Y sin embargo se mueve… Un blog de Juan Granados

Un artefacto intuitivo, vago, críptico, simbólico y…lucrativo.

26.06.06 | 02:47. Archivado en Política, Historia
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El presidente del PNV, Josu Jon Imaz, aseguró ayer que el PNV «va a priorizar el blindaje» del Concierto Económico vasco y del convenio navarro, «tanto en el ámbito del Estado español como en el europeo». Imaz defendió, en una rueda de prensa en Pamplona, que «son parte clave, son eje de nuestro autogobierno y están en la base del crecimiento económico, del bienestar y la calidad de vida de la ciudadanía Navarra y de la Comunidad Autónoma Vasca».
martes, 14 de Febrero de 2006

Hoy, casi poéticamente, habla Berlín del viejo Reino de Navarra, de su convenio, del sosiego jurídisdiccional que allí parece vivirse. Se intuye que no le preocuparía el distingo entre territorios si, en parte gracias a ello, reinase la lealtad y la concordia entre los ibéricos. Puede ser, pero sus palabras me hacen recordar que hasta el Estatuto de Bayona de 1808 encontraba rechinantes ciertos privilegios que durante el Antiguo Régimen habían ido obteniendo unos peninsulares sobre otros: “Todos los privilegios, que actualmente existen concedidos a cuerpos o a particulares, quedan suprimidos” (Art. 118) decían aquellos afrancesados. A los liberales de Cádiz semejante principio no les pareció mal del todo: “Las contribuciones se repartirán entre todos los españoles con proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno” (1812, Art. 339). Claro que luego vinieron las guerras carlistas y el delirio federal a consagrar cupos, convenios y conciertos en un esfuerzo más bien inútil de contentar la esencial insatisfacción de los norteños.

Y es que, como nos confirman cada día los líderes políticos de la CAV, los euskaldunes son muy conscientes de que el convenio navarro y el concierto vasco suponen un beneficio notable para los ciudadanos de aquellas comunidades. Que unido a otros, como la abolición de la cruel luctuosa que supone el malhadado impuesto de sucesiones, hacen de aquellas verdes tierras un paraíso para el ahorrador, señaladamente si es viudo o huérfano.

Huroneando por la red, me topo con un prodigio de sofisma vestido de experto en legislación económica, que, al fin, desentraña muy bien la raíz del asunto, véase como responde el abstruso versado a la última pregunta del periodista:

Entonces, y para finalizar, ¿qué conclusión podríamos deducir?
La conclusión que obtengo es que por su lejano origen histórico, intrincada estructura y confusa génesis y actualización, el Convenio/Concierto posee el carácter de un mecanismo que opera desde lo jurídico-político como constructor de la identidad en un espacio simbólico en el que es exaltado por todas las posiciones políticas (o casi todas; hay que excluir a una parte de la izquierda abertzale que, consecuentemente, defiende un marco independiente). Es un fenómeno que desde la antropología cultural se explica como intuitivo, de gran vaguedad, que organiza los elementos simbólicos sin explicarlos y cuya significación última se esconde en un saber críptico, sólo inteligible por expertos e iniciados pero entrañablemente sentido por todos los ciudadanos. Un artefacto de gran potencia simbólica que proporciona recursos materiales dignos de aprecio.

Así que, como sospechábamos, hasta para los muy expertos la cuestión del privilegio revestido de cupo, concierto o como demonios quiera llamarse, resulta en verdad difícil de explicar como sea con una cosa distinta del mero derecho atávico obtenido en la misma cuna donde a uno le depositan los amorosos brazos maternos. Al fin, se trata de un artefacto intuitivo, vago, críptico y simbólico. Pero de lo que no cabe ninguna duda es que hablamos de un elemento lucrativo para la hacienda de aquellas tierras, o sea, en palabras de nuestro experto: “Un artefacto…que proporciona recursos materiales dignos de aprecio”.

No extraña entonces que hasta el Financial Times se haya dado cuenta de esta secular tendencia de las nacionalidades históricas a aligerar el peso de la bolsa que han de entregar al recaudador, sea éste el estado central o la CEE:

“Los catalanes, que presumen de ser más europeos que el resto de España, deberían recordar los principios de solidaridad de la Unión Europea. Estos incluyen transferencias de las regiones ricas a las menos desarrolladas. ¿Por qué debería ser así dentro de Europa pero no dentro de España?”
decía a propósito de la autonomía fiscal que se pretendía desarrollar en el borrador del Estatut.

Desde una perspectiva cívica y liberal de las cosas, no hay mayor despropósito que tragar secularmente con el distingo, sólo por ver si se aplaca el furor del vecino poco solidario. Si por mi fuera, café para todos, como reza por otra parte el frontispicio de la doctrina liberal y a quien no le guste, pues hombre, que se cambie pacíficamente de comunidad que tampoco pasa nada. Ya, ya se que alguien me dirá que en Extremadura uno se puede cambiar gratis de sexo o disponer de inmejorables implantes dentales, así es, ahí reside, una vez más y precisamente, la cuestión. El folclore está muy bien y resulta hasta pintoresco y fotogénico, pero la pasta, amigos, eso es otra cosa, algunos pecheros estamos ya un poco hartos de que las espesas negruras del Antiguo Régimen no terminen jamás de disiparse por estos peculiares pagos.


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