Cuenta Berlín en otra de sus nuevas y fructíferas casas, una de esas ideas-fuerza que se le ocurren cada día. Ya saben que Berlín es así. Esta vez se ocupa de explorar nuevos caminos para los autores literarios, a los que le gustaría ver recorriendo caminos alternativos, lejos de ciertas rémoras que comienzan a ser pasado. El inicio resulta ya prometedor:
El escritor que pretendía serlo, debía cumplir con una máxima de dignidad imprescindible si quería precisamente bañarse de esa dignidad, la de autor. Ese principio no era otro que no caer en el desdoro de pagarse uno mismo la edición del libro.
Los magros resultados económicos de la vida de todo escritor promedio debieran borrar esa maldita impresión de una vez por todas
Lean el resto aquí y no se pierdan la elegía del poeta maldito.
Entonces se me ocurre sugerirle:
No es que uno por escribir sea enemigo del comercio. Claro que cuando se le plantea cosa distinta a un teclado, la pipa, un poco de ron con cola, mucho hielo y algo de bossa nova de fondo, comienza a perderse. La red necesaria y útil, es todavía un pandemonium de promesas, va bien para la documentación, no sabes hasta qué punto, pero no estoy seguro de que ya esté lista para sustituir al papel y la tinta. El libro, físicamente, es un invento extraordinario que se resistirá a desaparecer. Sólo un enfermo cambiaría el mejor de los sexos virtuales por un amor tangible de mediano pasar. Deslizar las páginas, oler la tinta, ahí reside el misterio, la red, en cuanto a literatura, es por el momento una pared cavernaria donde se reflejan las palabras, todas las palabras, eternas y contingentes, churras y merinas, pertinentes e impertinentes, mucho ruido y pocas nueces. Esperemos a ver.
Porque si hablamos de agentes y editores, según y cuales, sin duda. Yo le debo todo a mi
agente, doy fe y buena cuenta de ello. Y los distribuidores, ¡ah, ese mal necesario y a menudo incompetente! Entonces, Berlín que no se rinde jamás, aquilata una vuelta de tuerca a la idea que le ronda por el magín, y demonios, es una muy buena idea, tomen nota:
Efectivamente, Juan, pero el libro ¡lo puedes editar tú y ser dueño del 80% de los beneficios! Ese es el cambio. Y sólo es posible por la desintermediación, las comunicaciones etc., etc. Y en papel. Date una vuelta por Lulu, que es el mejor. Pero hasta mi cuñado te lo hace, que trabaja con impresores. La clave es no esperar a que crean en ti, sino saber buscar los que creerán en ti.
Teniendo en cuenta que los derechos editoriales oscilan habitualmente entre un magro 8% y un poco más grueso 10% la cosa no suena nada mal, no obstante es difícil estar en misa y repicando, unos fabrican, otros comercian, siempre ha sido así. Claro que para eso se inventó la cooperación, le digo, ya con cierta incomodidad, no hay como poner la zanahoria ante la cara de pasmo del por veces vanidoso jumento.
Miércoles, 10 de febrero
Peio Sánchez Rodríguez
Marie-José Martin Delic Karavelic
Ángel Sáez García
Alfonso Agís
Carlos Ferrer
Julio César Izquierdo
Juan Luis Recio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes