Y sin embargo se mueve… Un blog de Juan Granados

Travel Time

02.07.06 | 02:12. Archivado en Literatura, Arte

El que suscribe se va de viaje, no sin antes mostrarles mi agradecimiento por su cálida acogida, también por su paciencia. Antes quisiera dejarles un regalo, hay palabras que dignifican la red, que la visten de humanidad, que nos recuerdan que ciertas retinas aún viven sumidas en la alentadora curiosidad. Tiene cierta gracia que el dueño de algunas de esas palabras que más me gustan sea Ignacio, que se autocalifica de Nonwritter. ¡Demonios!, me digo, ¿qué nos quedará a los demás?
Sabido es que, si nos fiamos del Telediario, todos viajamos muchísimo, no existe puente, santo patrón o día comunitario que no suponga una avalancha de personal en busca de ignotos horizontes. La obsesión general es, además, grabarlo, fotografiarlo todo, capturar un instante como un trofeo que nos recuerde que “yo también estuve allí”.
A veces me pregunto para que van si muy pocos se preocupan de saber qué están viendo. Se viaja compulsivamente, por no ser menos que el vecino, para emitir signos de industria y ocupación, aunque ésta se resuma en trasladar más bien atolondradamente deudas y problemas de un sitio para otro.
Stendhal, Goethe, Rilke, aquellos románticos introspectivos sí parecían saber viajar, lo hacían con la mente, con las piernas y con el corazón, eran viajes al mundo que revertían en el yo, también en los demás. Hoy sólo parecemos afanarnos en sobrecargar nuestra flamante Visa Card.
O eso creía yo, hasta que di con uno de los blogs de Ignacio. Se llama El paseante invisible, no se lo deben perder, cosas así, hermosas y pertinentes en el fondo y en la forma, ya no se encuentran. Tal vez, sólo nos reste agradecer a Ignacio su extraordinaria retina y su generosidad compartiendo hermosas imágenes e inteligentes textos con nosotros, pero cuidado, amigo, hay quien dice que se puede enfermar con la exasperante contemplación de la belleza. Se cuenta que eso fue lo que le ocurrió a Stendhal en los interiores de la Santa Croce florentina. A mí no me ocurrió, o sí me ocurrió, pero no precisamente así, por contemplar los catafalcos de los próceres itálicos, me sucedió mientras disfrutaba a la salida de una carísima cerveza en una terraza cercana, fue entonces cuando reparé en la presencia de una hermosa tudesca, rubia y bronceada, lucía una leve camiseta de tirantes de color verde oliva, aquel día, desde la distancia, me habló para siempre, ya no se si soy afortunado o el más desdichado de los hombres, pero, maldita sea, me sonrió y alzó su copa por mí. Por desgracia, estaba acompañado…

Ahí les dejo un fragmento del paseante para su disfrute, especula sobre la vida profunda de un viejo turco sentado en un cafetín de un barrio de Estambul, es de Ignacio. Salvando lugares, asuntos y cronologías, bien pudiera ser un fragmento de los viajes italianos de Goethe:

Lo que le vemos de específico (pues de eso trata el juego, de imaginar una vida individual pero también de encontrarle caracteres locales), lo que no encontraríamos nunca en un italiano o yugoslavo que estuvieran en situación parecida es la capacidad de estar sin hacer nada. En el ratito en que el viajero, sintiéndose más laxo de lo normal, se ha tomado el té, perseguido inútilmente con la cámara a un soberbio pájaro negro (consiguiendo de paso robar la foto necesaria para el juego), escrito algo en este cuaderno y se dispone a pagar, nuestro hombre apenas ha movido una ceja para señalarle el periódico a uno de los jóvenes macarras de la mesa de al lado que ha venido a pedírselo. No duerme, nos hemos fijado bien. Sólo se está ahí, quieto y callado, como un rumiante o un ficus, y uno no puede por menos de temer esa facilidad oriental para la hibernación y la acumulación de energías que pueda llevar consigo.

No parece (aunque esto sea aventurar demasiado) muy religioso. Se diría que viene aquí a echar la mañana simplemente porque se está bien. En otra mesa hay un sacerdote de barba y turbante, también solo, también mirando al frente, pero en sus ojos hay una fijeza y un reconcentramiento totalmente distintos. El escenario en miniatura de este patio es tan bueno como otro cualquiera para representar el conflicto interminable entre las dos mitades que dividen no ya el país sino a cada uno de sus habitantes, y no podemos evitar repartir papeles. Los muchachos de cazadora de cuero que seguramente se sentirán a años luz de la vieja Turquía, de las tradiciones y el Corán son, sin saberlo aún, una presa mucho más fácil para esa mirada fanática que este hombre tranquilo que casará a las hijas como debe ser y acudirá a la mezquita con una mezcla de inercia social y vagas creencias, pero no se dejará comer el terreno por los del turbante así como así.


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