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Fragmentos de Harold Alvarado Tenorio

Permalink 20.11.06 @ 14:05:19. Archivado en Literatura

Los que, muy meritoriamente, hayan tenido la paciencia de leer el post anterior, sabrán que se refería a un curioso sucedido a propósito de un falso prólogo de Borges pergeñado por un, entonces, joven poeta colombiano. Pues bien, Harold Alvarado Tenorio, enterado de la reseña, me dice:

“Estimado Juan he leído su nota y me pareció muy divertida. Espero le guste lo que le he enviado”.

Y, entre otras cosas de enjundia, el maestro de Cali me envía su versión de primera mano de los mismos hechos. Yo creo que complementa extraordinariamente bien el post anterior, así que aquí les dejo algunas piezas de la sabrosa explicación:

De cómo escribí un prólogo de Borges (fragmentos)
Por Harold Alvarado Tenorio

Los viajes más baratos de esos años los hacían a Europa compañías que no pagaban impuestos IATA, remontándose hasta el mismo Polo Norte y pernoctando una noche en la capital islandesa para luego recalar en Luxemburgo, desde donde uno tomaba o los trenes o los autobuses a destino. Reykiavik, que significa “bahía de humo”, era en realidad un pueblito de no más de setenta mil habitantes. Y fue allí, en uno de esos viajes y en uno de esos hoteles de la calle Laugavegur, donde vi por primera vez a Borges.
Habíamos llegado a Islandia a eso de las seis de la tarde y cuando estaba llenando el formulario de registro en el hostal donde pasaríamos la noche leí el nombre del argentino en un periódico y pensando que anunciaban su muerte pregunté al conserje qué decía la noticia y respondió que el famoso escritor iba camino de Israel a recibir un premio. Le dije entonces si podíamos saber dónde se hospedaba y me respondió que la rueda de prensa se había realizado en un hotel que estaba a cuadra y media del mío. Dejé mis pertenencias y preguntando el nombre el hotel fui caminando hasta el sitio y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme, en el lobby, a Borges, sólo e íngrimo. Me le acerqué, le dije que era colombiano, que le admiraba y leía desde niño y que si me permitía hacer una foto con él. En esas estaba cuando apareció Norman Thomas di Giovanni, su secretario norteamericano, quien hizo la única foto que tengo con Borges, con una obsoleta Bilora Boy. Di Giovanni dijo que tenían que irse. Me disponía a despedirme cuando se acercó a ellos María Kodama, que ya llevaba el pelo pintado de gris con vetas marrones y esas piernas que ni el paso del tiempo ha logrado arruinar.
…/…
Leyendo en esas Sur encontré varios de los comentarios ocasionales que JLB había redactado para congraciarse con sus amigas y enamoradas porteñas. Uno de ellos, dedicado, creo, a Silvina Ocampo, la mujer de Bioy, me sirvió de arquetipo para confeccionar el prólogo que envié a Ligia Gonzáles y José María Borrero.
Pensamientos de un hombre llegado el invierno, se hizo en Cali en 1972, y fue promocionado con el prólogo apócrifo de Borges, aun cuando nunca hizo parte del cuerpo del libro. Los editores, a sabiendas que era falso, hicieron unas hojas sueltas con él y fue tanto su éxito, que el día de la presentación se vendieron 70 prólogos y apenas 12 libros. Según me contaron, Ligia y José María habían contratado una pareja de ancianos para que fungiesen de Borges y su madre durante el evento, que se llevó a cabo en un conventillo, de propiedad de un devoto sexual de las indias cotacachis. Hizo uso de la palabra un retórico que con el tiempo militaría, con contradictorias lealtades, en partidos de izquierda y por último, en la derecha misma, y que al verse informado sobre la eventual falsedad del prólogo, exclamó, pensando en su futuro: “ahora no falta sino que los poemas también sean falsos”.
La envidia hizo que la diversión local, inventada por los editores, trascendiera las fronteras. Un periodista de vieja data, que vivía en Buenos Aires, donde ocupaba un cargo diplomático, a fin de burlarse de otro de sus colegas que alardeaba de ser amigo y admirador de JLB, escribió en el diario municipal una nota diciendo que ya podía darse por enterado de cómo un ignorado muchacho de su mismo pueblo, había sido prologado por el mas grande escritor vivo de la lengua. A lo cual el aludido respondió que era imposible tal cosa, porque como podía enterarse, era muy sospechoso que los editores hubiesen rechazado poner el prologo en el cuerpo del volumen, para lo cual había procedido a ponerse en contacto con su amigo Tomás Eloy Martínez, director de la revista Panorama, para que enviase a un periodista a visitar a JLB en la biblioteca de la calle México y le interrogase sobre el asunto.
Panorama publicó la crónica de la visita en su edición del 28 de Septiembre (número 283) de 1972, cuya carátula tiene una foto de Perón entrando al puerto de Buenos Aires, haciendo alusión al posible regreso del caudillo. Borges firmó para Jorge di Paola, el periodista de Panorama, una declaración en la que sostiene que: “Los caracteres y el estilo [del prólogo] concuerdan con lo que yo hubiera podido escribir. Asimismo las autoridades que alega el texto corresponden a mis preferencias. (…) También es raro que mi memoria haya dejado caer un hombre tan singular como Harold Alvarado Tenorio, pero a los 73 años el olvido es harto accesible. Pienso que el “prólogo” es una afortunada parodia, que debo agradecer”. Desde entonces, soy el único colombiano a quien prologó Jorge Luís Borges.
La historia del prólogo concluiría años mas tarde, cuando durante una visita de JLB a Madrid a fin de grabar unas entrevistas para RTV, le llamé al Ritz y María Kodama lo puso al aparato. “Con quien hablo”, dijo Borges. “Habla con Harold Alvarado Tenorio”, respondí. Y Borges: “¿el del prólogo?” “Si”. Borges me indicó que fuera al hotel, que quería conversar conmigo.
Recuerdo que J.M. González Martel, un canario que había conocido en los cursos de doctorado de la Complutense, admirador y entendido en la obra de Borges, autoridad por lo demás en las vanguardias americanas, me acercó hasta el lujoso Ritz y queriendo conocer al viejo, nos esperó en el vestíbulo. González Martel le dijo a Borges que en España poco se le quería entre académicos, a lo que este respondió con un mohín de desdén, mientras le interrogaba sobre los naturales de su país, y nos acercaba, en su espléndido BMW, a Plaza Mayor.
Luego de almorzar, mejor será decir, tomar la sopa de petit pois en una de las tascas del Arco de Cuchilleros, pasamos la tarde conversando y caminando por los alrededores. Borges preguntó cómo había hecho el prólogo; le dije que con sus frases y usando el arquetipo de algunas de sus reseñas a libros de poemas aparecidas en Sur. Dijo entonces que eso era como hacer un centón y recitó a Lope:

