
Desde el Exilio me dice Luís que le dicen que señale cuales han sido, en su opinión los tres, sí sólo tres, mejores post del año que termina. Una verdadera patata caliente que ha tenido a bien pasarme. Aquí la única dificultad es seleccionar la tripleta, porque, afortunadamente, buenos ha habido muchos. Tampoco es que el que suscribe se pase el curso leyendo blogs en Internet, ya sabemos todos que a no ser que algo extraordinario llame nuestra atención, lo habitual es circular por casa conocida. Vamos, como quien visita a los amigos, que para eso lo son y se disfruta de la compañía y del gustoso intercambio de opiniones, a ver que voy a hacer yo en un blog de Manga, o de aeromodelismo, póngase por caso.
Así que entre los artículos que de verdad me interesan, por una u otra razón, vale decir literatura, vale decir pertinencia intelectual, aquí les dejo mi propuesta:
Juan Antonio Hernández Lens es profesor de Comunicación audiovisual y reputado crítico cinematográfico, periódicamente escribe también un blog que siempre resulta estimulante, no solo por su fina erudición, también por el intenso humanismo que trasmite. Podría recomendarles cualquiera de sus artículos, éste que les dejo, dedicado precisamente a reflexionar sobre la tarea del crítico, es uno de mis favoritos.
Gonzalo Martín, desde “La nueva industria audiovisual” nos informa puntualmente de las novedades que se van sucediendo vertiginosamente en ese mundo apasionante y mestizo de la red, el audiovisual y la televisión. Hace un tiempo publicó un artículo que le agradezco, me permitió recordar una vez más las razones que hacen inmortales a los clásicos, en este caso la historia iba de Yahoos y Houyhnhnms, vamos de ocio creativo.
Mi hermano limeño Pedro Granados, profesor, poeta, novelista, hombre que sabe serlo, tal vez por la consciencia de que esto se acaba pronto, ha abierto blog este año. Sus largos artículos sobre literatura derraman sabiduría, no obstante, prefiero seleccionar este pequeño post, apenas cuatro palabras, pura substracción, pura, entonces, literatura. Lo más chic es no tener nada.
Y ahora la patata caliente será, si lo tienen por conveniente para Berlín, Wally, Ignacio, Rafa Herrera y la señora Móbile.
A través de la revista Arquitrave me llega una larga, deliciosa, entrevista que ha concedido José Manuel Caballero Bonald a mi buen amigo el poeta Harold Alvarado. Serena contemplar como algunos todavía defienden las esencias propias del oficio de escribir; al igual que un triste grafitero confunde su firma-garabato, pura frustración, con la pintura; otros pretenden que ya no es preciso elegir las palabras. Esto le cuenta Caballero Bonald sobre el asunto literario al poeta colombiano, tras ello pueden leer la entrevista completa, merece la pena, cuando de diálogo de maestros se trata, más vale callar y aprender:
Hoy circula por ahí una cierta tendencia a depreciar el papel del escritor en beneficio del papel del informador. Yo detesto radicalmente y por principio, cualquier tipo de copia de la realidad. A mí todo eso me parece una estupidez, una de esas modas que se inventan los mediocres. Si un escritor no es exigente y riguroso con el uso del lenguaje, es porque no tiene ni puta idea de su oficio. Otra cosa es que el escritor deba, sin olvidar el oficio, ser un crítico de la sociedad, del poder, del signo que sea. No es que el escritor tenga que proponérselo previamente, es que traspasará siempre a su obra su propia ideología. Pero a mí lo que me interesa es la literatura considerada como obra de arte, la prosa narrativa de alcance artístico. Una palabra bien elegida puede significar poéticamente más de lo que significa en los diccionarios. La ironía, que depende del estilo, de la forma, incluso de la sintaxis, es para mí una suerte de método de interpretación de la realidad, y una literatura sin ironía, sin sentido mínimo del humor queda a trasmano, como si fuera para predicadores…
Poeta, novelista, estudioso del flamenco, teórico del vino, productor musical, navegante, pintor, guionista de teatro y televisión, letrista, profesor de literatura, editor, subdirector de Papeles de Son Armadans, la revista de Cela y presidente del PEN Club en España, José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) pudo ser un elegante capitán de barco por su porte elegante, de aristócrata andaluz afligido de señorío y nostalgias, yendo y viniendo entre los viñedos y pantanos, las serranías y playas del mar, amando la vida y sus placeres.

Cuando una ideología dominante, bien instalada en el poder, soporta mal la chanza, es que es tiempo de ir haciendo el petate antes de que visite tu casa un funcionario cumplidor portando el ostrakon que te envíe directamente, y en el más caritativo de los casos, al exilio. Es sabido desde el tiempo de Aristófanes que lo que peor lleva la amondongada autoridad pagada de sí misma es la democrática ridiculización. Albert Boadella resistió durante décadas la hostilidad mediática pujolista, entonces todavía confiaba en el sentido común del PSC y de Pascual Maragall. El furor del converso que bien pronto mostraron los socialistas catalanes de la mano de la Esquerra Republicana acabaron de convencerle de que el hongo invasivo nacionalista no tiene remedio, en cuanto prende en el cuerpo social no existe ya ungüento fungicida que pueda con él; tal es la maraña de canonjías, subvenciones y prebendas prebostales que otorga, que casi nadie puede prescindir de la obediente sumisión para vivir de, por ejemplo, trabajar libremente en la vida civil, alejado de la tutela tribal.
Hoy el señor Boadella emprende animosamente su exilio interior, no es el único, por estas fechas otro catalán de seny y sensibilidad, Antonio Juamandreu, toma el mismo camino, seguro que no serán los últimos; el mito institucionalizado somete el entendimiento a tales tiranías que para muchos resulta, sencillamente, insoportable. El nacionalismo monopolista y adoctrinador de infantes jamás ha tenido sentido del humor, lo suyo, amigos míos, es muy serio. Leyendo con placer Adiós Cataluña (premio Espasa de ensayo 2007), que es libro de muchos amores y de ningún odio, se comprende porqué.
Si he entendido bien, el asunto es como sigue. Unos simpáticos personajes acostumbrados a subirse el sueldo por unanimidad en cuanto pisan el escaño, así llueva o escampe en la economía de Juan Pueblo, se han puesto de acuerdo con otros igual de simpáticos, dedicados a explotar hasta la misma paranoia sus delirios tangencialmente creativos, para aplicar un impuesto punitivo sobre casi cualquier dispositivo o pequeño electrodoméstico que se nos ocurra enchufar a la red. Sostienen que el español miente y roba siempre que puede, especialmente si de teléfonos y discos duros se trata. Se pretende convencernos de que tiene alguna lógica pagar un sobreprecio por el soporte que usamos para guardar nuestro trabajo, nuestras fotos o el mismísimo discurso a los graduados. Es un verdadero atropello bendecido institucionalmente, otro más cabría decir, absolutamente innecesario si unos y otros tuviesen tan solo una vaga idea de como ganarse la vida sin extorsionar al prójimo.
Hay dos maneras de afrontar semejante ultraje, la primera es volverse definitivamente nihilista y emigrar a los Urales en busca de cierta paz interior. Siempre se puede cargar el Mp3 con música de Serge Prokofiev, cuyos herederos, con toda seguridad, no están afiliados a la SGAE. Pero también les puedo proponer una solución más creativa, aprovechemos todos a una la demencia institucional en que vivimos, grabemos un disco. Pero no cualquier disco, mejor si presentamos sus cortes como música vernácula y “de raíz”. De esta manera, cualquier gobierno nacionalista nos subvencionará la producción, las dietas y hasta el taxi para llegar al estudio de grabación. Hágalo vd. como le de la gana, si es mal, mejor, siempre se puede reclamar el amparo de una ONG dedicada a la defensa de los “cantantes fónicamente disminuidos” y si al final sólo vende dos o tres, tranquilo, cada vez que observe a un mortal acercándose tímidamente a la sección de electrónica de un hipermercado, sabrá que ese pobre infeliz le está subvencionando las vacaciones, así, por el morro y sin madrugar.

Entrañable encuentro de Arcadi con los coruñeses. Bueno es comprobar en la cercanía que en ocasiones el hombre hace honor al personaje. Ayer, mientras convertía un sobre venido a la mano en moleskine improvisado, fui tomando algunas notas en torno a su “España de los afectos”. Luego, al releerlas, compruebo algunas certezas, cuando un discurso camina a través de cierta luz de razón y honestidad intelectual no precisa de grandes afirmaciones para convencer, las cosas vienen siendo como son: el exceso nacionalista no conduce más que a la imposición y al autismo. Nos dice Arcadi que estamos a tiempo, ojalá, no obstante estas cosas del imponer, del mucho mandar, cuando comienzan a tener hegemonía, espacio y predicamento popular resultan, por extraño que pueda parecernos a ilusos y perplejos, un punto imparables. Vamos que se paran solas cuando la propia marabunta no tiene ya a quien comerse y muere, como diría un hermano americano, de puritita hambruna. El erial sociocultural resultante será cosa de contemplar.
En fin, que nosotros y ellos por doquier, hasta la victoria final. Es lo que tenemos. Esto, me gusta decir, ya lo avisaba Montesquieu en sus Consideraciones sobre los romanos: ““No hacían nunca la paz de buena fe, y en su deseo de invadirlo todo, sus tratados no eran, en realidad, más que una suspensión de hostilidades, y ponían en ellos condiciones que comenzaban siempre por arruinar al Estado que las aceptaba.” Ya saben, chantaje, victimismo y sometimiento del común hasta donde sea necesario, la felicísima Euskadi supone ya una buena muestra de ello.
Repaso algunas notas de la moleskine, más o menos Arcadi dixit, verán como el majestuoso hilo de la reflexión les suena a conocido: “Una transición ejemplar puesta en crisis por la presión mítica (irracional) de los nacionalismos”; “crisis de una izquierda confusa en busca de nuevos paradigmas: liberación sexual, ecologismo, nacionalismo”, “Un desgarro entre buenas personas, un fracaso de convivencia”, “triunfo del discurso de la diferencia”, “la exaltación (Zapatero) de un falso paraíso republicano”…
Pero: “la actual decadencia catalana es una lección (para) aquellos que creen en la posibilidad de una tercera España del sentido común que suponga el fin del fetichismo, de las taifas, de las ideas malignas”. “La gran novedad, el éxito evidente de Madrid, ciudad sin cargas identitarias”. Madrid o aguas internacionales si es necesario, allí podremos, finalmente, hablar de lo que verdaderamente importa, o sea, de lo que hablaba Tolstoi, sin ir mas lejos.
El escritor vive rodeado de personas que se dirigen a él, tácitamente, en busca de soluciones. Les bastaría con un leve ajuste ficcional, un capítulo algo reescrito, para que sus vidas mejorasen de modo espectacular. Por desgracia no es posible. (Arcadi Espada)

Hoy, miércoles 12 de diciembre, los coruñeses estamos de enhorabuena. Con motivo de la presentación a la ciudadanía y a los medios del Centro de Estudios Públicos Poder Limitado, nos visitará el periodista y escritor Arcadi Espada, que pronunciará una conferencia titulada: “España, una trama de afectos”. Doble alegría para el que suscribe, primero porque ve la luz una asociación que tiene mucho que aportar en la tarea que se ha propuesto de analizar rigurosamente nuestra maltrecha res publica, para señalar elementos de mejora, nuevas ideas que provendrán, pueden creerme, de la reflexión y del estudio riguroso, en definitiva del saber y del conocer.
En segundo lugar,porque nos visita una de las plumas más cabales y elegantes del país, excelente oportunidad para saludarle y disfrutar de su siempre serena presencia. El acto (entrada libre) tendrá lugar en el auditorio de la Fundación Caixa Galicia, Cantón Grande 21- 24, a las 20h. A continuación se servirá un cocktail en el Hotel Hesperia en la calle Juan Flórez. Si desean asistir al mismo, deben consultar tal posibilidad enviando un e-mail a la siguiente dirección: info(arroba)poderlimitado.org
Aparte de algunas razones de cierta inespecificidad teórica, nadie sabe a ciencia cierta en qué pensaba Dante Gabriel Rossetti cuando decidió fundar la Pre-Raphaelite Brotherhood, no obstante el grupo inglés con su rechazo al academicismo del segundo renacimiento y su gusto por las brumas legendarias de la vieja Europa, —aquellas frágiles y enigmáticas damas nunca superadas—, alcanzó rápidamente el éxito y una bien merecida fama que todavía hoy perdura. Sin duda, ese amplio espectro de evocaciones y sentimientos que percibimos como de “raíz medieval”, piedras asombrosamente talladas, nobles ruinas, leyendas que dan cuenta de afanes admirables junto a las más canallescas conductas, siempre ha disfrutado del beneplácito del público.
No podría ser de otra manera, al fin, tales evocaciones nos hablan de esencias y orígenes, de esa especie sutil de ADN cultural que nos conforma a través de siglos y generaciones. Tal vez por eso, la primera vez que me acerqué a la obra gráfica de Alfredo Erias, sentí una agradabilísima sensación de retorno a la lumbre, de vuelta al hogar, que hoy todavía me embarga y me sorprende. Sabrán que Alfredo es historiador de raza, alma mater de señeras empresas nacidas en el crisol amable de la comarca brigantina, siendo, como es, director del Museo das Mariñas de Betanzos, del Archivo Municipal, de la Biblioteca y del Anuario Brigantino; instituciones todas ellas de reconocido prestigio en el ámbito sociocultural gallego y español. En medio de ese pandemonium de responsabilidades, Alfredo ha robado tiempo de donde seguramente no lo tiene, para dedicarse a una intensa actividad plástica que va camino de convertirse en una de sus mayores glorias profesionales.
Nada es por casualidad, el profundo conocimiento que el autor ha obtenido de años de estudio y riguroso trabajo arqueológico, le han proporcionado la técnica precisa para proponernos hoy sus más arriesgados sueños creativos. En su última entrega (la colección 'Xente no Camiño') que ya ha pasado por Compostela y Bruselas y hoy, gracias a la Diputación Provincial coruñesa se ha hecho peregrina para visitar un buen número de municipios gallegos, nos propone una original reinterpretación pictórica de nuestra Edad Media, entendida como uno de los signos más visibles de la cultura europea de todo tiempo. Como asegura el mismo autor:
“Su objeto es la imagen de la gente medieval, a partir de las referencias más seguras que tenemos, encontradas en sepulcros, capiteles, canecillos, etc., y siguiendo, como es lógico, la estela de catedrales, iglesias, monasterios, castillos… Y esas gentes, de todos los estamentos, tomadas con las técnicas del arqueólogo, son filtradas luego por la mirada del pintor. De esa forma, resucitan poco a poco ante nuestros ojos, desde caballeros y grandes damas a bufones, músicos y prostitutas, pasando por los campesinos y el mundo crecientemente complejo de la burguesía, sin olvidarnos de los reyes y las distintas jerarquías clericales.”
Si todavía no han contemplado la exposición “Xente no Camiño” aún están a tiempo, este mes de diciembre las 54 tabla con un formato de 118 x 73 cm. que componen la muestra, permanecerá expuestas en Tui, para continuar su periplo en el castillo de Soutomaior (Arcade), donde se podrá contemplar desde mediados de enero -bajo los auspicios de la Diputación de Pontevedra que publicará un libro-catálogo al respecto- hasta finales de abril. Con el aliciente de que el autor aportará esta vez una decena de nuevas obras a la exposición. No es cosa de perdérselo, tengo para mí que si los británicos tuviesen hoy en día un Alfredo Erias, se sentirían tan afortunados como cuando recibieron cumplida noticia de las propuestas de Dante Gabriel Rossetti y sus industriosos compañeros.

A menos que se disponga de un cónyuge ocioso dedicado a observar por encima del hombro lo que vd. escribe, tortura que no le deseo a nadie, que posea además cierto instinto comercial y las relaciones editoriales suficientes, yo diría que sí. Últimamente he leído por ahí verdaderos alegatos denostando el papel el agente en el concierto literario. A menudo se les acusa de mantener un excesivo chalaneo con los editores, de preocuparse más por anticipos y resultados inmediatos que por el futuro de la carrera de sus representados. En realidad el asunto no es tanto así, si se tiene en cuenta el volumen de manuscritos que recibe una editorial cada día, resulta evidente que sin la mediación de un profesional, lo más probable es que nadie lea el envío de un autor, sea novel o no.
No digamos nada si se trata de vender derechos de traducción a otros idiomas, ahí si que la figura del agente es ya imprescindible. Lo mismo podríamos decir en cuanto a la negociación de royalties con el mundo del audiovisual. Pero hay mucho más, los buenos agentes son también expertos literarios que aportan conocimiento y buen consejo al autor, normalmente un autista sentado en una silla, bastante desconocedor de su propia realidad, cuando no un endiosado incapaz de comprender cómo no le han erigido todavía una estatua en su pueblo. Si un autor no ha perdido todavía su capacidad de escuchar y atender a lo que se le dice, bien haría en contar con un agente de confianza, ahorrar en algo así es, probablemente, condenarse al ostracismo literario, amén de perderse una estimulante relación profesional que a menudo se basa en el afecto, la confianza y el estímulo intelectual. Este artículo que hoy les traigo de Flavia Costa en el digital argentino Clarín, reflexiona larga y cumplidamente sobre esta controvertida figura, creo vivamente que tras su lectura tendrán una idea más clara en torno a la función de estos profesionales en el concierto cultural y las nuevas tareas que se les van suponiendo.

En un artículo reciente, Mary White, con esa manera ágil y desinhibida que tiene de decir las cosas, se hacía eco de las quejas que el inefable Fernando Sánchez Dragó vertía en su blog en torno a las miserias de la llamada telebasura. Naturalmente, miss White, aka Lady Godiva, aportaba en su contribución la única clave válida a la hora de juzgar estos asuntos: ejerza vd. La soberanía en su hogar y pulse on/off según le convenga. Fin del asunto, una de las pocas libertades que aún sobreviven en medio de la universal regulación de nuestras vidas, es la capacidad que se nos concede para gestionar nuestro ocio, al menos en función de las posibilidades reales de cada quien.
Si se programan determinados contenidos es por que un buen número de conciudadanos los usa y hasta disfruta con ello, mercado, queridos amigos, lo demás son fariseísmos aplicados a las supuestas buenas costumbres.
Siempre me ha resultado curioso este asunto de no saber en qué emplear el tiempo, cuando en realidad éste se nos escapa de entre las manos cada día. Afortunadamente la oferta cultural es lo suficientemente amplia y diversa como para satisfacer a cualquiera. Si no lo creen, y hablando sólo de medios afines a la televisión, dense una vuelta por La nueva industria audiovisual, allí Gonzalo Martín nos cuenta casi diariamente lo mucho que está evolucionando este mundo de imágenes y contenidos gracias, fundamentalmente, a las nuevas posibilidades de ocio a la carta que proporcionan la red, la TDT o el cable. No es necesario aguantar la tostada que nos proponen en la TV al uso si nos ocupamos de buscar por ahí los contenidos que de verdad nos satisfacen.
Más les diré, a veces el disfrute viene cuando menos lo esperas. Hace algunos meses descubrí en la TV por cable una extraordinaria serie documental dedicada a contarnos meticulosamente la vida profunda de los pescadores del cangrejo real en el mar de Bering, allá en el peligroso Pacífico Norte. El cangrejo real es una especie de centollo mal concebido, feo y patón, de sabor nada más que regular, pero qué demonios, a mi me cae bien, me recuerda cálidas escenas bostonianas, armado de mazo y babero, en un tiempo en el que, me llevaría lo suyo explicarlo, compartía a menudo mesa, mantel y marisco estadounidense con un simpático pirotécnico aragonés. Tal vez sea esa una de las razones por las que las angustias cotidianas de esa gente me mantienen atento como un mochuelo ante el televisor. Cada vez que los valientes “fishermen” aleutianos logran arrancar una buena pesca al océano inclemente, me dan ganas de descorchar una botella a su salud. Ya ven, cada quien tiene la suya; y sino siempre tendremos un ruso para leer, mi querido amigo Luís Balcarce me ha pasado amablemente Vida y destino, la célebre obra de Vasili Grossman, este 2007 por fin traducida directamente del original ruso. Sorprendente novelón a la eslava, puro sentido de la vida y profundidad conceptual, del que pronto les contaré alguna cosa, vaya por ahora este adelanto:
"Entre millones de isbas rusas no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales. Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos...La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia." (Pag. 12)
¿Quién dice que vivir es aburrido? Más importante aún ¿de donde diablos sacan los rusos esa habilidad innata para el análisis antropológico? ¿Qué diantre desayunan?

Llevamos dentro un siglo vil.
...¡En cualquier medio, el hombre es
un tirano, un traidor o un cautivo.
Puschkin
Domingo amargo, sobrellevar el peso de la muerte abunda en el ánimo comatoso que nos regala diariamente el Estado provisor. Las rarezas étnicas cultivadas con mimo por gobiernos desleales no tienen ya remedio, duele mantener a semejante caterva enloquecida, ojala una luminosa mañana no tengamos que soportarlos más. Que se guarden tras sus alambradas genéticas y que les vaya aprovechando. Hoy leo que en la sucursal que han abierto en Galicia les va bien, han colocado a un vicepresidente, ufano individuo redentorista, que confía en que los gallegos seamos nación mas pronto que tarde. En el ínterin consentirá que a su policía prebostal de carreteras se puedan adherir antiguos guardias civiles, eso sí, deben ser gallegos de nacimiento. Cuanta generosidad.
Maníacos obsesivos que nos gobiernan hasta el ADN y la manera de hablar, jugadores de ventaja con la aritmética parlamentaria, ni siquiera se toman el trabajo de disimular sus fobias y el camino de distingos que nos van imponiendo a modo de goteo malayo, bien pronto tendremos más que ver con un quebequés que con un murciano, de eso se trata.

Son los milagros de Internet, por mucho que se quiera soslayar e incluso silenciar la información incómoda para los poderes, es un hecho que, al menos por el momento, no pueden con la fuerza cívica que atesora la red. A nada que se ha sabido que a la Consellería de Pesca de la Xunta de Galicia se le atragantaba la publicación de un estudio científico sobre el asunto Prestige, estudio que la misma Xunta había encargado a la Universidad compostelana, podemos comprobar como esa misma publicación: La incidencia socioeconómica del Prestige, está ya, íntegramente y en formato original, a disposición de quien desee leerla on line o descargarla en su equipo (60Mb). Todo ello por iniciativa de la web Coruña Liberal. Naturalmente, ahí les dejo el enlace al archivo descargable, disfrútenlo y que cada quien juzgue por sí mismo. Los créditos, como reza en su frontispicio son inmejorables:
A INCIDENCIA SOCIOECONOMICA DO PRESTIGE EN GALICIA
Impacto no litoral galego
Este libro es el resultado de un trabajo realizado por un Convenio de Investigación entre la Consellería de Pesca de la Xunta de Galicia y Asuntos Marítimos y la Universidad de Santiago de Compostela el 31 de Enero de 2.005.
Ha sido dirigido por:
PEDRO ARIAS VEIRA
Profesor del Departamento de Fundamentos del Análisis Económico de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. USC.
Los temas sociológicos han corrido a cargo de:
MIGUEL CANCIO ALVAREZ
Profesor del Departamento de Sociología y Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. USC.

Los hechos son muy sencillos y fáciles de entender. En su día la Consellería de Pesca de la Xunta de Galicia encarga un estudio científico sobre el impacto del siniestro a un equipo de la Universidad de Santiago de Compostela dirigido por los profesores Pedro Arias Veira y Miguel Cancio. A su debido tiempo y cumpliendo todos los plazos, el trabajo que lleva por título: Impacto Socioeconómico del Prestige en Galicia, 300 páginas de información, que estudian cada uno de los IX distritos marítimos de Galicia de manera científica y contrastada fue entregado a la administración que lo había encargado. Es un precioso libro además, extraordinariamente maquetado a color y redactado en gallego y castellano, también en inglés para su supuesta difusión posterior. A día de hoy no se ha publicado, tampoco los autores tienen noticia de que lo será algún día. ¿Las razones? Pueden suponerlas, las conclusiones del estudio científico no se pliegan a la versión oficial, así de simple y así de inquietante.
Veamos pues algunas de las que allí se barajan, ya que la administración bipartita pretende silenciarlas:
- La investigación revela que los causantes reales fueron los titulares del buque, una maraña de oscuras sociedades de paraísos fiscales y piratas del mar. Dueños de un buque viejo y con un marco legal de seguros garantizados y adversos, lo que hubieran querido era el acercamiento, el estrellado en la costa y la imputación de responsabilidad al gobierno español. La gestión marítima fue correcta, en la línea general de estos casos.
- La gestión económica fue rápida y eficiente. Se neutralizaron rápidamente los posibles efectos socioeconómicos negativos sobre las áreas afectadas, el sector y el conjunto gallego.
- Debido a que el salvamento era una competencia estatal, los costes se repartieron en el erario público de todos los españoles. Por lo que no hubo efecto depresivo, sino que se encajó sin problemas. Más aún, si Galicia hubiera sido independiente, entonces el coste de limpieza, subvenciones y apoyos, hubiera tenido repercusiones mucho más importantes.
- Al realizar un análisis individualizado por cada una de las IX Zonas Marítimas gallegas, se observa que no tuvo impacto depresivo. Primero por el propio efecto de mercado, menos pesca pero más precio, con ingresos superiores en los casos importantes. (Salvo justamente la Zona Cero, Fisterra-Muxía, que se tuvo mucho tiempo en veda; pero que fue compensado con las sabrosas ayudas públicas). Esta realidad sumada a subvenciones y efectos positivos en hostelería y demás repercusiones subsidiarias, supuso unos momentos de importante dinamismo zonal. (De hecho en la fase de estudio de campo, los investigadores escuchamos frecuentemente la expresión “¡Que venga otro Prestige!”, en clave irónica pero descriptiva de su evolución económica en esos meses de verdadero impacto). Solo en Fisterra y Costa da Morte –de escasa entidad en empleo- el efecto mercado-precio no fue positivo pero sí sobrecompensado mediante ayudas y subvenciones.
- La evolución socioeconómica de las zonas siguió su pauta habitual. El conjunto de la economía gallega, en la senda expansiva que ya había alcanzado. Por tanto el catastrofismo, difundido interesadamente por las plumas al servicio de la, entonces, oposición nacionalista fue un mito más.
- La clave para evitar catástrofes radica en cambiar el cuadro de la legislación, tal como ocurre en USA; allí el propietario y titular son de entrada los responsables. Han de viajar con buques solventes y preparados para las contingencias temporales y de todo tipo. Deben autodisciplinarse. De lo contrario deben asumir las consecuencias.
- En los últimos capítulos se tratan estos aspectos así como la necesaria unidad nacional ante estas irresponsabilidades de las mafias internacionales marítimas. Aquí incluso sacralizadas – celebérrimo capitán Mangouras- con tal de utilizarlas políticamente.
¿Comprenden ahora el silencio de la Consellería de Pesca, y de algún que otro marinero de agua dulce dispuesto a lo que sea a cambio del favor del poder? Más información aquí y aquí.

