Hubo hace dos o tres años, rigiendo la Iglesia Benedicto XVI, un progarma titulado “Preguntas al Papa”. La televisión italiana lanzó este espacio y fue grande el número de oyentes. No recuerdo que se haya repetido, y más vale que no vuelva a las pantallas. Muchísimo mejor no realizarlo, con intención de cribar las preguntas que se le formulen, porque en ese caso no sirve para nada, puro formulismo o hipocresía. ¿De qué sirve fingir cuatro preguntas tontas, con cierta apariencia de valientes, si no se permite hacerle al Papa preguntas como las que yo ahora le formulo. Ojalá le lleguen de alguna manera y las responda. Lo dudo mucho.
Ahí van:
¿Por qué no quitan de una vez a los cardenales, esa figura que no está puesta por Jesucristo ni por los Apóstoles y ha creado tantos problemas en la Iglesia y seguirá causándolos si no se suprimen?
Jesucristo vino a salvarnos: ¿Por qué los dirigentes eclesiales se lo pone tan difícil, mandando leyes a veces insoportables, y encima obligando a ellas bajo pecado mortal?
De otra manera: ¿Por qué permite que los canonistas pongan con tanta facilidad el “sub gravi”, que significa “bajo pecado mortal”?
Yo estoy convencido de mi religión, de mi fe católica. He visto, sí, muchas cosas que nada me gustan dentro de la Historia de la Iglesia e incluso en la actual jerarquía. Dios en su misericordia me sigue conservando la fe y le pido que antes morir que perderla.
Pero vivo con los ojos abiertos y veo cómo pierden la fe muchas personas nacidas en el catolicismo. Y son pocas, las cultas que abrazan nuestra fe. Yo no dudo de que el mal ejemplo de los cristianos es una de las causas disuasorias de ingresar en nuestras filas católicas. Y dentro de nuestro mundo de creyentes, en general los obispos no consiguen o no se proponen mostrar una fe más amable, más creíble.
He conocido a varios sacerdotes que han vivido el celibato como debe ser vivido: por citar a algunos mentaré al padre Nieto, a Félix Beltrán, a Miguel Sola, a José María Imízcoz, a Germán Aldama, Miguel Ángel Pérez de Zabalza. Sé que son muchos más quienes lo viven a tope, pero menciono a estos, porque han pasado ya a los brazos de Dios y son más significativos para mí.
Aparte de la importancia del celibato para entregarse de lleno a la causa del Reino de Dios, sirve también de estímulo a muchas personas que por necesidad se ven privadas del matrimonio: por no haber conseguido encontrar su pareja apropiada, por enfermedad, por viudez, por homosexualidad, por soltería impuesta en distintas circunstancias. Son estos clérigos los célibes voluntarios por el Reino de Dios, un verdadero referente y estímulo para cuantos han de pasar su existencia en una soltería permanente.
Un sector de los conservadores católicos sigue pensando en la necesidad del sacerdocio célibe. Entre sus argumentos preferidos: los anglicanos pueden casarse, pero allí existen menos vocaciones al sacerdocio que entre nosotros. Este argumento es una falacia muy utilizada por los partidarios del celibato. Para refutarla basta con decir cuánta gente conocida ha expresado su deseo de ser sacerdote, pero casado. Yo conozco varias decenas y pienso que no serán los únicos. El gran problema de Inglaterra es el deterioro de la fe, y dentro de poco aquí ocurrirá lo mismo: no querrán ser sacerdotes ni con celibato ni sin celibato.
Cuando la fe es sólida abundan las vocaciones de entrega al Señor. Prueba de ello, la enorme cantidad de diáconos permanentes que existen en el catolicismo. En estas fechas alrededor de cuarenta mil, y van en aumento. Muchos de ellos se han consagrado como diáconos mereced a una elección al estilo de los primeros cristianos; su función es del todo distinta de la del presbítero. Pero conocemos otros muchos casos en que asumen el diaconado como sustitutivo del sacerdocio, al que no pueden acceder por estar casados. Y permanecen en espera por si alguna vez se mitiga la ley celibataria y se les llama.
En la Iglesia es del todo preciso mantener el dogma. Los obispos han de ser en este aspecto del todo fieles a su misión. No pueden consentir el desvío en esta materia. En tiempos recientes, muchos educadores en la fe andaban por los límites de lo ortodoxo y la herejía. Pero quienes les escuchaban, caían con facilidad en el error contra el dogma. Conocemos muchos casos al respecto.
La Generación de obispos de los años 70 al 90 no supo mantener el orden en este sentido. Conocimos muchos casos de curas con inteligencia buena, pero con gran osadía en sus doctrinas dogmáticas. Sabían cómo defenderse ante su obispo, porque ellos nunca caían en la herejía, pero quienes les escuchaban, defendían doctrinas totalmente contrarias a nuestra fe y las practicaban. Desde errores trinitarios hasta la negación de que Jesús está en la Sagrada Hostia después de terminada la Misa. Oí de un cura que echaba la sagradas especies a las gallinas una vez terminada la Misa. ¡El colmo de la aberración! Jamás hubiera pensado que un compañero podía llegar a tal atrocidad.
1.- Espíritu Santo, que como obsequio a vuestro amor trinitario, ame a mis semejantes todos. .- Pido fuerza al Espíritu Santo y a la vez abnegación más plena a mis tendencias.
2.- Que mi fe y amor al Espíritu Santo incluya la alegría en las bienaventuranzas. Tú eres, Espíritu Santo, el óptimo consolador.
Apareció este artículo (18 Agosto 2011) y lo repito para examen de quien corresponda.
