De la azarosa felicidad
24.04.07 @ 01:54:17. Archivado en Filosofía
“Una mujer que no sea una estúpida, antes o después, encuentra una ruina humana y trata de salvarla. Alguna vez lo consigue. Pero una mujer que no sea una estúpida, antes o después encuentra un hombre sano y lo reduce a escombros. Lo consigue siempre,”( Cesare Pavese: El oficio de vivir, agosto de 1937).
“El soberbio ama la presencia de los parásitos o de los aduladores, y odia la de los generosos” (Spinoza, Ética, IV, LVII)
Al igual que en su día aconsejaba vehementemente Italo Calvino a quien quería escucharle, me gustaría defender aquí la necesidad que todos tenemos de volver a los clásicos. No sólo por el mero placer de leerlos, que también, sinó para comprobar de primera mano cómo casi todo está dicho. Muchas de las formulaciones que cada día se presentan como novedosas y proporcionadoras de luces, no son más que groseras reinterpretaciones de lo ya pensado por otros. En este sentido, una vez más, nada nuevo bajo el sol.
Así, por ejemplo, sería recomendable que nuestros políticos de “profesión” se tomasen de una bendita vez la molestia de releer a Alexis de Tocqueville, o que nuestros flamantes economistas le viesen al menos el forro a las obras de David Ricardo o John Stuart Mill y no se conformasen con lo que los manuales al uso dicen sobre ellos, que es nada. Pero sobre todo, que los en general poco afortunados redactores de esos libros que se denominan de “autoayuda” que habitualmente ayudan sólo a la economía del propietario del copyright, relean lo mucho que la buena filosofía ha dicho sobre las esencias humanas. Encontrarán allí la verdadera y más efectiva consolatio philosophiae.
Como muestra, y ya que un tangencial paseo por la red le deja a uno un regusto de infelicidades y desencuentros, de hastíos y búsquedas narradas con pasión, puedo contar que manejo estos días con verdadero placer un ejemplar de la Ética del judío holandés de origen castellano o portugués Baruch Spinoza. A lo largo de la obra estructurada según un impecable ordine geométrico cartesiano, con estudiada cadencia de definiciones, axiomas, postulados, lemas, proposiciones y escolios, donde caben, entre muchas otras, reflexiones sobre Dios, el gobierno de los pueblos y las siempre complejas relaciones entre los hombres, observo un pensamiento de una hermosa y sincera racionalidad, que en mi opinión puede otorgar bastante consuelo a nuestros espíritus en ocasiones atribulados por lo que no pueden dominar ni conocer. En fin, que se descubren en Spinoza verdaderas cualidades terapéuticas, en todo superiores a las magras soluciones de bolsillo que se pueden ojear en los quioscos.
Así, podemos ver aunque sea brevemente qué opinaba el bueno del filósofo sobre el amor no correspondido, elemento doloroso y extendido en todo tiempo. El mismo Spinoza aseguraba que los afectos son la verdadera esencia de lo humano, aún antes que la misma razón, pues son los sentimientos, decía, los que causan la verdadera servidumbre moral del hombre. Así podía afirmar: “cuando el alma imagina su impotencia, se entristece”, o “el hombre sometido a los afectos no es independiente, sinó que está bajo la jurisdicción de la fortuna”, ¿existe entonces salvación para el dolor que causa la pérdida cierta del amor?, la respuesta parece a priori bastante descorazonadora: “Un afecto no puede ser reprimido ni suprimido sinó por medio de un afecto más fuerte que la afección que experimentamos”. Cuestión que se pone aún más difícil al comprobar cuán gráfico puede llegar a ser Spinoza a la hora de explicar los celos y el odio al rival, pues afirmaba con toda crudeza que esa pasión negativa se incrementa al imaginar las secreciones de quien posee al ser amado, nada menos.