Si nos fiamos del, por otra parte infalible, adagio que asegura que el rostro es el espejo del alma, debemos concluir que cuando Philippe de Champaigne realizó en 1637 el célebre retrato triple de Armand-Jean du Plessis, cardenal-duque de Richelieu, debió suponer que su viejo patrón se traía algo entre manos. El gesto de inflexibilidad y determinación del gran valido de Luis XIII no admitía ningún género de dudas, el cardenal sabía bien lo que quería y estaba dispuesto a conseguirlo; si su conducta fiel a la razón de Estado suponía salvar algún escollo moral, conspirar en contra de su propia fe o llevarse por delante a unos cuantos compatriotas poco avisados, no tenía mayor importancia, Francia era Francia y su grandeza lo único substancial.
La presencia incómoda de los Habsburgo a un lado y otro de la frontera era algo que le traía de cabeza, eso y la hegemonía de la Monarquía Hispánica ejercida de este a oeste del Orbe por su alter ego el Conde-Duque de Olivares era una cuestión que le traía a mal traer. Nadie duda hoy que en tanto posaba con su habitual desgana e indisimulada altanería para el Champaigne, nuestro Cardenal abrigaba en su interior la determinación de acabar con todo aquello.
No tardaría en presentársele la oportunidad. El territorio que se disponía al sur de los Pirineos, la malhadada España, tenía más detractores a cada día que pasaba. La leyenda negra, aquella suerte de especies un tanto disparatadas difundidas por el rencor de Antonio Pérez y el ánimo independentista del príncipe de Orange, encontraban ahora nuevo pasto en la animadversión de Carlos I de Inglaterra, rechazado por Felipe IV como pretendiente de la infanta Mariana, y en las fuerzas centrífugas de territorios que, como Cataluña o Portugal, vivían muy favorablemente bajo el poder de un rey lejano y unas cargas fiscales infinitamente más livianas que las sufridas por la silente Castilla. ¿Había adivinado entonces Richelieu los acontecimientos de 1640 que supusieron la revuelta catalana y la independencia de Portugal? ¿Sabía ya entonces que el poder incontestado de los imbatibles tercios que transitaban incansables por el mítico camino español comenzaría a periclitar tras Rocroi? Probablemente, Richelieu dormía poco y trabajaba veinte horas al día, siempre había tenido que ver con todo aquello, nada ansiaba más que alcanzar un día a poseer siquiera una parte del imperio español para convertirlo en colonia de Francia. Entretanto, Olivares pugnaba inútilmente con unos y con otros para tratar de aunar esfuerzos bajo la Unión de Armas, es sabido que no le sirvió de nada, ni las mejores condiciones de fuero y trato le sirvieran nunca para convencer a según qué territorios, su
afán estaba perdido desde hacía década y media larga. Difícil sería para cualquiera luchar contra la orden general de “todos contra España” que corría de un lado al otro de Europa, la paz de Westfalia no hizo más que corroborar la doma y castración del maltrecho imperio de los Austrias. Richelieu no vivió para verlo, los beneficios de todo aquello los recogió Mazarino, otro cardenal avispado y ahorrador que se ocupó de recapitular concienzudamente las rentas políticas obtenidas por su antiguo patrón. Es sabido que tras Westfalia España nunca volvió a ser la misma, mucho menos tras Utrecht, la hegemonía de los Austrias pasó indefectiblemente a la historia, el ojo acusador de Richelieu tenía razón, no hay más que indisponer al mundo en contra del enemigo para que todos remen a favor de tu marea.
Siempre he pensado que algo tendremos cuando vivimos permanentemente sometidos a las ojerizas ajenas. Todo ha cambiado desde entonces menos esto. Véase el celebérrimo “Gobierno de España” sometido a la tiranía aritmética de individuos que se han apuntado a la política con el único fin de lograr que eso que se iba llamando España pase lo antes posible a la historia. Yo a esto, y para entendernos, le llamo el efecto “Joan Tardá”, mejor gobernar apoyándose en cuervos, o simplemente no hacerlo, que en quien sólo busca tu ruina. Si a esto unimos fenómenos exteriores como el permanente juego de ventaja que mantiene Marruecos o el reciente affaire Chávez, se comprueba que tenemos un problema, la marca España vende mal, por envidia, por desprecio o por ignorancia, esto nunca se sabe, pero apañados estábamos y apañados seguiremos rodeados secularmente de este porfiado personal al que el pusilánime gobierno Zapatero no sabe, ni sabrá nunca, poner coto. Tengo para mí que Armand-Jean du Plessis, cardenal-duque de Richelieu, saltaría de gozo en su tumba si fuese convenientemente informado de estas novedades.
“When I thought of my Family, my Friends, my Countrymen, or Human Race in general, I considered them as they really were, Yahoos in Shape and Disposition.” Gulliver’s Travels part IV. A voyage to the country of the Houyhnhnms.
Johnathan Swift, sagaz como nadie a la hora de repensarnos como género bípedo, no envejecerá jamás, sigue logrando, generación tras generación, trasmitir la emoción por la Utopía, por el anhelo de elementos de razón, ilusión y pensamiento más gratificantes que la sombra cavernaria que encontramos cada día. ¿Quién hablaba de caja tonta? Eso, nos cuenta Gonzalo Martín, se puede mejorar. Excelente literatura para un artículo antológico, no deben perdérselo, es bueno recordar que ocio y creatividad no tiene por qué vivir permanentemente de espaldas, ocurre que, bien mirado, es justamente al contrario.
Lo más chic es no tener nada.
Y lo más honorable
no escribir ningún poema.
De Soledad impura
Con un “Pesco lo que me corresponde de la vida” se acerca al final de un reciente poema Pedro Granados, lo dijo en la Biblioteca Nacional de Colombia y así, aliviado por leer en torno a asuntos diferentes, llego a su última novela: En tiempo real (2007). Un relato para los nuevos tiempos que cierra, por ahora, la trilogía que forma con Prepucio carmesí (2000) y Un chin de amor (2005). Novelas breves, inmediatas, que hacen de la historia de Juvenal Agüero, la historia de cualquier hombre de letras arrojado a la intemperie de una existencia cada vez más intrincada, a caballo entre los retazos sincopados de Internet, ya todos entran en casa sin llamar, y el salto permanente entre imágenes y textos que contemplamos sólo por un instante. ¿De qué manera puede encarar el que vive del sueño y de la tecla semejante pandemonium de pulsos culturales? Pedro nos lo cuenta en un párrafo y sin apenas despeinarse, nada como su falta de afectación para decir las cosas desde la altura de quien ha experimentado seriamente con ello, vamos tomando nota:
En nuestros días la literatura en lengua española pareciera redefinirse --en el marco general del diálogo entre diversas tradiciones-- no sólo en su tendencia al contacto o hibridez de los géneros históricos sino, creemos, también en cuanto a su ósmosis o implementación de la brevedad, fragmentación y dinamismo de la internet. Desde esta última perspectiva, por ejemplo, pareciera que hoy por hoy nuestra auto imagen --tal como lo discutíamos hace unos días con la Dra. Jodi Dean de Smith Collage (Nueva York)-- ya no precisa volverse narrativa, en el sentido de ceñirse a la linealidad, y más bien recurre a fragmentos o instantes que son, como se sabe, el lenguaje típico de los blog. Obviamente, podemos relacionar esto último --lo del yo o self image que ya no precisa volverse narrativo-- con el cubismo y con el arte de vanguardia en general. De este modo, nuestra propuesta de novela breve --que vamos acuñando aquí con la denominación de nobloga-- tiene de cubista (por lo fragmentaria y multi focal) como refleja también la relevancia que una tecnología y modo de comunicación tal como la que hoy en día representan los blog . Tomemos conciencia de ello o no, bajo presión de los mass media estamos constantemente en plan de cotejo y experimentación intercultural --haciendo dialogar nuestra cultura local con otras-- y también de experimentación tecnológica: aprendiendo o mejorando, por ejemplo, nuestro desempeño con la internet (correo, chat, blog, etc.). La novela no debe estar ajena a nada de esto.
El drama del campesino español ha sido siempre el mismo. Mientras los mercaderes ganen infinitamente más con la especulación que con el fomento de la producción, el agro siempre llevará las de perder. Estos datos publicados en "Las provincias” no difieren mucho de los tiempos en que asentistas y acaparadores llenaban sus graneros tras la cosecha, para vender en cuanto la penuria alimentaria hacía subir los precios:
El porcino está en estos momentos a 0,87 euros en origen, mientras que el consumidor lo paga a 6,12. El margen medio del distribuidor es de 5,25 euros, según La Unió, nada menos que un 604%.
La ternera se paga al ganadero a 6,36 y cuesta al detall 15,81. la diferencia es de 9,45, un 328% más. En el caso del cordero se pasa de 2,38 a 6,29, un 191%. En conejo y pollo son más moderadas las cifras. El 1,44 del conejo en granja se convierte en 2,9 para el consumidor, un 102% más, y el 1,38 del pollo en origen pasa a ser 2,17, un 57% de incremento.
No ocurre nada muy distinto a lo de siempre. Véase por ejemplo el tenor de un memorial elevado al Rey en las Cortes de 1593:
«, . .hay casi todos los años esterilidad y carestía en ellos [en los reinos de S. M.] a causa de haberse los labradores enflaquecido, en forma que faltan más de las dos terzias partes dellos, y si no es servido vuestra Majestad de proveerles de breve y suficiente remedio, se acavarán, porque han venid oa tanta necesidad que no tienen de suyo cómo se sustentar, ni con qué labrar las heredades, por lo qual han venido a tomar fiado lo que siembran y los pocos ganados con que labrar, y allende de que las tales personas [los tratantes] les llevan precios excesivos por lo que les venden, les dan lo peor que tienen, y por ser así los ganados que muy caros compran, son las labores mal hechas, y la tierra mal cultivada no da fruto, y así son las cosechas cortas, y con ellas no pueden pagar lo que deben y vienen a ser presos, en forma que las cárceles están llenas dellos, y a ser tantos los pleitos de acreedores que hazen, que embarazan las más de las audiencias, y los tratantes son tan cautelosos que usan contra esta pobre gente de mil fraudes y cautelas . . .»
(Cfr. ÁNGEL GARCÍA SANZ, Actas de las Cortes de Castilla, tomo XIII, Madrid, 1887, pp. 136-137.)
Quiere esto decir que mientras muchos productores caen en la miseria y el desánimo, algunos de sus paisanos, manteniendo su dominio hegemónico sobre precios y comercialización, son cada vez más ricos. Despiadada caradura o capitalismo imperfecto, léase lo que se prefiera.
¿Recuerdan aquella soberbia sentencia de Allen, que el mismo Allen ridiculizaba en “Delitos y faltas”? : Comedia es tragedia más tiempo. Esto recordaba hoy en mitad de una boda pantagruélica y bullanguera, de las de antes, cuando los bogavantes no te cabían en el plato y debías hacerte entender a gritos; venditos sean los novios, que el buen Dios les otorgue sana prole y larga vida. Y hete aquí que al divisar en lontananza y entre los vapores del Albariño a una oronda dama vestida como un ministro del Dahomey, resultó inevitable que me viniese al pensamiento el viejo Gaddafi. Una caída tenía la buena señora, a qué negarlo.
Gadaffi, si, quien lo ha visto y quien lo ve, antaño el archienemigo de Occidente en general y de la CIA en particular, hogaño un entrañable freak al que todos invitan a su fiesta por el colorido y el exotismo que aporta. Contemplando hoy al veterano coronel resulta pertinente preguntarse si Saddam Hussein no hubiese terminado igual en caso de que se lo hubiesen permitido. Uno nunca acaba de comprender del todo a los analistas geopolíticos de los States, igual es cosa de su sistema educativo, pero a lo que se ve fallan más que una escopeta de feria, ¿dónde diablos se documentará la gente de Langley (Virginia), los héroes de cuello blanco de Tom Clancy, para aconsejar la toma de decisiones cada vez más disparatadas? ¿Dónde le veían el peligro panislámico y masivo a aquel dictador cutre y rastrerillo, más preocupado por palacios y francachelas que por cualquier otra cosa? Tal vez hubiera sido mejor sentarse a ver que pasaba, como casi siempre, ahí están Libia y Vietnam para corroborarlo, pronto lo estarán China y Cuba. Puede ser una obviedad, o no tanto, pero va pareciendo claro que a todos nos va lo mismo, cierta libertad de acción y poder ir de compras lo mas desahogadamente posible, para eso nada como las sociedades abiertas, esto los únicos que aún no lo divisan son los de la izquierda unida española, la sección italiana, más avisada, ya si (tendrían que ver las fiestas que se corren en San Gimignano cuando la vendimia del Chianti)
Y si de verdad lo que se quiere es evitar la guerra atávica, el etnicismo, el furor religioso, bueno, para eso nada mejor que la comedia. Esto lo sabía muy bien el entrañable Loui, en ocasiones, unas risas a tiempo, comenzando por uno mismo, resultan más liberadoras que mil batallas profilácticas. Fíjense en el ejemplo, la primera vez que se proyectó esta maravilla, nadie sabía, nadie podía siquiera suponer, que Loui bailaría tan cartesianamente aquel son, sin duda se ganó para siempre el respeto de la causa judía…

De nuevo en casa entre el griterío infantil y las lentejas. Ha sido una semana industriosa y placentera, también cansada; vivida a medias entre los hornabeques y revellines de los arsenales de su majestad católica y las zarandajas conmemorativas de 1808. Todo está bien, pocas cosas gratifican más que saludar a los viejos amigos del circo histórico, hoy aquí y mañana allá; como los amos a sus perros, cada día nos parecemos más, hasta en el atuendo, y bien que nos sabe pertenecer a tan honrada e industriosa tribu.
En cuanto a navíos y caponeras, comprobé que todo estaba como debe, con orden cartesiano y en perfecto inventario, Jorge Juan dejó el asunto bien atado, vaya que sí. Pero 1808, eso es otra historia, ahí no nos caben más que dudas, comprobando las pasmosas contradicciones de aquellos convulsos tiempos. Yo me reía, cuanto más se comentaban las felonías de Napoleón, más dudas me entraban respecto a sus oponentes, al fin, aquel tipo avaricioso representaba, quiérase o no, el futuro. De hecho, visitando distraídamente una exposición paralela al evento me detuve un buen rato ante unas figurillas, primorosamente realizadas, que representaban a muchos de los protagonistas de aquella historia. Vistosos lanceros polacos, los orgullosos dragones con sus cascos de aire griego, infantes españoles de Bailén, no se, estaban todos allí. Pero me quedé con la cara del más estrafalario de aquellos seres de yeso, “guerrillero español” rezaba bajo la peana. A fe que aquí el artista se había esmerado, retratando la España profunda en efigie de escayola y tela, ¡valla calvatrueno! : cejijunto, hirsuto, huraño, malencarado; daba miedo solo echarle el ojo encima. Sí, no hay duda —me dije— así debían ser muchos de aquellos hijos de la revolución, no se si este sería un valiente, un héroe del Valdeorras, de los Arapiles o de Medina de Rioseco, lo que sí tengo por seguro es que este sujeto le zoscaba a la parienta.
Es esta cosa tan nuestra de socavar al presuntamente débil, los informativos nos recuerdan cada día que no es un mito, que está ahí, que seguimos viviendo al lado de un hatajo de miserables. Ahora se les dice maltratadotes, bueno, sencillamente son unos cobardes que pagan con los cercanos su mucha frustración. Afortunadamente, en ocasiones damos con textos como el que hoy les traigo; es de Rosa, aka Faustine de Morel o la Donna é Móbile, un simple comentario al bies en un blog, como en este caso, resulta a veces superior a cualquier tratado, así son estos gerifaltes domésticos y están por todas partes:
249] Escrito por: Faustine de Morel - 15 de octubre de 2007 14:46
Todos los santos mediodías de Dios, pero que todos los santos mediodías de mi vida, me llega la voz de mi vecino del piso de al lado quejándose de la comida. Todos. No ha habido un solo día desde que vive aquí en que al sentarse a la mesa, no haya puesto la banderilla correspondiente. Está fría, está demasiado caliente, este melón no vale na, yo no sé cómo compras este pan, qué poco caldo le has dejado a esto, el arroz no está suelto, las gambas no se hacen tanto, no sabes comprar ternera, le falta sal, no compras donde te dije, pero no te he dicho que no guardes nada de un día para otro, qué poco me has puesto, ¡hala, tú crees que puedo comerme todo esto! pero si esto es vuelta y vuelta y ya está, joder, el frigo no enfría nada esta cerveza está caliente, dame otra. Hoy son los gazpachos, que por lo visto ha echado demasiados y se han quedado sin agua. Y yo que estoy sola también comiendo escucho la respuesta de la mujer, en la que nunca le responde en condiciones, a la altura. Que sólo le dice: tienes razón, sí cariño, lo que tú digas, toma, ¡en lugar de decirle, pero melón de alberca, haberlo hecho tú! ¡Nunca se lo dice! Ni le llama éso, ni móngol, ni mérluz, ni gelipoyas que es lo que habría que soltarle, pero es que la mayoría de las veces ni le responde y es a mí a la que se le rompen las pinzas entre las manos, la que dobla las cucharas que ni Geller y la que cierra los ojos para imaginar a ese penco con el corazón atravesado por un enorme, formidable, cucharón de servir la sopa.
Huelga decir que Rosa tiene talento, por arrobas, son las rosas de este mundo las que, afortunadamente, darán el finiquito a esta suerte de majaderos. En el ínterin léanla, es un placer inestimable. Rosa nos jubilará a todos, cuestión de tiempo y de cada cosa tome su lugar, es algo así como inevitable, los editores, esos mercaderes con pretensiones, harían bien en seguirla, mañana puede ser demasiado tarde.

Comprenderán que a estas alturas uno va sabiendo quien es y por donde caminan sus convicciones. Quizás por eso, este doce de octubre quiero dejarles aquí, justo antes de hacer el petate para irme con los niños a contemplar animales de cuatro patas, y como viene siendo tradicional, una reproducción de la célebre “Rue Montorgueil engalanada para el 14 de julio” del inmortal Claude Monet. Constato así mi filia por lo afrancesado y jacobino, con el deseo de contemplar algún día una España presidida por una cierta isonomía civil sin privilegiados por razón de territorio, me da igual si es a costa de una reducción drástica de sus metros cuadrados.
Dicho esto, considero que alguien debería reparar en el hecho de que, por mucho que se empeñen los amigos del puño y la rosa, esa inquietante contradicción, no son iguales unos nacionalismos a otros. Puede que Don Mariano resultase envarado y artificial la otra noche,
pero desde luego no representa un peligro para nadie, otros abanderados sí, son más que capaces arruinarte la vida, por eso casi nadie hace risas con ellos, más bien se les pelotea y se les mima de una manera bastante poco honrosa, teniendo en cuenta el trato ruin que estos mal peinados dispensan secularmente al común.
Miren, yo soy un español normal, de los de Luís García Berlanga y Rafael Azcona. Un López Vázquez cualquiera que lleva muy mal que le vendan burras tuertas. Este doce de octubre lo único que tengo que saber de nacionalismos es que mi hija mayor, que siempre ha sido hispanohablante, claro —esto en España no es delito aún, que se sepa— recibe en su colegio veintinueve horas lectivas en gallego y sólo cuatro en español. En otras palabras, mi hija no es libre para expresarse en español en España y nuestro detestable gobierno central habla de la “extrema derecha reaccionaria”, el talibanismo nacionalista en el que se nos obliga a vivir les parece lo normal. Lo peor es que se creen que nos hacen un favor, “que nos están educando”, son una panda de tarados que han llegado demasiado lejos, bien por aritmética parlamentaria, bien por propia convicción, esto me da lo mismo, que les den.
Y en cuanto a los Ibarreches, Quintanas, Carods, Mas, Montillas e iluminados de chapela y palitos saltones en general, decirles que puestos a hacer risas, hagámoslas de todo y de todos, concluyendo que, al final, el nacionalismo impositivo y adoctrinador de niños que pregonan es una cosa muy anticuada, muy dañina y bastante tonta, amén de inútil. Mi querido Rufus T. Firefly lo supo ver muy bien:
Hagan como yo, pásense la fiesta disfrutando de valores eternos alejados de contenidos étnicos y demás bagatelas ilustres. Por ejemplo escuchando esta poderosa versión del One de U2 interpretada por otro inmortal, el viejo Johnny Cash, a su lado, Bono resulta blandito, la vida, esa maldita cosa de la que no podemos prescindir, ¿qué nos queda de todo aquello? Apenas nada.

Mi querido y admirado Luís Gómez me otorga Desde el Exilio uno de esos galardones con los que de cuando en vez los amigos de la tecla nos regalamos un homenaje. Esto para mí es un honor y por partida doble, primero por venir de quien viene, un verdadero Robin Hood que se parte el pecho cada día en su lucha por un mundo más real y más vivible. También por aquello de la solidaridad, que otorga a quien lo recibe una cierta fama de bonhomía que nunca está de más.
Con todo —Luís lo sabe tan bien como yo—, el vocablo solidaridad, en cualquiera de sus dos acepciones: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros” o “Modo de derecho u obligación in sólidum”, ha sido y es tan profusa y malintencionadamente utilizado, que ha perdido ya buena parte de su significación. Hoy cualquiera se declara “solidario” aunque jamás se le haya pasado por el magín acercarse con afecto a algún semejante con la intención de hacerle la vida siquiera mas fácil.
Así que, como alguna vez había escuchado a Gustavo Bueno quejarse, con la gracia con la que cuenta las cosas, de esta especie de fiebre de “solidarios” que azota el planeta, he encontrado un largo excurso del maestro en el Catobleplas que resulta ser una verdadera antología adornada de extensa casuística sobre el asunto. El artículo no tiene desperdicio, en mi opinión pone las cosas en su justo lugar, vean al respecto estas perlas que he ido entresacando de su texto:
El término «solidaridad» al que Leroux imprimió el nuevo significado «humanitario» en el terreno social-político, en realidad, un significado que comenzaba por eliminar los componentes polémicos para quedarse con los componentes armónicos de la idea, no fue desde luego creado por él. Leroux mismo lo dice en la Grève de Samarez: «yo he sido el primero en tomar de los legistas el término de solidaridad para introducirlo en la filosofía, es decir, según mi opinión en la religión: he querido reemplazar la caridad del cristianismo por la solidaridad humana.»
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¿Qué puede tener de común el término «solidaridad» cuando unas veces se utiliza para expresar condolencia y otras veces obligación en el cumplimiento de un pacto?
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A veces la artificiosidad de esta cultura de la solidaridad podrá ser tan intensa que, sin perjuicio de su eficacia, cuanto a la creación de solidaridades positivas, podrá llegar a rozar el ridículo: los saint-simonianos de Ménilmontant, en el comienzo del reinado de Luis Felipe, intentaron extender su traje barroco en el que figuraba un famosos chaleco simbólico que sólo podía abotonarse por la espalda, de tal modo que nadie podía abotonarlo por sí sólo (de modo autista), puesto que necesitaba la ayuda solidaria de alguno de sus congéneres.
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Sería precisamente la naturaleza etológica –y en especial de etología humana (del comportamiento de los individuos en un grupo social) – que ha adquirido el adjetivo «solidario» lo que explicaría el éxito de este término en nuestra sociedad. Lo que se quiere decir al calificar a un individuo o grupo de «solidario», no es tanto que sea generoso (adjetivo que puede alcanzar un sentido ético: quien solidario o participativo en un grupo, no tiene por qué ser necesariamente generoso respecto de otras personas determinadas)
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Apreciamos un cierto pudor en el misionero, en el bombero, o en el miembro de cualquier ONG, cuando utiliza el término solidaridad, en lugar de hablar de caridad, de com-pasión (sim-patía) o de generosidad, cuando trata de describir la línea de su actuación.
Y ahí nuestro filósofo, cuyo artículo completo pueden seguir aquí, da verdaderamente en el clavo. Personalmente, el concepto solidaridad, tan manido, a menudo tan artera y demagógicamente utilizado por los neo ricos con carnet de partido, me produce cierta dentera. Como procuro no tener prejuicios, no reparo en mientes para asegurar que si de cooperación y empatía por el prójimo hablamos, existen conceptos más antiguos, más bellos y más exactos. Los budistas le dicen “compasión”, los que procedemos de un entorno occidental hablamos de caridad, naturalmente no la caridad de cepillo de iglesia, sino aquella forma superior de filosófica misericordia y amor al prójimo que tan bien supo describir Pablo de Tarso en su primera epístola a los corintios, pues nadie es nada sin caridad: “Si hablando lenguas de hombres y de ángeles no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe”. Más hermoso y más exacto, en mi opinión, que la vacua charlatanería que nos vemos obligados a escuchar cada mañana.
Como las normas del premio indican señalar siete blogs merecedores de compartirlo, será para mí un placer citar a algunos viejos amigos, que amén de solidarios, son también caritativos y pacientes con el que suscribe y con el prójimo, que es lo fundamental:
Poder Limitado (Luis Balcarce, Periodista, con mayúsculas)
Reflexiones de un modernista (Un historiador de raza)
Una casa en el aire (Nacho se define Nonwriter, siempre le digo: ¿qué nos queda a los demás)
Los árboles y el bosque (Antonio, incapaz de no ser honesto y encima escribe como nadie)
Hemiplejía Moral (Un hombre siempre en la brecha y a la que salta)
Viento de Poniente (La bonhomía en persona)
Lo mejor del arte contemporáneo es que, mostrándonos por delante su farragoso contenido, uno le puede echar encima la literatura que le plazca para vender humo embotellado. Ya no recordaba esta maravillosa escena, ¿qué haríamos sin el gran Woody?
No obstante, no todo es lo mismo, hay que reconocer que Pollock ha sido el mejor garabateador de la historia del arte, tenía estilo, personalidad; una especie de conocimiento natural del mundo orgánico, caótico y fractal a la vez, que congenia sutilmente con el espíritu. Algo que jamás tendrán los pomposos grafiteros, “pintores” —se dicen— que cada anochecer, así porque se creen cultura, afean y empobrecen nuestras ya tristes paredes, ojalá se metan su “libertad” en el mismísimo culo, que se dediquen a otra cosa, cuatro firmas malparidas no son arte, son frustración y molicie urbana.
Siempre me he identificado con Albert Boadella, gratifica contemplar su valiente liberalidad de “tío normal” en medio de tanto aprendiz de Milosevic como nos rodea. En realidad habla como lo hace entre amigos cualquiera que tenga dos dedos de frente, sólo que él se juega los cuartos, el prestigio, el físico y quien sabe qué más. Su penúltima clarificación del panorama no tiene desperdicio, ocurrió cuando la reciente presentación del nuevo partido UPD en Madrid. Personalmente, discrepar con él de tipos tan risibles como el ciudadano Montilla, ese converso tristón y agradecido, nos reconcilia con el mundo. Ahí se lo dejo, que escriba mil más.
Desde hace bastante tiempo, por una u otra razón, me veo entremetido en estos berenjenales de la política, y cada vez que me encuentro en esta situación mi mente se formula la misma pregunta, una pregunta casi metafísica: "¿qué hace un chico como yo en un lugar como éste?". Lo digo así porque, aun siendo la razón esencial de mi oficio la comunicación con el público, este oficio tiene como fundamento plantear un mundo donde la ficción parezca realidad, o sea, todo lo contrario del objetivo que anima esta iniciativa. Aquí se busca el máximo acercamiento a la vida real. A los auténticos problemas de cada ciudadano, intentando que las querencias tribales o el resentimiento mezquino o las fantasías históricas de unas supuestas etnias no mareen la perdiz sobre esta realidad ineludible e imprescindible para practicar una política justa. En definitiva, se busca que ningún interés particular ni chantajista se arrogue la representación del núcleo esencial de la democracia como es la voluntad ciudadana.
En este sentido, la razón por la que me meto en estos berenjenales, a pesar de no ser éste mi escenario natural, tiene todavía un resquicio teatral, tiene que ver con aquella famosa frase que aparece en el primer acto de Hamlet donde se dice: "Algo huele a podrido en el Estado de Dinamarca".
Yo no sé a qué huele actualmente Dinamarca o si huele a algo más que a cerveza Karlsberg, pero estoy convencido de que ésta es una frase que, hoy precisamente, se puede trasladar de forma literal a España, y lo afirmo así categóricamente, porque creo que estamos asistiendo a una inquietante putrefacción en las estructuras políticas españolas y por consecuencia en los medios de comunicación o viceversa, lo primero consecuencia de lo segundo.
Tampoco hay que ponerse las manos a la cabeza, porque, como ustedes saben, todas las cosas que dependen de los seres vivos tienden a la putrefacción, y entre ellas la política siempre se ha caracterizado por ser un pudridero donde lo que cuenta más positivamente es la resistencia que uno es capaz de ofrecer a la irreversible descomposición.
Sin embargo, aun aceptando este principio biológico-moral, pienso que actualmente en nuestro país se han alcanzado unas cotas de fermentación tan irrespirables que pueden dañar seriamente la ecología social, o lo que es lo mismo, el buen ambiente entre los ciudadanos de esta nación, y cuando digo nación, me refiero a la nación española, y punto. Y cuando digo ciudadanos no pienso en gallegos, catalanes, vascos, valencianos, etc. Sino en ciudadanos españoles y punto. Por todo ello, considero que la participación de gentes no vinculadas directamente a la política profesional puede aportar una ráfaga de aire natural en un clima político altamente contaminado. Ésta es la razón de mi presencia y la de mucha otra gente, y también de mi fraternidad con los compañeros de la nueva aventura llamada PRO.
Pero hay otra razón de índole más personal. Necesito creer en que es posible organizar una formación política que jubile de una vez por toda esta coartada caduca y sectaria que, bajo el rótulo de izquierda o de derecha, se ha convertido hoy en la justificación de todas las imposturas morales y que pretende además situarnos obligadamente en un lado y contra el otro.
¿No hay manera de organizar algo distinto? ¿Tenemos que seguir consumiendo tópicos?
¡Coño! Vivimos en el 2007, hace un siglo y medio de la industrialización. Estoy saturado de política arqueológica.
Es que bajo estos conceptos decimonónicos yo no sé ni lo que soy.
Basándome en los preconcebidos degradados he anotado para ustedes una pequeña lista de mis dudas más domésticas:
•Me encantan los pasodobles. ¿Esto es música de derechas o izquierdas?
•Llevo treinta y dos años siendo fiel a una sola mujer. ¿Moral de la derecha, de la izquierda o del centro derecha?
•No me gusta ni Tàpies, ni Miró, ni Ferran Adrià. ¿Criterio artístico ultra derechista o de centro?
•Adoro el champagne y detesto el cava. ¿Gustos de la derecha o de centro izquierda?
•Estoy encantado de que existan cuantos más ricos mejor. Así tengo mayores posibilidades de alcanzar un día un status semejante. ¿Complejo de centro derecha o de centro izquierda?
•Desde que fui monaguillo, cada noche antes de acostarme rezo un padrenuestro en latín. ¿Tendencia sospechosa a la derecha o a la ultra derecha?
•Pienso que los toros son el único arte completo que existe hoy en el mundo occidental. ¿Espectáculo de derechas o de izquierdas?
•Creo que los débiles, por el hecho de serlo, no siempre tienen la razón. ¿Convicción de derechas o de derechas?
•La existencia de fuerzas intangibles o divinas me parece un buen tema para polemizar, pero no es un tema de Estado. ¿Pensar así es de centro izquierda o de izquierdas?
•Naturalmente que estoy por la igualdad de oportunidades, pero ante todo creo en el mérito y en la selección: el que no vale, a la cola o a la puta calle. ¿Derecha, izquierda, centro?
•Estoy convencido que detrás del medio ambiente, el calentamiento global y las ONG, se ha instalado la banda de aprovechados más numerosa de los tiempos modernos. ¿Dudas de centro izquierda o derecha?
•Por último, no siento ningún complejo en decir ¡Viva España! ¿Qué soy? ¿Un derechista o un fascista?
En fin, ustedes juzgaran; en todo caso lo que queda claro es que soy poco ortodoxo. Espero que el nuevo partido aparque tal corrupción en los términos. Tampoco hay que esperarlo todo, este partido no va a ser perfecto. Sólo faltaría eso. ¿Saben cuál sería mi partido perfecto? Pues sería un partido donde yo fuera el presidente, el secretario general, y el único militante y aun disidente.
No obstante, creo que este nuevo partido tiene un espacio para todos aquellos que no estamos por dogmatismos en la política, lo que en definitiva significa que estamos por la libertad. Lo que también quiere decir que estamos por el respeto a las reglas de juego, por la Constitución y por la igualdad entre todos los españoles, sean de donde sean.
Por lo tanto, a todo aquel que se sienta en esta situación y quiera además contribuir a la reconstrucción del "buen rollo" nacional, creo que ha nacido su partido.
ALBERT BOADELLA