Me uno espiritualmente a la Jornada Mundial de la Juventud. Deseo que se saque un provecho grande, que se note a corto plazo el aumento de fervor en los jóvenes de España y de todos los lugares de donde acuden.
Han corrido ríos de tinta en artículos, manifiestos, arengas y exhortaciones. Los obispos lo han tomado muy en serio. Todo muy bien. Ahora es necesario que trabajen con la misma intensidad en organizar a partir de este encuentro mundial la nueva evangelización. Todos al unísono debieran seguir con mayor ímpetu aún. Porque de lo contrario, quedará JMJ como unos fuegos de artificio muy bellos, pero inútiles.
De nada habrá servido el esfuerzo, de nada el gasto en tiempos de escasez; todo quedará como una gran comedia.
Y no son malos los obispos actuales, Dios me libre de vituperarlos ni de enjuiciarlos. No son malos, salvo algunas excepciones. Por supuesto que como cuerpo eclesial son buenos y necesarios entitativamente. Y como personas particulares también hemos de pensar en su bondad. Pero tampoco vamos a dedicarles un panegírico.
Lo cierto es que la Iglesia, nuestra querida Iglesia Católica, está muy en baja, por mucho optimismo que muestren en ocasiones nuestros prelados, por muchos miles de jóvenes que se reúnan en el día mundial de la juventud en torno al Papa.
Lo cierto es que en los países católicos disminuye cada vez más el número de vocaciones a la vida consagrada; bajan progresivamente los matrimonios cristianos; aumentan los divorcios entre los católicos; se palia algo por medio de las declaraciones de nulidad, pero esas mismas declaraciones son denominadas por muchos cristianos como “divorcio por la Iglesia”. El panorama de la actualidad católica es sombrío y serio. La “Iglesia es como una barca que hace aguas”, en frase del entonces cardenal y hasta hace pocas semanas, Papa Benedicto XVI.
Esto lo saben los obispos y siguen muchos de ellos con la niñería de querer medrar, subir en el escalafón. Y no piensan en algo práctico que hacer; ni dejan un poco de lado la labor administrativa en manos de diáconos o sacerdotes o seglares y se lanzan ellos no a presidir, sino a evangelizar dando testimonio de su celo por la salvación de las almas como lo hicieron sus primeros predecesores, los Apóstoles.
Resulta imposible emitir un juicio conjunto de todos ellos, porque los hubo muy buenos, buenos y regulares. Malos, ninguno. Tan solo a uno le pondría el cartel de sobresaliente, de un 9, porque demostró siempre y hacia todos los compañeros mucho amor, se preocupaba de todos, e incluso a veces hasta se anticipaba a nuestras necesidades. Una vez acabado el período de formación, ya no se preocupó directamente de ninguno. Únicamente si acudías a él, te atendía.
Dos o tres educadores fueron parecidos a este hombre, los demás eran buenos la mayoría, pero de respuesta, si acudías a ellos. Como cuando vas a un médico, que si no vuelves, no se preocupa de ti. Unos buenos funcionarios o profesionales, pero distantes y con cierta frialdad.
El obispo dice en la oración propia para pedir a Dios por sí mismo: “Yo indigno siervo tuyo”. Pero ¡métele el dedo en la boca! ¿Qué diría un obispo, si utilizando su mismo leguaje, le dijera alguien que es indigno siervo de Dios, obispo indigno? Sería un bonito test, pero ¿quién se atreve a ello?
El Papa al rezar le dice a Dios de sí mismo: “Siervo de los siervos de Dios”. Y no quiero protestar de que a mí no me admitiría en audiencia privada porque somos muchísimos los siervos de Dios y no puede recibir a todos. Pero acoge a un rey, jefe de gobierno y príncipes de este mundo. Muchos pensarán que estoy sacando las cosas de quicio. Pero no es para tanto.
Aprecio mucho a San Ignacio de Loyola y es uno de mis santos predilectos; lo venero y admiro por encima de la mayoría de los santos, pero no me convence nada lo que decía de la obediencia de juicio, que la formulaba más o menos de esta manera: Cuando el superior te manda algo, has de pensar que es lo mejor. Y si te dijera que algo es blanco, aunque a ti te pareciera negro, has de pensar que es blanco.
Esto me parece una aberración y creo que incluso los jesuitas más estrictos no lo pueden admitir tal y como suena. Son palabras más propias de jefes de secta que de un hombre de Dios. Pienso que el Santo no pretendería otra cosa que la gloria de Dios, pero de hecho esta obediencia ha sido madre de muchos abusos por parte de quienes mandan. ¡Oh ciertos noviciados! Sin embargo esta disciplina es buena para los superiores; no les causan problemas los “súbditos” y se santifican como inocentes corderos.
Publicado por José Manuel Vidal en julio del 2011
Parecen ejecutivos de una gran multinacional. Jóvenes, listos (que no doctos) y, sobre todo, neoconservadores, algunos prelados de la nueva hornada retoman el viejo esquema del obispo-señor-feudal, pisotean el principio de la corresponsabilidad y toman decisiones contra el parecer de sus curas y de los derechos de sus fieles.
Tal es el caso (por poner sólo dos ejemplos) de los obispos de San Sebastián y de Solsona. El primero, monseñor Munilla, queda suficientemente retratado en el Acta del consejo presbiteral que publicamos hoy. El segundo, Xabier Novell, ha decidido reducir gastos. Con una medida insólita, al menos hasta ahora, en España: suprimir las misas con menos de doce personas.
Martes, 18 de junio
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Mariano Fresnillo Poza
Juan Fernandez Krohn
Pedro Rizo
José Moreno Losada
Carlos Corral
Asoc. Humanismo sin Credos
Javier Velasco y Quique Fernández