Sin embargo, ya hacia el final de su Ética, podemos comprobar cómo el filósofo permitía una puerta abierta a la esperanza otorgando a la razón la capacidad de regir y aún reprimir los afectos hasta dominarlos completamente, todo ello a través de la perfección del entendimiento, por lo que concedía muchas ventajas al hombre instruido sobre el ígnaro. De todas maneras, la tarea se presenta como difícil, tanto como el ejemplo que propone tomándolo de la ciencia estoica: conseguir olvidar un afecto es como lograr que un perro cazador y otro faldero cambien con trabajo y disciplina sus respectivas tendencias, de forma que el faldero vaya compulsivamente a cazar y el de caza deje de correr tras la liebre que se suelta ante sus narices. Difícil pero no imposible, de hecho, leemos: “un afecto que es una pasión deja de ser pasión cuando nos formamos de él una idea clara y distinta”. Es decir, ninguna idealización, por ciega que sea, supera el paso del tiempo, resulta instructivo que nos lo recuerden de vez en cuando. Por cierto, puestos a ser sinceros, he de reconocer que, alcanzada ya la edad mediana, suscribo punto por punto la afirmación de Pavese que inicia este escrito, tampoco es ninguna tragedia, como ya dije en otra ocasión, se vive muy cómodamente semimuerto. ¿Y eso porqué?, —se dirán— Bueno, ya lo dejó dicho Woody Allen:
“Profesor Levy: …La felicidad humana no parece estar incluida en los designios de la creación. Sólo nosotros, con nuestra capacidad de amar, podemos dar sentido al universo indiferente. Con todo, la mayoría de los seres humanos parecen tener la facultad de seguir buscando, y hasta de encontrar la alegría en las cosas simples, como la familia, el trabajo y la esperanza de que las generaciones futuras comprenderán mejor” (Del guión de Delitos y faltas, 1988)
Comentarios:
Y más besos, para mantener la fama tan duramente ganada.
Que digo, que sí, que eso de los espacios es vital, necesario. Que con los años se desengaña uno mucho de eso de hacer piña, y de estar juntos para todo, y ya no quiere a los hombres para que le hagan de hombre, sino de pareja. Y los quiere con vida propia, y si puede ser dignos de admiración (:p), pero no es fácil, ¿eh? Luego en la práctica confiar tiene su cosa. Todo el mundo no vale. Y no sigo hablando porque hay que ver lo mucho que me reído yo del protagonista de Ghost, y esta tarde lo he visto e inevitablemente he pensado: yo quiero, no, yo necesito un hombre como éste. Y sé que un acto como éste me invalida para emitir (esta tarde) una opinión fiable.
Y esto es lo que hay. Que tiene usted razón, cada uno habla del baile según y cómo. Y yo hoy tengo la mira en uno del tipo Ghost. Si viera alguno por ahí, canchero de usted, píe.
:-)
Mañana ya veremos...
Y me alegro mucho de su alergia a los colectivos, ya somos dos.
Los besos han llegado oportunamente, no se crea y yo le envío otros dos, por lo menos.
En fin, sólo literatura de entremés, ya sabe, al final cada uno habla de la misa según le va y el que suscribe, demonios, no tiene razones para quejarse de las damas, más bien lo contrario, de hecho el amigo Spinoza sólo habla de los afectos y su importancia, no especifica sexos, ni siquiera certifica le existencia de “buenos” y “malos”. Ni que decir tiene que me alegra infinitamente verla por aquí y en tan buena forma, desde esa escueta ventana suya, que parece un Botticelli, fragmentado, eso sí, pero un Botticelli.
Bien se que en estos tiempos de mediano pasar es difícil citar a según quien hablando de según qué, sin ofender a esos entes sin rostro que llamamos “colectivos”. La cita de Pavese es divertida, no me diga que no, aunque resulte una generalización bastante intrascendente. Y sin embargo, dispénseme, algo de eso hay, aunque a lo mejor no sabría explicarlo sin poner ejemplos. El otro día estaba tomándome una caña con calamares con uno de los tipos más listos que conozco, a él le parecía, como a mí, que hay millones de sujetos que no se merecen la compañía, siempre atenta y solícita, que les ha sido otorgada. Por contra muéstrese vd. Un poco, digamos, inquieto, o inquieta, por las cosas del mundo y verá qué pronto le afean la conducta. Vamos, que para nosotros quisiéramos, nos decíamos esa noche, escuchar por una vez, aunque sólo fuese una, lo que escuchan cientos de cretinos a diario “como mi Jose dice…” oiga, no hay manera, algunos parecemos siempr...
Pero el noventa y nueve, la agonía, se la lleva el dedo que frunciendo el ceño, señala el componente maligno, perverso de una relación: la mujer. Tampoco me lo creo. Tengo un abanico de casos de señoras muy poco estúpidas que han sabido encontrar hombres a su vez, bastante poco estúpidos, que se hacen muy felices para demostrarlo.
Son los tontos y las tontas quienes van por ahí haciéndose daño, escombros y añicos. Vamos, yo lo tengo muy claro. Y cuando quiera se lo demuestro.
Muy bueno el texto. Saludos almerienses calurosos.
Vamos, el tan castizo "un clavo saca otro clavo".
Un abrazo,
Inmaculada
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Juan Granados
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