Hace bien poco que hablábamos aquí de la vieja Birmania. Hoy lo hacemos por motivos tristemente diferentes, las tiranías no mejoran con el tiempo, se trata de resistir, cada día que pasa serán menos, hace tiempo que han perdido el juego.
"A los hombres insaciables les diremos que deberían sin dificultad convencerse en esta ocasión en vista de los mismos hechos, de que lejos de adquirirse y conservarse las virtudes mediante los bienes exteriores, son por el contrario adquiridos y conservados éstos mediante aquéllas; que la felicidad, ya se la haga consistir en los goces, ya en la virtud, o ya en ambas cosas a la vez, es patrimonio sobre todo de los corazones más puros y de las más distinguidas inteligencias; y que está reservada a los hombres poco llevados del amor a estos bienes que nos importan tan poco, más bien que a aquellos que, poseyendo estos bienes exteriores en más cantidad que la necesaria, son, sin embargo, tan pobres respecto de las verdaderas riquezas."
Aristóteles, Política, libro IV, cap. I, "De la vida perfecta".
Cualquiera que maneje los elementos básicos del sentido común, debería saber ya desde hace décadas que no tiene sentido fiarse de quien se proclama admirador de Sabino Arana. Pueden aparentar lo que quieran, pero siempre terminan por mostrar la avariciosa zarpa por debajo de la puerta. La inveterada táctica del Partido Nacionalista Vasco ha sido siempre la misma: “O vivo como nadie o te despides del paraíso vasco”. La última de Ibarreche va en el mismo sentido “todo el poder para el Buru Batzar o nos largamos”. Ojala lo hiciesen, al fin ya se han ocupado de expulsar y silenciar a la disidencia, pero ya verán como al final se inventa algo para medio quedarse entre nosotros a costa de extraer más emolumentos del inerme cuerpo social pechero, la independencia total resulta verdaderamente cara y en esta ocasión, para variar, pagarían ellos.
A la vez, sus bien mantenidos diletantes se ocupan, como es costumbre, de revolver el gallinero a ver que pasa. Anasagasti, otro genio, señalado admirador de Arana y probablemente el individuo peor peinado de la historia de Europa —es curioso que trate de mantener esa pose de extrema dignidad nacional con semejante cortinilla orejera— se dedica estos días a impartir doctrina anticonstitucional, convencido, como ya lo están todos, de que aquí sólo se cumplen las leyes de alienación lingüística, las demás se las puede pasar uno por el forro de la libertad de expresión.
Entretanto, cuatro notas de Humilladero, aliados a una Izquierda Unida más desquiciada a cada día que pasa, parecen dispuestos a devolvernos sin permiso a las profundidades del Frente Popular, así, porque les da la gana.
En fin, parece evidente que el nosotros, el cuerpo social donde todo tiene, o debería tener, su origen, camina en sus afanes muy alejado de las estructuras político-administrativas. La confluencia de intereses en el tiempo de dos ideologías, la socialista y la nacionalista, que en principio sólo deberían coincidir en su proclividad a la injerencia como sistema, por presunto igualitarismo los unos, por claro uniformismo los otros, han generado entre ambas, parece ya evidente, un trasunto de Leviatán redivivo, que lo más que hace es normativizar con saña de burócrata cumplidor todo cuanto ejercicio de la libertad encuentra a su paso. Felices a la fuerza, ese es su credo y tengo para mí que los humanos somos demasiado complejos para aceptar semejante bagatela de monaguillo aplicado. Rabelais, Aldous Huxley, George Orwell, utopófobos convencidos, ya nos previnieron suficientemente del peligro que representan estos individuos que, creyéndose el Mesías, prefieren que finalmente y puestos a escoger, sean otros los crucificados.
Es así que las necesidades aritméticas del gobierno Zapatero, unidas a sus propias filias, por veces obsesiones salvíficas, nos precipita hacia la permanente conculcación de nuestros principios constitucionales, de los cuales, la igualdad de los españoles ante la ley, no siendo el menor, sino tal vez el principal, es el que sale peor parado. Será tiempo de procurar ciertos remedios, que o surgen de la sociedad civil o no lo harán de ninguna otra parte. Nadie posee recetas contra la opresión y la mentira organizada, contra los adoctrinadores de niños, contra los demagogos de la verdad única distribuida sañudamente desde el poder. Tal vez, como hacía decir Albert Camus a su alter ego el doctor Rieux, solamente nos queda el trabajo industrioso y la honestidad: “Es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad”, puede que tuviese razón.

No ha sido descortesía, Wally, Luis y Berlín saben muy bien lo que se les quiere en esta casa, pero en ocasiones a uno le ocurre como al Adelantado Padilla, cada vez que larga la jarcia para cobrar singladura, algún calvatrueno con aspecto de funcionario le arruina el día endilgándole algún papeleo de los de comenzar hoy y rematar dos meses después, largándole sin misericordia al dique seco y al fregado de carenar. Si a esto unimos contingencias varias de penoso relatar, se comprenderá que por veces uno se pierde entre los papeles, lo que no quiere decir que me olvide de los amigos, uno de los pocos pecados que no pienso cometer en tanto conserve el sentido de las cosas.
Recuerdo que Wallenstein, compañero de batallas historiográficas, me pedía que nombrase las que son para mí las siete maravillas del mundo moderno. Bueno, observarán que él ya ha sacado lo esencial a relucir, así que me dispensarán si me permito citar aquí alguna filia personal de difícil justificación:
1.- Internet, sin duda, ya no podría escribir levantándome a cada pasa para consultar una entrada o un topónimo, por no hablar del Google Earth.
2.- La economía libre, que nos permite, entre otras consideraciones, consumir ron con coca y benzodiacepina sin incómodas restricciones.
3.- Los “media” en todas sus variantes, que en su misericordia nos proporcionan interminables horas de placer tras la dura jornada. Uno puede sobrevivir al día si sabe que al llegar a casa, niños acostados por medio, puede disfrutar cuantas veces quiera con las locuras de Rufus T. Firefly en “Sopa de ganso”.
4.- Ya que estamos, ciertos filmes de Woody Allen, señaladamente: Annie Hall, Hannah y sus hermanas, Manhattan, maridos y mujeres y delitos y faltas.
5.- Alguien me crucificará por esto, pero en fin: La certeza de que el mundo camina hacia una cierta convergencia de sensatez económica y social, a pesar de que muchos se empeñan en mantener usos preindustriales, cuando no medievales, en sus modos de hacer; ya caerán, todos lo hacen, nadie gusta del mal vivir y la demagogia tiene un recorrido muy limitado.
6.- La globalización, si, eso mismo, yo me pido ser de Brooklyn. (Eso Berlín ya lo sabe, cualquier día nos mudamos a la Madison Avenue, pero necesitamos más pasta, no tardará mucho ya).
7.- La certeza de que hoy, más que nunca, cada quien puede cumplir su sueño, si se empeña lo suficiente.
En cuanto a Berlín y Luís Gómez, algo me decían sobre secretos, confesables o no. En fin, ¿Quién es quién? Sobre esto poco tengo que decir, pero alguna cosa podría contarles sobre mí.
Por ejemplo que ser un chaval aplicado y gafoso, paradigma de buena crianza decía de mí mi tío Fernando, aquel marino de los de antaño, perdido en el pandemonium de un patio de juegos atestado de material humano mostrenco, no es perjuicio sino virtud. Gracias a eso uno se vuelve observador y desarrolla la inteligencia emocional, de modo que pocas veces se ha de usar la violencia para espantar desaprensivos. Si, llegado el caso, esto resulta inevitable, conviene, como hicieron mis padres conmigo, que se le matricule a uno en un curso de Judo. Yo acudí catorce años seguidos y nunca he tenido miedo desde entonces, mis compañeros de patio si.
Esto no quita que siga siendo uno de los tipos más torpes con las manos que puedan existir en el planeta, mi falta de pericia me ha llevado a electrocutar gravemente, sin quererlo, a un radiotelegrafista, me alegra saber que vive todavía. No obstante, conseguí, jugando con las poleas que sostenían sus piernas, lesionar a nivel de minusvalía grado severo según baremo de la Seguridad Social a una tía previamente lesionada por un trolebús, hace treinta años de esto y sigue sin hablarme; tirar una fuente enorme de lacón con grelos sobre el abrigo de visón de la madre de un amigo, chocar repetidamente a la vuelta de la esquina con el mismo vecino, que ahora usa ya bastón; lograr que mi editor no quiera volver a montar en mi coche jamás —dice que voy despistado y señalando cosas— o conseguir que mis amigos me tengan prohibido servir las copas en las noches de poker, eso salgo ganando. Con todo, el destino es así de juguetón, guiso bien y nado y buceo mejor que la mayoría.
La pasta es para subsistir y comprar chorradas a los niños, que me hace gracia, pero lo que importa de verdad es el favor de las damas, yo visto siempre igual y consumo como un biscuter; pero las damas, ah amigos, le confieren a uno su razón de ser, ahora y siempre, en esto me gustaría parecerme a Picasso, por la bronceada longevidad en Antibes, se entiende. La feminidad es un misterio que conviene cuidar, créanme si les digo que no hay nada más. Hace uno días, triscando por la red, encontré este video de la ELO. En mis tiempos Jeff Lynne y la ELO pasaban por horteras, claro que entonces no habíamos comprendido la verdadera extensión de la palabra, en realidad, para los baremos de hoy en día, eran unos maestros de la música electrónica. Pues bien, tras Jeff Lynne, que siempre tenía esa pinta imposible de licántropo, aparece haciendo los coros Rosie Vela, esa forma de moverse, esa dulzura incomparable, eso, justamente, es de lo que hablo, las damas son una bendición, que nunca nos desamparen.
Y ahora, espero no incomodarles con esto, traslado el envite a dos de mis bloggers favoritos, dos tipos con cuya lectura disfruto cada día más, son Ignacio y Rafa Herrera, a ver que nos cuentan, les aseguro que no tendrá desperdicio.

“SÓLO ENCONTRÉ una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.
Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.” De Mortal y rosa. Francisco Umbral (1975).
Me dispensarán que escriba hoy sobre Umbral, se muy bien que tocaba, ya lo ha hecho todo el mundo, pero me gustaría dejar aquí cierta constancia de mi personal orfandad. Lo mismo sentí cuando Cela se aburrió del mundo y decidió dejarnos. Se podrá decir lo que se quiera, pero una sola frase de Don Camilo resulta más persistente en la memoria que compendios enteros de actualidad literaria. Con Umbral ocurre muy parecido, no se si un peldaño por debajo, pero parecido. Perder hoy también a Umbral es como perder las gafas de leer, como si nos cerrasen el último ultramarinos de calidad y debiésemos conformarnos desde entonces con gastar nuestros flacos emolumentos en las grandes superficies gestionadas con mala saña y peor intención desde el oscuro y tristísimo Mondragón. Qué poco nos queda ya.
En el saco que manejaban juntos Umbral y Cela hay más español que en toda la RAE reunida y formada para revista de la A a la Z. El lugar que Umbral siempre debió ocupar se lo asignaron en 1991 a José Luis Sanpedro, tras él, que es un novelista sólo afable y de mediano interés, se abrieron las puertas del brillo y esplendor a individuos de número verdaderamente imprescindibles como el nunca bien ponderado Juan Luís Cebrián, que escribió una cosa llamada “La rusa” en 1986; después, egolatría y pago de uno mismo, los casos de Pérez, susceptible de pergeñar: “Pumba, pumba, pumba. La ira de Dios. La batalla” (Cabo Trafalgar, 2004) o Javier Marías, individuo en permanente salvaguarda de su cardinal importancia, que parece escribir con el único objetivo de que no se le entienda, hablan por sí mismos. Por el medio damas de cuota y algún nacionalista periférico de guardia para completar el panorama de la más irrelevante cultura oficial. Ellos se lo han perdido.
Aquello de la persistencia en la memoria de ciertos textos nunca me ha extrañado, Cela y Umbral poseían talento por arrobas, quien lo duda, pero eso jamás les relevó del convencimiento de que o uno lee y se lo trabaja, todo lo que caiga en sus manos de Cervantes para abajo, y luego calienta la silla cada día, o va apañado. El niño Umbral, véase “El hijo de Greta Garbo” se leyó todo lo que se guardaba impreso en las bibliotecas de Valladolid desde el tiempo de Gutemberg, Don Camilo ejercitó práctica similar en su Iria Flavia natal antes de pensar siquiera en escribir de aquella manera casi milagrosa que tan certeramente glosaba Francisco Umbral en su muy recomendable “Las palabras de la tribu” (Planeta, 1996): “El segundo secreto literario de Cela es la varonía, la impasibilidad con que cuenta lo tremendo…Y esto que digo vale igualmente para la ternura, mayormente derramada sobre ciegos, locos y tontos del pueblo. El tercer secreto de Cela ya no se debe a la inspiración, sino a la formación, a la sabiduría, y consiste en su manera de hacer coloquial la más alta cultura española y de dignificar como cultísimo el apodo de un cantinero o el nombre de una puebla que ni siquiera lo es”.
Así que, en efecto, quedamos aquí solos y más bien huérfanos de metáforas, se ha marchado don Francisco, al menos quedan Delibes y Marsé. A Juan Marsé le tengo, además, cariño. Conservo celosamente un ejemplar de sus “Últimas tardes con Teresa” que una vez me regaló una deliciosa dama que poseía la inigualable luz de la serena inteligencia en la mirada. Hacía muy buena compañía con sus elocuentes silencios, “para que nunca sean últimas esas tardes”, me escribió entonces con su letra de pluma, segura y geométrica. Bien que se lo agradecí, puede que ya ni se acuerde, pero si hoy seguimos aquí, cada maldito día en la brecha y a la que salta, es porque una vez nos fue dado vivir plenamente. Con eso y cierta literatura es más que suficiente.
Addenda
Al hilo de la pregunta ¿Qué nos queda? O mejor: ¿Quién queda? Ayer, caracoleando por la red, encontré estos fragmentos estrafalarios que aquí les dejo. Pertenecen a la novela ganadora del 50º Premio Planeta "La canción de Dorotea", de la iracunda Rosa Regás. Otro ejemplo notable de narcisismo político-literario aupado por la bobería integral de Zapatero. Resulta difícil imaginar una manera más plana, tópica y ágrafa de perpetrar el idioma:
Página 37 y ss: "Al ir a poner el dinero que había sacado del banco para pagar una serie de facturas en la pequeña caja fuerte empotrada en la pared del fondo del cuarto de armarios, que yo usaba como vestidor, ..."
… "una sombra de inquietud, esa misma sombra que nos hace dudar de una situación cuando no es exactamente igual que la que dejamos"
… "Lo había sabido con ese conocimiento vago pero firme que sólo reconocemos como tal una vez se ha comprobado que era cierto lo que pronosticaba aquella inicial alarma."
Pág. 60:"ésa sería la penúltima noche del año, pero ninguna señal había en el cielo que anticipara el cambio de cifras que traería consigo el año próximo".
Pág. 63:"Ya sabe, añadió con voz de entendido, el criminal siempre vuelve al lugar del crimen".
Pero este dislate paranoico es, sin duda, la perla, lo mejor:
"¿Fue esta coincidencia la que convocó la vaga sospecha que pugnaba por brotar y manifestarse, un pensamiento informe aún pero con un significado preciso aunque definido en un código sin descifrar? Como la inquietud que origina la palabra que estamos viendo con la imaginación y que, sin embargo, somos incapaces de traducir al lenguaje convencional de los signos y los sonidos, la suspicacia y la impotencia crecían ciegas dentro de mí y, tal vez obedeciendo las leyes de su despertar o insuflando en mi inteligencia al hacerlo una perspicacia policial nueva, oí la voz de mi respuesta".
Vamos de lleno hacia el marasmo historiográfico en torno a 1808. El que suscribe no es excepción. En septiembre, congreso, naturalmente. Presentaré esta comunicación: Cambios y permanencias en la España preconstitucional, que pueden consultar íntegra en mi web "Sartine Coffee". Se trata de una breve intrusión en las entretelas del primer liberalismo español y sus más que notorias raíces bien asentadas en las peculiaridades político-administrativas de nuestro Antiguo Régimen. Así somos y así nos va desde entonces.

"Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente... porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?, como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren en verdad... Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya”. (Sándor Márai, El último encuentro, Barcelona, quinteto, ed. 2006, pág. 191)
Voy creyendo que parte del secreto de la literatura reside en contar las cosas con cierto empaque, como si nos diesen igual, por eso suelo hacerme acompañar en vacaciones por algún ruso, nada como el espíritu eslavo para liberarse de vanidades y caminar con cierta resolución hacia las cuestiones cardinales; pero esta vez un buen amigo se tomó la molestia de bajarse a la feria del libro por mí y regalarme “El último encuentro” de Sándor Márai. Bueno —pensé a la hora de dejarlo caer sobre la valija—, al fin, un eslovaco medio alemán, ex súbdito del imperio Austro Húngaro, pertenece decididamente al este, para algo me habrá de valer. A fe que así fue.
Sumergirse en la claridad literaria de Márai es descubrir cómo era el mundo civilizado antes del cataclismo de 1914. Aquellas sedas francesas ajadas por los años, las luces de bujía, la sala de fumar tras la cena, el mero hecho de vestirse de oscuro para cenar; toda aquel decadente oropel de convenciones, tantas veces denostado, parecía ocultar el secreto de la supervivencia. Años de dura educación, de adiestramiento en el dominio de las pasiones, resultaban ser de mucha ayuda cuando la vida las mandaba torcidas. Al fin, una verdad universal, aquella que defiende que sin cierto valor y el indispensable adiestramiento no hay respuestas adecuadas a los influjos externos, la misma que algunos se empeñan en descubrir hoy a través de exotismos más o menos budistas, parece que ha estado ahí desde siempre, colgada en las estanterías de los abuelos.
Marái, como Thomas Mann, algo se parecen, poseía el don de la cirugía literaria, sabía ver las raíces de la pasión en cada uno de nosotros y lo poco que, en realidad, nos influyen las cosas, fuera de tres o cuatro elementos que singularizan nuestras cortas vidas. Por ejemplo amar sobre cualquier contingencia a alguien que, por lo demás, apenas despierta algún interés en la mayoría de nuestros semejantes. Más aún, seguir amándolo aunque resulte ya absurdo hacerlo y se haya ido; cuando nos ha entregado, siempre cicateramente, mucho menos de la mitad que otros amores. Y luego sobrevivir a eso, fagotizarlo, hacer las paces con el mundo, todo un arte que se adquiere con la cultura y ciertas dosis de sincera introspección.
Hay muchos silencios en “El último encuentro”, en realidad se trata de un largo monólogo en el que habla el general y Konrád escucha, pero lo hace de una forma muy elocuente, uno siempre espera que se lanzará a dar respuestas en el siguiente párrafo y de alguna manera llega a hacerlo, aunque no como quisiéramos. No es necesario, el general parece conocer la verdad, al fin, como él mismo sugiere: “La realidad no es lo mismo que la verdad, la realidad son sólo detalles…”
Ya lo habíamos visto antes, a nada que las ideologías totalitarias alcanzan el poder y el acceso a los dineros públicos, se ocupan prioritariamente de sembrar doctrina entre los indefensos. Quien aconseje a Anxo Quintana sabía bien lo que hacía al nombrar su Vicepresidencia como “da Igualdade e do Benestar”, socialismo duro y felicidad pública, se quiere decir. El paraíso nacionalista aplicado a niños y ancianos, que son, como se sabe, las primeras víctimas de cualquier epidemia. Ya no le vasta con la galeguización obligatoria e íntegra de los niños que acuden a las “galescolas” públicas, una solución de urgencia para miles de familias en Galicia, de paso se les planta un uniforme a rayas albicelestes y, como en los buenos viejos tiempos de los camaradas de uno y otro lado del espectro político, se les obliga a cantar el himno para “oficializar los sentimientos de Galicia como país”, así en un reciente artículo de la Opinión, el iluminado vicepresidente, gravemente obsesionado por la felicidad pública asegura:
"Por supuesto, se enseñará el himno en las galescolas. Los niños saldrán de las galescolas conociendo el himno y sabiendo quién es Castelao, Eduardo Pondal y Rosalía de Castro"
Y más adelante:
…/…con motivo de la celebración del centenario del himno gallego ha decidido sacar una edición especial de la letra del himno. Serán 250.000 ejemplares del poema de Eduardo Pondal que se repartirán en los colegios de la comunidad. Los versos del poeta de Ponteceso, según Quintana, "oficializan los sentimientos de Galicia como país" y "agitan el despertar de Galicia como nación". "Mientras haya himno, habrá país".
Pues:
obedecen a un proyecto educativo "vertebrado por la identidad de Galicia", que ayudará a los padres a compaginar la vida laboral y familiar, llevando a sus niños a escuelas que apuestan por "la calidad", pero también por "la identidad y el compromiso con el país".
Es decir, que a cambio de guarderías accesibles y gratuitas, los progenitores habrán de vender las almas de sus niños al gran padre nacionalista, una jugada tan repulsiva como allanadora de las más evidentes libertades públicas, una de las cuales, y no la menor, es que padres e hijos puedan expresarse en la vida pública en la misma lengua que hablan libremente en su casa, más si es una de las dos lenguas oficiales de su país; parece una obviedad. Ya no lo es. En Galicia eso está legalmente prohibido por un lamentable decreto educo-administrativo cuya zafiedad está solo a la altura de la hirsuta clase política que nos mal ampara.
A esto hay que añadir que el amondongado establishment gallego ni siquiera lee los papeles. Así, el ya célebre profesor de políticas Xosé Manuel Barreiro Rivas, ex alto cargo de la Xunta de Galicia por dos gobiernos de diferente color, nos regala este jueves desde su columna “A Torre Vixía” en La Voz de Galicia, intitulación humilde y discreta donde las haya, un encendido discurso pro-himno solo comparable a los panegíricos de Girón de Velasco en torno a la formación del espíritu nacional. Para este “animal político”, así se le describe, no sin cierta razón, en alguna de sus biografías de uso más corriente, todo aquel que no comulga con el canto del himno en las escuelas es un “Neocom”, vulgo facha, más que merecedor de aquellos caritativos versos de Eduardo Pondal: “Iñorantes, / e féridos e duros, / imbéciles i escuros”. Todo esto mientras escribe en castellano, deficitario, bien es verdad, pero castellano al fin, su columna acusadora. No se puede tener más descaro, él, el salvapatrias, escribe en el idioma que mejor le parece, debe saber que nuestros hijos no tienen esa suerte, simplemente, se les prohíbe excepto en las materias que a la Xunta de Galicia le viene en gana, señaladamente la educación física, el castellano y la tecnología, siempre, claro es, que el profe no sea también galegofalante, circunstancia más que habitual. Debe permanecer más atento el sofista, no sea que esa “Torre Vixía” esté ya orientada hacia el lado equivocado del patio, aquel donde forma ordenadamente la población para lo que sea menester mandarle, las últimas con esas características se desmontaron en la Europa no soviética en recoletas localidades de nombres tan sonoros e inolvidables como Dachau, Treblinka, Mauthausen y Auschwitz, en esta última, he leído por ahí, era donde más y mejor se vigilaba.