Las cartas, ya sabéis que son centones,
capítulos de cosas diferentes
donde apenas se engañan las razones.

Recuerde además, dijo, la posdata que puse a El Inmortal en 1950: “Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el mas urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Johnson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot y, finalmente, de «la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus». Denuncia, en el primer capitulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V 8), en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.” Y añadió: Usted, Alvarado, debería leer aquel artículo de Juan Valera sobre la originalidad y el plagio que publicó en la Revista Contemporánea en 1876.
Le pregunté si quería caminar, como solía hacer en Buenos Aires. Respondió que sí, que descendiéramos hasta Gran Vía y luego por el Paseo del Prado. Casi cuarenta minutos caminé con Borges, llevándole del brazo, sin que nadie le reconociera. El prólogo apócrifo me había deparado la más hermosa y memorable tarde de mi vida.
Al llegar al hotel alcancé a ver a Manuel Mujica Lainez que conversaba con algunos periodistas. Se lo dije a Borges. Me preguntó la hora. “Son las ocho”, respondí. “Entonces déjeme en la habitación”. Así lo hice. Al entrar indicó que le sentara en la cama que daba hacia la pared, que pusiera su bastón sobre la otra, que me marchara y cerrara la puerta con un golpe seco. Tomé su mano. Y la besé. “Es Usted un pesado, Alvarado, sólo faltaba esto”.

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