Secularizados, mística y obispos

Ambrosio Eransus, el final

11.11.18 | 16:19. Archivado en Ejemplos de vida

Ambrosio Eransus 3
El final
La muerte física, un acontecimiento rápido, un sprint acelerado en el camino de la vida eterna, a la llegada a la puerta de la casa del Padre. Hemos nacido y necesariamente hemos de morir. ¿Cuándo, dónde y cómo ha de ser el paso de este túnel? Aunque incierta la hora y el modo, es seguro que a la salida de este túnel nos encontraremos con el Padre. Por eso, lejos de asustarnos la muerte, debemos esperarla con alegría, porque ¿quién no siente alegría al haber que a va a encontrase con su Padre?

El pensamiento de la muerte, lejos de ser un trauma para un creyente, debe hacernos estar atentos y vigilantes en postura de entrega desde la cuna hasta el sepulcro, porque este camino que todo el mundo ha de recorrer necesariamente, es el camino hacia el encuentro con Dios, con el Dios de los Mandamientos, que nos ha dado el precepto del Amor, a Él y al prójimo como a nosotros mismos, con ese Dios de los Sacramentos que nos ha puesto en el camino como fuentes de perdón, de entrega, de fuerza para hacer la ruta más llevadera, con ese Dios que quiere sepamos perdonar como Él nos perdona.
El examen al que Dios nos someterá ya lo sabemos de antemano; por eso es fácil llevarlo bien preparado: ¿Nuestro camino ha estado sembrado de amor y de perdón? ¿Hemos sido por encima de todo, incluso de la ley, testigos fieles del amor? ¿Han podido decir de nosotros, “Mirad cómo se aman”?

¡Cuántas veces hemos predicado: “Bienaventurados los que mueren en el Señor…”! Pero ¿entendemos realmente que son bienaventurados los que han vivido en el Señor siendo testigos de su amor, de su misericordia, de su perdón, de ese Dios que ha dicho: “En esto conocerá que sois mis discípulos en que os amáis como yo os he amado”.
Ese encuentro es con Dios Padre, que te hizo en todo su ser corporal y espiritual. En un accidente en el que me rompí un hueso de la pierna, pregunté a mi madre: “¿Cuántos huesos tengo?” Ella sonriente me contestó: “Si me hubieran llevado a estudiar, como yo a ti, te contestaría”. Entonces, le dije yo: ¿Cómo hiciste los huesos y los colocaste, la pupila, la retina, las orejas que perciben los sonidos? - Es Dios, no tú el que hace estas maravillas: tu entendimiento, tu voluntad, la facultad de retener y recordar, con el don de poder amar… En el cuerpo: unos ojos que ven, unos oídos que oyen, una lengua que expresa lo que piensa…
En este encuentro con Dios, al morir cada uno ha de presentar el libro abierto con el uso que haya hecho de esas cualidades espirituales y de los sentidos corporales, que no son nuestros sino de Dios. Nosotros somos sólo administradores. De ellos rendiremos cuentas a Dios: si los hemos usado bien o mal.
Ese Dios que nos juzgará sobre nuestros actos, nos da la luz que ilumina la oscuridad de nuestro camino, nos ofrece la belleza de nuestro firmamento tachonado de estrellas, el agua que nos purifica y da nueva vida... los alimentos, la creación entera… ha puesto a nuestro servicio. En este encuentro con Dios al morir le podemos decir: Señor, he usado todo lo que hiciste para mí, he procurado rendir fruto bueno, quizá no lo he conseguido del todo, pero he procurado ser fiel a pesar de la debilidad humana, que muchas veces me ha hecho caer. ¡Gracias por toda obra creadora, Señor, que pusiste para que yo la usara!
Aquí estoy… ante Ti con el corazón abierto de par en par, sin ocultarte nada. Júzgame según tu amor e infinita misericordia, y acógeme para siempre contigo, Dame tu abrazo de paz y de amigo.
En 1994 entregó su alma a Dios un virtuoso sacerdote de la diócesis de Pamplona, D. Ambrosio Eransus. Merecía la pena que alguien escribiera su biografía o al menos una amplia semblanza de este hombre dotado de una personalidad muy acusada y de una gran fe y sentido religioso por encima de lo normal. Yo lo tengo muy a menudo en mi memoria. Ha sido uno de esos faros potentes que nos guían en este mar tenebroso.

José María Lorenzo Amelibia
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