Desde que el padre de Jay Lamatta colgó en un lugar preferente tras el mostrador del Blue Café, junto al mejor Bourbon de Ketucky, la foto publicitaria dedicada que un venturoso día, a la salida del Pavilion Park Slope movie theater, le regalase Gene Tierney, nadie había tenido redaños para moverla de su sitio. Aquella vieja estampa había sido venerada por generaciones y seguiría siéndolo en tanto el mundo no perdiese del todo el poco seso que todavía parecía conservar. Rooney Ledo gustaba de contemplarla a menudo desde la distancia, mal sentado en la mesa que Jay Lamatta solía reservar para él y sus papeles en un gesto de amable vecindad y sabia gestión del negocio. Aunque hoy tenía asuntos que resolver, algo debía ocurrírsele para ventilar la última remesa de fotocopias que le había llegado de España y deprisa, septiembre estaba al caer; Rooney Ledo no quiso evitar la postal amarilleada por el tiempo. La novia de Brooklyn estaba más guapa y más joven que nunca, no era una estampa, era la mujer, el concepto sin carnalidad que ya le gustaría haber contemplado al viejo Platón cuando quería contarnos la distancia que existe entre las cosas y la idea que nos fabricamos de ellas, inmanencia, le decía los filósofos, aunque para Rooney Ledo, Gene Tierney era simplemente la perfección sobre papel fotográfico.
“Y aún así” —se dijo, brindando en dirección a la postal y apurando el último ron de La Habana que se había podido conseguir en los Heights—, “no creo que tu, bella dama de mirada inmortal, pudieses sustraerte en vida de ciertos males generales que uno va constatando con el tiempo. No es nada grave, ni tú tienes la culpa, nadie, con la posible excepción de algún mal sujeto que he tenido la desgracia de conocer, tiene culpa de nada, a todos nos ocurren cosas y no hay motivo para escurrir el bulto. Claro que no tienes culpa, pero tal vez, detrás de esos ojos que podría contemplar durante horas sin hartarme, podrías explicarme la razón que conduce a las damas por el camino insalubre de la demolición de sus parejas. Esto es, tornarlos sin empacho y casi como a conciencia, de príncipes en mendigos; de loores y alabanzas sin cuento en el inicio a la aniquilación final. De mostrarles atención y sonrisa permanente al reproche como sistema, cuando no a la humillación del “no sirves para nada”. Y aún siendo así, te retranquean, te abrochan como si te sumergiesen en almidón, que apenas puede saludar de lejos a los amigos mientras te envían a los recados con el tiempo tasado. En esto solo existe una excepción — Rooney Ledo volvió a sonreír para sí, como quien recuerda algo gracioso súbitamente— si el propio es un cretino, siempre será bien tratado, esto es un misterio que sólo el buen Dios podría desentrañar si un día le viniese en gana, que no le vendrá.
O sino, buena señora, gentil dama —prosiguió Rooney Ledo— respóndeme al menos a una cuestión menor: a qué obedece ese eterno nubarrón de malestar que acompaña los actos femeninos, ¿qué mujer, novia de Brooklyn sobre papel Kodak, no se siente inclinada a manifestar sus estados de ánimo y salud corporal a cada paso que da sobre el mundo? ¿A qué demonios atiende esa obsesión por estropear una hermosa tarde de domingo con expresiones repetidas de abuelas a nietas, esos “tengo frío, o calor, o hace sol, o hace sombra, o los niños, maldita sea, no han merendado"? ¿A qué, retrato ebúrneo, dímelo tú si puedes, se debe tanta obsesión por la meteorología, el horario y los buenos alimentos? Recuerdo muy bien, amada Gene, como la mujer que más he querido en el mundo, mis razones tengo para ello, estropeó nuestro primer despertar con un inoportuno dolor de muelas, no odiaba a su muela enferma, ni siquiera al dolor que le producía, parecía odiarme a mí por no ser dentista mientras entonaba protestas en un idioma tan bizarro como ininteligible, luego me ha sido dado contemplar situaciones idénticas por resultar ser un mal sombrerero, un deleznable aposentador, un inútil instalador de sombrillas o un conductor poco osado. Tal vez, si algo me aclarases al respecto, luego, solo luego, podríamos hablar de amor eterno y fidelidad, aunque se muy bien que el día que ya no me sea posible contemplar tu retrato será mucho peor que el de hoy, el día que ya no pueda tener a tiro a una mujer, mejor será que insulte a alguien inadecuado por ahí, a ver si me fabrica unos pies de hormigón y esto se acaba de una maldita vez”.
Rooney Ledo se encogió de hombros, chasqueó los labios como solía hacer cuando quería alejar de sí algún pensamiento incómodo, volvió la vista hacia sus papeles y al cabo de quince o veinte minutos pudo comenzar a escribir: Como es bien sabido, conseguirá sobrepasar el tamiz de base iusnaturalista de los diputados gaditanos, para impregnar la Constitución de 1812 de resabios religioso-medievales de concepción muy diferente a las nuevas ideas importadas de la Revolución, paradójicamente, o no tanto, muy visibles en la Carta otorgada por Jose I en Bayona. Al fin, los redactores de la exclusión borbónica no hacían otra cosa que tratar de sancionar los privilegios que el desdichado Carlos II venía de confirmarles en su testamento…
Uno comienza a creer que el problema que presenta la nueva asignatura de diseño gubernamental no reside tanto en los contenidos doctrinarios que se pretende introducir en el magín de nuestros infantes. Lo grave es que su desarrollo parece recaer en un puñado de machacateclas inmisericordes, cuyo desconocimiento de lo esencial transcurre parejo al entusiasmo pseudorevolucionario con el que parecen querer amansar su mucha frustración. Ese clásico del bachiller resentido e insuficientemente informado, sigue gozando de muy buena salud. Así nos lo cuenta Álvaro Delgado-Gal:
Hace unos días me acerqué a una librería de la calle del Arenal y pedí un título cualquiera de los que circulan por ahí sobre Educación para la Ciudadanía. Mi propósito era meramente exploratorio: no pretendía hacer un balance de la situación sino levantar la punta de la alfombra y echarle el ojo a lo que hay debajo.
.../…En la confección del libro han intervenido tres plumas distintas y un ilustrador. El último ha sometido a una segunda destilación el mensaje contenido en la parte escrita, deparándonos, de paso, algunas joyas pedagógicas. Espigo dos. En la página 162 se ve dibujados a dos niños pijos, a horcajadas de los cuales van montadas sendas niñas pijas. La de la izquierda lleva un móvil en la mano y dice: «Lo bueno de la dictadura de mercado (en negrita) es que tiene lo bueno de los fascismos precedentes pero sin el mal rollo ese de los desfiles y las marchas militares». En la página 217, un hombre, situado en una especie de atalaya, señala con el índice un paisaje de infinita desolación y explica a sus dos hijos: «Vanesa... Pablito... ¡Mirad! ¿Veis ahí abajo? Es gracias a estas personas que se mueren horriblemente en la miseria que nosotros podemos tener un reproductor de DVD introducido subcutáneamente en el recto de nuestra perrita Fifí...».
…/…
De hecho, comparan el capitalismo con la Gestapo (pág. 153), y lo encuentran peor: «El capitalismo impone su orden totalitario con infinitamente mayor eficiencia que todos los campos de concentración nazis juntos» (pág.154). El capitalismo ha frustrado el gran proyecto ilustrado; el capitalismo es intrínsecamente incompatible con la democracia; y la historia demuestra que ha sido imposible reformar la democracia por medios pacíficos, es decir, legales: «... cada vez que la izquierda anticapitalista ha intentado valerse del marco legal para corregir las malas leyes, se ha encontrado con que ese marco no existía» (pág. 179). No sorprende que los autores comprendan la violencia: «Se puede defender el Estado de Derecho sin dejar de reconocer que dichos movimientos (los comunistas) tenían razón al defender que la lucha política debía entablarse extraparlamentariamente» (pág. 177). La sorpresa se combina con la preocupación cuando se lee que España, en realidad, no es un Estado de Derecho (pág. 84).A medida que avanza, el libro va adquiriendo un tono paranoico. Se afirma que los Estados Unidos retrasaron su ingreso en la Segunda Guerra con el designio de que Alemania y la U.R.S.S., sus dos grandes rivales, se destrozaran mutuamente. Y que intervinieron pocos meses antes del fin de la contienda, cuando ésta ya estaba decidida (pág. 204). Semejante desprecio hacia los hechos reduce a una fruslería la línea en que se convierte a Popper en «filósofo americano» (pág. 83).
La ineptitud de los firmantes (dos de ellos, ¡ay!, profesores) causa mayor pasmo aún que su fanatismo. El argumento general adopta, miren ustedes por donde, un perfil kantiano. Se asevera, kantianamente, que toda ley digna de tal nombre debe asumir una forma universal. Y de ahí se deduce que es «intolerable» (pag. 72) que Bill Gates sea tan rico. ¿Por qué es intolerable? Porque Bill Gates no podría ser muy rico, si otros muchos no fueran muy pobres. Se entiende que el mercado es un juego de suma cero, y que yo sólo puedo prosperar a costa de que otro empeore. Uno esperaba una lectura kantiana un poco más sutil: una lectura que censurara, por ejemplo, el incumplimiento unilateral de los contratos o el uso de información privilegiada. Pero los autores no se andan con chiquitas: identifican la justicia con la igualdad de hecho, reprograman el kantismo en clave populista (Chávez es uno de sus héroes de referencia) y transforman a Kant en un heraldo de Evo (otro héroe de referencia).
…/…
ABC Guía de perplejos
ÁLVARO DELGADO GAL
5-8-2007
Caminar a favor del destino te mantiene al socaire de indolentes, comediantes, mansurrones y otros dioses paganos; se trata de aguardar sin urgencias y saber decir adiós con la mano. A su debido tiempo los quehaceres se enderezan y los asuntos retoman su lugar; es entonces, poco más o menos, cuando casi indefectiblemente una voz que creías suspendida te cuenta, como no, de lo riguroso de su alcoba, que todo resulta absurdo en la ausencia, que aquellas viejas calles se transitan muy bien según se va acercando el Ferragosto; cumple hacer la valija, buscar los cuatro papeles que necesitas para hablar cuarenta y cinco minutos sobre venticuatrenos segovianos y el tráfico atlántico, tomarse el tiempo justo de espantar los enanos del semestre y saludarles cordialmente con la mano; lejos, tras la despedida, acude el convencimiento de que apenas los actos oportunos son los que salvan, circunstancia completamente ajena al mediano pasmar de fatuos, espectros y blanquecinos resabiados en general, goodbye a todo eso:
BLANCANIEVES SE DESPIDE DE LOS SIETE ENANOS
Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos.
Leopoldo María Panero (Incluido en Antología Cátedra de Poesía de las Letras Hispánicas. Selección e introducción de José Francisco Ruiz Casanova. Cátedra Letras Hispánicas. 500.1998)

Según parece ahora le dicen Myanmar, pero de alguna manera su nombre siempre será Birmania, la vieja Burma, rica en casi todo: oro, plata, tungsteno, cobre, petróleo, gas natural, rubíes, zafiros, jade, inmensos bosques de teca y feraces terrenos permanentemente irrigados; pero como en muchos otros lugares, aquello no es suficiente, mucha sacristía y poca economía, junto a un gobierno de espadones casi perenne, hacen que la población guarde para sí poca cosa más que sus grandes sonrisas y unas ganas permanentes de vivir. No obstante, causan envidia esos semblantes desprovistos de nubarrones, algún secreto guardarán.
Hoy llego a Burma a través de una de esas curiosas aplicaciones que proporciona la comunidad Facebook, ha sido cosa de Gonzalo Martín, un hombre del audiovisual al que le sobran buenas ideas, no se lo pierdan, merece la pena.

"Al fin algo imprevisto: una división vertical en vez de horizontal del territorio. Aunque no deje de haber barrios ricos y pobres, esa diferencia suele desarrollarse dentro de la misma manzana, comenzando por las hediondas aceras y terminando en el lujo de áticos ajardinados. La visión no tranquiliza a alguien que padece vértigo, pero el combinado de alcohol y benzodiacepina baja piadosamente el telón."
Antonio Escohotado: Sesenta semanas en el trópico
(...) Bangkok 4/8/2000
My world is miles of endless roads
That leaves a trail of broken dreams
Where have you been
I hear you say?
I will meet you at the Blue Cafe
…/…
Where have you been?
Where are you going to?
I want to know what is new
I want to go with you
Chris Rea, (The Blue Cafe)
Rooney Ledo sabía muy bien que solo hay dos cosas que un hombre puede hacer cuando se rompe un sueño, esperar que amanezca soleado y proveer conveniente acopio de alcohol y farmacopea. Demasiado temprano para buscar benzodiacepina y encaminarse al Blue Cafe; mejor tomar gafas, aletas, plomos y neopreno y acercarse a la playa —toca un poco de “Road to hell”, hermano— se dijo, mientras cargaba todo aquello en el pick-up de Ernesto. Qué tipo Ernesto, parecía oler que se le necesitaba; al fin hacía calor, las Endless Rocks parecían flotar inertes sobre la encalmada. “Es que hoy tampoco usarás la boya”, Ernesto y sus reproches, Rooney Ledo negó con la cabeza, al fin era demasiado temprano para que los niñatos comenzasen a correr hacia ninguna parte con sus motos de juguete y sobre cualquier otra cosa necesitaba no ser, no estar, nada más incómodo que aquella especie de cordón umbilical con el que Ernesto pretendía mantenerle unido a la fracción sólida del planeta, una fracción muy ridícula, por otra parte.
Llevaba años buceando por allí y jamás había sentido el agua tan caliente, la maldita estaba acogedora como el vientre de una hembra, descendió sin prisa, envuelto en la resaca y el mal sabor de boca. El viejo pulpo seguía firme en su cueva, aún no habían dado con él, hasta alguna de las morenas le pareció amigable aquella mañana. Alcanzó el fondo y se volvió sobre si mismo para contemplar la brillante superficie, soltó una profunda bocanada y siguió con la vista el camino ascendente de las burbujas, sí, las burbujas… no les queda opción, siempre hacia arriba. Llevaba algún tiempo dándole vueltas a un par de asuntos, y ahora que contemplaba platear a los verdeles sobre su cabeza comenzaba a verlo más claro. Los verdeles carecen de vejiga natatoria, de forma que nacen condenados a nadar permanentemente si no quieren irse a pique, peces valientes y voraces que saben luchar por la vida, pero lo que abunda en le mundo —chasqueó los labios a la vez que volvía a soltar aire a través del respirador— son las burbujas, obedecen a su naturaleza ocurra lo que diablos ocurra; no saben improvisar, no dominan el arte de la oportunidad, cumplen inevitablemente todas y cada una de sus pulsiones, en una especie de noria con horario que les repugna alterar. Las burbujas, hermano, no quieren perderse nada, por eso terminan por alcanzar la superficie para descubrir que allí es donde de verdad no hay nada.
…/…
Caminaron hacia el Blue Cafe, Ernesto callaba como casi siempre, la vio al pasar, charlaba amigablemente, algo le escuchó decir del mundo alpino, le alivió verla tan bien, clara y serena, casi rutilante. A los pocos pasos Ernesto se detuvo: “pero no era…” Rooney Ledo sonrió y le invitó a seguir caminando, sí, claro que es ella, querido —le dijo al fin, cuando ya no podía verlos— hace lo que le gusta hacer, lo que siempre ha hecho, averigua cosas de la gente y cuando ya las ha averiguado, busca nuevo pasto que indagar, le gustan los aduladores, ponerlos nerviosos, lograr que permanezcan atentos como mochuelos, es su naturaleza, igual que la mía es ser un cretino; y ahora tu y yo, amigo mío, nos vamos a tomar una, dos o mil copas. "¿Y esas pastillas?" —Quiso saber Ernesto— Oh, bueno, te proporcionan cierta balsámica laxitud, van bien en días de calor como éste.
Entre los días 18 y 20 de julio asistí al curso de la UIMP: Reforma y crisis de España. Las vísperas de 1808, que, organizado por mi buen amigo Manuel Mª de Artaza, profesor titular de ciencia política y administración de la universidad compostelana, se celebró en el Archivo del Reino de Galicia, anexo al recoleto Jardín de San Carlos, que viene a ser el Sancta Santorum de la historiografía gallega. Ni que decir tiene que el encuentro me permitió recordar muchos asuntos y aprender bastantes más. Era de esperar, allí se presentaron armados con sus carterones repletos de datos un soberbio grupo de historiadores de raza, de esos que comienzan a debatir por la mañana y siguen discutiendo vehementemente de sus asuntos hasta la última copa del día. Estaba, por ejemplo José Luis Gómez de Urdáñez de la universidad riojana, un profesor sabio y socarrón, cuya bonhomía no le permite guardarse nada celosamente para sí, publicando regularmente sus trabajos en la red a fin de ponerlos generosamente a disposición de la comunidad científica. Como ocurre además que José Luis es el mayor experto mundial sobre la vida y los tiempos del Marqués de la Ensenada, ya se comprenderá que siempre he hecho amplio acopio de su publicística, tanto para mis artículos, digamos, serios, como a la hora de afrontar Sartine, mi primera novela y, claro, mucho que se lo agradezco.
Venía el profesor Gómez de Urdáñez con ganas de desmitificar y a fe que lo consiguió. Ya se
sabe que cuando se desciende a la realidad documental, al dato menudo, la Historia nunca es como la pintan, ni siquiera parecida, he ahí el drama. Si los panegiristas de Carlos III quisieron y lograron, consagrarlo en vida como el mejor Borbón que vieron los tiempos, Urdáñez quiso dejar bien claro que en realidad el napolitano era un santurrón con afición desmedida por la caza, poseía centenares sino miles de escopetas, al que cualquier otro asunto enojaba, retratado como un verdadero desastre con patas por los embajadores extranjeros de la época. Vamos, un déspota, más que ilustrado, de carácter tan caprichoso como malvado. El mejor ejemplo fue el proceso a Olavide, tal vez una de las mentes mejor ordenadas de la época. Aunque el bueno de Marcelino Deforneaux no lo quiso contar, parece claro a la luz de la documentación que las órdenes para su proceso inquisitorial y posterior condena provinieron directamente de este rey vengativo, deseoso de buscar una cabeza de turco que lograse escarmentar los intentos reformistas de Campomanes y sus amigos. Vamos que ni Carlos III era tan listo, ni Carlos IV y Godoy tan tontos, toda una lección de cómo se desmonta una idea preconcebida alimentando luz directa sobre el papel amarilleado por el tiempo.
Pero hubo mucho más, Jesús Astigarraga, de la universidad de Zaragoza, nos habló de la pervivencia en el siglo XVIII de la desigualdad fiscal entre los reinos de la Monarquía Hispánica. Si los equivalentes de Aragón fueron una consecuencia punitiva derivada de la guerra de Sucesión, vía la Nueva Planta, tornaron pronto en contribuciones casi tan livianas como las impuestas por los Austrias en los territorios extracastellanos. De forma que el viejo adagio de Quevedo, que retrataba fehacientemente aquel “imperio a la inversa” nunca antes contemplado en el mundo, seguía siendo una realidad incuestionable:
Solo Castilla y León
Y el noble reino andaluz
Llevan a cuestas la cruz
Tanto es así, que para mediados de siglo, el profesor Astigarraga calcula
una presión per cápita de 28 reales para los habitantes de Castilla y de tan solo 11 para los de la Corona de Aragón, naturalmente, de los territorios vascos “prefirió ni hablar”. Contó como después vino Cabarrús para afirmar que la Monarquía no admitía más remiendos, nadie le hizo mucho caso a la vista del camino que sigue el asunto de la cohesión fiscal y la justicia redistributiva dos siglos más tarde. En su tiempo, la imposibilidad de establecer contribuciones verdaderamente directas, como la Única de Ensenada, derivó en la quiebra de la misma Monarquía Absoluta que se resistía tenazmente al cambio. Fueron las Cortes de Cádiz las primeras en, digamos, medio establecerla, privilegios navarros y vascos por medio, como no. Más tarde veremos como Javier de Burgos y hasta el mismo Madoz, un liberal como la copa de un pino, sacrificarán el principio de la unidad constitucional, no hay nada más liberal que esto, en pro de “salvaguarda de la paz” tan inocente como inútil, tres guerras carlistas dan buena cuenta de la inutilidad de su bienintencionado intento. De forma que aquel “Fueros todos y Fueros ninguno” de Miguel de Unamuno jamás, ni hoy día, llegó a cumplirse, reinando en el concierto fiscal peninsular el distingo permanente que Ferdinand Braudel calificaba sin empacho de “privilegios sin escrúpulos”.
¿Y qué sucedió con América? Paradójicamente, la apertura del tráfico indiano a diversos puertos peninsulares y el establecimiento del comercio libre en 1778, unida a la desaparición de los “puertos secos” (aduanas interiores) como consecuencia de la Nueva Planta de Felipe V, permitió pensar por primera vez en una Monarquía Hispánica con vías comerciales articuladas, activas e integradas, justamente coincidiendo con el principio de su propio fin. Bueno es decir, al respecto, como recordó el profesor Artaza, que las amadas Indias fueron cada vez más consideradas como simples colonias a la inglesa, especialmente por los diputados sitiados en la isla de León en vísperas de la constitución de 1812, craso error que José I, mírese por donde, no se había permitido cometer en su carta otorgada de Bayona, un documento, por cierto, muy superior en lo económico a la Pepa y mucho menos melindroso en cuanto a la salvaguarda de fueros y privilegios medievales. Así de paradójico resulta este espinoso asunto. Pero en fin, las consecuencias de la falta de visión de los constitucionalistas gaditanos las aprovecharían bien pronto, como se sabe, sus hermanos criollos del otro lado del mar. Unas Indias silentes, dadivosas y firmes al menos hasta la batalla de Ocaña (nos cuenta el profesor Chust Calero de la Univ. De Castellón) se volvieron contra la metrópoli no tanto por la disolución del poder en España, sino más bien ante lo desesperado de su situación y el miedo a tener que afrontar una guerra servil. Vamos, que la Junta Central primero y a la Regencia después nunca llegaron a comprender lo que querían expresar los rebeldes norteamericanos con aquel “No taxation without representation”, bien que lo pagaron después.
Pero aún hay más, ¿saben que el pronunciamiento de Riego se produjo más por el miedo de la tropa a navegar en barcos rusos podridos, lo único que se pudo comprar, tras el desastre de Trafalgar ya no teníamos marina, que por verdadero sentido revolucionario? ¿Curioso, verdad?
En fin, serían cientos los datos que podríamos seguir aportando aquí, no será necesario, afortunadamente Manuel Mª de Artaza me ha confirmado que se publicarán actas del encuentro y, si nada se tuerce, el próximo julio volveremos con otros aspectos de tan señalada efeméride.
Actualización:
Foto de grupo ante la tumba de Sir John Moore en el coruñés Jardín de San Carlos

