El pasado invierno sufrí unas semi-severas dificultades respiratorias causadas por un virus contraído en la montaña búlgara, de marcada y encomiable persistencia, como todo lo que viene de Oriente, véase sinó el palmario éxito que han obtenido entre nosotros la pólvora, el monoteísmo o los macarrones, póngase por caso. La cuestión es que a mi regreso, mi desmejoría iba en aumento hasta recluirme en mi domicilio en un estado preneumónico, sinó grave, sí delicado y demandante de reposo. Aprovechando la ocasión, pasé unas cuantas tardes en el sofá, bien arropado bajo una de esas mantitas de mohair que ni tapan ni dejan de tapar pero reconfortan y entre tos y tos me dediqué al indolente zapping televisivo. Constaté entonces que a aquellas horas en todas partes ponen poco más o menos el mismo programa, una ristra al parecer interminable de opinadores profesionales y amateurs que parecen competir por ver quien resulta más irrelevante e infundamentado. Quiero decir, que se opina sobre asuntos ya de por si inútiles: cuitas de famosos, lo mala que ha sido siempre la tía Ludgarda o las preferencias sexuales del tendero de la esquina y, puestos a opinar, se dice casi cualquier cosa, en toda aquella tarde no observé ni un dato fiable ni una reflexión basada en la lectura, el estudio, la investigación o el análisis de la obra de otros, es decir, no había allí nada de provecho o de utilidad para el espectador. Es sabido que opinar sin conocer al menos vagamente el asunto que se desea tratar resulta una pérdida de tiempo y una idiotez, por mucho que el personal recurra a esa tautología insufrible de “respete mi opinión como yo respeto la suya”...
Antes de desesperarme del todo, busqué la salvación en la televisión por cable, pero es por la tarde y tampoco la programación estaba como para dar saltos mortales de alegría, termino en un canal de viajes y hete aquí que para mi desgracia están hablando de ciertos montes del hirsuto altiplano de Bolivia...no quise saber nada más sobre montes por el momento, así que antes de perder la cabeza del todo preferí apagar la tele y toser en paz sumido en el silencio del mundo. Cuando logré recuperarme lo suficiente de la postración, busqué cabe mí un libro que releo con placer de cuando en vez. Se trata de Conversaciones con António Lobo Antunes de María Luisa Blanco.
Supe de Lobo Antunes ya hace años por un programa de libros, de esos que suelen poner en horario comercial, a las dos o tres de la mañana, y el personaje me fascinó en el acto. Es Don Antonio un tipo elegante, silencioso y comedido, como muchos portugueses, también culto, guapo, bastante sordo y encantador. A Lobo Antunes, psiquiatra de Benfica ganado para la causa de las letras, le pasa lo que a los grandes, no está del todo seguro de nada de lo que piensa, a veces tampoco de si son buenos los textos que plasma con letra apretada y minúscula sobre unos folios del hospital Miguel Bombarda de Lisboa que rezan servicios clínicos en su encabezamiento, pero defiende sus referentes literarios: Chéjov, Cervantes, Sterne, Unamuno, Goethe, Quevedo, Camôes; y sobre todo el valor del trabajo diario y la importancia del rigor en lo que se hace, eso siempre es un alivio y muy de agradecer.
Muchos de ustedes lo conocerán y sabrán como yo que es un escritor excelente, para mi más cerca de la verdadera escritura que el a veces excesivamente roussoniano y mesiánico Saramago, ahora mucho más célebre que él, aunque creo que sólo por el momento. Cuando Lobo habla de la realidad la describe sencilla y llanamente, como si diera igual aunque resulta claro que no todo da igual, la guerra de Angola, los amores, la muerte de la compañera, los amigos perdidos no dan igual, pero así se debe relatar, como hacía también Cela, aunque de cuando en vez confesase, como confesó en aquella célebre afirmación de se Mazurca: “La vida sigue pero no igual, la vida nunca sigue igual y con el dolor por medio, menos aún”. A mi me parece que buena parte de la esencia de la literatura se concentra en esa forma de hacer. Por eso, defiendo la obra del silente, del discreto Antunes como encomiable y mucho más entretenida y por veces humorística que lo que a menudo se quiere ver en él. Para muestra e ilustración cedo un maravilloso botón extraído de su Manual dos Inquisidores:
“...e caminhei para casa esquecida da febre das roseiras, com a minha sombra e a sombra da criança confundidas como se o menino fosse meu, como ainda hoje, que ele escreveu, teve filhos, o senhor doutor me expulsou da quinta, os do tribunal expulsaram o menino e deixei de o ver, continuo a pensar que era meu, que é meu, foi conmigo que ele començou a andar e a falar, era conmigo que adormecía, era por mim que a meio da noite chamava, apavorado com o escuro...”
Martes, 9 de febrero
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Peio Sánchez Rodríguez
Siro López
Marie-José Martin Delic Karavelic
Chris Gonzalez -Mora
Padre Fortea
José Donís Català