba de acumular moneda de buena ley, sino de emplearla en producción razonablemente rentable: “Que el mucho dinero no sustenta a los Estados, ni está en él la riqueza de ellos”. Todo un hallazgo que probablemente muchos ya intuían, no en vano los arbitristas llevaban décadas clamando contra la falta de manufacturas, el exceso de clérigos y la pervivencia de estorbos notorios para el comercio como la Mesta o los malhadados puertos secos. Pero fue probablemente Cellorigo el primero en expresarlo con tal claridad, incluso antes que el francés Montchrestien, acabando así con la hegemonía de una doctrina errónea:
“La riqueza ha andado y anda en el aire, en papeles y contratos, censos y letras de cambios, en la moneda, en la plata y en el oro, y no en bienes que fructifican y atraen a a sí como más dignos las riquezas de afuera, sustentando las de dentro. Y así el no haber dinero, oro, ni plata en España es por haberlo, y el no ser rica, es por serlo” (Memorial de la política necesaria y útil restauración de España, 1600)
Elegante remate en paradoja que venía a resumir los males del siglo y apuntaba conceptos como la industriosidad para enmendarlos, ojala Quevedo le hubiese leído, diríamos algunos. Tal vez de esa manera se hubiese podido prestar algún remedio a la naturaleza social de España, que, contenta con la herencia del tío de América, quien podía no producía y quien tal vez quisiera no podía, tales eran las trabas administrativas y de mentalidad colectiva que les rodeaban. En palabras del mismo Cellorigo: “No parece sino que se han querido reducir estos reynos a una república de hombres encantados que vivan fuera del orden natural”. Nada más certero, sólo la cuna importaba, Alonso Quijano era pobre, pero hidalgo, eso era lo esencial, mientras nuestros vecinos calvinistas se afanaban allí en la Europa nublada por cambiar su suerte a base de algo tan elemental como trabajar para el futuro. De entonces acá, y pese a lo que Zapatero nos pueda contar al respecto de la marcha de “su” economía, muchos sospechamos que seguimos, en un buen porcentaje de acción, a la nuestra, con el “que inventen ellos” y la compra-venta de pisos como casi única e imaginativa forma de invertir caudales, todo ello en medio de un bosque iluso-administrativo, los nuevos puertos secos que nos hemos regalado, basado en principios sentimentales tan ridículos como inoportunos para los negocios, en palabras de mi admirado Gabriel Tortella, seguimos caminando en la dirección equivocada:
“Resulta cuando menos desconcertante, en vista de todo esto, que en España nos estemos inclinando por la fragmentación en lugar de por la integración. La erección de barreras lingüísticas y culturales allí donde no las había, la descoordinación de las políticas fiscales y sociales, no pueden sino ser una rémora económica en el futuro por la misma razón que lo son en la Unión Europea. En lugar de aprender de los errores o dificultades de nuestros vecinos y socios, parece que hemos decidido sumarnos al pelotón de los torpes.”
(Gabriel Tortella: Tan largo me lo fiáis... El País 18-07-2006)
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:-)
Pósssstrome aquí a sus preciosos (que lo serán, no me cabe la menor) pieses, querido con una carísima tontería.
Nada, que no me viene. A la cabeza, :-)
:-)
En el relato ha de incluir, a la fuerza, la expresión "Corazón tan blanco".
espero q te gusten las fotos ;
me las hice ayer y)acaba de ocurrir. eso que está en paréntesis me aparece de forma espontánea!!!!!!!!!!! hay un extraño en mi ordenador, help!! es lo que me ha ocurrido en mitad de la postdata que he dejado al sr Berlin. un saludo
ha lanzado... pero me gusta, igual a la lista se le podría añadir un santo/a y un/a friky (sírvase usted mismo). vale, está bien, yo también le dejo incluir a alguien... ZP.
un abrazo
P/D dónde se ha metido, señor Berlín?Hola
espero q te gusten las fotos ;
me las hice ayer y
no me dejan entrar en la diección que me proporcionó. además de cobarde, torpe??? qué penita!!!!
Un abrazo
Inmaculada
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Juan Granados
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