Arriba, de izquierda a derecha: Manuel Lucena, José Luis Gómez de Urdáñez, Manuel Suárez Cortina, Manuel Mª de Artaza, Manuel Chust Calero, Manuel Estrada. Abajo: Emilio La Parra, Agustín Guimerá, Vítor Manuel Migués, Jon Arrieta Alberdi, Marta Friera.
Rooney Ledo volteó con desgana en el aire la botella de plástico vacía, chasqueó los labios heridos por la extenuante pasión, arrojó aquel bote inservible donde mejor le vino y se obligó a caminar en busca de un dispensador de moneda, reparó en que le observaban, estuvo tentado a agradecérselo a aquellos desconocidos agostados por el calor y la espera, alguno todavía le sonreía; se encogió de hombros —maldita sea, amigos, ¿qué más hay?, quiso decirles — buena parte de mis razones existenciales se escurren, melena al aire y taconeo por medio, en este instante por un sumidero mecanizado y no hay nada que yo pueda hacer— Naturalmente se engañaba a sí mismo, lo irreemplazable no quiere saber de logísticas y economías; es fama que un asunto así demanda conocer cual será el próximo movimiento, era ella, desde luego, pero tal vez no lo sabía o no lo creía así, o el manto negro que en ocasiones la había envuelto le obligaba a olvidar toda esperanza, saber que por una maldita vez las cosas eran lo que parecían, que cierta manera de abrazar no se sabe fingir. Rooney Ledo, mal guiado por una incipiente presbicia alcanzó con alguna dificultad la calle y el aire limpio, encendió un cigarrillo y miró alrededor, qué carente de sentido le parecía ahora el universo heterogéneo de almas urgidas que le rodeaban, un instante antes los hubiese besado a todos, ahora habían vuelto a su condición de extraños sin interés. Abajo, la espesura del mundo había regresado, se había plantado allí, burlona, esperándole. Sonrió para sí, ya encontraría la manera de sortear la inquietante y estúpida monotonía que pretendía entregarle, no le quedaba tiempo que regalar.
Diantre, hoy quería contarles algo que apasiona allá en el circunspecto bar de los confusos, dónde se hacen las grandes preguntas, si la humanidad camina hacia la esperanza o malvive en el territorio del hipotálamo primigenio, condicionada por milenios de errática selección natural, ocupada en formar depredadores naturalmente egoístas, antes que seres imbuidos de una cierta misericordia y espíritu de humanizada cooperación. En otras palabras, ¿caminamos hacia el hombre nuevo o transitamos en la nada del determinismo genético? Sobre esto me gustaría decirles que, a pesar de lo que todos tenemos bien presente, nunca tiempos pasados han sido mejores, de eso estoy bien seguro, ¿qué vendrá luego? Espero que una cierta convergencia de las redes humanas hacia formas razonables de producción y convivencia, pero llevará tiempo y será más cosa de la sociedad civil que de esos calvatruenos con carnet que se apuntan a mandarnos desconociendo a menudo la diferencia que existe entre sus manos izquierda y derecha. ¿Se han fijado la habilidad que presentan estos sujetos para el bonito juego de las sillas musicales?: tú me echas de ministra y me pongo de presidenta del congreso, por ejemplo, y a seguir pagando la hipoteca de la urba y el cole carísimo de los nenes de consola y neoboina, así, por España, lo único que importa.
Pero antes debo afrontar un reto malévolo de mi compadre Cristóbal, se ve que es verano y en verano los proyectos se le ralentizan, es raro que disponga de tiempo para establecer un desafío así de psicodélico y anclado en nuestra cándida adolescencia, pero, en fin, sea, hoy los muy cercanos saben que estoy de buen humor, veamos como se plantea el ejercicio:
Magnífico texto, Granados. Pero le propongo uno aún más difícil: Relacióneme usted a Calixto y Melibea con: Ferenc Puskas, Espinete, Rubén Darío, el Tío Aquiles, Gargamel, la Bella Easo, Indíbil y Mandonio, el urbano Ramón y el cacique mapuche Colocolo. Vale, vale, está bien....le dejo incluir a Zapatero. Por si la cosa no fuese suficientemente espesa de torear, las señoras Bovary u Móbile, en su infinita misericordia, me regalan también sus cortapisas. Según Enma Bovary: igual a la lista se le podría añadir un santo/a y un/a friky (sírvase usted mismo), mientras la señora Móbile quiere que introduzca en la caja de componer, un título célebre de Javier Marías: "Corazón tan blanco", nada menos. En fin, me voy a proveer de mi ración de ron con coca y regreso a ver que ocurre:
Leon Paley consultó de nuevo la hora en su viejo e infalible Chopard de manecillas azules, en ocasiones se preguntaba porqué seguía confiando en aquel voluminoso diablo de tan solo veinticuatro horas de autonomía, le habían dicho que había sido fabricado en 1963 por Paul André, el nieto del primer Chopard; siempre podría venderlo bien a cualquier estúpido que se las diese de coleccionista, pero Leon Paley presumía de mantener ciertos principios, no vender jamás su Chopard era uno de ellos. Las 8 y 12 minutos, tenía tiempo aún, en realidad tenía todo el tiempo del mundo ahora que ya nadie parecía necesitarle, pero Leon seguía imponiéndose ciertos horarios, algo le decía en su interior que no tener horarios atrae la desgracia —la muerte busca con saña la ociosidad—, se decía a menudo frente al espejo, a la vez que se afeitaba exactamente a las 7,30 cada mañana. Pensó que ya que caminaba a buen paso por la Séptima Avenida en dirección a la entrada principal de Prospect Park donde se encontraba la principal sucursal de la Brooklyn Public Library, bien podría voltear la siguiente esquina y caminar un rato por la calle Lincoln hasta el número 169, donde podría adquirir uno de aquellos increíbles bollos calientes en Fait’s. No eran precisamente Donuts, sino rosquillas rellenas de una crema que era más chantillí que pastelera. Una verdadera delicia que a su edad no debería permitirse, como los habanos o el vermouth de barrica que pensaba tomarse a mediodía, pero Leon Pasley no comprendía muy bien todo aquel catecismo de los guardianes de la salud, él sólo se sentía mal cuando prescindía de aquellas cosas, ya se había visto separado de demasiadas costumbres, Emily había sido la última, la sola idea de alterar uno más de aquellos pequeños actos diarios le incomodaba profundamente.
Emily, sí, no le guardaba ningún rencor, le parecía que los organismos humanos, los tan ponderados dueños de la creación, no se diferenciaban tanto de cualquier otro ser vivo, —los ciclos— se decía, las plantas se ven sometidas a ciclos, nacen, crecen, se desarrollan, tienden a procrear, degeneran y mueren. Sólo unas cuantas flores en el largo trayecto recuerdan que quizás aquello había valido la pena, todavía le parecía que Emily le había amado alguna vez, pero nunca tuvo certeza de aquello, hacía ya tanto tiempo que apenas se acordaba. A veces, pensaba, ella había sido misericordiosa con él, pero más, maldita sea, mil veces más con tipos que no valían ni la mitad, eso era lo que le enervaba de las mujeres, su pasión por ciertos canallas de escaso fundamento que las engatusaban a base de testosterona concentrada, les hacían mal y aún así cedían a sus deseos, no podía comprenderlo pero ocurría todos los días. Fue entonces cuando decidió que con su Chopard y algo de cultura española sería suficiente, no mas mujeres por el momento.
En la Universidad de Columbia le había ofrecido cientos de cursos para jubilados, él que apenas sí sabía algo de español del que había oído en la calle tras cuarenta años colgado en los andamios de Manhattan, se sentía atraído por aquellos que habían llegado primero a su continente, tipos de testarudas convicciones que se llevaban francamente mal entre ellos —le había sintetizado Rooney Ledo— su profesor de literatura y cultura hispánica, tal vez con intención de terminar de convencerle. Leo Paley se había aplicado con denuedo a su tarea que no era otra que tratar de poner en orden el rompecabezas que Rooney le iba esbozando cada quincena. Tan pronto le mandaba leer una versión traducida del “Calixto y Melibea “ de Fernando de Rojas, como aprenderse de memoria la alineación del Real Madrid clásico, aquel que bajo la dirección del incomparable Alfredo Di Stefano había alcanzado cinco veces la gloria europea. Tanto se había aplicado Leon Paley en el estudio de semejante gesta que ya dudaba de algunos méritos, ahora le parecía que sin Ferenc Puskas, aquel torpedo húngaro, que corría la banda como nadie en el mundo y metía goles desde cualquier posición, no lo habrían conseguido. También leía algo de historia, Indíbil y Mardonio, por ejemplo, en su opinión tan cretinos como el torpe de Calixto, que al parecer no solía mirar donde ponía los pies, del mismo modo que aquellos caudillos nunca supieron colocarse del lado adecuado en el combate.
Mientras retiraba de las comisuras de sus labios los últimos restos del delicioso chantillí de Fait´s, buscó en las profundidades de su abrigo la última lista que le había confeccionado Rooney Ledo, era cuando menos contradictoria. Por una parte quería que Leo se ocupase durante la próxima quincena de dos asuntos bastante dispares: “el mundo infantil en la España de la transición” y “la poesía latinoamericana: del cacique mapuche Colocolo a Rubén Darío”. Del mapuche nada sabía, pero Rubén Darío le parecía un denodado culterano que no se podía tomar muy en serio. Se encogió de hombros —los estudios son los estudios— se dijo, ellos sabrán lo que se hacen. Y sobre el mundo infantil, bueno, uno de los conserjes de la Brooklyn Library era español, un antiguo policía urbano que se llamaba Ramón Villot, algo le había contado ya de unos desternillantes personajes de la televisión del último franquismo, Valentina, el capitán Tan, el tío Aquiles y unos malosos muy malosos, un poco frikys para el gusto actual que atendían al nombre de “hermanos Malasombra”, luego había venido, como a todas partes, aquel Barrio Sésamo que en España, al parecer, conducían primero la gallina Caponata y luego un puerco-espín algo ignorante llamado “Espinete”, ese tema lo bordaría, seguro, pero Rubén Darío, en fin, le preocupaba; si al menos fuese Claudio Rodríguez; aquel fragmento de poema, Nest of lovers, desgraciadamente el libro no lo traía completo, que se había aprendido de memoria:
Y yo te veo porque yo te quiero.
Es el amor que no tiene sentido.
Alza tu cara ahora a medio viento
con transparencia y sin destino en torno
a la promesa de la primavera,
los manzanos con júbilo en tu cuerpo
que es armonía y es felicidad,
con la tersura de la timidez
cuando se hace de noche y crece el cielo
y el mar se va y no vuelve
cuando ahora vivo la alegría nueva,
muy lejos del recuerdo, el dolor solo,
la verdad del amor que es tuyo y mío.
¡Por San Patricio! Bendito arzobispo de Armagh, exclamó para sus adentros, ¡qué poeta! Sí le gustaría viajar a España, a toda no, sólo a algunos lugares que le atraían poderosamente, Madrid, claro, Sevilla, Granada, tal vez Barcelona, pero no Bilbao, tampoco San Sebastián. Sabía que a San Sebastián le llamaban “La Bella Easo”, que era una hermosa ciudad orientada al indomeñable Cantábrico, aún así, aquellos tipos aparentaban ser demasiado duros de corazón para su gusto, en la tal Easo le daban a uno matarile por nada, por menos que nada, le habían contado que muchos miraban para otro lado mientras sus niñatos quemaban autobuses, él no era así, no podría ser como ellos jamás, no tenía intención de pisarla o acabaría mal, podría ser un proletario del bajo Brooklyn, pero era ciudadano de los Estados Unidos de América, allí no se dejaban quemar los autobuses así como así, deberían pelear primero. Al fin, jubilado o no, su corazón aún latía rojo y con fuerza, no era un corazón tan blanco como el que se decía que poseían los esclavos del soma Huxleyniano, aún, demonios, pese a la marcha de Emily, pese a la jubilación que no había siquiera solicitado, se sentía vivo y con ganas de pelea, uno jamás debe permitir que le coman el terreno, le decía su padre a menudo allí en la cristalería familiar de Montgomery Place, eso pensaba hacer —se dijo, sonriente— mientras empujaba la airosa puerta giratoria de la Library y buscaba con la mirada a su amigo Ramón, el antiguo policía urbano español. Quería invitarle a café, había cierto egoísmo en aquello, su nieta Brooke le había pedido que le trajese de la biblioteca otro cuento de los pitufos, a poder ser donde también saliesen Jano y Pirluit impidiendo los desmanes del taimado Gargamel, necesitaba que alguien le recordase aquello. Había buen ambiente en la biblioteca, aún era otoño y los primeros clientes entraban gratificados por el día soleado a través de la luz matizada por miles de robles de hojas increíblemente rojizas, allí sobre el mostrador que casi le pertenecía, Ramón le había separado algunas revistas provenientes de España, en una de ellas, gay al parecer, aparecía el nuevo presidente, “Zapatero”, leyó con dificultad, ah ya —se dijo— ese Mr. Chance que les ha tocado en suerte, posee aspecto de apreciarse a sí mismo más de lo que debería, tiene mirada de bóvido enaltecido, no es gay, pero se fotografía como si lo fuese, debe tener una sexualidad blandurria y desparramada, este tipo —concluyó— nunca sabrá como se trinca de verdad una mujer. Leo Paley se rió de su propia estupidez, tomó las revistas bajo el brazo y buscó a Ramón con la mirada.
Aquellos tipos adustos que adoptaban terno negro, golilla y gesto grave; severos memorialistas instalados en torno a la decadencia del 1600, gozaron siempre de mala prensa. Se les decía “arbitristas” por su costumbre de representar al Rey los males de aquella monarquía y las por veces peregrinas soluciones que se les ocurrían para remediarlos.
Para la población avisada, los arbitristas eran a menudo juzgados como tristes charlatanes de poco seso, capaces de presentar a la consideración del Consejo de Castilla las soluciones más disparatadas y carentes de fundamento que se pudiera imaginar. Cuenta Cervantes por boca de Berganza en “El coloquio de los perros” cómo entre los recluidos en el Hospital vallisoletano de la Resurrección había podido ver a un alquimista, un poeta, un matemático, y “uno de los que llaman arbitristas”, buena muestra de por donde caminaba el pensamiento español a la hora de señalar las ocupaciones que habitualmente desempeñaba la irracional caterva de lunáticos y desesperados que comenzaba a señorear aquellos reinos, personajes peripatéticos a los que Don Alonso Quijano daría carta de identidad y cierta esperanza de que en el futuro serían mejor comprendidos.
Pero ya a las puertas de la crisis, los conceptos se afilan y los juicios se despojan de toda misericordia, el siglo de hierro comenzaba a parecer a sus contemporáneos un lugar insalubre. Para Quevedo — ¿leía de verdad Quevedo o sólo se leía a sí mismo? —, los arbitristas son unas veces locos universales y castigo del cielo (Fortuna con seso) cuando no charlatanes embargados por la mayor de las estupideces. En El Buscón el arbitrista que charla con Don Pablos pretende convencerle de la posibilidad de ganar Ostende secando el mar con esponjas…

Claro que cuando uno repasa la lista de tanto desnortado como había dirigiendo memoriales a los austrias menores, se encuentra con nombres que en nada se corresponden con la imagen tradicional del arbitrista, así entre 1550 y 1600 nos encontramos con la escuela de Salamanca en pleno: Luis Ortiz, del que dijera Earl J. Hamilton que había desarrollado “una doctrina de la balanza de pagos notablemente lúcida para su época”; Martín de Azpilpueta, quien casi con toda probabilidad se habría adelantado al mismísimo Jean Bodin al formular la primera teoría cuantitativista del dinero, es decir, que la moneda, como cualquier otro bien, obedece a la ley de la oferta y la demanda, relacionando así explícitamente el caudal de los metales preciosos americanos con la inflación de los precios y el “premio de la plata” que tan detenidamente ha estudiado el citado Hamilton. Pero aún hay más, ¿qué decir de Tomás de Mercado? Aquella “Suma de tratos y contratos” estableció de forma paralela a la “Réponse à monsieur de Malestroict” de Bodin los peligros de intercambiar sistemáticamente materias primas por producciones elaboradas en la industriosa manufactura del norte de Europa.
De entre todos estos pensadores más o menos económicos a los que nadie hizo nunca el menor caso, puede que, llegando ya a la generación de la crisis, Martín González de Cellorigo sea de los menos conocidos, no obstante resulta para mí uno de los más audaces en su pensamiento al rechazar el bullonismo premercantilista dominante, es decir, la idea de que un Estado era tanto más próspero cuantos más metales preciosos fuese capaz de acumular. Para Cellorigo no se trataba de acumular moneda de buena ley, sino de emplearla en producción razonablemente rentable: “Que el mucho dinero no sustenta a los Estados, ni está en él la riqueza de ellos”. Todo un hallazgo que probablemente muchos ya intuían, no en vano los arbitristas llevaban décadas clamando contra la falta de manufacturas, el exceso de clérigos y la pervivencia de estorbos notorios para el comercio como la Mesta o los malhadados puertos secos. Pero fue probablemente Cellorigo el primero en expresarlo con tal claridad, incluso antes que el francés Montchrestien, acabando así con la hegemonía de una doctrina errónea:
“La riqueza ha andado y anda en el aire, en papeles y contratos, censos y letras de cambios, en la moneda, en la plata y en el oro, y no en bienes que fructifican y atraen a a sí como más dignos las riquezas de afuera, sustentando las de dentro. Y así el no haber dinero, oro, ni plata en España es por haberlo, y el no ser rica, es por serlo” (Memorial de la política necesaria y útil restauración de España, 1600)
Elegante remate en paradoja que venía a resumir los males del siglo y apuntaba conceptos como la industriosidad para enmendarlos, ojala Quevedo le hubiese leído, diríamos algunos. Tal vez de esa manera se hubiese podido prestar algún remedio a la naturaleza social de España, que, contenta con la herencia del tío de América, quien podía no producía y quien tal vez quisiera no podía, tales eran las trabas administrativas y de mentalidad colectiva que les rodeaban. En palabras del mismo Cellorigo: “No parece sino que se han querido reducir estos reynos a una república de hombres encantados que vivan fuera del orden natural”. Nada más certero, sólo la cuna importaba, Alonso Quijano era pobre, pero hidalgo, eso era lo esencial, mientras nuestros vecinos calvinistas se afanaban allí en la Europa nublada por cambiar su suerte a base de algo tan elemental como trabajar para el futuro. De entonces acá, y pese a lo que Zapatero nos pueda contar al respecto de la marcha de “su” economía, muchos sospechamos que seguimos, en un buen porcentaje de acción, a la nuestra, con el “que inventen ellos” y la compra-venta de pisos como casi única e imaginativa forma de invertir caudales, todo ello en medio de un bosque iluso-administrativo, los nuevos puertos secos que nos hemos regalado, basado en principios sentimentales tan ridículos como inoportunos para los negocios, en palabras de mi admirado Gabriel Tortella, seguimos caminando en la dirección equivocada:
“Resulta cuando menos desconcertante, en vista de todo esto, que en España nos estemos inclinando por la fragmentación en lugar de por la integración. La erección de barreras lingüísticas y culturales allí donde no las había, la descoordinación de las políticas fiscales y sociales, no pueden sino ser una rémora económica en el futuro por la misma razón que lo son en la Unión Europea. En lugar de aprender de los errores o dificultades de nuestros vecinos y socios, parece que hemos decidido sumarnos al pelotón de los torpes.”
(Gabriel Tortella: Tan largo me lo fiáis... El País 18-07-2006)

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentrífica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique.
Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas (1962)
Me parece que se llama Albert, aunque resulta más reconocible por el pseudónimo “Mapuche”, no tiene blog, pero como si lo tuviese, sus comentarios como habitual de Noches Confusas, ese bar canalla y elegante a la vez, donde los amigos caemos al final de la tarde para lamernos las heridas del combate, nos proporcionan pasto intelectual del sabroso. Mapuche, aunque tal vez ni lo pretenda, acostumbra a resultar motivador e interesante.
Cierto es que en ocasiones mantenemos nuestras cuitas, pero claro, si Albert el Mapuche las soluciona recordándole al que suscribe fragmentos de belleza literaria como el que adorna el inicio de esta página — ¡qué a cuento viene para describir mi estado de ánimo en tarde tan plomiza!— resulta evidente que todo enfado resulta pasajero.
Nuestra pelea de ayer vino al caso de la puñetería lingüística que preside nuestras vidas. Esas leyes normalizadoras que tratan de regular cuanto se mueve en nuestro pequeño mundo a fin de que seamos felices. Para Albert este es un problema muy secundario y además solucionado ya hace tiempo por leyes plenamente democráticas. Me dice que en Cataluña la cosa va bien, imagino que para todos menos para los escritores catalanes en español, una vez más proscritos en Frankfurt por la Generalitat:
Mire, la sociedad catalana es muy compleja, al igual que la gallega me imagino, y las cosas se van encajando a medida que surgen. El bilingüísmo es asimétrico localmente, simétrico globalmente; es decir, según zonas (barrios, BNA, VIC), según sectores de la sociedad (cultura, empresa), según edades (los adolescentes en castellano, los de 40 en catalán), etc..
Es complicado, pero no genera grandes conflictos.
A la vez que reconoce que no sabe gran cosa de lo que ocurre en Galicia. Bueno, yo le he dicho, así, a las bravas, que lo que ocurre es una imposición fascista y añado ahora que cuenta con la anuencia de todos los partidos políticos incluido el PP. Aún así, y acogiéndome a la tradición de la escolástica salmantina y a la intitulación de este blog, digo que no se puede hablar de otra cosa. El nuevo decreto de normalización del idioma gallego en la enseñanza considera al español como si de una lengua extranjera se tratase. Esto deja en situación de esclavitud cultural a miles de infantes, señaladamente los urbanos, cuya lengua materna es la de Cervantes. Obligados así a autotraducirse permanentemente en una suerte de diglosia a la fuerza donde en gran parte de su horario escolar no existe el derecho a expresarse en español en el que todavía es su país, o sea, y aunque suene ya raro, España.
Para comprobar de lo que hablo nada mejor que los datos desnudos obtenidos del blog Hemiplegia Moral y de un tabloide, como La Voz de Galicia, poco sospechoso de mostrarse refractario ante el poder, sea quien sea quien lo detente. Véase, entonces, la magnitud de la obligatoriedad, que señala, técnicamente, “se impartirán en gallego al menos el 50% de las materias”:
Educación primaria:
Materias que se impartirán obligatoriamente en gallego: Lengua y literatura gallegas, Conocimiento del medio, Matemáticas, Educación para la ciudadanía.
Materias que se podrán impartir indistintamente en gallego o español (a gusto del profesor): Educación física, Educación artística, Religión/alternativa a religión
Otros: español, inglés y francés.
Educación secundaria:
Materias que se impartirán obligatoriamente en gallego: Química; Matemáticas; Ciencias Sociales; Geografía e Historia; Educación para la ciudadanía; Lengua y Literatura gallega
Materias que se podrán impartir indistintamente en gallego o español (a gusto del profesor): Educación física, Educación plástica, Música, Religión/alternativa a religión, Tecnología, Cultura clásica.
Otros: español, inglés y francés.
No hace falta ser el más avisado de los hombres para reparar lo malévolamente que ha sido seleccionado ese presunto 50%. La realidad, y espero que Mapuche pueda entenderme bien, es que para muchos escolares, gallegos e inmigrantes, ya no había libertad de elección, ahora será peor, ahora todo se les irá en adoctrinamiento e imposición. De ahí el fascismo subyacente, la Constitución del 78 algo dice sobre el español en cuanto a “el deber de conocerlo y el derecho a usarlo”, pero no hacen falta retruécanos de leguleyo para llamar a las cosas por su nombre, el BNG ha presionado suficientemente a los restantes comparsas bien alimentados que tiene en el parlamento para que consensúen un decretazo abusón y dominador, el miedo a ser acusado de “antipatriota” paraliza cualquier sentido común.
Si al menos se permitiese un sistema de doble opción razonable nada tendríamos que objetar, pero, sí, esto es fascismo, todo lo encubierto que se quiera pero fascismo al fin. ¿Qué otro nombre pude usarse cuando uno no es libre de expresarse en su propio idioma hasta para hacer los deberes? Háblenles de libertad a todos esos críos que escriben por duplicado a la hora de ponerse a estudiar, con matices tan bobos, en ocasiones, como redactar “avogado” por abogado o “mar dos Argazos” por “Mar de los Sargazos”. Es lo que tienen las gramáticas de alquimia y laboratorio, mucha política y poca sensatez.
Gran parte de la sociedad gallega vive reducida al silencio, pagando con sus impuestos la arcadia de los tipos de negro que nos gobiernan. Vea Mr. Mapuche que estos siniestros personajes de corte redentor y salvífico, ya les tienen a ustedes en su punto de mira, ojo con el individuo inquisitorial de las gafas, ha descubierto en Galicia a una mapuche a quien pretende redimir de sus muchos errores y pecados lingüísticos.
"Nuestros móviles pesan menos, pero nosotros no somos más felices”
Luc Ferry, filósofo (París, 1951), ha sido autor de éxito con su célebre Aprender a Vivir, y ministro de Educación y Juventud con el gabinete de Dominique de Villepin. Hace poco El País ha publicado una sabrosa entrevista con un ministro que ha pasado a la historia, sobre todo, por su prohibición de los símbolos religiosos en la escuela. Algo por lo que, naturalmente, fue preguntado y que respondió con el conocimiento y la seguridad del que cree en lo que pregona.
Pero no me he fijado sólo en eso, me han llamado especialmente la atención dos respuestas que aquí les transcribo. En la primera desentraña claves ciertamente valiosas si de verdad se quiere emprender un cabal diagnóstico del lastimero panorama educativo actual. Nos habla. (Por fin) diríamos algunos, del fracaso del paradigma académico dominante, al que llama “la ilusión pedagógica”:
P. ¿La educación no se ha resentido?
R. Sí, junto a los valores tradicionales se destruyó también la autoridad. En los colegios se ha impuesto la ilusión pedagógica: primero hay que apasionar a los alumnos y después hacerlos trabajar. Es al revés. Uno sólo trabaja por obligación. No hay espontaneidad en el aprendizaje. A todos nos ha marcado algún profesor, y solía ser un gran carismático que nos hacía trabajar, no un animador cultural. La ilusión pedagógica nos dice que podemos reemplazar el trabajo por el juego. De ahí el desastre. Hay que inventar nuevas formas de autoridad sin volver atrás como reaccionarios. Los pilares de la educación europea son griegos (por la cultura), judíos (por la ley) y cristianos (por el amor). Si damos el amor sin la ley, no funciona.
Una reflexión que muchos nos hacemos cada día, mientras el impermeable gobierno Zapatero sigue exaltando en los altares del reconocimiento y del desarrollo legal los excesos de una pseudociencia rousseauniana y tontorrona que parece dejar todo conocimiento al albur de la supuesta curiosidad adolescente. Un error que ya estamos pagando, y seguiremos haciéndolo con intereses a través del desarrollo de la LOCE. Es por esto que reconforta ver que todavía quedan pensadores autónomos y alejados del idealismo colegial. Aunque, claro, constatemos que viven y producen al otro lado de los Pirineos. Si alguien les contase que aquí además de aplicar a rajatabla cuartelera la ilusión pedagógica, muchos infantes “periféricos” son escolarizados a la fuerza en una lengua diferente a la que utilizan en casa y en la calle, tengo para mí que más de un viejo filósofo francés se arrancaría los cabellos de disgusto, pero en España a nuestro iluminado gobierno, con tal de dominar el poder, todo le parece bien.
La segunda perla de Luc Ferry resulta igual de satisfactoria, se constata, amigos, que la teoría de la conspiración es un asunto más bien falso, todos nos congratulamos de ello, buena noticia para el común y pésima para los alegres colectivos antisitema:
P. ¿Cuando un filósofo se hace ministro se vuelve más pragmático?
R. La experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas... Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo. Si alguien moviera los hilos de la marioneta, como creen los militantes antiglobalización, estaríamos de enhorabuena. La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace 40 años.
Aquí les dejo la entrevista completa, huelga decir que merece la pena.
Y todo fue un entierro de doncella,
Doctrina muerta, letra no tocada,
Luces y flores, grita y zacapella.
Francisco de Quevedo: A un tratado impreso que un hablador espeluznado de prosa hizo en culto, (fragmento)
Está ya por todas partes, le das una patada a un vote y de allí saldrá José Antonio Marina con su verborrea inconsistente para vendernos su libro. Reconozco que nunca me ha gustado, hay algo en su palabra pontificial que me resulta profundamente molesto. Es como si cada vez que habla estuviese ocupándose de vendernos una burra; un jumento, además, temblón, escuálido y de raza más que común.
Cada vez que habla, adivino en su pensamiento un sustrato torpemente idealista, una especie de adolescencia mal curada que se evidencia hasta en sus títulos. ¿A quien se le puede ocurrir llamar, por ejemplo, “Mermelada & Benji” a una presunta factoría de investigación social? Dentera me daba entonces el introito de sus artículos y más dentera aún me producen sus inventos educativos permanentemente unidos al poder de turno.
Ahora parece haberse erigido en cabeza pensante del régimen a través de su defensa del constructo gubernamental llamado “Educación para la ciudadanía”. Eso si, en su versión menos beligerante, no se trata de perder clientes. Así ha vuelto con sus tabarras sobre el buen royo y la paz perpetua, deseos bonancibles en todo caso que nada tienen que ver con la ética o la filosofía.

