Conocí a Antonio Suárez Madruga en la década de los setenta. Él era unos diez años mayor. Como yo, era sacerdote; se había secularizado y había contraído matrimonio. Por razones que a nadie atañen, tan sólo a él, su esposa y su conciencia, con el transcurso de los años Antonio vivió como soltero y siguió sintiéndose sacerdote hasta el fin de sus días, pero jamás buscó un privilegio. Los caminos de Dios no son los caminos de los hombres. En esta época de su existencia - entre quince y veinte años - es cuando he tenido más contacto con él. Me relacioné por carta y también lo visité en distintas ocasiones. Nos sentíamos amigos y compartíamos nuestra ilusión por avanzar en la virtud, relacionarnos con Dios y con nuestros hermanos.
A nuestros queridos Obispos: Me encuentro abrumado al ver la descristianización progresiva de nuestra nación, al constatar el descenso de dinamismo apostólico en la evangelización, la tibieza de gran parte del clero. Esta tibieza ha llegado por el abandono de la oración personal y la lectura espiritual. A muchos sacerdotes sólo les queda la celebración eucarística (a veces rutinaria) como único contacto de unión con Dios. Gran número de sacerdotes se confiesan muy de tarde en tarde. Pienso que la reforma ha de comenzar prioritariamente por el clero.
Se están celebrando "misas sin cura" los domingos en muchas parroquias rurales. No hay suficientes sacerdotes. Estoy seguro de que, pidiéndolo a los sacerdotes secularizados que voluntariamente lo deseen, se solucionaría el problema. Se trata, a nuestro entender teológico, de un derecho divino por parte de los pueblos a que se les celebre la misa habiendo sacerdotes dispuestos a ello. Es una colisión del derecho divino con el eclesiástico (prohibición a los sacerdotes secularizados de celebrar la misa). Por eso nos parece que debe ser revisada esta situación por parte de los obispos y exponerla con todo rigor a la Santa Sede.
1.- Considero hoy con la imaginación la parábola de los talentos. Miro al señor que va a viajar a lejanas tierras, cómo entrega a cada uno de los tres criados su capital... Voy pensándolo con detalle. Y miro el momento del regreso. Los que recibieron dos y cinco talentos habían conseguido algo. El otro, nada. Y fue castigado éste. Miro la vergüenza que se pasa. Y enseguida veo la aplicación a mi vida.
Tengo algo que decir. Un desahogo de mi ser profundamente religioso. Me hice sacerdote el 20 de julio del año 1958, ¡bueno, me hicieron! El año setenta y uno me secularicé. Creo en el sacerdocio con toda el alma, y si volviera a nacer seguiría los pasos que he dado hasta ahora, por lo menos en mis grandes decisiones. He celebrando ya mis bodas de oro sacerdotales, aunque mis queridos amigos de la jerarquía no permitieron unirme al grupo de sacerdotes en el gran día de la celebración. Lo he sentido, y en otra ocasión expondré mis razones.
Mi nombre, José María Lorenzo Amelibia. Me escapé de la muerte por un milagro “robado” a Dios por la oración de mi mujer, poniendo como mediador al Padre Nieto y a la Virgen María y por supuesto a Jesús. Y aquí estoy. Me da alegría comenzar.
Jueves, 23 de mayo
Faustino Vilabrille Linares
Juan Fernandez Krohn
Francisco Margallo
JC Rodríguez, A Eisman
Ana Bou
Manuel Mandianes
José Moreno Losada
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Vicente Luis García