Secularizados, mística y obispos

Jubileo de la Misericordia y ley del celibato

23.04.18 | 11:14. Archivado en Secularizados de ambos sexos

¿Habrá signos de misericordia para los sacerdotes casados?

“Por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia”
En el tema del celibato, el tiempo ha sido excesivo. Siglos imponiendo. A pesar de tener la práctica milenaria de la Iglesia Oriental que conservó la libertad y la misericordia evangélicas. En occidente causa sonrojo leer la historia que no han podido ocultar en las diversas épocas. Esta ley, que vincula necesariamente celibato y sacerdocio ministerial, no existió en el primer milenio. A finales del siglo IV aurgió la ley de “continencia”, promulgada por el Papa Siricio (384-399). Prohibe a los clérigos usar el matrimonio a nivel sexual, y les “cierra todo camino de indulgencia”:

“Todos los levitas y sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir que desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos. Mas los que están en la carne, dice el vaso de elección, no pueden agradar a Dios [Rom. 8, 8].

... En cuanto aquellos que se apoyan en la excusa de un ilícito privilegio, para afirmar que esto les está concedido por la ley antigua, sepan que por autoridad de la Sede Apostólica están depuestos de todo honor eclesiástico, del que han usado indignamente, y que nunca podrán tocar los venerandos misterios, de los que a sí mismos se privaron al anhelar obscenos placeres; y puesto que los ejemplos presentes nos enseñan a precavernos para lo futuro, en adelante, cualquier obispo, presbítero o diácono que —cosa que no deseamos— fuere hallado tal, sepa que ya desde ahora le queda por Nos cerrado todo camino de indulgencia; porque hay que cortar a hierro las heridas que no sienten la medicina de los fomentos” (H. Denzinger 185: Sobre el celibato de los clérigos).

“¿Acaso el Papa no conoce la palabra de Dios: ‘El que pueda con esto, que lo haga’ (Mt 19, 12)?”
En el siglo XI (el año1074), por influjo de monjes (que viven en celibato opcional), Gregorio VII (1073-1085) impuso la ley de celibato actual. El decreto imponía que toda persona que desea ser ordenada debe hacer primero un voto de celibato: “los sacerdotes [deben] primero escapar de las garras de sus esposas”. Este era el talante sobre la dignidad de la mujer. Para hacer cumplir la ley, Urbano II (1088-1099) en 1095 propone vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y justifica el abandono de sus hijos. La mayor parte del clero, obispos incluidos, especialmente en Italia, Francia y Alemania se opuso a la ley. Sólo tres obispos alemanes promulgaron el decreto del Papa. En los ambientes eclesiásticos de entonces, se escuchaba la misma queja dolorida y estéril: “¿Acaso el Papa no conoce la palabra de Dios: ‘El que pueda con esto, que lo haga’ (Mt 19, 12)?”. Aún sigue la queja, esperando ser atendida misericordiosamente.

“El celibato obligatorio era inmoral” hace siglos
Esperemos que el Papa Francisco tenga valor para volver a la libertad de los primeros siglos, sin duda más cristianos en este asunto. La incultura, el fanatismo y el afán de dominio hicieron que la opción evangélica quedara religada al ministerio contra viento y marea. A finales del primer milenio corrió entre el clero una carta del primer santo canonizado por un Papa (fue Juan XV quien dio el primer decreto de canonizaciónen en 993). Atribuida a San Ulrico, obispo de Ausburgo (890- 973), el autor de la carta (aparecida cien años después de su muerte) dice exponer la mente de santo. En ella se constata que para el pueblo cristiano el celibato obligatorio era inmoral, ya que San Ulrico, que brillaba por su nivel de exigencia moral en sí y en su clero, amparaba el matrimonio de los sacerdotes. La carta dice que, “basándose en el sentido común y la Escritura, la única manera de purificar a la Iglesia de los peores excesos del celibato es permitir a los sacerdotes que se casen” (cf. “Analecta Boll.”, XXVII, 1908, 474).

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (n. 10)
¡Ojalá! Si esta “viga” fuera la base de la Iglesia, el derecho a alegir el estado de vida estaría vigente entre los clérigos de modo habitual. Es un derecho fundamental humano. Es, por tanto, de justicia. La misericordia cristiana colabora con la justicia, trabaja para que las personas -los clérigos lo son- , experimenten que nuestro Padre Dios “se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos” (n. 9). Esta “alegría y serenidad” no puede darse en quien desea vivir en familia y lo tiene vetado por ley. Aunque esa persona en una determinada época de su vida prometiera no casarse nunca. Somos seres históricos, nos vamos construyendo a través de la vida, evolucionamos, podemos cambiar nuestras decisiones anteriores, máxime cuando las cambiamos por otras moralmente buenas y mejor adpatadas a nuestra personalidad natural.

Leamos esta hermosa página de la “Misericordiae Vultus” sobre la Iglesia:
“Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia «vive un deseo inagotable de brindar misericordia» (Evangelii gaudium, 24).

Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza” (n. 10).

En tema de celibato, la Iglesia se ha dejado llevar de la tentación del poder, y no ha respetado la justicia, “el primer paso, necesario e indispensable”. Su tratamiento se ha convertido en “anuncio y testimonio hacia el mundo de no tener misericordia”. Su actuación con los sacerdotes secularizados es una de las causas más evidentes de pérdida de credibilidad: “La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo”. “No se ha hecho cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos” para mantener el celibato, y les ha aplicado con rigor la ley, sin darles alternativa evangélica, conforme con su preparación y vocación. Claro está que para hacer eso, necesitaba abolir la ley. Y ha prefrido la ley a la vida de las personas: “ha hecho al sacerdote para la ley, y no la ley para el sacerdote” (Mt 12, 7-8; Mc 2, 27; Lc 6,5). Esta es la triste historia del trato a los sacerdotes y obispos que, siguiendo su conciencia, conformes con el evangelio, se les expulsa del ministerio. No importa la aceptación del Pueblo de Dios, ni la más que cuestionable fundamentanción bíblica y teológica de la ley, ni el funcionamiento azaroso en su larga historia, ni su cumplimiento problemático y deficiente, ni que las razones iniciales de su imposición fueran maniqueas y posteriormente idelógicas, económicas, de poder...

Relean mirando a los miles de sacerdotes “desaparecidos” este texto:
“La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno... Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.
La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo... Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre... Cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” (n. 12).
¿Reunirá a los sacerdotes casados para brindarles el Jubileo Extraordinario de la Misericordia? ¿Qué signo de misericordia les va a brindar?

Rufo González

José María Lorenzo Amelibia
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