Su discurso resulta tan previsible que no se ha modificado en años. Ayer repasé con cierta calma el célebre debate a tres en torno a los conceptos de “Ética y Religión” que, moderado por Fernando Sánchez Dragó, convocó en el 2003 en la Universidad de Sevilla a Manuel Fraijó, Gustavo Bueno y nuestro Marina. Aún reconociendo que Don Gustavo, fiel a su figura, no se comportó como el filósofo más educado del mundo, el evento sirvió desde luego para confirmar mis peores sospechas. Mientras Bueno se esforzaba, como todo filósofo de sistema, en establecer las reglas del juego, definiendo, por ejemplo, lo que él entendía por Ética:
Es que la Ética yo la he definido, como la he definido, no tengo que decir más: «La Ética son las normas que van orientadas a la salvaguarda de los cuerpos individuales.» La norma fundamental es la «fortaleza»; entonces, cuando la fortaleza se aplica al individuo se llama «firmeza» y cuando se aplica a los demás se llama «generosidad» (palabras de Benito Espinosa en la Ética)
Añadiendo de su cosecha algún chascarrillo sabroso:
Y en cuanto a la Ética y a la Religión, creo que son cosas totalmente distintas, absolutamente distintas... porque yo me atengo aquí a la máxima de don Quijote –según Unamuno– cuando comparaba a San Ignacio {señalando a Manuel Fraijó} –su antiguo patrono, ¿verdad?, San Ignacio– con don Quijote, y decía que San Ignacio limpiaba el caballo por mayor gloria de Dios, y don Quijote lo limpiaba porque estaba sucio. {risas}
En tanto Marina se arrancaba con su ya clásica sucesión de naderías tautológicas, plagada de deseos más que de razonamientos, mostrándose en todo momento incapaz de definir con precisión el menor concepto. Así, todo se le fue en propugnar una especie de Ëtica universal más o menos tutelada, no se lo pierdan, por la ONU, es decir una asociación de figurantes presidida por un grupo de cinco que se veta entre sí. Por lo que se podía escuchar allí, no tenía demasiado clara la distancia entre Ethos (comportamiento) y Mores (costumbres), todo para él parecía ser Ética, o sea una especie de humanismo inespecífico. Para pasar luego a culpar de los males del mundo al mercado:
El mercado es un sistema suicida y en eso el libro de Garzón Valdés es precioso, es un mercado suicida si no está regulado por leyes que no son leyes económicas, que son leyes éticas
A lo cual respondió Gustavo Bueno como se debía:
Yo quiero discrepar rotundamente de Marina, como es natural, pero rotundamente, por su idealismo: es decir, la lucha por el monopolio no es absolutamente un resultado ético, como tampoco la liberación de esclavos en el Imperio romano fue una cuestión ética, ni de moral cristiana, fue sencillamente que con la liberación de los esclavos era más económico alimentar a los libertos y a los colonos que a los esclavos, no tiene nada que ver la ética.
Y claro, ocurrió lo que tenía que ocurrir, Jose Antonio Marina, que al inicio del debate se reconocía, con toda razón, como mercenario de la cultura: “Y yo realmente sí me considero un investigador privado, porque no soy un investigador académico, y además un investigador a sueldo”, perdió los papeles, se enojó terriblemente ante su dignidad puesta en entredicho, se derrumbó literalmente contemplando la pública caída de su supuesto bagaje intelectual, tanto, que ante una pregunta del público, sólo pudo afirmar como desmañado:
Público 2
...es que lo demás es Idealismo, yo veo mucho idealismo.José Antonio Marina
¡Hombre, claro! ¡Bendito Idealismo! ¡Bendito Idealismo! Lo que me estás diciendo ahí, estás... lo que está en el fondo de la cuestión es que no se puede justificar una Ética laica, y eso es lo que han estado diciendo mucho tiempo las iglesias. Yo te digo que sí; no te lo puedo justificar ahora.
Claro que no podía, “es que no lee”, llegó a decirle Gustavo Bueno mientras el derrotado Marina hacía mutis por el foro. Pueden seguir el debate transcrito íntegramente en este enlace.
Pues bien, fíjense que éste Marina es el mismo que hoy se ve en la obligación de trasladar su robusto pensamiento a nuestros infantes. Esto de la “Educación para la ciudadanía” ya no es un problema político, si quieren es un asunto de elemental pertinencia intelectual. Cuando se le preguntó recientemente sobre que tipo de profesorado sería el ideal para impartir la nueva asignatura, aseguró:
¿Y quien va a impartirla? Pues quien sepa hacerlo. En primaria, los tutores, a los que habrá que dar materiales adecuados. En secundaria, si la asignatura cuaja y adquiere la importancia que merece, tendrían que crearse cátedras especiales, con cualificaciones específicas. Mientras tanto, me parece que los que están más preparados para tratar estos temas son los profesores de filosofía, que tendrán, sin embargo, que ampliar sus conocimientos históricos, jurídicos y políticos. Podrían impartirla los profesores de sociales, si aprenden la suficiente filosofía.
¡Hombre, Marina, gracias por suponer que los profes de Historia incluso podrían, no sin esfuerzo, alcanzar algún conocimiento filosófico equivalente al de un chico de 13 años formado bajo la reforma Zapatero! En fin, un ejemplo más de la mísera calidad intelectual que envuelve, como un satélite muerto y sin alma, el pensamiento gubernamental, donde Zerolos, Moratinos y Marinas establecen sin rubor alguno la hegemonía de lo inconsistente, al fin, aquí lo único importante es ganar elecciones y dominar como sea el óbolo público.
Una curva amarillo-naranja
sobre la noche oscura.
Son nuestros los sentimientos.
Son nuestras estas texturas de amor,
estas manchas iridiscentes de delicadeza.
Son nuestros los recuerdos. Todos.
En gruesas pinceladas cerca de un vértice
está mi madre. Es viento y es tierra
y es agua mi madre.
Al centro del cuadro está mi padre
insinuado por un color evasivo. Es fuego mi padre.
Nuestros son los viajes, los adioses
y acaso la soledad.
Una curva amarillo-naranja. O más bien
una hendidura. Una materia apenas entreabierta.
Una reciente cicatriz
acaso.
De EL CORAZON Y LA ESCRITURA (1996)
Mi hermano limeño Pedro Granados, viene de abrir su blog, “échale un ojo, juanito”, me dice, socarrón; bueno, teniendo en cuenta el currículum que les dejo más abajo, ya supondrán que el asunto no es baladí, no es cosa de visionarlo a la vez que uno se toma el café mañanero, mi primo es de una pertinencia que asusta, apenas media docena escasa de post y uno se embebe de literatura hasta la amígdala. Mi Pedro, amigos, no lo sabe o se niega a reconocerlo, pero se nos ha hecho un clásico. Entre las perlas que nos ofrece, encontramos una antología poética imprescindible, ay Pedro, como te entiendo cuando enuncias serenamente, como acodado junto a tu primo, el Granados peninsular de alquitranes y alcobas mal ventiladas, en un bar agreste de Maracaibo:
No nacimos para perseguir las palabras
Menos, para hacer un fetiche de éstas
Qué va.
No nos hemos rifado por eso.
Los brazos los hemos abierto
Para ti.
Para nada nos interesa la poesía.
(Al filo del reglamento – fragmento)
Después o más bien antes, nos propone una lúcida, heterodoxa y postacadémica reflexión sobre la última poesía española que harían mal en perderse. Para muestra una de sus codas finales, que naturalmente comparto, hace tiempo que la poesía ha decidido ser mayor de edad, no un prontuario de salvapatrias:
Por otro lado, en medio del monocorde panorama general, también hemos podido toparnos con muy agradables sorpresas. Comprobar, por ejemplo, que excelentes poetas como Angela Valley, Jesús Aguayo o Antonio Moreno Figueras comparten los mismos sobresaltos de sus pares latinoamericanos: ¿cómo persistir en ensayar una voz personal en medio de tanto espejismo de mercado? u otra también pertinente y, quizá, más agobiante en Latinoamérica: ¿cómo sobrevivir sin perder el sentido del humor, sin que la política mate en nosotros lo mágico? Obviamente, en nuestra época hipercrítica nadie, mucho menos los poetas, quisieran que los tomen por ingenuos en política; mas, tampoco, creemos sea obligatorio tener que pensar y expresarnos siempre como si fuésemos ministros del interior. Sin embargo, a aquellas didácticas y, por lo tanto, simplificadoras preguntas nos responde de forma mucho mejor el poema "Esperanza", del último de los poetas nombrados:
"Derrocado el corazón,
intento salvarme de la tragedia.
Hago como si no estuviera muerto".
Lírica deliciosa para el extravío del siglo XXI, gracias hermano Pedro, por ser, por estar.
Oh, sister, when i come to knock on your door,
don't turn away, you'll create sorrow.
time is an ocean but it ends at the shore
you may not see me tomorrow.
(Oh Sister, Bob Dylan)
Ya lo había pensado, antes o después —me decía— habrá que dedicarle un artículo a Bob Dylan, con eso del premio. Y en esto aparece fugazmente en la red mi amigo Cristóbal para recordármelo:
“Habría que iniciar un tema homenaje a Bob Dylan, reciente Premio Príncipe de Asturias (en mi opinión merecidísimo) e intentar averiguar cual es el motivo de que ese viejo cascarrabias, sin puta idea de cantar ni de tocar la guitarra (ni me atrevo a mentar la armónica), con canciones machaconas y obsesivas y esas influencias de un country que personalmente deploro, es un verdadero genio. Que alguien me lo explique”.
Pues estoy yo como para explicarle algo a Cristóbal, siendo como es uno de los tipos más listos e instruidos que conozco y, sin duda alguna, aunque él tal vez aún no lo sepa, el próximo Richard Neutra que verá el mundo. Fíjense que el otro día, en una de esas frecuentes descubiertas urbanas que nos regalamos, derivando sin prisa entre el público sin otro fin que la animada charla y la sonora carcajada, se me ocurrió hacerle una de esas preguntas Quiz Show con las que pretendo sorprenderle, por ver si le pillo alguna vez, le interrumpí no se que discurso de los suyos, no recuerdo bien, tal vez disertaba entonces en torno a las cualidades gastronómicas de ciertas anémonas, y le espeté a vote pronto: ¿qué leyenda reza en el escudo de Brasil? —Ordem e Progresso me respondió sin inmutarse para continuar su animado discurso.
Así que si él no conoce el secreto del éxito de aquel muchacho de origen judío llamado Robert Allen Zimmerman, a quien, al principio de su difícil carrera, los transeúntes le regalaban salivazos en las bocas de metro donde se apostaba para ganar unos centavos, menos podré decirlo yo. Claro que uno se puede pasear un rato por la red y atinar con ciertos indicios, por ejemplo la calidad de sus enrevesadas letras, un argumento que a mi querido Rafa Herrera le parece un mal chiste; también subrayar el carácter innovador de su música, hay quien asegura, como Bruce Springsteen: “sin Bob, los Beatles no habrían hecho el Sgt. Pepper”, lo mismo que Dylan, sin ellos, tal vez tampoco hubiese encontrado el secreto del sonido electrificado. Para muchos, como ocurre en el caso de mi amiga Inmaculada, Dylan representa los valores de un mito, la protesta y el inconformismo tan propio del siglo XX.
En fin, es claro que algo de todo ello habrá, pero no es suficiente, genio creativo, trasgresión más o menos auténtica, capacidad de innovación tienen y han tenido muchos, lo de Dylan debe ser algo más, debe ser algo simbólico, algo muy parecido a aquello de decirle al mundo: ¡eh, amigo, estoy aquí, soy yo! y ¿sabes qué? Detesto a todos esos tipos encorbatados sin alma ni corazón que pretenden adoctrinarnos cada día, se reúnen en los funerales y en los hemiciclos, dicen que nos salvan, exclaman, como decía Albert Camus: “¡nuestros muertos! y luego corren a atiborrarse” y encima esperan nuestro baboso aplauso unido a su cumplida y poco trabajada minuta. Pues no, ¡eh, amigo, amo a mi chica, amo a mis hijos, quiero a mis amigos y tu Rolls, enorme cretino, me importa una mierda, yo todavía puedo mirarme al espejo cuando me afeito. Algo de eso debe ser, fíjense sino en el tonillo burlón que emplea el viejo Bob, reparen en cómo enfatiza la voz cada vez que dirige su mirada de soslayo al entregado público…El secreto de Bob Dylan es que se da cuenta de las cosas y va y las dice o las medio canta.
En fin, y en cuanto a las letras, si esto no es rendido amor, si no es poesía, bien que lo parece:
“Faltando a las fábricas el estímulo del despacho, y fatigados sus dueños con varias trabas, que se les pusieron, las fueron abandonando poco a poco, de donde dimanó la ociosidad, y la indolencia, que algunos escritores superficiales han tenido por genial, y característica de los españoles, sin advertir que ha sido efecto solamente, no del clima, ni del temperamento, sino de causas políticas accidentales, que pueden mudarse con el tiempo”.
Historia del lujo y las leyes suntuarias de España. Juan Sempere y Guarinos
Mi buen amigo Rafael Herrera, que es filósofo y muchas otras cosas más, uno de esos hombres claros que tan difíciles de ver resultan por estos pagos, me envía muy gentilmente su libro Cádiz 1812, una edición crítica de dos ensayos constitucionales del pensador eldense Juan Sempere y Guarinos (1754-1830). Y bien que se lo agradezco, no es que leer a Rafa constituya un placer en sí mismo, que también, sino que, como ya sospechaba desde que el siempre recordado Francisco Tomás y Valiente se ocupase de su obra, leer a Sempere supone profundizar en las esencias de nuestro desmañado constitucionalismo, tradicionalmente perdido en las procelosas aguas del historicismo.
A Juan Sempere y Guarinos le ocurrió lo que a muchos, vivió el exilio como afrancesado, ¿Cómo no serlo, si había alcanzado la consciencia de que el primer liberalismo español, tanto como la resistencia absolutista, vivían anclados en el mito? No había lugar entonces, como nos señala Herrera, “para todos cuantos desde el primer momento lucharon por la creación de un sistema constitucional basado en el iusnaturalismo moderno”.
Es sabido que la cuestión venía de lejos. En realidad, se trata de un asunto general y constante en la Historia de la Administración española, la permanente dialéctica entre lo gubernativo y lo contencioso y sus múltiples variables. En efecto, al menos desde la llegada de los Borbones al poder, aparece con claridad el interés por desarrollar las facultades ejecutivistas de la monarquía frente a las resistencias de los poderes tradicionales, de carácter togado y sinodial, consejos y audiencias, siempre amparados en la religión y la jurisprudencia de tradición milenaria para mantener sus privilegios, atribuciones y prerrogativas.
Esto lo cuenta muy bien el británico Ch. Howard Mc.Ilwain en su obra: Constitucionalism: Ancient and Modern, (New York, Cornell Univ. Press, ed. 1966), donde nos descubre la pervivencia de las categorías del derecho medieval llamadas de Bracton: (Gubernaculum y Jurisdictio) en medio de las entretelas del constitucionalismo contemporáneo. Así, Gubernaculum sería el gobierno del Rey en sentido estricto, de claro carácter ejecutivo, mientras que Jurisdictio son “esos derechos vinculantes de los súbditos que están totalmente fuera y más allá de los límites legítimos de la autoridad real”. Si esta dialéctica resulta muy visible en el concierto europeo, no digamos nada del contexto hispano, donde fueros, privilegios y distingos de difícil justificación, qué bien supo ver esto Sempere, informaban con su permanencia cualquier veleidad de igualdad de los ciudadanos ante la ley, que era lo que, presuntamente, se estaba dilucidando en la isla de León, frente a la luminosa bahía de Cádiz, en 1812.
Para muestra un botón lexicológico, nada como recurrir al lenguaje de la época para entender como “los poderes” surgidos más o menos espontáneamente tras los sucesos de Bayona, aludiendo claramente a la coyuntural orfandad de poder, pensaban más en casullas, crucifijos e hidalguías que en el sentido revolucionario de su acceso a la soberanía. Un simple análisis del tenor de sus proclamas, muestra bien a las claras cómo la ideología de las Juntas Provinciales caminaba aún sólidamente unida a los principios ideológicos del Antiguo Régimen, cuando no a resabios puramente medievales, como sucedió, por cierto, con más de un artículo de la propia constitución de Cádiz, mucho más arcaizante que la de Bayona, por paradójico que esto pueda parecer. Así, las menciones a la providencia divina, el desprecio étnico y el recuerdo constante al mito de la Reconquista frente al Islam, son lugares comunes en la documentación emanada de estas instituciones:
“Españoles: esta causa es del Todo poderoso; es menester seguirla, ó dexar una memoria infame a todas las generaciones venideras. Baxo el estandarte de la Religión lograron nuestros padres libertar el suelo que pisamos de los inmensos Exércitos Mahometanos, y nosotros ¿temeremos ahora envestir a una turba de viles ateos, conducidos por el protector de los Judíos? Nuestros venerables padres, aquellos héroes que derramaron tan gloriosamente su sangre contra los Agarenos levantarían la cabeza del sepulcro, y furibundos gritarían contra nuestra cobardía, desconociéndonos por hijos suyos... Nobles Gallegos: sabios sacerdotes: piadosos cristianos de este afortunado suelo: vosotros sois los primeros y más obligados a sacudir el yugo de tan vil canalla: vosotros depositarios del cuerpo del Apóstol Patrón de las Españas de Santiago; honrados con los sagrados trofeos del Santísimo Sacramento, que adornan nuestros Estandartes.”
(Proclama de la Junta de Galicia en: Colección de proclamas, bandos, órdenes, discursos, estados de exército y relaciones de batallas publicados por las Juntas de Gobierno. Cádiz, 1808, Tomo II, Págs. 123-125.)
Lo mismo podía apreciarse en los poderes locales, que aperecían tan desconcertados y perdidos como los regionales:
“La Fe de nuestros padres que ha plantado entre nosotros nuestro augusto y tutelar patrón el Apóstol Santiago; Aquella fe con la qual un solo puñado de valeroso Españoles ha batido, y arrollado exércitos inmensos de sarracenos,...; Aquella fe en fin capaz de mudar de una parte a otra los montes más eminentes, es la misma fe que intentaban arrancar y borrar de nuestros corazones las miras ambiciosas del sediento Napoleón.”
Y más adelante:
“La notoria justicia de nuestra causa y el imponderable denuedo de nuestros soldados prometen el éxito más feliz de nuestra empresa; pero si nuestra fe es muerta, si nuestras obras no corresponden a lo que nos prescribe la Religión Santa, si nuestra modestia y compostura no acredita el sosiego de nuestras conciencias, y si nuestras súplicas no van acompañadas de aquella fe viva que dic tantas victorias a nuestros padres ¿qual será nuestra suerte?,...Nosotros pediremos y recibiremos sin duda inmensos beneficios, si pedimos con corazón contricto y con humildad cristiana; prevengámonos pues para tan digna empresa, acordémonos de la doctrina que Jesucristo nos ha enseñado con su exemplo, fixémosla en nuestros corazones, y así, contrictos y humillados con espíritu sincero y tan católicos como debemos ser, corramos al pie de los altares".
(Proclama del Ayuntamiento convocando al pueblo coruñés a la procesión y rogativas a la Virgen del Rosario, patrona de la ciudad, por el éxito en la guerra contra los franceses. 3 de julio de 1808. AMC.)
Los presupuestos despóticos de raíz absolutista no daban para más y tenían sus limitaciones
y servidumbres, en palabras de Benjamín González Alonso: “Es el paradigma de un Estado que se debate para sobrevivir a base de correciones parciales y tardías que caen en el vacío”. Tal vez por eso, la obra de Sempere, en su defensa de la realidad frente al mito, en su ataque a aquellas tautologías pseudogóticas de Martínez Marina, en su inteligente desprecio del historicismo, parece hoy tan moderna y necesaria. En la España del siglo XXI caminamos todavía miserablemente imbuidos en el marasmo identitario, en la mítica cutrería foral; o buscamos soluciones imaginativas o nunca alcanzaremos la mayoría de edad constitucional, y ya va tardando, todos saben ya a qué me refiero. Como asegura Rafael Herrera: “cada tiempo histórico debe imponer su legitimidad sobre la base de las exigencias reales que el presente inspira a los actores políticos. De lo contrario se caería en contradicciones tan escandalosas que, al cabo, terminan por debilitar las propias estructuras de legitimación contemporáneas. Y esto, en definitiva, es lo que sucedió a los liberales cuando los reaccionarios reclamaron la historia para sí.”
Ya lo decía Popper, vivir del pasado, amén de estúpido, resulta un mal negocio, permítaseme pues que remate con una de sus más conocidas citas:
"La miseria del historicismo es, podríamos decir, una miseria e indigencia de imaginación. El historicismo recrimina continuamente a aquellos que no pueden imaginar un cambio en su pequeño mundo; sin embargo, parece que el historicista mismo tenga una imaginación deficiente, ya que no puede imaginar un cambio en las condiciones de cambio."(La miseria del historicismo, Alianza/Taurus, Madrid, 1981, p. 145.)
Se pueden llenar miles de páginas hablando del efecto de la música sobre los estados de ánimo y lo mismo de la influencia de éstos sobre nuestra selección musical. Obviedades innecesarias. En mi caso no es preciso buscar muchas excusas para manifestar cierta secular devoción por el tono exacto de David Gilmour, esa guitarra profunda que define lo que de auténtico tiene el sentimiento. Si además el arte se ejecuta como si todo te diese igual y sin hacer el más mínimo aspaviento sobre el escenario, firme como una roca llena de razones, el momento se vuelve estelar.
Podrían ser muchas, pero Comfortably Numb me recuerda a menudo lo poco conveniente que resulta el carácter acomodaticio para la salud del alma. Esta versión crepuscular, con un Roger Waters de voz catastrófica y un Gilmour con look de abuelote, seguramente no es la mejor, pero el rótulo “No more excuses” sobre la escena me viene al pelo para redondear el mensaje, los grandes siempre nos recuerdan que lo único que importa está por venir.
Y claro, ya me dispensarán, pero una cosa lleva a la otra...

Hablamos mucho y nos vamos entendiendo por el aire, a los dos nos gusta la dialéctica, el experimento y aprender cada día de los demás. Así que, de vez en cuando, también tenemos que trabajar, se nos ocurren un proyecto, una diablura, pintar otro monigote en el ya oxidado fuselaje.
Desconocemos qué es lo que ocurre, pero como si tornásemos en renacidos Abbott y Costello, nos vamos un día de vinos y al siguiente aparecemos en el banderín de enganche de la Legión Extranjera. La única premisa es no tomarse muy en serio a sí mismo.
Es así que Berlín Smith ha montado estos días una cabeza de playa en El País, no saben por allí lo que les espera, ¡bueno es el tipo este con sus gafas de chico listo y su antorcha libertaria!
En tanto al que suscribe, Abbot le ha hecho un par de estimulantes sugerencias que han bastado para animarle a crear esta web bulliciosa, punto escandinava, un poco Beta aún, con sugestiones en torno a sus novelas y la narrativa histórica. Esperemos que las disfruten tanto, al menos, como nosotros cocinándolas.
Cuenta Berlín en otra de sus nuevas y fructíferas casas, una de esas ideas-fuerza que se le ocurren cada día. Ya saben que Berlín es así. Esta vez se ocupa de explorar nuevos caminos para los autores literarios, a los que le gustaría ver recorriendo caminos alternativos, lejos de ciertas rémoras que comienzan a ser pasado. El inicio resulta ya prometedor:
El escritor que pretendía serlo, debía cumplir con una máxima de dignidad imprescindible si quería precisamente bañarse de esa dignidad, la de autor. Ese principio no era otro que no caer en el desdoro de pagarse uno mismo la edición del libro.
Los magros resultados económicos de la vida de todo escritor promedio debieran borrar esa maldita impresión de una vez por todas
Lean el resto aquí y no se pierdan la elegía del poeta maldito.
Entonces se me ocurre sugerirle:
No es que uno por escribir sea enemigo del comercio. Claro que cuando se le plantea cosa distinta a un teclado, la pipa, un poco de ron con cola, mucho hielo y algo de bossa nova de fondo, comienza a perderse. La red necesaria y útil, es todavía un pandemonium de promesas, va bien para la documentación, no sabes hasta qué punto, pero no estoy seguro de que ya esté lista para sustituir al papel y la tinta. El libro, físicamente, es un invento extraordinario que se resistirá a desaparecer. Sólo un enfermo cambiaría el mejor de los sexos virtuales por un amor tangible de mediano pasar. Deslizar las páginas, oler la tinta, ahí reside el misterio, la red, en cuanto a literatura, es por el momento una pared cavernaria donde se reflejan las palabras, todas las palabras, eternas y contingentes, churras y merinas, pertinentes e impertinentes, mucho ruido y pocas nueces. Esperemos a ver.
Porque si hablamos de agentes y editores, según y cuales, sin duda. Yo le debo todo a mi
agente, doy fe y buena cuenta de ello. Y los distribuidores, ¡ah, ese mal necesario y a menudo incompetente! Entonces, Berlín que no se rinde jamás, aquilata una vuelta de tuerca a la idea que le ronda por el magín, y demonios, es una muy buena idea, tomen nota:
Efectivamente, Juan, pero el libro ¡lo puedes editar tú y ser dueño del 80% de los beneficios! Ese es el cambio. Y sólo es posible por la desintermediación, las comunicaciones etc., etc. Y en papel. Date una vuelta por Lulu, que es el mejor. Pero hasta mi cuñado te lo hace, que trabaja con impresores. La clave es no esperar a que crean en ti, sino saber buscar los que creerán en ti.
Teniendo en cuenta que los derechos editoriales oscilan habitualmente entre un magro 8% y un poco más grueso 10% la cosa no suena nada mal, no obstante es difícil estar en misa y repicando, unos fabrican, otros comercian, siempre ha sido así. Claro que para eso se inventó la cooperación, le digo, ya con cierta incomodidad, no hay como poner la zanahoria ante la cara de pasmo del por veces vanidoso jumento.
Sin perjuicio de seguir proponiendo un referéndum en el país vasco –que deslegitime aún más a ETA, o mida menos equívocamente el alcance de su influencia-, la agenda marca denuedo, firmeza, confianza en los medios lícitos de lucha. Como observaba Karl Menger, “aquellos pueblos que más pobres son en bienes reales suelen ser también los más ricos en bienes imaginarios”. Quédense estas personas con su raza y su catecismo sangriento. Nuestra ventaja absoluta sobre semejantes energúmenos clánicos, aupados a sanguijuelas del orden abierto, está en no parecernos a ellos. Nosotros tenemos tantos fines como personas. Ellos tienen miles de personas con un solo fin, que además de único resulta ser miserable.
El clan y la secta Antonio Escohotado, 2003
Guardo desde hace tiempo un artículo del diario coruñés La Opinión (16/02/07) en el que se evidencia uno de los aspectos más onerosos de nuestra actual ordenación constitucional. Me refiero al delirante asunto de la desigualdad fiscal de los españoles. Así, en el estudio que propone el tabloide, se analiza un ejemplo-tipo de transmisión patrimonial por herencia de padres a hijos, del que se extrae que mientras un gallego pagaría al fisco la friolera de 6.515 € por obtener del estado trasferido el derecho a disfrutar la vivienda que ya habitaba, un castellano barra leonés cotizaría por lo mismo 9 € y un vasco, naturalmente, nada. Datos que no por sabidos dejan de resultar intolerables. Esta cosa tan española del privilegio, o sea dominio de la ley privada, está tan asumida y extendida que ha salpicado todo nuestro sistema legal desde, al menos, la baja edad media.
Los tejemanejes del Emperador Carlos V para mantener en obediencia a Guipúzcoa y al señorío de Vizcaya, declarando que la sangre de sus habitantes era hidalga y sin mezcla (Real Cédula otorgada el 13 de junio de 1527) devinieron en el andar del tiempo en aquella absurda confirmación, casi “canonización” de la hidalguía universal vasca en las Reales Cédulas expedidas por Felipe III (3 de febrero de 1608 y 4 de junio de 1610). De entonces aquí, carlistada, constitución del 78 y sistema autonómico incluido, resulta que andamos todos con la urgencia del privilegio, al grito de tonto el último, tratando de ver qué comunidad obtiene más prebendas sobre las demás, cautivando así, de paso, el voto de su rendida población.
Pero nadie como los vascos para esto, con más privilegios en la alforja que cualquier cristiano, sus políticos nacionalistas, o sea, todos menos el PP, siguen impenitentes afeándonos la conducta; recordándonos cada día que están aquí de favor y depende hasta cuando; al tiempo, hoy vuelven a mostrarnos sus perros rabiosos por si alguno se despista en humillar, asentir y pagar por la paz perpetua.
Vista así la cosa de los presuntos derechos de cuna, Rh y demás consideraciones filonazis , me pregunto cada día ¿Y quién, maldita sea, les ha dicho a la celebrada “mayoría nacionalista vasca” que al común nos parece una buena idea compartir solar patrio con ellos, pagando además con sangre los excesos de su chulesca factura? ¿Para cuando un referéndum liberador, que los conduzca directamente y lo antes posible a la Disneylandia de Ibarretxe, donde el divino Lehendakari, siempre leal con la democracia, podrá discutir ab aeternum sobre derechos humanos y dejuanas con los psicópatas, presuntos descendientes de Noé, que le van a gobernar, aunque él, pobre, parezca todavía ignorarlo? ¿De qué sirve aguantar semejante oprobio secular? ¿Tiene ya algún sentido?
Habrá, desde luego, quien, como Zapatero, disfrute practicando la moral del esclavo consentidor, pero a algunos por aquí hace tiempo que se nos ha subido la mosca a la nariz. Y sí, como afirma la cantinela del aparato propagandístico del gobierno vasco, “Euskadi es increíble”, ya no nos cabe duda alguna.

Son los rostros de Helena, de Genevieve, de Beatriz; también de Mathilde de la Mole, Anna Karenina o la Bovary; es la belleza estremecedora que corta el aliento y te deposita inane sobre la melancólica realidad, sin más respuesta que un suspiro o un lamento entrecortado, son las que siempre están lejos, allí en el Parnaso, en desmañada e indolente actitud. Si uno se hubiese vuelto del todo cínico, diría ¡Quién fuese un feo magnate petrolero, o al menos un crepuscular Briatore!
Aquí les dejo el enlace a Youtube, merece la pena guardárselo.

Hoy lo he vuelto a escuchar, eran decididamente buenos. Lo habitual en los artistas es repetirse hasta la extenuación, más que la maldita cebolla, por eso periclitan y se agostan. Otros, como Picasso y los Beatles eran capaces de reinventarse a sí mismos, cada día, por eso son mitos.
En la tierra antigua de Mesopotamia, entre los cauces generosos de los padres Éufrates y Tigris, donde el hombre se hizo agricultor, constructor y escritor por vez primera, abundan las ruinas. Sin embargo, casi no se hacen notar porque generalmente se muestran en medio del paisaje como simples, leves y discretísimos montículos de barro, apenas un accidente en la profundidad del desierto barrido por todos los vientos. Las ruinas poseen nombres poderosos, se llaman Ur, Uruk, Kish, Nippur, Lagash, Mari, Assur, Nínive, Babilonia...en tiempos muy pasados fueron orgullosas y bellas formas urbanas, el Lagash del Patesi Gudea, el digno gobernante, el Ur del gran Ziggurat y de las tumbas reales, la Babilonia de Semíramis, con sus murallas azul cobalto y sus jardines colgantes, Nínive, la de las puertas orladas de Lamassus; formaban todas ellas, cada una a su tiempo y a su modo, parte esencial de la tierra de la civilización, de la cerámica, de la aritmética, de los graneros, de la escritura cuneiforme, del héroe Gilgamesh, de las estatuas orantes de grandes ojos asombrados, del legislador Hammurabi, de los astrónomos y los arquitectos, también de la guerra perenne. Sabido es que en la vieja Mesopotamia se escenificó desde el principio del mundo la lucha atávica entre los pastores de la montaña y los agricultores de la llanura. Siempre ha habido alguien que venía desde lejos deseando para sí lo que otros ya habían logrado. Primero los hombres rudos de Elam y Asiria, luego medos y persas, después todos los demás.
Todo ello no fue gracias a la tierra, sino a pesar suyo. Entre los dos ríos que corren distanciados gran parte de su curso, sólo existía una región de relieve ondulado castigada por un sol inmisericorde. En Mesopotamia llueve muy raramente y cuando lo hace es en forma de tormentas repentinas que convierten el desierto en un yermo de fango, de lagunas estancadas, de ciénagas con cañaverales que de inmediato secan los impetuosos vientos del desierto. En Mesopotamia no existe más material de construcción que la arcilla, tampoco hay metales que utilizar, Sumer y Akkad ofrecían muy poco al hombre, sólo el agua de sus ríos y una tierra fácil de labrar. Pero el hombre la hizo suya antes que ninguna otra, de ahí deviene su atracción y su misteriosa grandeza.
Todos quisieron poseerla, Ciro, Alejandro, Roma, los guerreros mongoles, los orgullosos califas Abbasidas, que terminaron por sentar allí su gran capital a mayor gloria de Alá, el Clemente, el Misericordoso, luego la desearon los turcos, los británicos y todo aquel que puso una vez su mirada en ella. Así es que nunca reinó la paz sobre el yermo impasible entre los dos ríos. Cuando la pez amarga que afloraba aquí y allá para abastecer candiles y curar escrúfulas se volvió oro negro, otros hombres ansiaron dominarla.
Recuerdos de Irak (AF editores, 2005), Es uno de esos libros que se leen de un tirón, escrito por mi buen amigo, el comandante de la Guardia Civil
Eduardo Martínez Viqueira, el autor vierte toda la experiencia acumulada en su difícil misión como supervisor de los nuevos cuerpos de policía creados en la provincia de Najaf tras la segunda guerra de Irak. Como Eduardo posee una mente analítica y sagaz y una pluma privilegiada, el resultado ha sido excelente. Sabíamos de las dificultades que se viven cuando alguien acude a las orillas del Éufrates cargado de buena voluntad para ayudar en lo que se pueda a que una sociedad desquiciada recupere la cordura. Pero un occidental nunca podría comprender aquella situación si no la ha vivido antes o, al menos, se nutre de obras inteligentes y sinceras como esta.
Lo cierto es que he aprendido mucho, desde lo más obvio, lo difícil que resulta vivir en el desierto, hasta las increíbles complejidades de la actual sociedad iraquí, donde se enfrentan permanentemente, etnias y creencias en un contexto sociológico casi medieval. Así por ejemplo, supe por Eduardo que en el desierto Kuwaití hace un calor tan extremo que nunca logras apreciar tu propio sudor, se seca antes sobre tu camisa. Que allí, para evitar la segura deshidratación es bueno tener a mano patatas fritas y plátanos en abundancia o que la ducha diaria sólo se puede tomar al atardecer, de otro modo la temperatura que alcanza el agua en los depósitos expuestos al sol podría ocasionar terribles quemaduras al que lo intentase.
Luego viene aquello de tratar de entender el odio de siglos entre sunnitas y chiítas, separados desde la misma muerte del profeta en el año 632. Precisamente, el destino del comandante Martínez Viqueira fue An Najaf, junto con Kufa la ciudad más santa para los chiítas, muchas veces refugio del siniestro Muqtada Al Sadr y su milicia, la fuerza dominante en el entorno del cementerio sagrado de Wadi As Salam, absolutamente vedado a los occidentales, muy presente también en la ciudad de Kerbala o en el barrio marginal de Bagdad conocido como Sadr City (antes, claro, Sadam City). Siempre oponentes de cuidado con el terror como única ley y divisa.
No descuida Eduardo los recuerdos más sentidos y personales, como el asesinato de los siete agentes del CNI, hombre íntegros y abnegados, perfectamente integrados entre la población, un luctuoso hecho que fue posible, con toda probabilidad, por la flagrante traición de uno de sus propios intérpretes. Pero en el libro de Eduardo caben también muchas otras cosas, hay espacio para el humor, por ejemplo lo difícil que resulta en ocasiones seguir las normas de la hospitalidad iraquí, sobre todo cuando te ves obligado ingerir comida extremadamente picante sin poder probar el agua poco segura que te ofrecen, también para la historia y como no, para la sociología y es que aquella tierra, para una retina atenta e inquieta como la de Eduardo da para mucho. Podría contarles muchas más cosas, pero mejor léanse el libro, eso saldrán ganando.
Y sí, es de recordar que las discretas ruínas de Mesopotamia son de barro y parecen montículos creados por capricho del viento, se nombran con hermosas palabras, se llaman Ur, Uruk, Kish, Nippur, Lagash, Mari, Assur, Nínive, Babilonia...pronto habrá más, se recordarán con nombres igual de hermosos, se dirá: las ruínas de Bagdag, Kerbala, Nasiriya, Mosul, Basora, Kirkuk, y cumpliendo una vez más lo mil veces escrito, todo lo conquistado será viento del desierto. Ocurre que, como siempre ha hecho, la madre Mesopotamia engullirá a sus poseedores para dejar espacio a los siguientes, su generosidad es finita y contada, también cruel. Al fin, es como si todo estuviese dicho
desde el principio, ya lo advertía sabiamente la epopeya de Gilgamesh:
“¿Quien, amigos es superior a la muerte?
Sólo los dioses viven por siempre bajo el sol
Pero los hombres tienen sus días contados
¡Todo lo que conquisten no es sino viento!
"E predicando tutto quello anno in Firenze, tre cose continuamente proposi al popolo: la prima, che la Chiesa se avena a rinovare in questi tempi; la seconda, che innanzi a questa rinovazione Dio darebbe un grande flagello a tutta Italia; la terza, che queste cose sarebbono presto” (Girolamo Savonarola).
Con ese estilo tan peculiar que tiene de simplificar las cosas, micer Zapatero parece haberse quedado muy contento con ese slogan o divisa o idea o lo que demonios sea, que da en llamar “alianza de civilizaciones”. Suele explicarla como una especie de sacralización de su palabra más querida: “tolerancia”, es decir que se trata de tener buena mano, mucho talante y tragaderas suficientes para aguantar lo que vaya viniendo de latitudes más o menos orientales, para, por medio de la buena educación y el mejor rollito ir volviendo a estos descarriados al redil de la libertad que ofrecen las sociedades abiertas.
Ocurre que, en mi opinión, no es necesario aliarse con civilización alguna porque tanto en ese oriente atribulado, como en el cada vez más dolido occidente, lo que abunda es el personal civilizado, esto es, respetuoso con las vidas y las creencias del prójimo. Hablar por tanto de aliar civilizaciones es una descomunal tautología que confirmaría la flagrante estupidez de considerar al Islam como la ideología responsable de arropar a un puñado de bárbaros sin entrañas, a los que hay que reconvertir en probos ciudadanos, espero que no a través de la Logse, para que se olviden de matar a fin de obtener sus setenta vírgenes en el paraíso y se apliquen en producir como la generalidad de los mortales. Esta oculta forma de tomar la parte por el todo denota desconocimiento y un velado desprecio, no por las “civilizaciones” que es un concepto bastante vetusto, producto de la historiografía británica más rancia, sino por las culturas que, estas si, son legión. No debemos mostrar excesivos inconvenientes a que cada quien idee y viva en su universo paralelo, no se trata de eso, se trata solamente de luchar de manera inteligente contra, por ejemplo, el integrismo que nos asesina gratuitamente.
"Por lo visto, la ONU cree en la Alianza de Civilizaciones, que nadie sabe lo que es, es cierto: ¿pero no es eso una renuncia a los derechos humanos en nombre de la concordia y el diálogo?"
El problema me trae inmediatamente al pensamiento la historia de la Florencia renacentista,
aquella nueva Atenas, proporcionada, áurea, neoplatónica y geométrica, creada por la inteligencia de Marsilio Ficino, Pico Della Mirandola o Lorenzo Valla, bajo el sereno mecenazgo de Lorenzo el Magnífico. En aquella república asombrosa todo fue progreso, buena filosofia e inteligencia durante mucho tiempo, hasta la llegada al convento de San Marco de un fraile Dominico, natural de Ferrara, que atendía al nombre de Girolamo Savonarola. Sus inflamadas prédicas contra la nueva y bella manera de ver las cosas acabaron muy pronto con la industriosa alegría florentina, Lorenzo de Médici llegó a pedirle perdón antes de morirse de pena, Botticelli pronto cambió sus espléndidas Venus, Pallas y Floras por cientos de extraños y compulsivos bocetos que pretendían reflejar fehacientemente el infierno del Dante, un joven e influenciable Miguel Angel pasará de pintar Venus con aspecto de vírgenes a reflejar Vírgenes con aspecto de madres dolorosas, en lo que fue un triste y general sometimiento a la oscuridad y a la intolerancia. No, la historia aconseja no aliarse nunca con quien ni te entiende, ni te respeta. Al contrario, los florentinos hicieron con Savonarola lo mismo que nosotros debemos hacer con el terror, deshacernos de él, no buscar alianzas con la peregrina esperanza de que nos comprendan, jamás lo harán.
Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema.
Winston Churchill
Cada vez que leo a ciertos sicofantes que parecen trabajar hacendosamente al servicio del gobierno, bien en ejercicio de refuerzo de su propia ideología, bien en defensa de la cotidiana pitanza, o, más frecuentemente, certificando ambas cosas a la vez, me viene a la mente la célebre sentencia de Jean François Revel plasmada en “El conocimiento inútil”: “Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira.”
Vean, como ejemplo, algunos fragmentos del artículo que nos regalaba Manuel Rivas el pasado sábado en El País:
"Se ha equivocado el PP en enfocar estas elecciones como unas primarias. En primer lugar, porque en el cómputo global va a salir malparado y, en algunas plazas, muy desarbolado…/…
En gran parte de España, ha perdido la antigua sintonía con la gastronomía local. Salvo en Madrid y en el País Valenciano. Éstas serán las "aldeas potemkianas", con perdón, en el día después. Y ahí es donde tendrá que trabajar a tope la maquinaria propagandística de la derecha para contrarrestar no ya la estadística sino la realidad. Cuando la realidad es adversa, hay que reunir un equipo lo más surrealista posible e inventarse otra realidad. Ahí entra la técnica de la "aldea potemkiana…/…
La técnica de las "aldeas potemkianas" consiste en elegir un punto de referencia conveniente, un escenario bien iluminado, que oscurezca todo lo demás. Lo que hacía Potemkin, al servicio, en todos los sentidos, de Catalina II de Rusia “
Siempre he pensado que Rivas cuando se remanga y se lía a realizar imputaciones en ese tono temblón y balbuceante tan suyo, recuérdese su Cui Prodest? pronunciado con cierta dificultad expresiva cuando el affaire de los incendios acaecidos el pasado verano en Galicia, evidencia que se lleva mal con la historia, que medio la desconoce o no la asume o sólo lee lo que le dan a leer. De otro modo no se puede entender que acuse a los populares de inventarse realidades, cuando su pluma notoriamente afecta al régimen bipartito social-nacionalista que señorea el país, ha apoyado, apoya y lo seguirá haciendo, ese constructo a la mentira organizada que, aunque ya venía de antes, se fraguó cuando el asunto Prestige.
Hoy nos habla muy condescendientemente de sus “aldeas potemkianas” de las que seguramente no tiene la más remota idea, como ejemplo de alienación y propaganda gubernamental. Ciertamente muestra de paja en ojo ajeno, Manuel Rivas ha visto, al igual que el que suscribe, como cuando la campaña del Nunca Máis, en buena parte auspiciada por él mismo como portavoz de la intelectualidad del establishment galaico, miles de escolares gallegos eran subidos a autobuses y conducidos ordenadamente, como aquellos tristes sujetos de Metrópolis, a jalear las protestas contra el gobierno. También sabe, como yo lo se, que los escolares gallegos ya no pueden elegir en que idioma reciben las clases de historia, o de ciencias o de matemáticas. Sabe, como yo, que las guarderías gubernamentales se llaman ahora Galescolas, lugares siniestros donde el español está proscrito por ley; sabe en suma, con cinismo de corifeo sobrealimentado, que hoy en España, en Galicia y utilizando sus propias palabras: “Cuando la realidad es adversa, hay que reunir un equipo lo más surrealista posible e inventarse otra realidad”, ciertamente, estos individuos de riguroso terno negro, pensamiento anclado en lo supuestamente ancestral y ánima totalitaria ya lo van consiguiendo, le dicen “normalizar”.
Cuando al que suscribe, de cuando en vez y sin muchas ganas, acepta alguna invitación de esas literarias, suele acudir con cierta prevención. Toda cautela es poca, tal como anda el mundo creativo en estos tiempos de cambio climático y manierismo cultural. Pero si se trata de un recital poético, entonces si que es necesario apretarse los machos y hacerse como sea con un subrepticio y discreto mp3 antes de que el poeta maldito de turno te torture inmisericorde con sus ripios de amargado compulsivo. Y uno siempre piensa lo mismo, hace bien en quejarse, en sentirse incomprendido y en atormentarse, porque este tipo es muy malo, es decididamente malo, vamos un petardo subvencionado de la legión que hoy pulula por ahí al socaire y dictado público. No diré nombres, no me gusta señalar, pero cada quien, dentro de si, sabe lo que es, lo que no es y lo que jamás será.
En ocasiones así, llegado felizmente a casa, suelo realizar ejercicios profilácticos de desintoxicación, para eso, nada mejor que los clásicos, los poetas de mi niñez, altos, claros y perfectos, Pedro salinas, por ejemplo, eso, demonios, es un poeta y lo demás son ganas de marear, perder el tiempo y querer vivir a costa de ese magro erario que a duras penas, algunos, sólo algunos, sostenemos. Lean, si les place y recuerden dónde reside la calculada y trabajosa perfección, esto, amigos míos, no se hace de corrido, aquí el Emperador procesionaba vestido y bien vestido, diríase que de oropel:
Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida ¬¡qué transporte ya!-, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
O, desde luego:

La virtud de la buena poesía es, en primera instancia, la música, después, sólo después, viene el remover de conciencias y la explosión de los sentidos. Y aún así no es suficiente, caminamos urgidos por las metáforas y el trabajo de orfebre, manoseando las palabras sin caer en la cuenta de lo poco que importan; aquí lo único trascendente es vivir, tocar, palpar, oler, sentir la materia en la que se construyen las cosas, mientras todavía tengamos tacto. Lo demás es describir sombras reflejadas sobre la caverna del tiempo, soñar pieles y paisajes, lo demás es humo, no es nada.

Un correo electrónico de mi querido Harold Alvarado Tenorio me lo vino a decir, aunque no con estas palabras, las suyas son mejores, la vida, siempre la vida, sobre el papel y los conceptos. Pese a que a su gato siamés le dicen Borges, Harold no cambiaría un verso perfecto por la paz de aquel cafetín frente al Egeo a la puesta del sol, así, a tu vera eminente, cuando me hablas tal vez para siempre, yo tampoco, por eso puedo hoy leer de su mano:
Lector
Lector de libros inútiles
mira tu vientre adiposo
y tus manos corroídas por la artritis.
¿De qué sirvieron
las horas gastadas en pos
de una belleza de papel y palabras?
Más hubiese valido
saborear, ahora que ella te ronda,
las fragancias que ofrecía de joven.
La vieja desdentada no dará más de sí
como tú mismo, hoy que lamentas
los días y los meses de comercio
con libros y metáforas.
O también:
A traves del vidrio
(Fragmento)
En un principio innecesario hablas de ti.
vena de la lengua que no para
miseria del ombligo que no cesa el ritmo de la
vida,
corazón, bellota del seso,
hablas de ti,
ya que no eres.
La asociación de Estudios Históricos de Galicia, a la que me honra pertenecer, ha presentado el pasado lunes el nº II de su revista Nalgures. Nada más abrirla, me topo con un extraordinario artículo de Jose Luís López Sangil, dedicado a la historia del monacato en Galicia. Como Jose Luís es uno de los mayores expertos en el asunto, repaso con verdadero placer los avatares del clero regular en Galicia, cuya presencia y asentamiento en el territorio fue, como se sabe, casi omnímoda, tanto es así que se puede afirmar que entre benitos y bernardos andaba repartido buena parte del terrazgo galaico, quedando el resto para los obispados, la menos boyante nobleza laica y alguna villa del Rey como A Coruña o Viveiro.
Me llaman poderosamente la atención sus notas sobre el proceso desamortizador del siglo XIX, ya sabíamos que uno de sus efectos no deseados fue la práctica destrucción de buena parte del patrimonio artístico y cultural que se custodiaba en los cenobios españoles, claro que, cuando se desciende al rigor de la documentación, comprobamos que la cuestión fue decididamente sangrante.
Haciendo memoria, podemos recordar brevemente uno de los asuntos más debatidos por la historiografía de todo tiempo, la Desamortización de los bienes eclesiásticos inspirada por Juan Álvarez Mendizábal. El propósito inicial de aquel ministro era remediar la deuda del Estado y financiar el ejército con el producto de la venta de los bienes desamortizados a la Iglesia, cumpliendo de paso el deseo de la doctrina liberal de terminar con la no enajenabilidad de aquellos bienes, sujetos como es sabido a la mano muerta, es decir, que una vez que se incorporaban a la Iglesia debían permanecer en su seno sin poder venderse, enajenarse ni verse repartidos en herencias, hecho que inarticulaba para la producción agraria buena parte del territorio español. Así, por medio de una serie de Decretos dictados a fines de 1835 y comienzos de 1836 se suprimieron en España todas las ordenes religiosas, excepto las dedicadas a la beneficencia y las misioneras en las Filipinas. Inmediatamente el Estado procedió a la confiscación de las propiedades de las ordenes, convertidas así en Bienes Nacionales y, por último, estos activos se vieron transformados en propiedad particular mediante pública subasta. 
No fue ésta la primera ni la última de las desamortizaciones hechas en España, pero sí la más conocida por su alcance político, económico e ideológico. Recordemos por ejemplo que ya Godoy pactó con la Iglesia en 1797 la venta de una parte de su patrimonio, y que también José I Bonaparte se apropió de bienes de ordenes religiosas suprimidas, decretos obra de los afrancesados que las Cortes de Cádiz dejaron en vigor. Por su parte, los hombres del trienio dictaron las Leyes Monacales en 1820 que anticipaban la obra de Mendizábal y la hubieran adelantado de haber dispuesto de tiempo para ello. En lo que respecta a la propiedad civil y comunal, las disposiciones de Fernando VII sobre los Baldíos, la supresión del mayorazgo en el Trienio Liberal y el Decreto de Toreno en 1835 para reducir a la propiedad particular los Bienes de Propios de los ayuntamientos son otros tantos antecedentes de la obra que llevará adelante Madoz a partir de 1855. Por eso, la historia de las desamortizaciones cubre en la realidad buena parte del devenir de nuestro siglo XIX.
Ocurre que en alguna rara ocasión, uno quisiera dividirse y volar; es entonces cuando el destino, ese grajo rijoso y miserable, se ríe de ti y te hace saber que hagas lo que hagas siempre te sentirás huérfano de la vida que has dejado marchar. A mí me parece que el monólogo final que entona Tom Wingo en “El príncipe de las mareas” se aproxima bastante a lo que sucede en la encrucijada, ¿recuerdan?
"6 semanas antes yo estaba dispuesto a dejar a mi mujer y a mis hijas, quería abandonarlo todo.
Pero ella cambió eso, me cambió a mi
Por primera vez sentí que tenía algo que devolverles a las mujeres de mi vida
Ellas lo merecían.
…………..
Y regresé a mi hogar sureño y a mi vida sureña, y es en presencia de mi mujer y de mis hijas cuando tomo conciencia de mi vida, de mi destino.
Soy profesor, entrenador y un hombre muy querido, y eso es más que suficiente.
En Nueva York aprendí que necesitaba querer a mi padre y a mi madre, con toda su defectuosa y escandalosa humanidad. Y que en las familias no hay delitos que sobrepasen el perdón
Pero es el misterio de la vida lo que ahora me intriga.
Y miro hacia el norte, y vuelvo a pensar que ojalá repartieran dos vidas a cada hombre, y a cada mujer.
Al final del día atravieso en coche la ciudad de Charleston, y mientras cruzo el puente que me lleva a casa, noto que unas palabras me brotan de dentro. No puedo detenerlas ni se por qué las digo, pero al llegar a lo alto del puente, esas palabras llegan a mi en un susurro, las digo como una oración, como un lamento, como una alabanza.
Digo: Lowenstein, Lowenstein"
“Una mujer que no sea una estúpida, antes o después, encuentra una ruina humana y trata de salvarla. Alguna vez lo consigue. Pero una mujer que no sea una estúpida, antes o después encuentra un hombre sano y lo reduce a escombros. Lo consigue siempre,”( Cesare Pavese: El oficio de vivir, agosto de 1937).
“El soberbio ama la presencia de los parásitos o de los aduladores, y odia la de los generosos” (Spinoza, Ética, IV, LVII)
Al igual que en su día aconsejaba vehementemente Italo Calvino a quien quería escucharle, me gustaría defender aquí la necesidad que todos tenemos de volver a los clásicos. No sólo por el mero placer de leerlos, que también, sinó para comprobar de primera mano cómo casi todo está dicho. Muchas de las formulaciones que cada día se presentan como novedosas y proporcionadoras de luces, no son más que groseras reinterpretaciones de lo ya pensado por otros. En este sentido, una vez más, nada nuevo bajo el sol.
Así, por ejemplo, sería recomendable que nuestros políticos de “profesión” se tomasen de una bendita vez la molestia de releer a Alexis de Tocqueville, o que nuestros flamantes economistas le viesen al menos el forro a las obras de David Ricardo o John Stuart Mill y no se conformasen con lo que los manuales al uso dicen sobre ellos, que es nada. Pero sobre todo, que los en general poco afortunados redactores de esos libros que se denominan de “autoayuda” que habitualmente ayudan sólo a la economía del propietario del copyright, relean lo mucho que la buena filosofía ha dicho sobre las esencias humanas. Encontrarán allí la verdadera y más efectiva consolatio philosophiae.
Como muestra, y ya que un tangencial paseo por la red le deja a uno un regusto de infelicidades y desencuentros, de hastíos y búsquedas narradas con pasión, puedo contar que manejo estos días con verdadero placer un ejemplar de la Ética del judío holandés de origen castellano o portugués Baruch Spinoza. A lo largo de la obra estructurada según un impecable ordine geométrico cartesiano, con estudiada cadencia de definiciones, axiomas, postulados, lemas, proposiciones y escolios, donde caben, entre muchas otras, reflexiones sobre Dios, el gobierno de los pueblos y las siempre complejas relaciones entre los hombres, observo un pensamiento de una hermosa y sincera racionalidad, que en mi opinión puede otorgar bastante consuelo a nuestros espíritus en ocasiones atribulados por lo que no pueden dominar ni conocer. En fin, que se descubren en Spinoza verdaderas cualidades terapéuticas, en todo superiores a las magras soluciones de bolsillo que se pueden ojear en los quioscos.
Será un bicentenario controvertido, ya lo verán, para unos la celebración del alzamiento de la nación española en armas frente a Napoleón, el usurpador, supondrá un ejercicio de autoafirmación patrio, para otros una constatación más del desaguisado territorial que era aquella Monarquía Hispánica, fabricada con retazos patrimoniales de origen e interés dinástico, para formar una amalgama de difícil convivencia basada en el fuero, el privilegio y el distingo. En realidad, nada muy diferente a lo vivido por Francia, lo que ocurre es que la Francia de Richelieu y Luis XIII no sufrió excesivos inconvenientes para congraciar intereses dinásticos y nacionales, en realidad eran los mismos, una Francia grande y unida, libre de la presión de los Habsburgo en sus principales fronteras.
Nuestro caso es bien distinto, mantener Flandes a ultranza, por ejemplo, religiones e idiomas distintos, un deseo permanente de independencia de los Austrias, aquello, pese a los Tercios y sus glorias, pese a la plata del Potosí, no podía durar, la de Olivares era una política dinástica, no nacional aunque quiso serlo, o parecerlo, cuando la Unión de Armas. Los sucesos de 1640 se encargaron de demostrar hasta qué punto andaban confusos territorios, herencias patrimoniales y nación. Portugal ya no quiso saber más, el resto aún andamos en esas.
Vino entonces el enfrentamiento abierto del príncipe Fernando con su padre Carlos IV. El motín promovido por el heredero en Aranjuez el 17 de marzo de 1808, tuvo como consecuencia la abdicación de Carlos IV en la persona de su hijo Fernando y la deposición fulminante del príncipe de la Paz. Poco después, el dos de mayo, se producía en Madrid el levantamiento popular contra el ejército de Murat. A la vista de los acontecimientos, Napoleón Bonaparte, verdadero árbitro de la situación, procedió a liquidar literalmente la monarquía española para establecer en su lugar uno más de sus regímenes satélites. Para ello reunió a la cautiva familia real en Bayona, obligando el 5 de mayo de 1808 a Fernando VII a devolver la corona a su agraviado padre, tras sufrir el príncipe de Asturias una larga serie de presiones y después de ofrecer la dinastía española un lamentable espectáculo de enfrentamientos e insultos entre padres e hijo, para, a continuación, hacer que Carlos IV le cediese a él mismo todos sus derechos al trono, al frente del cual colocó el 7 de junio a su hermano José. De esta manera, consiguió Napoleón cumplir su deseo de no permitir el reinado de un Borbón en la frontera de Francia, tal como él mismo había asegurado a su séquito en Bayona: “Bien sé que bajo cierto punto de vista lo que estoy haciendo está mal hecho; Pero la política exige que no deje a mis espaldas, tan cerca de París, una dinastía enemiga de mi familia”. La usurpación propició que se extendiese por todo el territorio peninsular una guerra cruenta y devastadora que habría de prolongarse hasta el final de 1813. Al terminar ésta, nada sería lo mismo, ni el viejo orden político y social de España ni su periclitado dominio colonial.
“El lector no encontrará ningún basilisco que mate con la mirada, ni a un Hortentot sin religión ni modales ni lenguaje articulado, ni a ningún chino que sea cortés y tenga profundos conocimientos de ciencia, ni a héroes llenos de virtudes, siempre victoriosos e inmortales, y en caso de que aparezcan cocodrilos, el autor tratará de que no le causen pena cuando devoren sus presas”, Del prólogo a la novela “La costa más lejana del mundo”. Patrick O’Brian
Este lunes de pascua he sido amablemente invitado por Periodista Digital a participar en un animado debate que pueden seguir aquí, en torno a esa especie de eclosión de la novela histórica que está viviendo el mundo de la edición española. Junto a mi buen amigo Carmelo Jordá, moderador del coloquio, se encontraban en el estudio de TV los autores Josep Carles Lainez y Alan Ferrero, mientras el que suscribe se mantenía al quite telefónico para aportar lo que le iba pareciendo.

“Hace quince años argumentaba en mi libro El fin de la historia y el último hombre que si una sociedad quería ser moderna no había más alternativa que la economía de mercado y un sistema político democrático. Por supuesto, no todos querían ser modernos y no todos podían establecer las instituciones y las políticas necesarias para que la democracia y el capitalismo funcionaran, pero ningún otro sistema podía arrojar mejores resultados.” (Francis Fukuyama, La Vanguardia, 2007)
Lo recuerdo muy bien, fue en el verano de 1989, cuando Francis Fukuyama, un profesor estadounidense de origen japonés bastante desconocido hasta entonces, publicó en The National Interest su célebre artículo: “The end of history?”. Como es sabido, en aquel opúsculo de 15 páginas que dio lugar en 1992 a un libro más extenso de título similar: El fin de la historia y el último hombre, se pretendía constatar el hecho de que, coincidiendo con el desplome de la Unión Soviética, las ideologías no democráticas y antiliberales habían muerto definitivamente o al menos caminaban firmemente hacia su extinción, de modo que a la humanidad no le quedaba más que contemplar su evolución hacia un futuro convergente en lo económico y en lo político, donde sólo tendrían cabida en el mundo estados democráticos interrelacionados por la economía de mercado.
“Cada cosa es lo que es: la libertad es libertad, y no igualdad, honradez, justicia, cultura, felicidad humana o conciencia tranquila. Si mi libertad, o la de mi clase o nación, depende de la miseria de un gran número de otros seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral.”
De “Dos Conceptos de Libertad” en Isaiah Berlin, Cuatro Ensayos sobre la Libertad. Madrid, Alianza Editorial, 1993
Viendo como andan de revueltos nuestros prebostes, que parece que se les va la vida en busca del voto que les vaya arreglando el cocido, hoy me gustaría hablarles de un espíritu libre, tan difícil de encasillar que nunca consiguió satisfacer del todo a facción alguna, muchos habrán oído hablar de él, se llamaba Sir Isaiah Berlín, filósofo político, letón de nacimiento y británico de adopción.
Algunos acusaban a su obra de dispersa, casi diletante, pero lo cierto es que el viejo profesor judío de Oxford consiguió, antes o después, enmendarle la plana a todos sus oponentes. ¿Las razones? Su desprecio radical al monismo, a la defensa partidista de un cuerpo general de doctrina considerada perenne, cierta e inalterable. Le bastó sufrir el stalinismo durante su época juvenil para comprender muy pronto hacia qué lúgubres callejones del espíritu conduce el pensamiento totalitario. Desde su torre de hebreo exiliado pudo juzgar a Marcuse “como un divertido y gordito conversador de cafetín”, mientras para otros más impresionables el pensador alemán era el dios-filosófo del mayo del 68.
Si es algo muy español contemplar a nuestros políticos con cierta prevención, resulta evidente que nada en los últimos acontecimientos ayuda a que mejore nuestra opinión sobre tanto abnegado servidor público como anda suelto. No es fácil sentirse representado por un colectivo que cada vez se parece más a una casta, a un lobby de iniciados, donde, es evidente, ya no está lo mejor de la sociedad. Por eso hoy les traigo aquí algunas reflexiones entreveradas, son parte de sabrosos textos de dos buenos amigos, ambos son personas leídas y viajadas, ambos saben de lo que hablan y ambos se llaman Luís.
La penúltima pancarta que ha sacado de paseo el Partido Popular, esta vez junto a UPN, por las calles de Pamplona, mueve a reflexión. Será porque uno lleva cada vez peor esta historia de que gracias a la perennidad de ciertos “papeles amarillos” de los que siempre habla nuestro Berlín Smith, el célebre palabro Fuero se nos recuerde día sí y el otro también, como eterna cantinela aparentemente inamovible, tan natural y asumida como el paso de las estaciones.
Fuero, demonios, fuero para mí no significa otra cosa que la constatación de la pervivencia del Antiguo Régimen entre nosotros. Fuero es privilegio por derecho de cuna o ubicación en el mapa.
“No es que no sepamos lo que quieren decir las palabras. Es que las palabras, en el fondo, no dicen gran cosa. La inteligencia tiene tales límites que dan ganas de llorar.” (Aub, Aforismos)
Ha sido cosa y empeño de Javier Quiñones que, además de novelista en alza es experto en la literatura del exilio y en especial en la obra de Max Aub (1903-1972). Era Aub, polígrafo incansable, tenido por uno de los mejores prosistas de nuestro siglo XX y, no obstante, uno de los más olvidados. Quiñones nos recuerda que él mismo así lo reconocía y así lo hizo constar cuando su regreso casi furtivo al país que consideraba más suyo, a pesar de haber nacido en París y ser vástago de padres alemanes: “Recuerdo —nos dice Quiñones en un artículo reciente— la amargura de la queja de Aub ante el desconocimiento del público lector cuando efímeramente regresó a España en 1969: "¿Quién soy yo para todos estos que llenan estos cafés del centro de Barcelona y sus enormes terrazas? Nadie. No, nadie sabe quién eres."
Bueno, diremos, no hay porqué preocuparse, tal vez aquello del olvido personal en el fondo no le importaba tanto al viejo dramaturgo, si nos fiamos de algunas de las sabrosas sentencias que el mismo Javier Quiñones recuperó en su obra Aforismos en el laberinto (Edhasa, 2003), para quien un día se llamó Max Aub Mohrenwitz sólo la obra cuenta, y ésta, de ser fecunda, pertinente o necesaria, como es el caso, acaba por conocerse y perdurar: “No importará quién fui, sino lo que hice. Apréndelo: no importará quién fuiste sino lo que hiciste. Sólo lo que se hace se deja; quién eres no cuenta mañana.” Nos dejó dicho de forma casi premonitoria.
Hoy Javier, en animosa connivencia con el editor Josep Mengual, que afortunadamente es
también el mío y espero que siga siéndolo por muchos años, completa el ciclo, cierra el círculo aubiano proponiéndonos su versión narrativa de un autor imprescindible. “Max Aub, novela” (Edhasa, 2007) nos servirá a todos para recuperar la sabiduría de una de esas vidas pródigas y generosas de las que tuvimos hasta ahora sólo fragmentaria noticia en parte por efecto de aquella guerra de los abuelos que parece que nunca acabaremos de enterrar.
Allí leerán de Aub, de su vida, de cómo se fabrican textos con oficio y sentido, de su tiempo, del prodigioso mosaico cubista de personajes que formaron parte de aquel mundo convulso y doloroso, pero también pródigo y creativo; Alberti, Jules Romain, Buñuel, Machado, Malraux Cela; demonios, se dice uno, ojala todavía siguieran aquí, hablándonos del valor infinito de la palabra escrita. Alivia saber al menos que Aub ha vuelto a casa, como a él mismo le gustaba decir: “Siempre se acaba siendo lo que se parece.”

La publicación de un libro de fotografías de JAM Montoya por parte de la Junta de Extremadura, una obra ya antigua según parece, aunque es ahora cuando la polémica ha saltado a los medios, me recuerda un viejo artículo que había publicado en otro lugar y que ahora les dejo al final de este excurso. Vaya por delante que no me fío de los papanatas culturales, transgredir en arte supone apostar por soluciones que aporten algo novedoso en la eterna reflexión intelectual que debiera ser la creatividad humana. Señaladamente si la opción implica algún riesgo o compromiso social. En este sentido trasgredía por ejemplo Miguel Ángel, al desechar las anatomías efébicas del primer Renacimiento para abrazar las formas hercúleas que había admirado en el torso Belvedere. Pero desde que los marchantes dejaron de soplarle a los artistas consagrados, la cosa cambió para mal, hacia el inmenso trágala de estentóreas cagadas justificadas con la inevitable ayuda de insoportables monumentos a la tautología discursiva.
Es decir, que más a menudo de lo que seguramente pareciera necesario, nos presentan al común monumentales engendros, sin ir más lejos, ayer vi en la tele la perfomance de un tipo gordo que, desnudo y orondo como estaba, simplemente, se orinaba por encima; gilipolleces sin cuento que aparentan ser fabricadas con el mismo culo del artista para verse alegremente sacralizadas por la inteligentzia cultural. Una forma de que se aseguren un sustancioso medio de vida la legión de artífices torpes y fracasados que hemos de mantener, sobre todo con dinero público. Dicen que son transgresores, ¿de qué?, nada les ocurrirá por ridiculizar a Cristo o la Virgen; serían transgresores si por ofertar sus propuestas luchasen contra la intolerancia organizada de ciertos amigos de oriente, por ejemplo; pero no lo harán, tampoco hay que morir por la paniaguada subvención.
Todo este lío me recuerda a los célebres genios culturales del tardo franquismo, siempre quejosos de que la censura coartaba su creatividad, al final supimos que sólo Cela, Marsé y a veces Umbral sabían escribir, y Don Camilo, mire usted por donde, había sido hasta censor bajo el régimen del señor Baamonde. No amigos, el genio se ve enseguida, no hay porqué echarle la culpa al tiempo o a los malos alimentos. Otro ejemplo, ¿parió Lluis LLach alguna canción mejor que la L’estaca tras la muerte del general? ¿Verdad que no?
En fin, ahí les dejo el viejo artículo y ya me irán contando.
La Guerra De La Cochinchina. Cuando los españoles conquistaron Vietnam
ISBN: 8435039889
Número de páginas: 512
Autor: Sintes, Luis Alejandre;
Editorial: Edhasa
“Preciso es confesar que los franceses nos han cogido completamente de “primos” en esta ocasión, explotando nuestros sentimientos religiosos para fundar con nuestros propios recursos un magnífico establecimiento que no podían llegar a ver realizado por sí solos. No defendemos la religión, ni reivindicamos el honor nacional ultrajado, ni podemos pretender ventajas para nuestro comercio, ni esperar siquiera que brillen con gloria nuestras armas”.
Francisco de Arce, 1864.
Mi buen amigo y compañero de editorial, el general Luís Alejandre Sintes, me envía, amable como es, un ejemplar de su “guerra de la Cochinchina”. Tengo que decir que a pesar de tratarse de una obra de volumen considerable, me ha durado bien poco sobre la mesilla. He de reconocer que apenas sabía nada sobre la historia de aquel puñado de abnegados soldados españoles que se batieron el cobre junto a los franceses en los insalubres pagos del reino Annamita. Los mandaba un hombre valiente, el Coronel Carlos Palanca, cuyo sentido del honor y capacidad de mando en el campo de batalla hubiera merecido mejor suerte de la que tuvo a la hora de verse asistido por su propio gobierno desde la Capitanía General de Manila.
El viejo Leviatán no sólo no aprende de sus errores, sino que de un tiempo a esta parte parece haberse vuelto aún más fastidioso en sus exigencias. Leo en El País que existe en Galicia una especie de éxtasis colectivo que bendice el feliz parto del enésimo proyecto de normalización del gallego en la escuela. De nuevo los tres partidos visibles en el espectro político galaico, junto a ese colectivo nebuloso que denominan “comunidad escolar”, se ponen de acuerdo para establecer porcentajes, idear fútiles y onerosas acciones difusoras de la lengua sacra y fomentar el desarrollo de aplicados y serviles equipos encargados de velar con alma de esbirro por el cumplimiento de la norma.
Dicho en otras palabras, a los escolares gallegos, y a quienes en edad temprana decidan habitar aquellos pagos, no les quedará otra que aprender historia, geografía, biología o matemáticas, por ejemplo, en la lengua que a nuestros bienamados políticos y agentes sociales les parece, no se les concede ni siquiera el derecho a elegir. Querrán hacernos creer que con ello hacen justicia al país, mientras la mayoría habla un hipócrita castellano en la intimidad; pero sólo veo prohibicionismo y adoctrinamiento institucional, la inmersión de la sociedad civil en un mundo absurdo dónde uno se ve obligado a hablar en la escuela, en su trabajo, en el parlamento, de forma diferente a como habla en casa y ha de parecerle, además, bien, mostrándose domeñado, urgido, exigido, pero contento; al fin Leviatán sólo desea nuestra ontológica felicidad.
En el artículo, una foto. Unos tipos de aspecto más bien vulgar caminan ufanos, henchidos tras el acuerdo, bien se ve que nos han salvado la vida, regulando esta vez hasta en qué sutil dirección debemos mover la lengua cuando ponemos en marcha el aparato fonador, de nada les valdrá, el orden espontáneo tiene la mala costumbre de sobreponerse a los decretos.
Corría el año de gracia de 1990, hallábase el que suscribe becado en Estambul en compañía de su primera, alongada y rubicunda ex-mujer, cuando una noche al comité organizador le pareció una buena idea conducirnos a los estudiosos a una de esas horribles cenas-dancing para turistas que suelen incluir un trasunto de danza del vientre.
Tras la cena, también horrible, el speaker decidió dedicarnos una canción, iba a arrancarse con el “Que viva España” pero descubrió a tiempo que corría un run-run de desaprobación por la platea. “Menos mal, nos dijimos mi particular Sharon Stone y yo, nos va a ahorrar el papelón”. Pero no, el speaker se dirigió al público embargado por cierto azoramiento y preguntó tembloroso: ¿españoles? Nooooooo, se oyó por toda la sala ¡catalanes! ¡Somos catalanes! Era cierto, de todos los becados, los únicos que no procedíamos del Principado éramos nosotros, los demás venían de la entonces cosmopolita y modernísima universidad catalana. El speaker sonrió satisfecho y sin esperar a más comenzó a entonar con furia la célebre: “Baixant de la Font del Gat una noia, una noia; baixant de la Font del Gat una noia i un soldat. Pregunteu-li com se diu, Marieta, Marieta, ...”; en fin, ya conocen el resto. En la platea cundió el entusiasmo y el palmoteo cerril, fue entonces cuando me dije que era un alivio haber prescindido del turre del “viva España” en una noche perfecta entre los callejones de la Sublime Puerta, pero claro, tampoco habíamos ganado mucho con el cambio, aquellos elitistas universitarios eran tan catetos como de oficio se nos supone a otros peninsulares de a pie.
Ni que decir tiene, Sharon y yo decidimos prescindir de la compañía “diferencial” para perdernos juntos entre las sombras, más allá de la Plaza Taksim, entre miles de bigotudos expectantes, aquella noche decidimos ser de ninguna parte.
“Esta característica de la guerra civil latiendo en cada pecho, es una de las determinantes más concretas del español y uno de los prismas a cuya luz puede verse, con mayor claridad, aquello que llamamos lo español. La discordia civil, esa cruenta e impolítica maldición que pesa sobre España, anida como un fiero aguilucho en los más recónditos entresijos de cada español que, cuando no está contento consigo mismo, se pelea consigo mismo en el espejo de los demás" Camilo José Cela, "Sobre España, los españoles y lo español" (1959), OC, t. XII, Glosa del mundo en torno, p. 619.
La contratación por parte de algunos ayuntamientos del sur de Madrid de la obra “Lorca eran todos” de la que Pepe Rubianes es director y guionista, parece haber reabierto la polémica sembrada por el actor con sus célebres declaraciones sobre la licenciosa España en TV3.
Vaya por delante que la libertad de expresión siempre me ha parecido necesaria, imprescindible, no es un asunto a cuestionar ni negociable. Pero claro, en cuanto escuché los desahogados asertos de Rubianes me pregunté ¿qué diablos le ocurriría a este pobre hombre si en un rapto de espontaneidad irreflexiva le diera por substituir el vocablo “España” por otros más comprometidos y espinosos como “Euskadi” o “Catalunya”? al fin, no son más que “naciones” también.
A lo mejor razones para el público denuesto tampoco le faltaban, aunque sólo fuese porque, en el primer caso, llevamos más de tres décadas soportando la salvaje tiranía de los chicos del pin-pan-pún o por el turre autonómico que, en el segundo, supuso el Estatut. Pero claro, es difícil meterse gratuitamente con el humor variable de los pistoleros. Este miedo a que los violentos se enfaden, lo que algún cursi suele denominar “déficit democrático” que para mí no es más que vivir sometido a la chulesca tiranía de los abusones, es seguramente lo que ayuda a Rubianes y a tantos como él en la elección de su discurso. ¿Y Cataluña?, ah, Cataluña es intocable, es sabido que el actor desarrolla sobre todo allí su labor profesional y uno no se cisca en el plato que usa para servir la pitanza. Es así que la miseria de Rubianes no es que se exprese como quiera, sino que tal vez se expresa diciéndole a su rendida audiencia lo que ésta quiere oír.
Y aquí topamos con los clásicos actos fallidos socialistas, bien está que Rubianes diga lo que le apetezca, eso en el fondo da absolutamente igual, pero cosa distinta es reírle las gracias a base de dinero público. ¿Harían lo mismo los bizarros y aguerridos alcaldes de Alcorcón, Pinto y Getafe con un actor que hubiese criticado aunque sólo fuese tangencialmente y por casualidad, omisión o leve despiste a la sacrosanta Euskadi? No lo sabemos, pero ya pueden ir sospechando que no, que el miedo, amigos, es libre y no estamos para incomodar a los mandones que nos apoyan en el parlamento. Desde su extraño y particular prisma, Rubianes es un tipo desahogado y simpático, Boadella, por ejemplo, un facha sin remisión al que no se le debe pasar ni una.
Paralelamente me pregunto qué habría pensado Federico García Lorca de todo esto, al fin, la obra parece consagrada a su memoria. Desde luego el título “Lorca eran todos” que es una cursilería más propia del barco de Chanquete que de un homenaje al poeta inmortal, le parecería una chorrada, seguro; y en cuanto a la idea de España, en fin, basta releer a Lorca para comprobar que no tenía la misma idea del país que su epígono. Ahí les dejo un delicioso texto extraído de una de sus claras, maravillosas, conferencias. A Lorca, como a toda su generación, le dolía España, pero no sentía ninguna necesidad de ciscarse en ella:
“Siempre tendremos que reconocer que la belleza de España no es serena, dulce, reposada, sino ardiente, quemada, excesiva, a veces sin órbita; belleza sin la luz de un esquema inteligente donde apoyarse y que, ciega de su propio resplandor, se rompe la cabeza contra las paredes.”
…/…
“Podríamos hacer un mapa melódico de España, y notaríamos en él una fusión entre las regiones, un cambio de sangres y jugos que veríamos alternar en las sístoles y diástoles de las estaciones del año. Veríamos claro el esqueleto de aire irrompible que une las regiones de la Península, esqueleto en vilo sobre la lluvia, con sensibilidad descubierta de molusco, para recoger en un centro a la menor invasión de otro mundo, y volver a manar fuera de peligro la viejísima y completa sustancia de España.”
F. G. L. “Las nanas infantiles (Conferencia)”
La Coruña: su alma oculta
Textos y fotografías de José Luís Pardo Caeiro
ISBN: 978-84-611-4956-8
Distribuye: Librería Arenas
El martes pasado fui amablemente invitado a presentar el nuevo libro de mi buen amigo José Luís Pardo, un coruñés enamorado de su ciudad, tan sensible con la cámara como exacto con la prosa. Fue el feliz parto de una obra hermosa y muy bien documentada, esto cuento en el prólogo:
“Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá.”
Cavafis: “La ciudad”
Hay quien sostiene que la ciudad de cada quien es en realidad siempre la misma, que todas las ciudades son la misma ciudad mil veces repetida. Pero hasta Konstandinos Cavafis, tenido por uno de los padres del aserto, confesaba preferir su Alejandría a las demás, como Albert Camus amaba su grisácea Orán o Paul Auster el incomparable y multicultural Brooklyn. Cavafis, claro es, había dado con unos versos afortunados que no estaba dispuesto a desechar, aunque en el fondo supiese, como sabemos todos, que la ciudad a la que pertenecemos forma parte esencial de nuestro ser. Es así que prefiero pensar, como creía Montesquieu, que el ambiente, el clima, la amalgama específica de humores entre los que uno se cría, se imbrican de tal modo en nuestra realidad que nadie podría explicarnos sin aclarar antes nuestros orígenes: “Varias cosas gobiernan a los hombres —nos recuerda el filósofo francés en el Espíritu de las Leyes—: el clima, la religión, las leyes, las máximas del gobierno, los ejemplos de las cosas pasadas, las costumbres, las maneras (...) De ello resulta la formación de un espíritu general” .
Por eso, por creer vivamente en ello, encontrarme sin esperarlo con una obra como la que hoy ve la luz, producto afortunado del trabajo silente de José Luís Pardo Caeiro, representa para mí un goce y varias certezas. Un goce, porque es una obra redonda, acabada, bellísima, que complementa armónicamente hermosas imágenes de nuestra ciudad, buscadas con sabiduría y retina atenta, con sugerentes textos en los que el autor nos recuerda con rigor histórico su particular visión de muchos de los hitos que señorearon la vida profunda de Marineda, también de sus habitantes y de los rincones que acogieron sus afanes, en medio de una prosa que por veces deja de serlo para convertirse en lírica preñada de sentimiento.
Decían los filósofos helenísticos que no podemos conocer cómo son las cosas en sí, pues la sensación sólo tiene que ver con la apariencia, por tanto no deberíamos decir: esto es, sino y como mucho esto me parece. Hace poco un buen amigo se quejaba amargamente de los males que nos estaba trayendo la deslocalización de la industria occidental, recuerdo que entonces me encogí de hombros y le dije “no te preocupes tanto, que ya volverán”, panta rei, todo fluye.
Coincidía que en aquellos días estábamos asistiendo al severo varapalo propinado por franceses y holandeses a la constitución de la Unión, analistas y tertulianos se afanaban en buscar explicaciones a un fenómeno con el que no contaban hasta hacía bien poco, tan sólo seis meses atrás había confianza en que el tren europeo caminaría siempre en la misma dirección, esto es, constitución consensuada entre todos y ampliación de socios. Y hete aquí que la Europa de la industria y la mercancía, del eterno progreso, del Laissez faire, laissez passer, parecía correr temerosa a encerrarse sobre si misma.
Contemplamos como la derecha más rancia desempolvaba sus banderas nacionales para reivindicar antiguas glorias imperiales, a la vez, la izquierda sindical y aburguesada temblaba ante la probable invasión de aquellos “fontaneros polacos”, o sea, los productivos y bien formados técnicos del Este, criados en el sacrificio y en la fuerza del trabajo, muy capaces de tumbar los precios a base de prescindir del cobro de extrañas plusvalías, por ejemplo esa especie de gabela feudal y abusiva que nuestros técnicos domiciliarios denominan en sus facturas “desplazamiento”, aunque vengan paseando desde la esquina, eso en el caso de que entreguen algún trasunto de factura.
“Como la Revolución parecía proponerse la regeneración del género humano más aún que la reforma de Francia, encendió una pasión que las revoluciones políticas más violentas nunca habían sido capaces de inspirar. Produjo conversiones y generó propaganda. Asumió así, al final, aquella apariencia de revolución religiosa que tanto asombró a sus contemporáneos”.
Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución.
Los últimos socialistas críticos y sensatos que resistan tras el efecto Zapatero harían bien en leer “Poder Terrenal”, el último libro de Michael Burleigh, (Taurus-2005). Una obra sesuda y desapasionada, pero muy fácil de leer, dedicada al análisis de las pseudo religiones o religiones políticas nacidas al socaire de los fervores utópicos y revolucionarios. Un fenómeno bastante conocido aunque tal vez no suficientemente estudiado. Ese cambiar unos mitos por otros, ese transformar los onomásticos de santos por los de héroes clásicos, tornando Nicasios, Franciscos y Noeles por Brutos, Cayos y Escipiones, como hizo Babeuf; volver las estatuas cristianas en otras egiptoides que querían personificar a Natura y Razón; el tornar los topónimos como Le Havre o Saint-Maximin en Port Marat o Marathon; signos todos de una misma tendencia, el ansia imparable por reemplazar los viejos valores por otros presuntamente nuevos, tan cargados de dogmatismo como los anteriores, aunque seguramente más excéntricos y menos afortunados, cuando no ridículos.
El permanente sin vivir al que los terroristas vascos tienen sometido a este desgraciado país desde hace ya cuarenta años se ha convertido en una perfecta cortina de humo que oculta una realidad más evidente a cada día que pasa, el servilismo de los presupuestos del Estado de la democracia con Euskadi. Es evidente que nuestros gobernantes siempre han tendido a pensar que manteniéndoles a los vascos sus ancestrales privilegios fiscales y el cobro de donativos graciosos de difícil justificación, tal vez el nacionalismo radical suavizaría sus posturas, se apiadaría del común y poco a poco dejaría de matar y extorsionar a su desdichada población.
No extraña, por tanto, que mientras el presidente Rodríguez Zapatero trataba de negociar en la trastienda el enésimo cese del terrorismo de ETA y sus allegados, a la vez Ibarretxe conseguía renovar el sustancioso cupo y hacer reflejar en los presupuestos del Estado cosas tan sabrosas como ésta:
Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2007, Disposición adicional quincuagésima quinta, Cotización a la Seguridad Social de docentes del euskera
Se considerarán como cotizados a la Seguridad Social los períodos de dedicación a la enseñanza del euskera de aquellas personas que realizaron dicha actividad profesional sin poder ser dadas de alta en el Sistema de la Seguridad Social como consecuencia de la clandestinidad en la que se desenvolvió dicha actividad …/… El coste de la mejora de la pensión, como consecuencia de lo dispuesto en el apartado anterior, será financiado por una transferencia finalista del Estado al presupuesto de la Seguridad Social, por importe de 5.000.000 de euros.
El año no puede comenzar mejor para el célebre cártel de amigos creativos del que uno tiene el honor y el privilegio de rodearse. Esta vez, Jesús Risueño, que es ya artista consagrado y aún así se empeña en seguir experimentando, estudiando, encerrándose en su estudio a probar nuevas alquimias para ofrecer soluciones cada día más satisfactorias, aunque para él nunca acaben de serlo, viene de ser premiado con el máximo galardón del certamen de pintura que ha convocado la entidad pública MUFACE:
La segunda edición del premio de pintura de MUFACE, patrocinado por el Banco Santander, es ya un punto de referencia dentro de los certámenes de esta índole. Un jurado compuesto por el crítico de arte del ABC, Juan Manuel Bonet, el pintor Julio Cebrián, la catedrática de universidad Mercedes Replinger, así como un representante del Banco de Santander y otro de los sindicatos, seleccionaron un total de 30 obras. El jurado destacó la calidad de las obras presentadas por los mutualistas y el personal que presta servicios en Muface. Las cuatro obras premiadas pasarán a formar parte de los fondos de la Mutualidad.
Mis parabienes a Jesús, que se lo merece todo, dense una vuelta por su página y verán que no todo está perdido en este pandemonium del arte contemporáneo. Por cierto que no puedo evitar fijarme en la presencia del “sindicalista” entre los miembros del jurado, si, si, ya se que la administración tiene por costumbre incluir uno de estos abnegados muchachos en todo concurso-oposición que se precie, no se arriesga a que le afeen la conducta, aunque a mí me asalta la duda, pues no sé yo si estos liberados sindicales dedican alguna hora de su amplio tiempo de asueto a obtener una cierta formación, digamos, estética o si son miembros del jurado de cupo, que es lo que parecen; ya no deciden sólo sobre nuestro futuro laboral, parece que también les gusta supervisar nuestras aficiones y hasta la creatividad funcionarial, estamos tocando fondo.
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín